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La tercermundialización de la política estadounidense

Carlos de la Torre

 
 

Cuando Donald Trump sorprendió a los encuestadores y analistas ganando las elecciones del 2016, el comediante sudafricano Noah Trevor dijo que por fin los Estados Unidos tenía un presidente africano, y yo añadiría latinoamericano. Trump está la altura del expresidente ecuatoriano Abdalá Bucaram en su vulgaridad y machismo. Mientras que Bucaram manifestaba que sus rivales tenían el semen aguado, Trump hizo alarde de agarrar la vulva de cualquier mujer apetecible. Al igual que los políticos latinoamericanos que no separan el cargo de presidente de la República de sus negocios, el New York Times informó cómo los negocios de los hoteles de Trump y de sus clubes se beneficiaron durante su presidencia. De manera similar a otros populistas que niegan la posibilidad de que el pueblo no vote por ellos, Trump ha dicho que si pierde será por fraude y no se ha comprometido a aceptar los resultados electorales.

Donald Trump, presidente de Estados Unidos. Foto Fabrice Coffrini (AFP).
 
Donald Trump, presidente de Estados Unidos. Foto Fabrice Coffrini (AFP).

¿Qué pasó en la democracia estadounidense? ¿Cómo se llegó a un punto en que un presidente y alrededor de la mitad de la población parecerían estar dispuestos a desconocer las elecciones si es que no ganan? A diferencia de cuando los partidos Demócrata y Republicano competían por el votante medio y tenías propuestas similares, estos partidos se han polarizado. Las guerras culturales marcaron dos campos que tienen hasta estilos de vida diferentes.

Los demócratas son más seculares y progresistas, incluyen a las feministas, grupos no blancos y a las comunidades LGTBQ. Los republicanos son un partido mayoritariamente blanco, cristiano, que no cree en el Estado y que busca dar marcha atrás a las políticas de reconocimiento cultural a los no blancos, las mujeres, las lesbianas y los gay.

Las elecciones primarias que pretendieron democratizar a los partidos políticos permitieron que grupos radicalizados manejen sus agendas. Si bien activistas de derecha se tomaron el partido Republicano, las élites del partido Demócrata contuvieron a los grupos de izquierda. Los partidos actuaron con la lógica de movimientos sociales. La izquierda politizando las diferencias socioeconómicas entre el 99 % y el 1 %. La derecha se rebeló en contra de los cambios de poder racial, generacional y de género, buscando regresar a un pasado mítico en el que las mujeres, los no blancos y los homosexuales estaban en su sitio.

Cuando Trump anunció su candidatura manifestando que los mexicanos son criminales, el terreno estaba preparado para un político que diera voz a los sectores xenófobos, racistas y los que buscaban imponer su fe en toda la sociedad. Trump fue la punta de lanza de un movimiento de blancos que se sentían una minoría aplastada por la corrección política. Las palabras de Trump les parecieron liberadoras. Fundamentalistas cristianos y católicos le apoyaron, pues prometió poner jueces conservadores que terminen con el derecho al aborto, el matrimonio gay y la intromisión del Estado en las políticas de salud.

Luego de cuatro años, Trump mantiene el apoyo de grupos conservadores, las iglesias fundamentalistas movilizan a los fieles a su favor, ha resucitado el anticomunismo y el miedo al cambio. Su gran ventaja es que sus seguidores saldrán a votar y probablemente a apoyarlo si dice que hubo fraude. Los demócratas se benefician de la ineptitud de Trump para controlar la covid, de la crisis económica y del cansancio con la polarización. Sin embargo, es menos seguro que los demócratas salgan a votar, sobre todo porque muchos seguidores de Bernie Sanders no se sienten representados por Joe Biden o Kamala Harris.

El populismo se legitima en las urnas. Cuando las elecciones no deciden, los populismos mutan en dictaduras. 2020 podría ser el año de la pandemia, de la crisis económica más fuerte desde los años treinta del siglo pasado y el año en que murió la democracia estadounidense. O, alternativamente, el año en el que, pese a todas las adversidades, sobrevivió la democracia.

Trump es más un síntoma de un sistema político y de una sociedad que necesitan reformas que su causa. Estados Unidos es un país profundamente desigual, donde la policía mata con impunidad a las minorías étnicas y en donde se han ido recortando los lazos de solidaridad entre ciudadanos. Es una sociedad polarizada en donde no se puede hablar de política en reuniones familiares y en la que usar una máscara en una epidemia es un acto político. Si Trump desconoce el triunfo de Biden podría estar invitando a confrontaciones en las calles y a que los militares diriman quién es el futuro presidente, como ocurrió en tantos países del mal llamado tercer mundo, en donde las fuerzas armadas siguen siendo los árbitros de la democracia.


*Carlos de la Torre es profesor y director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Florida, Gainesville. Especializado en populismo, democratización y autoritarismo. Últimos libros: The Routledge Reader of Global Populism (2019) y Populisms a Quick Immersion (2019).

www.latinoamerica21.com, un proyecto plural que difunde diferentes visiones de América Latina


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