Columnas / Política

Las falacias del poder

Cuando los políticos se vuelven populistas, el peligro es que la población les cree todo lo que dicen, sin cuestionamiento. En este contexto populista la democracia sufre y se ve amenazada.

Martes, 21 de julio de 2020
Jorge E. Lemus

El poder se ha ejercido a través de la historia, esencialmente, por la fuerza y no por la razón, siendo la violencia uno de nuestros rasgos más primarios. El cazador prehistórico protegía su territorio de caza con violencia para ahuyentar o matar a cazadores de otros clanes. Al evolucionar la sociedad, la violencia del poder no disminuyó, sino que aumentó y se volvió más irracional.  La concentración del poder en las manos de pocas personas con control sobre ejércitos, como los imperios y monarquías históricas, llevó a la humanidad a experimentar actos de violencia irracional, no solo en las guerras, sino también en la violencia del Estado contra sus propios ciudadanos.

En tiempos modernos, las dictaduras y pseudodemocracias con gobiernos autoritarios nos han dejado numerosos ejemplos alrededor del mundo del uso de la fuerza, muchas veces letal, para mantenerse en el poder. Pero también, en tiempos modernos, con la evolución de los medios de comunicación, la propaganda y el discurso falaz se han vuelto las armas preferidas de los gobiernos autoritarios que quieren parecer democráticos. El método de propaganda de Joseph Goebbles, el fascismo de Mussolini y el populismo de muchos gobernantes son ejemplo de ello. El discurso falaz, la posverdad y las noticias falsas (fake news) son en la actualidad las herramientas preferidas del populismo y la demagogia.

En tiempos de campañas políticas, nos vemos obligados a ver y escuchar la propaganda de los candidatos contendientes a través de todos los medios de comunicación. Esta propaganda política está llena de mensajes engañosos que buscan inducir al ciudadano común a aceptar como acertadas las propuestas e interpretaciones de la realidad del candidato y su partido, y a despreciar las del oponente.  Gana, indudablemente, aquel que mejor “vende” sus ideas, sin importar si son buenas o no, factibles o no.  La manipulación de la verdad para llegar a las mentes de las masas es esencial.

La penetración puede ser tal que los votantes llegan a creer, sin cuestionamiento, las afirmaciones del candidato—similar al efecto que tiene los líderes de sectas en sus seguidores. Cuando estos políticos acceden al poder, su discurso se ve potenciado por toda una maquinaria de propaganda estatal que busca cimentar el poder del político y su partido, así como garantizar su perpetuidad en el poder. La eficiencia de esta maquinaria propagandística puede incidir en las masas, induciéndolas hasta la idolatría del político, al apelar a sus emociones y no a la razón. Lo que escuchan del político es lo que quieren escuchar, sin importar su factibilidad, legalidad o razón.

Para lograr este efecto, los políticos utilizan recurrentemente, con mayor o menor éxito, el discurso falaz. Charles Hamblin, en su influyente libro Fallacies (1970), da una definición simple de falacia: “un argumento que parece válido, pero que no lo es”.  Es decir, una falacia es una afirmación que se basa en argumentos engañosos. El significado etimológico de la palabra es precisamente ese: engaño (del latín fallacia). Desde los sofismos de Aristóteles a la fecha, ha sido uno de los objetos de estudio preferidos de la lógica informal y la lingüística (i.e., la retórica, la semántica formal y el análisis crítico del discurso).

Una mentira por sí misma no es una falacia. Decir que la covid-19 es un arma biológica china sin ningún argumento que sustente tal afirmación no es una falacia, es una simple mentira. Para ser una falacia, son necesarios argumentos y conclusiones basadas en esos argumentos, aunque los argumentos sean falsos, medias verdades o interpretaciones erróneas. En cambio, decir que el virus se escapó de un laboratorio de Wuhan y que los chinos no pudieron controlarlo sí es una falacia, ya que se basa en un argumento no comprobado que se presenta como verdadero, y se llega a una conclusión errónea basada en dicho argumento.
Esta es la argumentación falaz que se ha vulgarizado, me atrevo a decir, con el surgimiento de la posverdad y las noticias falsas. Las falacias ya no son de uso exclusivo en la retórica de políticos y legisladores, sino de cualquier persona con acceso a redes sociales en donde la mayoría de los lectores no cuestionará la veracidad de las afirmaciones hechas. En las últimas elecciones presidenciales del país entramos de lleno a este nuevo mundo de las noticias falsas que parecen verdaderas.

En el discurso, por supuesto, todos corremos el riesgo de presentar argumentos falaces si no tenemos el cuidado de verificar las premisas en que se basan. Sin embargo, el problema ético surge cuando alguien utiliza intencionalmente una argumentación débil, basada en falsas premisas que parecen reales, para imponerse sobre un argumento fuerte basado en premisas verdaderas, lo que los griegos llamaban el kreít-ton (argumento fuerte) y el hétton (argumento débil). La actual pandemia nos ha dejado innumerables ejemplos de argumentaciones falaces desde el poder para justificar medidas o decisiones estatales que afectan a la mayoría.

Uno de los tipos de falacias preferido por nuestros políticos es la falacia ad hominem (“contra el hombre”). Esta es una de las falacias más odiosas, ya que se basa en desprestigiar al oponente y no en rebatir sus argumentos. Así, por ejemplo, algunos diputados de oposición de la Asamblea Legislativa argumentan que el gobierno de Bukele es autocrático, por lo que lo acusan, a Bukele, de aprendiz de dictador y, por lo tanto, sus solicitudes de suspensión de garantías constitucionales para contener la pandemia son rechazadas una y otra vez, ya que, con ese poder, “haría lo que quisiera del país”, poniendo en riesgo la democracia. Por otro lado, el presidente Bukele acusa a los diputados de corruptos, ladrones, de vivir en una burbuja, de no conocer la realidad del país y de únicamente velar por sus propios intereses personales y partidarios. “Ya están en campaña”, escuchamos reiteradamente repetir al presidente y sus funcionarios al referirse a los diputados. Por lo tanto, concluye, no tienen interés en el bienestar del pueblo y no le aprueban sus, ya famosas, cuarentenas domiciliarias obligatorias. Ambos actores, Asamblea y presidencia, se enfrascan en argumentaciones falaces al basarlas en el desprestigio del otro, no en la razón y en la argumentación real para llegar a la verdad.

Uno de los más tristes ejemplos de estos argumentos falaces ha sido la negativa del Ejecutivo de reunirse con los diputados para discutir la Ley de Emergencia Nacional propuesta por el Gobierno bajo el argumento de que “Ellos ya tiene decidido qué van a aprobar. ¿Para qué nos vamos a seguir reuniendo? ¿a perder nuestro tiempo?”. En realidad, no hay forma de saber a priori el resultado de un diálogo, utilizando como única razón el desprestigio de la otra parte. Por otro lado, la Asamblea Legislativa se niega a reunirse en Casa Presidencial bajo el argumento de que “las leyes se discuten en la Asamblea Legislativa”.  Ambos argumentos son falaces. Por un lado, usar como argumento que ya se sabe lo que la otra parte dirá y, por lo tanto, no es necesario reunirse. Y, por el otro, argumentar que solo en el recinto de la Asamblea se discuten las leyes. Ellos mismos se han visto en la necesidad de salir prescindir de sus oficinas como medida de precaución por la pandemia. Recientemente escuché de una reunión virtual entre diputados. En este caso, ninguno estaba físicamente en el recinto legislativo, pero sí estaban reunidos y discutiendo leyes. Ya numerosos congresos y asambleas de otros países han adoptado esta modalidad virtual para evitar problemas de contagios.

El pasado 9 de junio, cuando la Corte Suprema de Justicia declaró inconstitucionales 11 decretos ejecutivos referentes a la pandemia, la reacción inmediata del presidente Bukele fue tuitear que “La @SalaCnalSV nos acaba de ordenar que, dentro de 5 días, asesinemos a decenas de miles de salvadoreños”. El tuit del presidente afirma que la Sala le ha ordenado asesinar a los salvadoreños, no importa a cuántos él se imagina. Cuando existía la pena capital en el país, un juez podía condenar a una persona a la pena de muerte. Hoy en día, ningún juez o corte nacional puede ordenar semejante castigo. El carácter falaz de la afirmación del presidente radica en asumir que al determinar la Corte que sus decretos son inconstitucionales y que, según su interpretación, dichos decretos tienen como objetivo principal salvar al país de los contagios, entonces, al decírsele que no puede aplicarlos, concluye que le están ordenando lo contrario: asesinar a los salvadoreños. Con esto, el presidente incurre en otra falacia: desacreditar al oponente exagerando desproporcionalmente su postura. O, como lo ha hecho en otras ocasiones, simplificando o minimizando las acciones del oponente: “para aprobar la ley solo necesitan apretar el botón”.

Cuando los políticos se vuelven populistas, el peligro es que la población les cree todo lo que dicen, sin cuestionamiento. Así lo denunció la canciller alemana Ángela Merkel en el Parlamento Europeo, el pasado 9 de julio, al decir que “La pandemia no puede ser combatida con mentiras; el populismo está mostrando sus límites”. En este contexto populista la democracia sufre y se ve amenazada. En latín, a esta falacia se le conoce como magister dixit (“el maestro lo ha dicho”). En la era de la posverdad, gracias a los medios de comunicación masiva, muchos famosos (P.ej., atletas, artistas, políticos, religiosos o los conocidos como influencers de las redes sociales) se dan a la tarea de opinar sobre temas en los que ellos no son expertos, pero, dada su fama, sus seguidores les creen y terminan haciendo lo que dice el famoso. Los publicistas se aprovechan de esta influencia pública y los contratan para anunciar la mejor dieta, el mejor perfume, el carro más veloz, etc., con la seguridad de que sus seguidores comprarán sus productos porque la estrella dice que son los mejores. Comprar un producto porque lo anuncia un famoso tiene un impacto directo en nuestro bolsillo, lo que nos dejará un poco más pobres y en posesión de un producto que probablemente no necesitábamos.

Pero, lastimosamente, los resultados de estas falacias pueden ser trágicos cuando la afirmación atenta contra nuestra salud. En el contexto de la pandemia, el presidente de EE. UU., Donald Trump, afirmó el pasado mes de abril que tomar desinfectante podía matar al virus causante de la covid-19. Esta afirmación motivó a que muchas personas tomaran desinfectante y pusieran en riesgo sus vidas. ¿Por qué lo hicieron? Porque lo dijo el presidente, la máxima autoridad política y moral del país, y “el presidente no se puede equivocar”. El presidente Jair Balsonaro de Brasil ha afirmado reiteradamente que la pandemia de la covid-19 es un engaño de los medios de comunicación, que la han sobredimensionado. Se ha rehusado a usar mascarilla en actos públicos, motivando a miles de sus seguidores a hacer lo mismo, poniendo en riesgo su salud.

Es precisamente por este poder político y moral que reviste al cargo de presidente de una nación que quien ostenta dicha magistratura debe ser un modelo que influya positivamente en su pueblo, que sea el ejemplo que seguir. Cuando ese poder político y moral se utiliza para engañar, tergiversar la verdad y desarrollar una agenda política personal, se cae en el populismo y en la demagogia. Cuando el presidente se niega a escuchar y a discutir con argumentos sólidos la pandemia con los expertos que están en desacuerdo con sus medidas, los desacredita e incluso los ofende, llamándoles imbéciles y otros tantos improperios, está haciendo uso de su poder como presidente para imponer “su verdad” con argumentos falaces.

La misma responsabilidad recae sobre otros órganos del Estado que también están revestidos de poder y ejercen influencia en las masas. Un ejemplo reciente puede ayudar a ilustrar este efecto en el pueblo. Al fallar la Sala de lo Constitucional en contra de los Decretos Ejecutivos relacionados con la pandemia, los medios de comunicación mostraron varios ejemplos de personas que se rehusaban a usar mascarilla, a guardar la distancia física entre sí e incluso llevaban pasajeros hacinados en sus vehículos, arguyendo que las autoridades (la policía) no podían decirles nada porque “ya la Sala había dicho que los decretos del ejecutivo eran inconstitucionales”. Este es otro ejemplo del poder de la autoridad: magister dixit.

Hay muchas otras falacias utilizadas por el poder en su discurso que pueden discutirse en una publicación más extensa. Pero quiero, por último, referirme al concepto de la mayoría con relación al abrumador apoyo que recibe el presidente de parte de la población, según demuestran las últimas encuestas publicadas. Me refiero a la falacia ad populum. La naturaleza humana nos induce a creer que lo que dice o piensa la mayoría es verdad, porque ¿cómo puede tanta gente estar equivocada? La ciencia nos ha demostrado una y otra vez que no importa si el 100 % de la humanidad cree en algo, eso no lo vuelve necesariamente cierto. Así, por siglos, la humanidad entera creyó que la Tierra era cuadrada y era el centro del universo. Esta afirmación universal, basada en una observación limitada, tenía carácter científico, en el sentido moderno, ya que se basaba en la información disponible, pero no era verdad. Luego, Nicolás Copérnico, Galileo Galilei y otros astrónomos y geógrafos lograron demostrar con mediciones y observaciones más exactas que la Tierra no era el centro del universo y que era, en realidad, redonda.

Las últimas encuestas de opinión pública le dan al presidente una aprobación arriba del 90 %, lo cual ha motivado, precisamente, expresiones del tipo “el 93 % de la población no puede estar equivocado”.  Bueno, en realidad, sí puede estar equivocado, incluso si fuera el 100 % de la población. Las noticias falsas funcionan de esta manera. Hacen que una afirmación basada en premisas falsas se esparza en el universo virtual cada vez que otra persona la reenvía, multiplicándose en forma exponencial hasta llegar a todo el mundo. En ese momento, la mayoría la convierte en verdad. En tiempos de pandemia hemos visto proliferar estas noticias. Por ejemplo, alguien publicó que los escáneres de temperatura que se utilizan para medir la temperatura de las personas cuando acceden a centros comerciales utilizaban rayos láser capaces de quemar la retina o llegar hasta el cerebro. Por el efecto de bola de nieve, esta afirmación sin base científica fue tomada como verdadera por la mayoría (ad populum), de tal manera que muchos se niegan a que les tomen la temperatura en la frente o en los oídos, por temor a que “los quemen”.

En conclusión, el mundo de la posverdad y las noticias falsas no es más que un déjà vu del uso a través de la historia de las falacias por el poder (político, económico, mediático, religioso) para mantener el poder. También sirve como adelanto de lo que está por venir en las elecciones de diputados y alcaldes del próximo año. ¿Cómo combatir las falacias? La fórmula es sencilla: verificar las afirmaciones en fuentes confiables, consultar a los expertos, buscar contradicciones y argumentos falaces en el discurso del poder, y desconfiar tanto de las afirmaciones simplistas como de las apocalípticas.

Jorge Lemus es profesor investigador de la Universidad Don Bosco y secretario de la Academia Salvadoreña de la Lengua, correspondiente a la RAE. Tiene un Doctorado en lingüística por la Universidad de Arizona y fue nombrado Premio Nacional de Cultura en 2010.
Jorge Lemus es profesor investigador de la Universidad Don Bosco y secretario de la Academia Salvadoreña de la Lengua, correspondiente a la RAE. Tiene un Doctorado en lingüística por la Universidad de Arizona y fue nombrado Premio Nacional de Cultura en 2010.

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