Estas familias buscan un pedazo de tierra para empezar de nuevo, para empezar de cero. Tras la cuarentena a causa de la pandemia y las inundaciones del invierno, estas 100 familias deambulan en la ribera del río Grande en San Miguel en busca de asentarse en algún descampado. Casi todas esas personas son trabajadores por cuenta propia, sin pensión ni ningún beneficio y con ingresos de hambre. Algunas de esas familias ya duermen bajo carpas en un terreno que han identificado; otras pasan ahí el día y duermen donde algún familiar que les dé posada; otras saben que este es el último mes que podrán pagar en su pieza de mesón y pasan ahí el día en busca de apartar alguna parcela para levantar una champa. La mayoría de esas personas provienen de la comunidad Urbina 2 de San Miguel. Esa comunidad estaba al otro lado del río, también en la ribera, y fue ocupada por esta gente por más de 30 años. Durante el invierno, ese terreno demostró una vez más que es inseguro. La crecida del río amenaza con llevarse las champas. Las familias, que sufren los estragos económicos de la pandemia, no tienen para pagar una vivienda en otro lugar. Como nómadas, identificaron ese nuevo espacio a la par del río, un botadero de basura donde se han reportado diferentes homicidios y violaciones sexuales. Desde hace un mes, cuando estas familias llegaron, el terreno ha cobrado nueva vida: lo limpiaron, chapodaron el monte y organizaron una ronda de vigilancia nocturna: hicieron comunidad. Ahora, con los pocos pertrechos que tienen, algunos plásticos y palos, empiezan a montar lo que esperan un día pueda llamarse casa. Así se ve el resultado de una pandemia y las inundaciones: gente que busca sobrevivir.

 

Stefany Gómez descansa junto a su hijo bajo la sombra de un árbol en el predio ubicado cerca del río Grande de San Miguel. Ella cuida del niño y su pareja lava vehículos en la ciudad. Sus ingresos son de $250 mensuales y alquilaban una pieza a $75 por mes. Durante la pandemia, ella parió a un bebé y su marido quedó desempleado. Ahora, con bebé, y el rezago económico que dejó la cuarentena, decidieron abandonar su antiguo hogar para vivir en un lugar donde puedan ahorrar el dinero y volver a empezar.
 
Stefany Gómez descansa junto a su hijo bajo la sombra de un árbol en el predio ubicado cerca del río Grande de San Miguel. Ella cuida del niño y su pareja lava vehículos en la ciudad. Sus ingresos son de $250 mensuales y alquilaban una pieza a $75 por mes. Durante la pandemia, ella parió a un bebé y su marido quedó desempleado. Ahora, con bebé, y el rezago económico que dejó la cuarentena, decidieron abandonar su antiguo hogar para vivir en un lugar donde puedan ahorrar el dinero y volver a empezar.

 

 

Luz Fuentes muestra su patio ubicado en la comunidad Urbina 2. El terreno que ocupó desde hace diez años es uno de los más cercanos al caudal del río Grande. Cuando el río crece, arrastra todo tipo de basura hasta la casa de Luz. EL río se come poco a poco el terreno donde la mujer un día construyó su casa de láminas. Por eso, hace poco, Luz huyó del caudal hacia un lugar más estable del otro lado donde el terreno es parejo y más alejado de la fuerza del Grande. 
 
Luz Fuentes muestra su patio ubicado en la comunidad Urbina 2. El terreno que ocupó desde hace diez años es uno de los más cercanos al caudal del río Grande. Cuando el río crece, arrastra todo tipo de basura hasta la casa de Luz. EL río se come poco a poco el terreno donde la mujer un día construyó su casa de láminas. Por eso, hace poco, Luz huyó del caudal hacia un lugar más estable del otro lado donde el terreno es parejo y más alejado de la fuerza del Grande. 

 

 

Al acercarse al lugar lo que primero que se asoma es un conacaste que se quemó por el impacto de un rayo. En las puntas de las ramas, los zopilotes esperan a que aparezca un animal muerto o desperdicios de comida. Abajo, decenas de familias se refugian en chozas improvisadas mientras intentan reponer su vida. 
 
Al acercarse al lugar lo que primero que se asoma es un conacaste que se quemó por el impacto de un rayo. En las puntas de las ramas, los zopilotes esperan a que aparezca un animal muerto o desperdicios de comida. Abajo, decenas de familias se refugian en chozas improvisadas mientras intentan reponer su vida. 

 

 

De la comunidad Urbina 2 huyeron cerca de 180 adultos con decenas de niños. En cada una de las carpas de plástico a la orilla del Grande, donde se instalaron mientras se recuperaban económicamente, hay al menos un niño. Sus padres dicen que han ido a ese lugar con la esperanza de darles una vivienda digna donde poder habitar. Durante un día normal, los niños deambulan por el terreno, jugando sobre los árboles.
 
De la comunidad Urbina 2 huyeron cerca de 180 adultos con decenas de niños. En cada una de las carpas de plástico a la orilla del Grande, donde se instalaron mientras se recuperaban económicamente, hay al menos un niño. Sus padres dicen que han ido a ese lugar con la esperanza de darles una vivienda digna donde poder habitar. Durante un día normal, los niños deambulan por el terreno, jugando sobre los árboles.

 

 

José Díaz, de 34 años, descansa en su cama dentro de una pieza que su mamá le ha dado para vivir a orillas del Grande . La mamá de José, así como los otros habitantes provenientes de la Urbina 2 que se instalaron en este terreno, no es dueña del suelo donde vive. Él recoge materiales reciclables, pero durante la pandemia no pudo vender nada de lo recolectado. Desde agosto se ha dedicado a construir una champa al otro lado del río Grande para, según él, tener una vivienda propia.
 
José Díaz, de 34 años, descansa en su cama dentro de una pieza que su mamá le ha dado para vivir a orillas del Grande . La mamá de José, así como los otros habitantes provenientes de la Urbina 2 que se instalaron en este terreno, no es dueña del suelo donde vive. Él recoge materiales reciclables, pero durante la pandemia no pudo vender nada de lo recolectado. Desde agosto se ha dedicado a construir una champa al otro lado del río Grande para, según él, tener una vivienda propia. "Al otro lugar nos vamos con la esperanza de que quizás algún día sea de nosotros, porque aquí ya no podemos vivir. Un día el río se va a llevar todas estas champas", dijo.

 

 

Jarabe expectorante, pastillas para el dolor, papel, una lámpara de mano y un silbato son las pertenencias de un anciano de 74 años llamado José Darío Argueta.
 
Jarabe expectorante, pastillas para el dolor, papel, una lámpara de mano y un silbato son las pertenencias de un anciano de 74 años llamado José Darío Argueta. "El silbato es por si pasa algo y tengo una emergencia y también es para alertar a mis vecinos de algún peligro", dijo. En el lugar, la comunidad se ha organizado para mantener segura el área.

 

 

Sebastián Orellana descansa con sus hijas bajo una carpa construida con palos y plástico en el terreno que ocupan desde hace un mes. Sebastián se dedica a la venta de productos de primera necesidad y durante la cuarentena no pudo salir a vender. Sebastián es de los líderes comunitarios y ayuda al resto en la construcción de las carpas.
 
Sebastián Orellana descansa con sus hijas bajo una carpa construida con palos y plástico en el terreno que ocupan desde hace un mes. Sebastián se dedica a la venta de productos de primera necesidad y durante la cuarentena no pudo salir a vender. Sebastián es de los líderes comunitarios y ayuda al resto en la construcción de las carpas. "Lo que nosotros queremos es que alguna autoridad nos haga caso y puedan donar este terreno para poder tener algo legal. Este terreno ha servido para cosas malas y hoy es el hogar de 100 familias", dijo.

 

 

La cuenca del río Grande abarca cuatro departamentos del oriente de El Salvador: Morazán, San Miguel, La Unión y Usulután. La comunidad Urbina 2 se ubica en unas orillas del extremo derecho del río. En ese lugar, ante cada crecida, amenaza con arrasar a la comunidad. El terreno al que las familias han huido está en una planicie al extremo izquierdo del río.
 
La cuenca del río Grande abarca cuatro departamentos del oriente de El Salvador: Morazán, San Miguel, La Unión y Usulután. La comunidad Urbina 2 se ubica en unas orillas del extremo derecho del río. En ese lugar, ante cada crecida, amenaza con arrasar a la comunidad. El terreno al que las familias han huido está en una planicie al extremo izquierdo del río.

 

 

José Darío Argueta, de 74 años, tiene un espacio en el nuevo asentamiento. Hasta hace un tiempo vivía de la albañilería, pero su cuerpo no da más. Darío nunca ha tenido un hogar propio, no tiene pensión y ahora busca un lugar digno donde pasar sus días.
 
José Darío Argueta, de 74 años, tiene un espacio en el nuevo asentamiento. Hasta hace un tiempo vivía de la albañilería, pero su cuerpo no da más. Darío nunca ha tenido un hogar propio, no tiene pensión y ahora busca un lugar digno donde pasar sus días. "Ya estoy en una edad en la que ya casi no puedo trabajar, solo espero que este terreno pueda ser mío y alguien me construya una casa", dijo.

 

 

Sebastián Orellana intenta encender fuego para la preparación de alimentos. Algunas actividades las realizan de manera comunitaria. Si alguien no tiene qué comer los que si tienen le convidan.
 
Sebastián Orellana intenta encender fuego para la preparación de alimentos. Algunas actividades las realizan de manera comunitaria. Si alguien no tiene qué comer los que si tienen le convidan. "El objetivo aquí es ayudarnos todos, que nadie pase hambre, que nadie se moje. Solo así nos vamos a consolidar como comunidad", dijo Sebastián.

 

 

Hace un mes, cuando llegaron, el predio estaba lleno de arbustos y era casi imposible caminar ahí. Desde entonces, y de manera comunitaria, limpian y queman la basura para que sea un lugar seguro para todos los habitantes, en especial para que los niños no sufran ningún accidente mientras corren por el descampado.
 
Hace un mes, cuando llegaron, el predio estaba lleno de arbustos y era casi imposible caminar ahí. Desde entonces, y de manera comunitaria, limpian y queman la basura para que sea un lugar seguro para todos los habitantes, en especial para que los niños no sufran ningún accidente mientras corren por el descampado.

 

 

Un sector ocupado del terreno en el que se han refugiado los habitantes que huyeron de la comunidad Urbina 2. Las 100 familias establecidas han llegado paulatinamente durante un mes con la esperanza de poder hacer un nuevo asentamiento y algún día ser propietarios de los terrenos.
 
Un sector ocupado del terreno en el que se han refugiado los habitantes que huyeron de la comunidad Urbina 2. Las 100 familias establecidas han llegado paulatinamente durante un mes con la esperanza de poder hacer un nuevo asentamiento y algún día ser propietarios de los terrenos.

 

 

Hora del almuerzo en la carpa de Delmy Chicas, de 30 años. Al igual que otros, ella ha buscado un espacio porque ya no pudo pagar la renta en su antiguo hogar. Con su pareja tienen tres hijos. Él se dedica a lavar buses en la ciudad de San Miguel. El transporte público estuvo cerrado durante meses debido a la cuarentena.
 
Hora del almuerzo en la carpa de Delmy Chicas, de 30 años. Al igual que otros, ella ha buscado un espacio porque ya no pudo pagar la renta en su antiguo hogar. Con su pareja tienen tres hijos. Él se dedica a lavar buses en la ciudad de San Miguel. El transporte público estuvo cerrado durante meses debido a la cuarentena. "Durante muchos meses él no trabajó y nos toca pagar $60 de renta en el lugar donde vivimos, y ya no podemos pagar esa cantidad de dinero", dijo mientras comía.

 

 

El terreno habitado por las 100 familias ha sido ocupado como botadero de basura. Aunque no es un sitio designado, muchas personas llegan desde la ciudad a tirar desperdicios a ese terreno. A ún hoy la basura se observa en las orillas del lugar. Entre las carpas, estaba esta pieza del esqueleto de algún animal.
 
El terreno habitado por las 100 familias ha sido ocupado como botadero de basura. Aunque no es un sitio designado, muchas personas llegan desde la ciudad a tirar desperdicios a ese terreno. A ún hoy la basura se observa en las orillas del lugar. Entre las carpas, estaba esta pieza del esqueleto de algún animal.