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El hambre blanca

Las banderas blancas, que alguna vez significaron paz, son ahora el SOS en las puertas de miles de salvadoreños. Visibilizan el hambre, consecuencia de una enfermedad crónica de desigualdad, miseria y vulnerabilidad ante la que el estado salvadoreño solo ha respondido, gobierno tras gobierno, con placebos. El coronavirus, con su parálisis económica, ha convertido el hambre en hambruna. Pero las banderas blancas han encontrado una respuesta espontánea de la sociedad civil. 

 
 

1.- Dino

En una vida anterior, Dino Safie era cantante de un grupo de música católica llamado Totus Tuus, muy conocido en los círculos carismáticos en Centroamérica. A principios de marzo el grupo se fue de gira por Guatemala y el sur de México. Regresaron a El Salvador por tierra el 12 de marzo, cuando el gobierno ya había impuesto cuarentena obligatoria para los retornados. Los llevaron al centro de contención de Jiquilisco, uno de los primeros, en el que no había ni protocolos sanitarios ni mascarillas ni papel higiénico ni nada, apenas unas colchonetas pegadas a otras y a otras donde cientos dormían hacinados y unos baños con un letrero en la puerta que decía “NO SIRVE”.

Safie comenzó a publicar en redes sociales las condiciones de los retenidos en Jiquilisco; solicitó comida, pidió mascarillas, alcohol gel, ropa y medicinas para los enfermos. Y papel higiénico. En poco tiempo se convirtió en portavoz de los retenidos y referencia obligada para quien quisiera saber qué pasaba en los centros de contención, en contraste con un gobierno que se negaba a informar sobre la situación de miles de salvadoreños internos en esos lugares.

En unos cuantos días sus redes crecieron exponencialmente. Pasó de 200 seguidores en Twitter a 17,000. En Instagram aumentó de 2,000 a 45,000. Dino Safie se convirtió en un personaje.

Dice haber recibido llamadas de funcionarios de gobierno pidiéndole que bajara el tono de las críticas. “Les dije que si traían a la (ministra de Vivienda) Michelle Sol a Jiquilisco, en vez del hotel boutique donde se tomaba fotos tomando Starbucks, yo cerraba mis redes sociales, me callaba y me quedaba voluntariamente dos meses en Jiquilisco. Por supuesto, eso no sucedió”.

Las quejas por las condiciones de hacinamiento, falta de higiene y nulos protocolos de sanidad llevaron al cierre del centro de Jiquilisco. Cuando Safie salió, el 10 de abril, ya estaba convertido en el principal vocero de los 2,000 salvadoreños recluidos en centros de contención.

“Me seguían enviando mensajes de los centros y de los hospitales, pidiendo que denunciara sus necesidades y sus carencias, pero también afuera me seguían llegando donaciones. Era tanto lo que había que hacer que un día abrí un grupo de whatsapp y le pedí a la gente en redes que quien quisiera ayudarme a llevar donaciones se metiera en el whatsapp”. Ese mismo día reclutó a 20 voluntarios. Bautizó a su improvisada organización como Solidaritón y abrió una cuenta en GoFundMe, una página web donde la gente puede donar a proyectos. Allí le han depositado más de $60,000. Ha recibido además cientos de donaciones en especie. Hasta hoy, dice, ha distribuido más de 3,000 canastas de víveres.

Dino Safie (derecha) en una ferretería de Verapaz, San Vicente. En el lugar compró láminas y cemento para ayudar a construir una vivienda a una mujer de la zona rural de Verapaz. Foto de El Faro: Carlos Barrera.
 
Dino Safie (derecha) en una ferretería de Verapaz, San Vicente. En el lugar compró láminas y cemento para ayudar a construir una vivienda a una mujer de la zona rural de Verapaz. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

No es el único que distribuye canastas. En las redes sociales se han disparado las fotos de ciudadanos ayudando a víctimas del hambre.

También el gobierno, que ha hecho desfilar a ministros distribuyendo canastas y los ha retratado en producciones profesionales cuyo detrás de cámaras ha circulado también en redes: dos ministros cargando ayuda y a su alrededor una docena de camarógrafos y fotógrafos capturando la escena desde todos los ángulos; personas vestidas humildemente que, sonriendo, reciben una bolsa con alimentos del gobierno. Devuelven la bolsa y sonríen nuevamente y la vuelven a recibir y repiten la escena hasta que el director de cámaras se siente satisfecho. Esta administración presupuestó para el 2020 más de $15 millones en publicidad que no fueron reorientados por la emergencia.

Safie también se hace fotos entregando ayuda, pero las suyas son selfies.

A principios de mayo, cuando el gobierno suspendió el transporte público, Dino Safie tomó parte del dinero que le han donado y alquiló varios microbuses para ofrecer transporte gratuito a personal médico, de los hospitales a sus casas y de sus casas a los hospitales. Casi de inmediato, ante la necesidad, amplió el servicio a enfermos que requieren servicios vitales, como quimioterapias o diálisis, y que no tienen cómo asistir a sus tratamientos sin transporte público. Subió a sus redes las fotos de enfermeras en las camionetas, de los enfermos en los microbuses. Las donaciones se multiplicaron.

Ahora hay unas 30 personas trabajando en Solidaritón, la mayoría voluntarios, aunque a algunos los ha contratado para que conduzcan los microbuses. Los demás coordinan la distribución de donaciones, las rutas de transporte médico o la compra de materiales para quienes han perdido su casa o necesitan colchonetas. Del trabajo de escritorio (revisar la página de GoFundMe, redes sociales, tramitar solicitudes de ayuda, coordinación, recepción de donaciones etc…) se encargan los voluntarios. Safie prefiere la calle. Él lleva todos los días canastas con víveres y ropa a comunidades hambrientas en todo el país. “Así se bajan las banderas blancas”, dice.

Dino es un joven menudo que parece estar siempre de buen humor. Dice que aún vive de las regalías que le dan en los sitios de streaming musical por sus canciones, pero la ligera fama entre grupos juveniles católicos que adquirió como vocalista de Totus Tuus es un juego de niños comparada con la que ha adquirido en la pandemia. Ahora también promociona productos en sus redes sociales, lo cual le genera más ingresos. Es una figura pública que da buena imagen a cualquier marca. Y él lo sabe.

Le llamé un día de mayo para conocer su operación. Nos quedamos de ver en su centro de logística, un estacionamiento en un pequeño centro comercial, junto a las bodegas San Jorge. Los locales están cerrados, salvo por un minisúper que tiene estos días por cliente único a Solidaritón, que compra allí los productos para armar sus canastas. Pero si uno pasa cualquier día verá el estacionamiento lleno, con los vehículos de voluntarios, los microbuses de las rutas médicas, y de donantes.

Allí me encontré con Safie un mediodía de mayo. Llenó con canastas la parte trasera de un pickup y partimos rumbo a Ilopango. Me contó que Maribel López, trabajadora social en la alcaldía de ese municipio y líder comunitaria del cantón Changallo, lo había contactado un par de días antes. Su comunidad estaba hambrienta y desamparada.

Maribel nos encontró arriba, frente a la alcaldía, adelante de las escuelas de aviación que dan servicio al aeropuerto contiguo. Ella y su esposo, Santos González, nos guiaron calle abajo, serpenteando laderas. Pasamos frente a un polígono de tiro, el único lugar desde el que se ve el lago cráter, y seguimos bajando por la calle, vestida solo a uno de sus costados, por banderas blancas, afuera de viviendas paupérrimas que parecen estar en coma. Con paredes de láminas oxidadas y desprendidas, sin una parte del techo, con bolsas de plástico para tapar algún hoyo. A un lado las casas al borde del precipicio; al otro el muro natural que desciende sobre uno, que es el precipicio de los de arriba.

En la bajada nos detuvimos en algunas viviendas con banderas blancas, para que Safie les entregara bolsas con víveres. Como en buena parte del país, aquí el hambre se ha propagado con mayor velocidad que el coronavirus.

Una casa de Changallo que ya había sufrido con las lluvias de 2019 terminó cediendo ante la tormenta Amanda. De pie solo quedo una parte de la pared y la puerta. Foto de El Faro: Carlos Barrera.
 
Una casa de Changallo que ya había sufrido con las lluvias de 2019 terminó cediendo ante la tormenta Amanda. De pie solo quedo una parte de la pared y la puerta. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

2.- El hambre también es un virus

Yo ví las primeras banderas blancas a mediados de abril, sobre la Avenida Juan Pablo Segundo, en mi primera salida para reportear desde que comenzó la cuarentena. Salí de casa con la intención de ver, por primera vez en mi vida, el centro vacío. Ya estaba instalado el cerco sanitario así que tuve que pasar dos retenes policiales y militares, cerca de la Biblioteca Legislativa, e ingresé en las extrañamente desiertas y silenciosas calles del centro. Vi muchas banderas blancas afuera de los mesones. Banderas que nadie, salvo quienes tenían algún tipo de autorización –como los periodistas– para pasar el cerco, podían ver.

Los mesones son viejas casonas del centro de San Salvador, que hace medio siglo ya estaban venidas a menos. Suelen estar subdivididas en decenas de cuartos que sirven de vivienda a vendedoras de verduras y ropa, mecánicos, choferes de buses, electricistas etc… Los cuartos sin ventana cobran $3 diarios y los más grandes, en los que caben tres colchonetas, $5. La mayoría de mesones tienen baños comunitarios.

Me detuve a hablar con los hambrientos de los mesones del centro, que me preguntaron si no venía de la alcaldía o de un partido político, porque dos días antes habían llegado empleados municipales que condicionaron la entrega de víveres a cambio de que bajaran las banderas blancas. Según les dijeron, lo de las banderas era un plan de políticos enemigos del gobierno.

El mensaje fue incluso propagado por funcionarios de esta administración. Las banderas blancas, dijo Pablo Anliker, ministro de Agricultura, las sembraban opositores para hacer quedar mal al gobierno. “Es una bajeza política”, escribió en un Twitter. Su prueba era un chat de una mujer que le decía que a su vecina unos desconocidos le habían colocado una bandera blanca en su casa, en un lugar que ella no alcanzaba, y que no la podía bajar. “¿Qué clase de personas son? ¡Sinvergüenzas!”, escribió el ministro.

Como confirmé en los días siguientes, bastaba conducir un automóvil en cualquier dirección para verlas en la ciudad. O para verlas camino al Puerto de La Libertad. O en Chalatenango. O en Ahuachapán. O en Usulután. O en San Vicente. O en la carretera de Oro o en la carretera a Comalapa o en la del Litoral hacia oriente u occidente o en Quezaltepeque o en Santa Lucía o en Soyapango o en Verapaz o en La Unión o en los Talpas o en Los Naranjos o en el Bajo Lempa o en Lourdes Colón, Ayutuxtepeque, Olocuilta. Yo las vi.

Y en todos esos lados, si uno se detenía, podía confirmar que la verdadera oposición, el verdadero virus, era invariablemente el hambre. Es el hambre, en presente, que he visto durante los tres meses en los que he reporteado este material. Ya estamos en julio y las banderas siguen ondeando en todo el país. Las banderas vivirán mientras viva la pandemia. Porque millones de salvadoreños tienen hambre.

Hambre rural, hambre urbana, hambre semiurbana, hambre semirural, hambre costera y hambre de montaña y hambre de los volcanes y de las quebradas y de las fincas y de los cantones y de las veredas y de las avenidas.

El hambre de los niños de la señora Gloria García, que vive en una comunidad junto a la vía férrea llamada Las Seiscientas Uno, en Sonsonate; que se dedica a vender ropa usada pero que en mayo llevaba dos meses sin ropa que vender ni nadie que le compre ni transporte público para ir a comprar la ropa ni para venderla. Que tiene dos nietos a su cargo, pero no tiene luz ni agua y como no tiene luz ni agua no recibió el bono del gobierno y como vive en una comunidad a espaldas de la carretera nadie se había detenido a darles nada, salvo alguien que le regaló “una bolsa de pan francés”. Llevaba tres días, según me dijo, amortiguando el hambre de sus nietos apenas con azúcar diluida en agua.

Pero a toda acción corresponde una reacción y, a veces, esa regla se cumple incluso en El Salvador. A las banderas blancas, muchos salvadoreños han respondido con solidaridad. Posteé en redes sociales una foto de la comunidad con sus banderas blancas. En corto tiempo recibí tres mensajes preguntándome dónde era y qué necesitaban; algunas personas llevaron ayuda.

No es que esos salvadoreños no supieran que en este país siempre hay hambre, es que las banderas visibilizan el hambre. No es lo mismo saber que en El Salvador hay pobreza que ver la bandera y tomar acción para calmar estómagos ajenos. La ayuda es un paliativo, capaz de mitigar la hambruna pero no de erradicar el hambre. Lo que sí puede, en algunos casos, es cambiar la vida de los solidarios. Como la de Dino Safie. Por eso quise conocer su operación.

Familias de la comunidad Las Seiscientas Uno salen todos los días, desde el inicio de la cuarentena, para pedir alimentos en la carretera a Sonsonate, a la altura de Lourdes en el municipio de Colón, La Libertad. Foto de El Faro: Carlos Barrera.
 
Familias de la comunidad Las Seiscientas Uno salen todos los días, desde el inicio de la cuarentena, para pedir alimentos en la carretera a Sonsonate, a la altura de Lourdes en el municipio de Colón, La Libertad. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

Camino al lago de Ilopango tomamos un desvío en el puesto policial conocido como Changallo. Allí ingresamos al caserío del mismo nombre hasta topar con el río Chagüite, un flujo de agua color malva, combinación de la contaminación de sus aguas y el sedimento arenoso. Allí la comunidad ha construido una cancha de fútbol que es además lugar de encuentro de sus pobladores. Allí nos estacionamos y de la ribera del río comenzaron a salir decenas de vecinos, en busca de una bolsa de víveres.

Como viven en un lugar al que no llegan automóviles ni gente extraña, no tiene ningún sentido colocar un trapo fuera de su casa. Su bandera blanca tiene nombre: Maribel López de González. Ella los ordenó y Dino les repartió toda la carga de la camioneta. No alcanzó para todos. Nunca alcanza.

Safie se hizo varias fotos entregando ayuda, que terminarían minutos después en sus redes sociales. Antes de irnos, Maribel y su esposo, Santos González, nos invitaron a conocer la tercera etapa de Changallo, al otro lado del río. Cruzamos a pie un pequeño puente peatonal y nos internamos en un pequeño camino rural de tierra, hasta llegar a un terreno con dos árboles de mango, un barril oxidado a la intemperie y una construcción de bahareque rodeada de una barricada de tierra. Afuera vi a un viejo, de rostro inofensivo y exhausto. Ese viejo se llama Felipe Reyes.

3.- Ilopango

El hambre de Felipe Reyes es anterior al virus. Diez años, los que tiene de no ver, por hacer la cuenta corta; o 76, los que tiene de vida, por hacer la otra. La suya es un hambre heredada. Antes, dice, recorría las calles de Ilopango empujando un carretón de minutas. Fue perdiendo de a poco la vista hasta que, hace una década, ya no supo distinguir entre un cliente y un asaltante.

Es un viejo menudo del color del rubor, que camina con las manos en los bolsillos del pantalón. Vive solo, en este caserío de unas cuarenta viviendas instaladas en una delgada lengua de tierra entre el río Chagüite y un muro natural de unos veinte metros de altura, que forma parte de los pliegues externos del cráter del volcán de Ilopango. Es decir, en un barranco, asediado por las posibilidades del desborde del río y un deslizamiento de tierra.

La vivienda de Felipe Reyes es una estructura de una pieza, con paredes de barro y cañas ya podridas que al apretarlas se deshacen en las manos; el piso es de tierra, como casi todas las casas de aquí. Adentro hay tres pantalones y cuatro camisas colgadas de una pita de tendedero y una Biblia y una pequeña hornilla y una cacerola tatemada y una cuchara doblada y una taza de aluminio y un televisor de bulbos que no sirve y un radio que tampoco sirve y un banquito y una colchoneta sobre la que duerme. En su hornilla, que es su cocina, solo hay sal.

Las palabras que en otras casas son indispensables aquí no significan nada porque de nada sirve nombrar cosas que no existen. Palabras como sillón, comedor, chinero, refrigerador, alacena, closet, trapeador -¿de qué sirve un trapeador en una casa con piso de tierra?-, servilleta, regadera o adornos. Nada de eso existe aquí. Aunque, a decir verdad, sí hay un adorno: Una vieja y destartalada máquina Singer de coser, de las de pedal, que tampoco funciona. Su única herencia. Está junto a la entrada y sirve de mesa, de percha, de adorno. Felipe Reyes tiene un adorno en su casa.

La colchoneta sobre la que duerme está mojada y apesta y el piso es un lodazal en el que se hunden mis pasos al entrar. Hongos y esporas se han adueñado de lo poco que hay aquí adentro y saturan el aire. La casa de Felipe Reyes es inhabitable.

La cocina al interior de la casa de Felipe Reyes. El único ingrediente que había para cocinar era una bolsa con sal. Foto de El Faro: Carlos Barrera.
 
La cocina al interior de la casa de Felipe Reyes. El único ingrediente que había para cocinar era una bolsa con sal. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

Sucedió una noche reciente: Un río de lodo bajó desde el cerro y se metió por debajo de la puerta. No fue durante la tormenta Amanda sino en una tan insignificante que ni nombre alcanzó a tener, que cayó dos semanas antes. Con un poco de agua bastó para que la tierra suelta del cerro encontrara cauce hasta la puerta de su casa.

“Esta casa yo la hice”, me dice y pienso que hace unos años tal vez lo habría dicho con un poco de orgullo y no como lo dice hoy, que no es un tono amargo ni dramático sino el de la resignación de una pérdida más. En este lodazal siguió durmiendo los días siguientes, porque para dónde. “Me prestaron una pala y saqué el lodo que pude, pero cuesta, porque no veo”. Ese lodo lo acumuló frente a la entrada, a manera de trinchera, esperando que la desgracia sirviera de protección contra la próxima lavada del cerro. “Pues sí, ahorita duermo mojado. Pero para dónde”. Para dónde.

Me habla sin mascarilla. Y yo, que he pasado un mes encerrado y que he llegado hasta aquí con guantes y mascarilla y dos litros de alcohol gel en el carro, lo notaré algunas horas después, cuando vea en mi teléfono la foto que le hice. Aquí hasta el coronavirus parece fuera de contexto. Las urgencias de toda la vida no permiten reconocerle.

Le pregunto a Felipe Reyes si tiene energía eléctrica y enciende una luz blanca, trémula, que cuelga de un cable sobre la hornilla de la casucha que hoy es un foco de infección. ¿Cómo paga la luz? No la paga. Este foco ahorrador es lo único que consume energía. El subsidio estatal le queda debiendo.

El agua es comunitaria. Su conexión es un tubo de plástico blanco que culmina en un chorro que flota afuera de su casa sobre un barril oxidado, podrido, que le sirve de pila, porque ANDA no es muy regular en la distribución y aquí “a veces cae y a veces no”.

Esta es la segunda casa que pierde Felipe. Desde el portal señala al fondo de su pequeño terreno, un rincón donde ha crecido monte.

-Allí estaba la casa antes.

-¿Antes de qué?

-De que se la llevara el Mitch. No quedó nada.

Felipe Reyes se instaló en este terrenito a finales del siglo pasado. Llegó aquí con su mamá, proveniente de Santiago Texacuangos, el municipio contiguo, al sur de Ilopango. No recuerda, o no quiere recordar, exactamente por qué se fueron de allá. “Aquí me gustó porque eran lotes. Yo estaba pagando el mío pero el dueño, un señor llamado Jesús Navarrete, se endeudó con el banco y le embargaron. El banco es dueño de estas tierras. ¿Pero para qué quiere un banco estos barrancos?”. Termina de decir esto y se agacha, los dedos corriendo por la pierna, a amarrarse los zapatos, sus únicos zapatos, negros y con cintas, cubiertos por una capa del lodo seco. “Lo único es que no tengo zapatos para la lluvia”, dice.

No recibe ingresos desde que dejó el carretón. Tras la muerte de su madre se quedó solo. No tiene más familia. Está registrado en el fondo para adultos mayores, que le debería entregar $50 al mes. Con eso no alcanza ni para la canasta básica pero menos alcanza si no se los entregan. En lo que va de año, ni Felipe ni ninguno de los 14 adultos mayores de Changallo registrados para recibir esa ayuda ha visto un solo centavo.

Él vive ahora de vender o canjear mangos, que cuando es temporada caen por costaladas de los dos árboles que tiene en su patio. Con eso “paga”, por ejemplo, los rastrillos con que se ha rasurado esta mañana. Cuando no hay más mangos, los rastrillos, la comida y todas sus otras necesidades son producto neto de la solidaridad de sus vecinos, que viven en casas de piso de tierra y paredes de bahareque y techos de láminas agujereadas, pero que tienen la vista buena para recoger chatarra o botellas de plástico o sacan y venden arena del río o tienen un pariente que les manda dinero. Esos vecinos comparten su comida con él.

Pero la solidaridad de los vecinos también se ha reducido, porque su situación ha empeorado desde marzo, cuando El Salvador entró en cuarentena.

Viven principalmente del reciclaje y de la extracción de arena del lecho del Chagüite. Pero hoy no hay ni qué reciclar ni cómo llevarlo a las recicladoras. En tiempos normales, los que sacan arena del río hacen sus montículos y los venden a camioneros que a su vez los llevan a construcciones en todo el país. Pero con la cuarentena se paró la construcción así que todo Changallo está también parado. Recluido en este rincón del país, el viejo Felipe Reyes hoy tiene más hambre porque se detuvo la construcción de algún edificio en Santa Elena que él jamás verá. Porque casi nunca sale de Changallo, de su casa podrida y rota en la que ya no se puede vivir.

Dino Safie pregunta cómo puede ayudar al viejo Felipe. Maribel y Santos le cuentan que, algún tiempo atrás, la Asociación de Desarrollo Comunitario de Changallo aprobó construirle una nueva casa. Ya tenían el diseño, autoría de Santos: piso de cemento, base de paredes de ladrillo de concreto, ventanas y lámina para el techo. Pero deudas de la comunidad les imposibilitaron comprar los materiales. Dino dijo que podía donar los materiales si la comunidad se encargaba de la construcción. Sellaron el acuerdo.

Allí mismo supo Dino Safie que, con el dinero que le donaban, podía hacer algo más que repartir canastas y transportar gente: podía construir casas.

Felipe Reyes se despide de Dino Safie. En el lugar, gracias a la iniciativa de Safie, se construye una casa de ladrillos para Felipe. Foto de El Faro: Carlos Barrera.
 
Felipe Reyes se despide de Dino Safie. En el lugar, gracias a la iniciativa de Safie, se construye una casa de ladrillos para Felipe. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

4.- Amanda

Cuando el agua cayó, El Salvador llevaba más de dos meses en cuarentena, con la economía paralizada y en medio de una crisis política profunda. En las casas pobres de un país pobre, casi nadie había recibido ingresos en diez semanas.

Entre el 29 de mayo y el 1 de junio, la tormenta Amanda devoró viviendas de frontera a frontera. Junto a quebradas, lagos, volcanes, ríos, cerros. En la costa y en las ciudades. Más de 3,000 viviendas dañadas, muchas irreparables. En cada una vivía una familia que ya estaba desamparada.

La lluvia cayó sobre un país colmado de banderas blancas. O de objetos que representan banderas blancas: Un trapo, una camisa, una bolsa de yute, tela o plástico, lo que sea, pero que sea blanco, amarrado a una rama, una escoba, un tubo, una viga. Un palo. Objetos blancos que representan una bandera que significa: Tenemos hambre. Yo llevaba varios días recorriendo el país y viéndolas por todos lados.

A mediados de mayo subí a redes sociales un par de fotos de gente ondeando trapos blancos. Un periodista norteamericano, que pasó algún tiempo en El Salvador durante los años de la guerra, me escribió: “¿Qué significan esas banderas blancas? Me recuerdan a la gente huyendo de Soyapango, en la ofensiva. Querían decir No Disparen. ¿Qué significan ahora?”

Le dije que en el fondo querían decir lo mismo: Queremos vivir. Pero ahora lo que necesitan es comida. Después de la tormenta, las cosas solo empeoraron.

Entre el 29 de mayo y el 1 de junio, la lluvia acumuló en algunos lugares hasta 850 milímetros. Es decir, casi la mitad del total de agua que cae cada año en El Salvador. Los meteorólogos dijeron que Amanda siguió su camino, que atravesó Guatemala y llegó un día después al Golfo de México. Pero aquí siguió lloviendo. Treinta personas murieron. 30,000 familias resultaron damnificadas.

Decenas de ríos desbordados, deslizamientos e inundaciones desnudaron nuevamente la vulnerabilidad del país. Solo en la zona costera de La Libertad se desbordaron cinco ríos.

La tormenta entró en su fase más intensa la noche del sábado 30 de mayo. En la madrugada del domingo, ya los daños eran mayúsculos. Las redes sociales se inundaron de videos del desastre: carros arrastrados y casas deslizándose en San Salvador; calles convertidas en efluvios navegables; bordas cediendo a la fuerza del agua. Seres humanos aferrándose a un lazo o un poste. Las dimensiones del desastre fueron tales que, por primera vez en más de dos meses, en El Salvador no se habló del coronavirus. Sino de Amanda.

5.- Náufragos en la costa

Abrieron los ojos de golpe poco después de las tres de la mañana. Ya estaban mojados los tres y el piso era una charca con fondo de lodo espeso. Empapadas, la cama y las dos colchonetas quedaron inservibles. También la cocinita y casi toda la ropa que tenían. La mesa enclenque de madera fue la última en perderse. Chuy, el menor de la familia Obispo, comandó el rescate de lo poco que quedó salvable: una silla y la ropa colgada en un cable. Nada más. Su casa había naufragado.

La tormenta Amanda fraguó la catástrofe 15 kilómetros atrás: Nutrió el río Grande desde su nacimiento con tanta agua que se fue llevando árboles a su paso, lavando las riberas hasta derribarlos desde sus fundamentos. Troncos, ramas y bulbos masivos de raíces macizas se acumularon en la bóveda del puente sobre la carretera del litoral, y el agua siguió creciendo, en carrera imparable hacia el mar. Obstaculizada por los árboles atorados bajo el puente, la correntada ganó altura y atravesó la carretera como un tsunami. No necesitó desviarse mucho para arrasar con la casa de la familia Obispo. Chuy, su papá y su hermano mayor se refugiaron en el gallinero, construido sobre una elevación del terreno.

Jesús Obispo Rivera tiene 17 años de edad y vive en la comunidad Río Grande de Tamanique, La Libertad. La tormenta tropical Amanda dejó en ruinas la casa en la que Jesús vive con su padre y hermano. Foto de EL Faro: Carlos Barrera
 
Jesús Obispo Rivera tiene 17 años de edad y vive en la comunidad Río Grande de Tamanique, La Libertad. La tormenta tropical Amanda dejó en ruinas la casa en la que Jesús vive con su padre y hermano. Foto de EL Faro: Carlos Barrera

Una hora después, tras asimilar la pérdida, al padre de Chuy se le bajó la presión. Ninguno había comido nada en todo el día anterior. Llovía con más fuerza y las aguas del río Grande les llegaban en oleadas. Chuy consiguió un ajo, la única medicina que pueden pagar, y pidió ayuda a los vecinos para que alguien lo llevara a una clínica. Su hermano mayor acompañó al papá. Una hora después, estabilizado, lo trajeron de regreso.

Aún caía agua al día siguiente, primero de junio, y el cielo era una declaración de guerra. Pero las gotas eran delgadas e incapaces siquiera de mover una hoja. Como si las nubes descansaran del torrente previo. Encontré a Chuy limpiando el techo del gallinero sin gallinas al que la correntada perdonó la vida. Con una escoba evacuaba tierra y rocas de las canaletas de asbesto. Es el hogar temporal de la familia. La tarde anterior consiguió una colchoneta seca, donde duermen ahora los tres. “Apretados”, dice.

Esta comunidad, que comparte nombre con el río, es la línea de casas previa a la playa del Tunco, la más turística del país. El Tunco está cerrado y a punto de quebrar. Los pobladores de Río Grande, que vivían de servicios a turistas y casas de verano, han sacado banderas blancas.

Como muchos de los cipotes de esta costa, Chuy Obispo practica el surf y dice que no lo hace tan mal, aunque tenga ya más de dos meses de no meterse al mar, desde que cerraron las playas por la pandemia. Es un chico de 17 años que parece de 15. Flaco, pequeño y con el cabello rubio, tiene ese ritmo relajado del mar, un paso por debajo de la velocidad de los citadinos, con el que me contó sin dramatismos el drama de estos días.

La familia llevaba ya dos meses sin ingresos cuando la tormenta Amanda los acabó de romper.

-Mi mamá murió hace más de un año. Mi papá es ayudante de albañil y yo también ayudo cuando hay, pero desde que empezó lo del virus no hay para nadie”.

-¿Y de qué han vivido todo este tiempo?

-De lo que nos dan. El alcalde, el gobierno, la gente. Hoy vinieron unas personas a dejarnos desayuno. Más tarde nos dijeron que nos van a venir a dejar almuerzo. ¿Quiere ver cómo quedó la casa?

La casa era una base de ladrillos hasta la altura de la cintura, completada con bahareque. En el lugar de las ventanas hay un plástico negro, dos pares de láminas oxidadas y calaceadas y un cuarto espacio desnudo, por el que circula brisa cuando hay o tempestad cuando cae. Si la lluvia hubiese llegado despacito tampoco habría encontrado obstáculos para entrar. Cuando esta casa fue exigida, hizo agua por todos lados. En la sala quedó la cama del papá, con base y todo. Una buena cama perdida en la tormenta. El piso, de tierra, hoy es una trampa pantanosa de lodo y charcas. No tienen luz desde hace dos meses y el pozo de agua se tapó. Aquí ya no se puede vivir.

Volvemos al gallinero. Veo la silla que rescataron. Sigue lloviendo. Los Obispo de Río Grande llevan dos meses con hambre y un día sin casa.

-¿Por qué no se van a un albergue?

-Nos da miedo por la situación de ahorita, que nos vayamos a enfermar con el virus”.

Jaime Abarca golpea un saco en lo que quedó del pequeño gimnasio que tenía en su casa, en la comunidad Río Grande, de Tamanique, La Libertad. La vivienda de Jaime se inundó debido a la tormenta tropical Amanda. Foto de El Faro: Carlos Barrera.
 
Jaime Abarca golpea un saco en lo que quedó del pequeño gimnasio que tenía en su casa, en la comunidad Río Grande, de Tamanique, La Libertad. La vivienda de Jaime se inundó debido a la tormenta tropical Amanda. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

6.- Banderas en el litoral

En La Libertad me encontré con Salvador Castellanos, el periodista televisivo reconocido por su trabajo como corresponsal de la cadena Univisión. Me mostró los daños en la zona costera de Tamanique, en la que se encuentran decenas de caseríos y varios ríos que allí alcanzan la mar.

La misma tarde que Chuy perdió su casa, Castellanos solicitó, vía Twitter, ayuda para el albergue instalado en el Centro Escolar San Alfonso. Decenas de damnificados necesitaban de todo: ropa, comida, colchonetas. Pocas horas después ya le habían contactado del ministerio de Turismo y de otros lugares para ofrecer ayuda, y la enviaron pronto.

Aquí las cosas funcionaron mejor que en otros lugares. La experiencia anual del desborde de ríos, y el sentido de comunidad, permiten a los costeños reaccionar rápidamente. A pesar de que este gobierno decidió no involucrar a Protección Civil en la pandemia, la red local se activó automáticamente con la tormenta. Pobladores y coordinadores se reunieron en el centro escolar, como todos los años; agentes de la PNC y representantes de salud local llegaron también para hacer su trabajo.

Al día siguiente, cuando visité el lugar, dos policías custodiaban la escuela albergue y voluntarios distribuían comida a decenas de damnificados. Ya para entonces dormían en las colchonetas que Castellanos consiguió.

“No creo en el asistencialismo permanente sino en la formación y oportunidades”, dice Castellanos. “Pero esto es una emergencia y necesitamos responder todos”. Él y su familia, todos amantes del surf y cristianos, crearon hace una década la organización Christian Surfers y establecieron contacto con redes internacionales de personas con esas mismas vocaciones. “Es difícil predicar a un estómago vacío”, dice Castellanos. Su red imparte talleres de surf, de computación y de inglés a habitantes de esta zona del país. Esta red le ha permitido también activarse en emergencias como Amanda.

“La tormenta solo vino a agravar la situación en que ya estaba mucha gente aquí. Desde el inicio de la cuarentena ya estaba lleno de banderas blancas toda la zona, de gente que tiene hambre”. Antes de la tormenta, su red ya había distribuido unas 1,500 canastas de víveres. Pero sus llamados en redes sociales también atrajeron a nuevos altruistas.

Cuando terminaba de conversar con Chuy, el joven surfista, una enorme camioneta negra ingresó a la pequeña calle de tierra del caserío Río Grande. Toda la parte posterior estaba llena de bolsas de ropa y alimentos. Cuatro jóvenes, menores de 30 años, se bajaron a distribuirlas. Pregunté quiénes eran. Uno de ellos, llamado Will Álvarez, de 28 años, me dijo que venían de San Salvador, por cuenta propia. “En un chat de amigos comenté que quería ayudar y me ofrecieron más ayuda. En un ratito conseguimos $400 dólares en comida y más de 100 paquetes de ropa. Los andamos distribuyendo”. Le pregunté desde cuándo andaba repartiendo ayuda. “Comenzamos ayer”, dijo, al ver en redes sociales el desbordamiento de los ríos y el mensaje de Salvador Castellanos.

Cuando terminaron de repartir bolsas se fueron. A su salida se cruzaron con otra camioneta, de vecinos del puerto, que llegaban a distribuir comida caliente.

Pero en El Salvador, la necesidad es siempre mayor que la capacidad de ayudar. Solo uno de cada cinco salvadoreños económicamente activos tiene un empleo formal. Los otros viven de lo que hacen cada día. Si no salen no comen. Y llevan ya tres meses sin salir. Para empeorar la situación, el 20 por ciento de la población, los clientes de todos los demás, pasa también hoy por su peor momento.

Según Ricardo Castaneda, director Ejecutivo del Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales, ICEFI, la actual crisis económica desatada por la pandemia y las tormentas podría provocar la pérdida de más de 200,000 empleos formales. La economía salvadoreña, según las últimas estimaciones del Banco Central de Reserva, se contraerá entre 6,5% y 8,5%, una caída que no se veía desde los inicios de la guerra. Pero esos números tan impersonales que suelen arrojar las estimaciones económicas se traducen en salvadoreños en desgracia.

Ahora mismo, dice Castaneda, hay 800,000 personas en riesgo de caer en pobreza porque, además de la caída de la economía y los daños causados por las tormentas, hay que agregar que las remesas, el principal ingreso para cientos de miles de salvadoreños, también han sufrido una caída estrepitosa. “Es la tormenta perfecta”, dice. En las tormentas perfectas el primero en perderlo todo suele ser el que menos tiene.

El hambre vive en medio de la miseria que no es atribuible al coronavirus sino a otros males ancestrales que se llaman desigualdad, abandono, pertenencia a la casta más baja. Durante esta pandemia los más necesitados han llegado a un nivel de desesperación tal que han comenzado a gritar, y las banderas son su voz de auxilio. Y han funcionado.

“Cuando comencé a ver las primeras banderas blancas dije ‘qué vergón, la gente por fin se dará cuenta, cuando pase por la carretera, de que adentro hay familias que viven en malas condiciones’ –dice Castellanos–. El hambre en este país no es nueva. Las banderas lo que hacen es visibilizarla para quienes se han negado a verla”.

7.- Hágase la luz

A Verapaz no venía desde febrero de 2001, cuando una avalancha de rocas bajó del volcán de San Vicente a rematar algunas de las decenas de viviendas que ya se habían caído con el terremoto del 13 de febrero. Casi la mitad de los habitantes del departamento de San Vicente resultaron damnificados por aquel terremoto. Muchos perdieron completamente sus viviendas. Los tres pueblos más afectados fueron Guadalupe, San Cayetano y esta Verapaz.

Ya no se ve aquel paisaje compuesto por las rocas que obstaculizaban la carretera y los techos de las casas en el suelo. Pero, dos décadas después, los efectos de aquel terremoto no se han ido del todo.

Las viviendas temporales instaladas en terrenos baldíos de la alcaldía se convirtieron por inercia y por miseria en viviendas permanentes. La formalización del proceso terminó anclada en dos colonias de casas de piso de tierra y techo de lámina que hoy tienen banderas blancas en la puerta. En una de ellas, la más pobre de las casas pobres, vive Santos Ventura, un viejo sordo de 77 años al que la vida nunca le ofreció mucho.

Fue de los últimos en instalarse y lo hizo en un terrenito de esquina en las márgenes de la colonia que la municipalidad entregó a los damnificados de los terremotos. Él vino después, hace quince años, a comenzar de nuevo tras cumplir unos años en prisión “por un clavo que no era mío, que me lo sembraron”, dice, y es lo suficientemente sordo como para no escuchar cuando le pregunto de qué lo acusaron. Tampoco puede ver. “Se me hace una sombra negra enfrente”. Pero es difícil para cualquiera ver algo en la húmeda oscuridad de su casa, porque Santos Ventura no tiene luz.

Las láminas que componen su vivienda están oxidadas, corroídas por años de prestar servicios. Es la versión vicentina de la casa de Felipe Reyes que es la versión de Changallo de miles y miles de casas igualitas extendidas por todo El Salvador. En la casa de Santos Ventura todo está podrido: La madera de una única mesita que no parece dispuesta a aguantar un tropezón o siquiera el apoyo de un antebrazo; las patas de la base de su colchoneta; la colchoneta debajo de la cual guarda su DUI y que saca velozmente cuando llegamos y nos lo muestra por si acaso somos del gobierno y venimos a regalarle algo.

Santos Ventura tiene 77 años y vive en la colonia Nuevo Verapaz, del municipio de Verapaz, San Vicente. La vivienda de Santos está construida de láminas en un terreno que pertenece a la alcaldía del municipio. Al lugar llegaron los voluntarios de Solitaritón SV y proveyeron al anciano con alimentos básicos. También se coordinó la construcción de una vivienda digna para Santos. Foto de El Faro: Carlos Barrera.
 
Santos Ventura tiene 77 años y vive en la colonia Nuevo Verapaz, del municipio de Verapaz, San Vicente. La vivienda de Santos está construida de láminas en un terreno que pertenece a la alcaldía del municipio. Al lugar llegaron los voluntarios de Solitaritón SV y proveyeron al anciano con alimentos básicos. También se coordinó la construcción de una vivienda digna para Santos. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

Llegamos a su casa porque una trabajadora social de la colonia se puso en contacto con Solidaritón. Dino cargó su camioneta de bolsas con víveres y emprendimos el camino a San Vicente. Nos acompaña también Héctor Silva Hernández, el joven político del partido Nuestro Tiempo, que colabora como voluntario en Solidaritón. Tras ver las condiciones en las que vive el viejo Santos, Safie coordina allí con los organizadores comunitarios:

-¿Cuántas láminas necesitaríamos para reconstruirle toda la casa?

- Calculo que unas quince ya con el techo.

-¿Si yo se las compro usted se la construye?

-Sí, delo por hecho.

-¿Y tal vez también le ponemos la luz?

El terreno sobre el que Santos Ventura se instaló pertenece a la alcaldía. La compañía de electricidad no le puede conectar la luz, porque lo tiene que solicitar la municipalidad que considera a Santos Ventura un usurpador.

Dino pregunta de qué partido es el alcalde. De Arena. Consiguen el teléfono de un diputado pecenista, Roberto Angulo. Dino le explica la situación de Santos Ventura. 15 años viviendo aquí sin luz. Terreno de la alcaldía. Cuelgan. El diputado llama de vuelta cinco minutos después con una buena noticia: el próximo lunes, la alcaldía le conectará la luz al viejo. Los vecinos le dan un par de palmadas en la espalda. El viejo Santos Ventura no escucha, así que no se ha enterado de la conversación. “Hoy Dios le mandó a estos muchachos, don Santos”, le dicen los vecinos. Esos muchachos se ríen, con falsa modestia.

Yo pienso otras cosas: Que Santos Reyes ha envejecido a oscuras, durante 15 años, estando a tan solo una llamada de tener energía eléctrica. Que Santos Reyes lleva toda una vida muy, muy lejos de esa llamada.

También pienso que, incluso habiendo hecho la llamada, es muy posible que el diputado Angulo dijera cualquier cosa a estos muchachos, por salir del paso; o que el alcalde se comprometiera con el diputado de su partido, también por salir del paso. Diputado y alcalde tienen la posibilidad de cambiar la vida a Santos Reyes. Si ellos quieren, el lunes este señor tendrá luz eléctrica.

Le pregunto después a Dino Safie si se mira en la política, porque en las redes se especula con su doble intención.

–En Solidaritón hay voluntarios que son militantes del FMLN, de Nuevas Ideas y, como Héctor, de Nuestro Tiempo, pero les pido que no utilicen esto para hacer campaña y han cumplido. A mí ya me ofrecieron de dos partidos lanzarme para diputado, pero no tengo interés en eso. Sinceramente he descubierto que a mi lo que me gusta hacer es esto, ayudar.

Le digo que la política también sirve para ayudar, si los políticos son honestos. Y que él, que sube todos los días varias fotos suyas entregando ayuda, de alguna manera también está en campaña.

–Claro, si no fuera por lo que subo en las redes no recibiría tanta ayuda. Funciona en dos vías: a los que contribuyen les muestro qué hago con su dinero y a los demás los invito a donar. Las redes sirven para eso.

–También sirven para crear personajes. Influencers, como les llama tu generación.

–Uno puede influenciar hablando de videojuegos o puede influenciar así. Yo he descubierto en las redes la posibilidad de hacer algo que nunca me hubiera imaginado, que es conseguir ayuda para mucha gente.

La figura de Dino ha crecido a tal grado que la Unión Europea lo ha nombrado uno de sus voceros del programa de Respuesta Global al Coronavirus; y Coca Cola lo seleccionó como una de las figuras de su nueva campaña internacional “Dedicado a la humanidad”.

Le pregunto qué hará cuando pase la pandemia. Safie parece tener muy claro su futuro: “Quiero convertir Solidaritón en una fundación, con personería jurídica. En este país hay demasiadas necesidades”.

Una tarde lo acompañé a una de las colonias en las afueras de San Vicente. Es la capital del departamento con el mismo nombre, el cuarto más pobre del país. Proyecciones conservadoras indican que al terminar el año 55 por ciento de los vicentinos vivirá en pobreza. Una pobreza visible a pocas cuadras del centro de la capital: Calles de tierra en las que hay que esquivar rocas y basura. Las viviendas iguales a las de Changallo y Verapaz y Sonsonate, pero en otro lugar. Columnas de palo y paredes de bolsas plásticas o lámina. Y banderas blancas. San Vicente está rodeado de caseríos con banderas blancas.

Nos detuvimos en un pequeño vado y, en poco tiempo, cientos de vecinos se acercaron esperando recibir una bolsa con víveres. La ayuda que Safie transportó desde San Salvador en la parte trasera de un pickup fue insuficiente. Había que tomar una decisión: a quién dejar con hambre y a quién darle comida. Safie optó por la solución de los marineros: mujeres y niños primero, ancianos después. Pero ni para ellos alcanzó. “Nunca alcanza para todos”, me dijo. No. Nunca alcanza para todos.

María Magdalena vive en lo que queda de un camión a las afueras del casco urbano del municipio de San Vicente. Hasta ese lugar llegaron los voluntarios de Solidaritón SV para donarle alimentos. Foto de El Faro: Carlos Barrera.
 
María Magdalena vive en lo que queda de un camión a las afueras del casco urbano del municipio de San Vicente. Hasta ese lugar llegaron los voluntarios de Solidaritón SV para donarle alimentos. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

8.- Los vulnerables

Amanda pegó duro en Changallo. La avalancha de lodo que se vino abajo golpeó la primera línea de casas. Alcanzó a llevarse tres viviendas e inutilizó una docena más, pero no hubo víctimas que lamentar.

El lodo volvió a la casa de Felipe Reyes, que se encuentra en la segunda línea si contamos del cerro para abajo, pero no tocó los cimientos ni la base de ladrillo de concreto de su nueva casa que, desde unos días antes, la comunidad comenzó a construirle en otra parte de su terreno, con los materiales donados por Solidaritón.

“Es que toda esta tercera etapa de Changallo es muy vulnerable”, dice Maribel López, la trabajadora social de la alcaldía que coordina toda la emergencia. Y sí. Esta es una zona muy vulnerable en uno de los países más vulnerables a desastres naturales.

Pero la vulnerabilidad ya no es solo la de vivir junto al cráter de un volcán que hizo erupción por última vez apenas hace 13 décadas; o de vivir en un país sobre una falla geológica cuyos frecuentes acomodos producen terremotos. O la de las sequías o la de epidemias. No. Su vulnerabilidad es la del desborde del río, ya contaminado por fábricas y residenciales ladera arriba. Es la de los deslizamientos de las mismas laderas. Es la de las tormentas y los flujos de lodo que descienden por aquí. Es la de las viviendas de barro y caña brava, o de hoja de lámina, construidas en este barranco. Es la de la vulnerabilidad a los desastres no naturales: los de la violencia, los del abandono, los de la marginación. Es la vulnerabilidad de la pobreza. Aquí solo viven los que no tienen dónde más vivir.

Antes de la guerra, Changallo era una finca de café. Comenzó a poblarse por colonos que huían de territorios en conflicto, por desplazados de la guerra de Morazán y Usulután. “Mi papá fue de los primeros en llegar”, me dice Maribel. “Un amigo se lo trajo a trabajar a la hacienda, que estaba donde hoy está el predio Changallo. Él se fue trayendo gente de su pueblo, Berlín”.

Maribel pertenece a la primera generación nacida y crecida en el caserío de Changallo, en la ribera este del Chagüite, cuando el río aún traía agua limpia.

Ella y Santos, su marido, involucrados siempre en la vida comunitaria, decidieron formalizar su actividad comunitaria involucrándose en la Adesco. “La comunidad le debía como $4,000 a Anda y hubo asamblea general. Santos se metió. Yo le decía que no se metiera porque dos años antes habían matado a dos tesoreros de la directiva. A uno lo dejaron en la casa comunal”. Al presidente de la Adesco, Germán Murcia, lo asesinaron en 2015, en medio de una ola de violencia y enfrentamientos entre fuerzas de seguridad y pandilleros, en los inicios del gobierno de Salvador Sánchez Cerén (2014-2019). “En vez de hacerme caso, Santos me involucró como vocal”, dice Maribel, que ahora es promotora social de la Alcaldía.

Es una mujer con mucha energía y carácter suficiente como para comandar estas emergencias en Changallo. Al día siguiente de Amanda, instaló dos albergues, con ayuda de la Adesco, y coordinó las donaciones provenientes de oficinas del gobierno, de empresas locales y de fundaciones y movimientos ciudadanos. Su esposo, junto con el presidente de la Adesco, Pablo Navarro, dirigieron la evacuación de los habitantes atrapados entre el lodo que dejó Amanda. Ellos coordinan también la construcción de la casa de Felipe Reyes.

Maribel López camina junto a Dino Safie y Héctor Silva en las calles de Changallo, Ilopango. Maribel es trabajadora social de la alcaldía de Ilopango y coordina ayuda para las familias damnificadas de Changallo. Foto de El Faro: Carlos Barrera.
 
Maribel López camina junto a Dino Safie y Héctor Silva en las calles de Changallo, Ilopango. Maribel es trabajadora social de la alcaldía de Ilopango y coordina ayuda para las familias damnificadas de Changallo. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

La Adesco impuso un cobro comunitario a las areneras ($1 o $2 por camión de arena) que ha servido no solo para pagar la deuda de Anda, sino también para la construcción de la cancha que hoy es lugar de encuentro de la comunidad; y del puente de concreto que atraviesa el Chagüite; y están reparando la escuela local.

Amanda los obligó a evacuar a 140 familias. Ocuparon la escuela, de acuerdo con los planes de contingencia, como albergue. Pero no cabían tantos. Maribel López improvisó: se tomó iglesias y la casa comunitaria y los colocó a todos. A una familia la hospedó en su casa. Y consiguió ayuda.

La fui a ver después de Amanda y caminamos por la zona. Llegamos hasta la última casa de la ribera oeste del Chagüite, justo después de donde el río cae en cascada. Es un pequeño terreno contraminado por el cerro, a la espalda, y el río al frente. Allí vive Reynaldo, un vigilante privado, junto con su esposa, su suegra, cuatro hijas y tres nietos. Cuando llegamos, su esposa y su suegra hervían agua en una cacerola sobre una pequeña parrilla calentada por leña que han colocado a medio terreno. Una de ellas sostenía tres bulbos de yuca que acompañados de tortillas serían el almuerzo para toda la familia.

Él, su esposa, tres de sus hijas y sus nietos viven en un cuarto de lámina en el que también duermen tres perros y tres cachorros. Aquí comenzó la familia y aquí duermen ahora, unos pegados a otros, distribuidos en tres colchonetas. Aquí hacen tareas unos, aquí se reproducen los otros, aquí guardan su ropa en bolsas de plástico. Harta de la promiscuidad, su suegra, María del Carmen, construyó un cuarto aparte, a un metro de distancia, con palos de madera y lámina. Allí duerme con su nieta, que está embarazada. Es una mujer delgada, pequeña pero con brazos largos y huesudos cubiertos por una piel muy delgadita. Tiene los ojos chiquitos y una melena blanca.

–$40 me sacaron por hacerme esta casa -me dice la abuela-. ¡¿De dónde iba a sacar yo 40 dólares?!

–¿Y de dónde los sacó?

–Tuve que pedir prestado para completar.

El lodo se detuvo justo antes de derribar la casa, milagrosamente. Le pregunto al vigilante por qué no se va a un albergue y me dice que porque sus hijos son muy traviesos y no quiere que nadie los regañe.

Vuelvo dos días después y toda la familia de Reynaldo, incluyendo a su suegra María del Carmen, ha tenido que albergarse, porque la cola de Amanda, a la que los meteorólogos llamaron Cristóbal, terminó alcanzando la casa. Maribel López y los directivos de la Adesco local van de un albergue a otro, en frenesí. Es imposible satisfacer todas las necesidades de tanta gente, sin recursos. Pregunto por Felipe Reyes y me dicen que está en su terreno. Voy a verlo.

Su casa ahora es una bodega de lodo. Le pregunto qué hace allí.

-Yo allá duermo, en el albergue, pero de día me vengo a cuidar mis cosas.

-¿Teme que le roben algo?

-Las láminas que me trajo Dino. Y mi ropa que está aquí.

-¿Por qué no se lleva su ropa al albergue?

-Porque cuando salga del albergue ya tendré la casa nueva, y la quiero pasar de un solo.

Miro los pies de don Felipe, calzan unas botas de hule. Alguien le cumplió su deseo. De los paquetes de donaciones consiguió otro par de zapatos, que colocó al lado de la hornilla para que no se le mojen.

En el terreno de enfrente veo una cabra trepadas a una rama de mango, comiéndose la fruta. otra más trepa la ladera. Solo las cabras y el árbol quedaron de pie. La casa no opuso resistencia al deslave.

De vuelta al albergue, pregunto a Maribel si ya tiene algún plan para toda la gente que se ha quedado sin casa. Me revela que Dino encontró un terreno, a dos cuadras de la escuela, que pertenece a unos religiosos. Que está negociando para comprárselos.

Dino me lo confirma esa misma tarde: “Sí, estoy negociando el precio con ellos y creo que allí podemos construir sesenta casas y pasar a la gente que vive al otro lado, en el barranco. Antes de que se les venga el cerro encima la próxima lluvia”. Dino quiere construir sesenta casas en Changallo. Le pregunto de dónde sacará el dinero para construirlas y me dice que del mismo lugar de donde ha sacado para todo lo demás: de donaciones. Necesita casi $250 mil dólares para construirlas. No sé si los va conseguir, pero su optimismo es contagioso: No tiene un centavo para construirlas aún pero ya reclutó a un grupo de arquitectos que han comenzado los diseños de las casas, sin cobrar un centavo por su trabajo. Y a un topógrafo que ya inició las mediciones del terreno.

En cuatro meses, Safie ha pasado de cantante confinado de música carismática a constructor de casas para damnificados. Nada mal para una pandemia.

Llamo a Maribel López antes de cerrar esta nota. Emocionada, me cuenta que Felipe Reyes estrenará su nueva casa este fin de semana. Que ya está casi terminada.

Recuerdo entonces al otro viejo, Santos Ventura. Ha pasado más de un mes desde la visita a Verapaz y la llamada al diputado Angulo para conectarle la luz. Llamo a Silva y le pregunto si se la conectaron. “No llegó nadie. Nos dieron paja”, me dice. Tampoco construyeron la nueva casa, porque la comunidad usó las láminas para parchar otras casas dañadas por Amanda.

El viejo Santos Ventura sigue a una llamada de que le pongan la luz, con un trapo blanco afuera de su casa.


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