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Trump y el escándalo que lo fortalece

Federico Finchelstein

 
 

Trump y el escándalo van de la mano, pero ¿será este último la gota que rebalsará el vaso de la tolerancia americana para un líder tan inepto y corrupto? A pesar de que en Estados Unidos muchos piensan que esto es así, la historia del autoritarismo y el fascismo nos muestran que es dudoso que así sea.

Analicemos brevemente los últimos escándalos. El New York Times acaba de demostrar sus mentiras sobre su situación financiera que a diferencia del mito de Trump como billonario nos muestra endeudamiento, conflictos de intereses y la potencial ilegalidad de sus estrategias situación impositiva. En suma, detrás de la propaganda se encuentra una verdad que lo hunde.

Lo mismo pasa con su penúltimo escándalo, donde en diálogos grabados con el famoso periodista Bob Woodward, a comienzos de febrero 2020, Trump admitió que el virus era realmente “mortal”. Como se sabe, en público negó la gravedad del virus, habló de una “conspiración china” y prometió resultados milagrosos. Los efectos de este contraste entre realidad y fantasía: Estados Unidos es el país con más infectados y más muertos en todo el mundo, seis millones de casos y casi 200 000 muertos.

En países como Brasil y la India se dio esta discordancia entre evidencia y propaganda y esto no implicó un problema para sus líderes. De hecho, en Brasil, el caudillo Jair Mesías Bolsonaro incrementó sus números de popularidad a pesar de su fracasado manejo de la crisis.

En tiempos comunes y corrientes estas cosas deberían ser tóxicas para un político, pero no vivimos tiempos normales. Más bien, el presente se asemeja a un pasado en donde la conspiración, la paranoia y la necesidad de una personalidad autoritaria que nos gobierne eran moneda común. Es decir, parecemos volver a los tiempos del fascismo, en los cuales el dictador era considerado el dueño de la verdad, un mito viviente que podía decir cualquiera cosa y ser creído.

Woodward formó parte de la dupla que destapó el escándalo de Watergate y el presidente Richard Nixon tuvo que renunciar a la presidencia, pero nada de eso pasará en estas semanas, e incluso Trump sigue con buenos chances de ser reelegido.

En estos últimos meses Trump ha apostado por una mezcla de xenofobia, racismo, promoción de la violencia y represión y negación sobre el virus. Así, vinculó, como solución a la enfermedad, la construcción de su muro antimigrantes y la idea racista de un “virus chino” con sus promesas vacías de que todo estaría bien. A sus creyentes, Trump les pide fe en su liderazgo. A la evidencia de los medios y de sus propias acciones, responde que son fake news.

Mientras que para muchos estadounidenses estas mentiras reveladas por Woodward y el New York Times son más graves que las anteriores, para los trumpistas no son mentiras capitales (fuentes y síntomas de otros pecados) sino, en el peor de los casos, mentiras benignas que los protegen. Esta fue exactamente la explicación que Trump dio estos días a sus mentiras y lo hizo en el marco de una base de seguidores preparados en el terreno de la paranoia totalitaria.

Un ejemplo de esto es que en los últimos cuatro años se ha incrementado el número de republicanos y trumpistas que creen en una teoría de la conspiración con inspiraciones fascistas y antisemitas: QAnon.

Como señala el Washington Post, los creyentes en esta fantasía piensan que Donald Trump está involucrado en una guerra secreta “contra una camarilla de caníbales-pedófilos satánicos en el Partido Demócrata, Hollywood y las finanzas globales. Creen que esta camarilla es responsable de todos los problemas del mundo, pero que Trump pronto ordenará los arrestos y ejecuciones masivas de oponentes políticos, como Hillary Clinton y Barack Obama en una purga masiva llamada ‘La Tormenta’.

Los creyentes de QAnon basan esta idea en pistas de ‘Q’, una figura anónima que ha estado publicando en foros virtuales, desde 2017, que los fanáticos de QAnon creen que es una figura de alto rango de la administración Trump, ¡o tal vez el propio Trump! En actos de apoyo al presidente y en contra de las máscaras faciales y las cuarentenas, los trumpistas qanonistas aparecieron por doquier, entre ellos una docena de candidatos republicanos al Congreso.

A pesar de que el propio FBI considera esta secta como una potencial “amenaza terrorista nacional”, pues sus seguidores han cometido asesinatos y otros actos de violencia que se han incrementado con la crisis por covid-19, el propio Trump ha hecho más de doscientos retuits de seguidores de QAnon. Y cuando fue cuestionado acerca de sus seguidores, dijo: “he oído que estas son personas que aman a nuestro país”.

En una conferencia de prensa posterior en la Casa Blanca sostuvo “que realmente no sé nada más que el hecho de que supuestamente les agrado”. Con respecto a la teoría en sí misma que plantea el lugar central de Trump en la lucha contra un cabal de pedófilos y demócratas, el presidente dijo: “¿Se supone que eso es algo malo o bueno?” respondiendo a un periodista que le preguntó si podía apoyar esa teoría. “Si puedo ayudar a salvar al mundo de los problemas, estoy dispuesto a hacerlo. Estoy dispuesto a exponerme”, agregó.

Es en este marco que deberíamos de pensar lo inocuo de los escándalo recientes y por qué no calarán a fondo en sus seguidores más fanáticos y también en los moderados que toleran formar parte de su movimiento. De hecho, que Trump admitiera en febrero una realidad empírica no significa que el caudillo no crea sus mentiras o sacrifique su seguridad por ellas. Lo mismo pasa con la justificación de su presentación como billonario cuando más bien parece estar al borde del colapso financiero.

A pesar de admitir la seriedad de la transmisión aérea del virus, Trump se negó y continúa negándose a usar una máscara para protegerse en público. A pesar de las denuncias en su contra, no menguará sus conflictos de interés. La evidencia de un presidente manipulador cuya hipocresía elimina la creencia en la realidad no debería confundirnos. Trump no es un dictador fascista, pero se maneja con los mismos patrones que caracterizaron a los líderes del fascismo: fomentando la paranoia y la corrupción e incluso liderándolas.

Federico Finchelstein es profesor de historia en The New School en Nueva York. Doctorado en la Cornell University y enseñó en Brown University. Es autor de varios libros sobre fascismo, populismo, el holocausto y las dictaduras. Su último libro se titula
 
Federico Finchelstein es profesor de historia en The New School en Nueva York. Doctorado en la Cornell University y enseñó en Brown University. Es autor de varios libros sobre fascismo, populismo, el holocausto y las dictaduras. Su último libro se titula "A Brief History of Fascist Lies"

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Federico Finchelstein/Latinoamérica21

 

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