La pandemia es la protagonista de esta selección. El coronavirus cambió la vida cotidiana con una fuerza que marcará a generaciones. Lo que antes era una imagen habitual pasó a ser una imagen extraordinaria: un hombre que camina en la playa, unos familiares que despiden a su muerto, una mujer que pide ayuda. El coronavirus transformó el mundo y aquello fue tan perceptible que se pudo fotografiar. Algunas de esas imágenes cuentan con una enorme belleza para mostrar la tragedia. Pero de esta selección hecha por los fotógrafos del periódico y su editor también son parte algunas estampas de la miseria que cayó sobre más miseria. En medio de la pandemia, el invierno fue inclemente en Centroamérica. La tormenta tropical Eta y el huracán Iota destruyeron ciudades como San Pedro Sula, Honduras, e hicieron estragos no tan contundentes, pero también devastadores, en El Salvador. Los fotógrafos estuvieron ahí para ver la desesperación de familias que se quedaron sin nada y que entrarán a 2021 al borde de la indigencia. Hubo también espacio para actos políticos que marcaron a El Salvador y subieron la cima de su cinismo político: la toma de la Asamblea Legislativa por parte de Bukele y sus militares y la tarima que Presidencia quiso instalar para tener de fondo los derrumbes de Santo Tomás dejaron estampas que hablan de políticos que guían un país con autoritarismo y demagogia. Finalmente, dos fotografías que no fueron tomadas por nadie del periódico han entrado en esta selección debido a su relevancia: la primera es la imagen de Mario Durán, exministro de Gobernación del Gobierno de Bukele y actual candidato a la Alcaldía de San Salvador por Nuevas Ideas, sentado con dos prominentes líderes de la MS-13, negociando en 2015, algo que Durán negó en repetidas ocasiones desde que en 2018 este periódico escribió sobre sus diálogos con los criminales. La otra es la imagen de la celda del expresidente Saca en la cárcel de Mariona. Saca es ícono de la corrupción ejercida por varios de los que ocuparon el cargo de presidente, y su encierro sirve de recordatorio de que aunque parezca difícil es posible ver a un mandatario tras las rejas. Ambas fueron conseguidas por reporteros de este medio y publicadas como valiosos documentos visuales este año. Esta es, de alguna forma, la fotogalería con la que El Faro recuerda este convulso 2020. 

 

Un trabajador funerario observa el lugar donde se abrieron 84 nuevas fosas en el cementerio La Bermeja, en San Salvador, específicamente en al área dedicada a los entierros bajo protocolo covid-19. Más de 1,000 fosas fueron abiertas en ese cementerio capitalino donde se enterró a personas de diferentes municipios del área metropolitana. En los meses de junio y julio llegaron a hacerse un promedio de 20 entierros diarios en esa área del cementerio. Hasta el 20 de diciembre, la página gubernamental de divulgación sobre la pandemia reportaba a 1,250 personas fallecidas por esa causa, pero nunca ha sido un secreto que esa cifra es apenas un subregistro. Los entierros bajo las medidas de prevención del virus, que incluyen impedir que los familiares se acerquen al nicho, han sido miles en todo el país. De momento, debido a que cada municipalidad lidia con estos entierros, no hay una cifra oficial. El año cierra con un alza de casos que hace que cada día se rocen los 300 nuevos contagios registrados. La pandemia no fue cosa de 2020. Será tema principal en 2021. Foto de El Faro: Carlos Barrera. 
 
Un trabajador funerario observa el lugar donde se abrieron 84 nuevas fosas en el cementerio La Bermeja, en San Salvador, específicamente en al área dedicada a los entierros bajo protocolo covid-19. Más de 1,000 fosas fueron abiertas en ese cementerio capitalino donde se enterró a personas de diferentes municipios del área metropolitana. En los meses de junio y julio llegaron a hacerse un promedio de 20 entierros diarios en esa área del cementerio. Hasta el 20 de diciembre, la página gubernamental de divulgación sobre la pandemia reportaba a 1,250 personas fallecidas por esa causa, pero nunca ha sido un secreto que esa cifra es apenas un subregistro. Los entierros bajo las medidas de prevención del virus, que incluyen impedir que los familiares se acerquen al nicho, han sido miles en todo el país. De momento, debido a que cada municipalidad lidia con estos entierros, no hay una cifra oficial. El año cierra con un alza de casos que hace que cada día se rocen los 300 nuevos contagios registrados. La pandemia no fue cosa de 2020. Será tema principal en 2021. Foto de El Faro: Carlos Barrera. 

 

 

 

El 4 de junio de 2020 nos dejó una vergonzosa estampa política. “Está panda la alfombra. Está mucho para allá
 
El 4 de junio de 2020 nos dejó una vergonzosa estampa política. “Está panda la alfombra. Está mucho para allá", señalaba hacia la izquierda. "Hay que ponerle un tinte para que no se le vea eso al podio”. Esa era la discusión entre una asistente de prensa, un camarógrafo y un empleado de logística de Casa Presidencial mientras montaban, en medio del lodo, el podio desde el que hablaría el presidente Nayib Bukele. Detrás de ese escenario, sobre el kilómetro 8 de la carretera antigua que conduce al municipio de Santo Tomás, las intensas lluvias de la tormenta Amanda habían provocado una tragedia. Socorristas, policías, militares y bomberos seguían la búsqueda de siete personas de una misma familia, desaparecidas desde la mañana del miércoles 3 de junio después de que un deslave destruyó su vivienda. Por la tarde, las autoridades habían recomendado a los habitantes que quedaban en la zona desalojar las viviendas cercanas al deslave, pero para algunos aquella sugerencia ya era inútil. 24 horas después, a las 2:00 de la tarde del jueves 4, una comitiva de más de veinte miembros del Estado Mayor Presidencial llegó hasta el lugar del deslave. Bajaron de un camión el podio, lo pusieron en su lugar, colocaron una cinta negra, rejas metálicas separadoras y una planta generadora de energía. Cuatro cámaras de video se instalaron frente a la escena, listas para transmitir una conferencia que, decía extraoficialmente el equipo de prensa, sería a las 3:00 de la tarde. Se activó la planta eléctrica, los guardaespaldas de avanzada custodiaban los alrededores del lugar. “Santos, aquí”, ordenó un socorrista a otro que formaba una fila para recibir al presidente. De repente, y tras muchos mensajes indignados en las redes sociales ante aquel montaje, los mismos empleados desmantelaron la escena y Bukele no apareció. Varios de sus funcionarios aprovecharon el desastre para tomarse fotografías con los familiares de las víctimas y mostrarlas en redes sociales. Foto de El Faro: Víctor Peña.

 

 

 

El 9 de febrero de 2020 el presidente Bukele dio una de las mayores muestras de su carácter autoritario. Mientras Bukele hablaba a las masas afuera de la Asamblea Legislativa, un grupo de militares y policías se tomaron el Salón Azul, donde se realizan las plenarias. Fue un hecho que rompe la historia democrática de El Salvador, y que no tuvo lugar ni en los tiempos del conflicto armado ni las dictaduras del siglo pasado. En el discurso oficial, aquello fue una reacción ante la no aprobación de un préstamo por $9 millones para la fase 3 del Plan Control Territorial. Una investigación de El Faro puso sobre la mesa una razón de fondo: el Gobierno había detectado en sus mediciones de audiencias que un problema de agua potable contaminada le estaba generando reacciones negativas y decidió dar un golpe de timón para redirigir la atención. El plan funcionó, pero no como querían: el 9 de febrero, Bukele militarizó la Asamblea Legislativa y amenazó con disolverla. Aquel acto generó una ola de repudio de la comunidad internacional y de medios de todas partes del planeta, ante la que el Gobierno tuvo que reaccionar con reuniones en el país para calmar ansiedades entre el cuerpo diplomático. Foto de El Faro: Víctor Peña.
 
El 9 de febrero de 2020 el presidente Bukele dio una de las mayores muestras de su carácter autoritario. Mientras Bukele hablaba a las masas afuera de la Asamblea Legislativa, un grupo de militares y policías se tomaron el Salón Azul, donde se realizan las plenarias. Fue un hecho que rompe la historia democrática de El Salvador, y que no tuvo lugar ni en los tiempos del conflicto armado ni las dictaduras del siglo pasado. En el discurso oficial, aquello fue una reacción ante la no aprobación de un préstamo por $9 millones para la fase 3 del Plan Control Territorial. Una investigación de El Faro puso sobre la mesa una razón de fondo: el Gobierno había detectado en sus mediciones de audiencias que un problema de agua potable contaminada le estaba generando reacciones negativas y decidió dar un golpe de timón para redirigir la atención. El plan funcionó, pero no como querían: el 9 de febrero, Bukele militarizó la Asamblea Legislativa y amenazó con disolverla. Aquel acto generó una ola de repudio de la comunidad internacional y de medios de todas partes del planeta, ante la que el Gobierno tuvo que reaccionar con reuniones en el país para calmar ansiedades entre el cuerpo diplomático. Foto de El Faro: Víctor Peña.

 

 

 

Lesly Ponce tiene 23 años de edad, y en el mes de mayo todos los días salió a la carretera hacia Sonsonate con una bandera blanca para pedir alimentos. El lugar es conocido como Comunidad 601 y pertenece al municipio de Colón, La Libertad. Ahí, de las 30 familias, nadie recibió los $300 de ayuda que el Gobierno ofreció, según aseguró Lesly. La cuarentena obligatoria fue decretada en El Salvador desde el 21 de marzo y duró más de tres meses. Con el paso de las semanas, las banderas blancas que pedían ayuda se multiplicaron en todo el país, donde casi el 60% de la población se dedica a labores informales que tuvieron que detenerse con la cuarentena. Foto de El Faro: Carlos Barrera.
 
Lesly Ponce tiene 23 años de edad, y en el mes de mayo todos los días salió a la carretera hacia Sonsonate con una bandera blanca para pedir alimentos. El lugar es conocido como Comunidad 601 y pertenece al municipio de Colón, La Libertad. Ahí, de las 30 familias, nadie recibió los $300 de ayuda que el Gobierno ofreció, según aseguró Lesly. La cuarentena obligatoria fue decretada en El Salvador desde el 21 de marzo y duró más de tres meses. Con el paso de las semanas, las banderas blancas que pedían ayuda se multiplicaron en todo el país, donde casi el 60% de la población se dedica a labores informales que tuvieron que detenerse con la cuarentena. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

 

 

 

Comunidad El Granjero II, San Salvador. María Turcios, 38 años, y sus cinco hijos nadaron para salvar sus vidas el domingo 31 de mayo. El agua cubrió el techo de la vivienda y rompió las bisagras de las puertas. Sus pertenencias quedaron en la calle y todos sus alimentos se perdieron. María vendía pan francés en el mercado La Tiendona de San Salvador. La cuarentena obligatoria por la covid-19 le había impedido ganar dinero desde el 20 de marzo. A una desgracia sanitaria se sumó otra habitual: el colapso de los sistemas de drenaje de la ciudad durante el invierno. A finales de mayo, la tormenta tropical Amanda entró a El Salvador y decenas de comunidades empobrecidas y ubicadas en las riberas de ríos o en los bajos de la ciudad sufrieron los estragos. Foto de El Faro: Víctor Peña.
 
Comunidad El Granjero II, San Salvador. María Turcios, 38 años, y sus cinco hijos nadaron para salvar sus vidas el domingo 31 de mayo. El agua cubrió el techo de la vivienda y rompió las bisagras de las puertas. Sus pertenencias quedaron en la calle y todos sus alimentos se perdieron. María vendía pan francés en el mercado La Tiendona de San Salvador. La cuarentena obligatoria por la covid-19 le había impedido ganar dinero desde el 20 de marzo. A una desgracia sanitaria se sumó otra habitual: el colapso de los sistemas de drenaje de la ciudad durante el invierno. A finales de mayo, la tormenta tropical Amanda entró a El Salvador y decenas de comunidades empobrecidas y ubicadas en las riberas de ríos o en los bajos de la ciudad sufrieron los estragos. Foto de El Faro: Víctor Peña.

 

 

 

Un par de zapatos, dos pares de sandalias y un guante de boxeo fue lo que Luis Membreño recolectó después de caminar un kilómetro hasta la playa El Tunco, uno de los destinos turísticos de costa por excelencia en el país. Luis trabajaba en un restaurante de la playa El Sunzal, donde vive. Debido a la pandemia por el coronavirus todos los restaurantes cerraron. En el lugar, las personas que vivían del turismo tienen más de dos meses de no trabajar. Luis dice que aquí
 
Un par de zapatos, dos pares de sandalias y un guante de boxeo fue lo que Luis Membreño recolectó después de caminar un kilómetro hasta la playa El Tunco, uno de los destinos turísticos de costa por excelencia en el país. Luis trabajaba en un restaurante de la playa El Sunzal, donde vive. Debido a la pandemia por el coronavirus todos los restaurantes cerraron. En el lugar, las personas que vivían del turismo tienen más de dos meses de no trabajar. Luis dice que aquí "llueve sobre mojado". La madrugada del 31 de mayo, la tormenta tropical Amanda arrastró todo lo que encontraba a su paso en los ríos que desembocan en las playas de El Salvador. El Tunco no fue la excepción. Lo que antes era una playa cubierta por rocas y arena, entonces quedó cubierta por troncos y basura que fue arrastrada por el río Grande que desemboca en dicha playa. Toda esa basura se convirtió en la posibilidad de Luis para conseguir algo de valor, o al menos algo que aún funcionara para ser utilizado o vendido. Literalmente, Luis salió a la playa a pepenar. Su paso era lento, según él, para no dejar nada en el camino. Hizo el trayecto de un kilómetro en una hora. Luis iba acompañado por algunos amigos que también esculcaban la orilla. El mejor botín lo tenía Luis, sus amigos no habían encontrado nada. El objetivo de Luis era llegar hasta la playa El Majahual, un recorrido de casi tres kilómetros, y recolectar la mayor cantidad de objetos que le pudieran servir. Hasta las 4:45 p.m del 1 de junio, los informes oficiales daban la cifras de 16 fallecidos y siete personas desaparecidas a causa de la tormenta tropical que arrastró la basura en la que Luis hizo su rebusca. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

 

 

 

16 de mayo de 2020. Pedro Montano, de 11 años, se sumerge en los escombros de una refrigeradora transformada en pila. Milagro, su hermana, espera su turno al interior de su vivienda en la comunidad 15 de Marzo. La casa fue construida con desechos que sus padres recogieron en la calle. Cada día, estos niños tienen derecho a una hora de recreación en su
 
16 de mayo de 2020. Pedro Montano, de 11 años, se sumerge en los escombros de una refrigeradora transformada en pila. Milagro, su hermana, espera su turno al interior de su vivienda en la comunidad 15 de Marzo. La casa fue construida con desechos que sus padres recogieron en la calle. Cada día, estos niños tienen derecho a una hora de recreación en su "piscina". Afuera de la comunidad, ondean las mantas blancas, justo frente a un retén militar que detiene a quienes viajan rumbo a Soyapango. La comunidad, enteramente compuesta por trabajadores por cuenta propia, pasó de la pobreza a la miseria absoluta durante la cuarentena. Foto de El Faro: Víctor Peña.

 

 

 

“Van 39 días sin respuestas y tres pruebas negativas”, así decía el cartel que una mujer mostraba en abril desde la ventana de su cuarto en el hotel Beverly Hills, en la urbanización Madreselva, que sirvió como centro de cuarentena para personas que regresaron a El Salvador tras la primera semana de marzo, cuando ya se había establecido la norma de cuarentena obligatoria para todo aquel que entrara al país. En el hotel había personas que estuvieron en encierro por 39 días, cuando la cuarentena que aceptaron a su entrada al país era de 30. Esa semana de mediados de abril, circularon en redes varios videos con personas en cuarentena en diferentes hoteles del país pidiendo que los saquen, que ya pasó su tiempo de encierro. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomendó que los pacientes con resultado positivo guardaran una cuarentena preventiva de 15 días. Las personas del hotel gritaban y escribían en papeles que ya les habían hecho tres pruebas y, a pesar de eso, no los enviaban a sus casas. Un video circuló en Twitter la tarde del viernes 17 de abril, difundido por la cuenta de la Telecorporación Salvadoreña (TCS). El presidente Nayib Bukele reaccionó en la misma red social diciendo que
 
“Van 39 días sin respuestas y tres pruebas negativas”, así decía el cartel que una mujer mostraba en abril desde la ventana de su cuarto en el hotel Beverly Hills, en la urbanización Madreselva, que sirvió como centro de cuarentena para personas que regresaron a El Salvador tras la primera semana de marzo, cuando ya se había establecido la norma de cuarentena obligatoria para todo aquel que entrara al país. En el hotel había personas que estuvieron en encierro por 39 días, cuando la cuarentena que aceptaron a su entrada al país era de 30. Esa semana de mediados de abril, circularon en redes varios videos con personas en cuarentena en diferentes hoteles del país pidiendo que los saquen, que ya pasó su tiempo de encierro. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomendó que los pacientes con resultado positivo guardaran una cuarentena preventiva de 15 días. Las personas del hotel gritaban y escribían en papeles que ya les habían hecho tres pruebas y, a pesar de eso, no los enviaban a sus casas. Un video circuló en Twitter la tarde del viernes 17 de abril, difundido por la cuenta de la Telecorporación Salvadoreña (TCS). El presidente Nayib Bukele reaccionó en la misma red social diciendo que "dejarlos salir sería esparcir el virus". En el video, aparecía una nota que alguno de los que guarda cuarentena lanzó desde la ventana en forma de avioncito. Bukele escribió que "los papeles y el avioncito muy probablemente estaban infectados con Covid-19: “Si (quien tomó la nota) se tocó la cara antes de lavarse las manos, tenemos un potencial contagiado que podría contagiar a más gente y estos a sus familiares". Tras el tuit de Bukele, TCS borró el video de su cuenta. Algunas personas se asomaban por las pequeñas ranuras de las ventanas del Beverly Hills y gritaban con desesperación, asegurando que nadie les daba información, otros lloraban pidiendo ver a sus familiares. El hotel estaba custodiado por dos policías que montaban guardia. Desde una de las ventanas, se escuchó la voz de una mujer: "Nadie nos ha dicho hasta cuando nos vamos a ir. Ya estoy desesperada. Me estoy volviendo loca". Foto de El Faro: Carlos Barrera.

 

 

 

El 28 de junio, una mujer de 82 años murió en el Hospital Zacamil de San Salvador a causa de una enfermedad intestinal. La familia logró retirar su cuerpo de la morgue dos días después para realizar el entierro en el cementerio La Bermeja, en la capital.
 
El 28 de junio, una mujer de 82 años murió en el Hospital Zacamil de San Salvador a causa de una enfermedad intestinal. La familia logró retirar su cuerpo de la morgue dos días después para realizar el entierro en el cementerio La Bermeja, en la capital. "Asegurate de que le pongan una placa; sino, ¿cómo voy a saber a quién estoy llorando?", le gritó una mujer al único familiar que estaba cerca del ataúd y del entiero bajo protocolo covid-19, que duró solo cinco minutos. Ella y los demás dolientes aparcaron sus coches contra la pared y se asomaron desde el muro perimetral para despedirse de su matriarca. Foto de El Faro: Víctor Peña.

 

 

 

27 de marzo de 2020. Buena parte de la gente del municipio de San Lorenzo, en el occidente del país, vive de esto. La producción de jocote barón rojo es fuente primordial de ingresos para productores y jornaleros de esta zona rural. San Lorenzo, a 97 kilómetros de San Salvador, es el mayor productor de jocote del país, y su exportación llega hasta Honduras, Guatemala, Estados Unidos y Canadá. La mayoría de los agricultores del país esperan las primeras lluvias de mayo para preparar sus cultivos. El jocote es otra historia. En San Lorenzo, marzo y abril representan la época esperada para la recolección de la cosecha que se produce en el verano, momento de la mayor resequedad del suelo. El jocote es tan esencial en San Lorenzo que a su tiempo de colecta dedican un carnaval, la fiesta del pueblo que se celebra desde 1995. A los que cosechan jocote, la crisis del coronavirus les llegó en el peor momento. El cierre de mercados y fronteras en El Salvador provocó la pérdida de la mitad de la cosecha. Foto de El Faro: Víctor Peña.
 
27 de marzo de 2020. Buena parte de la gente del municipio de San Lorenzo, en el occidente del país, vive de esto. La producción de jocote barón rojo es fuente primordial de ingresos para productores y jornaleros de esta zona rural. San Lorenzo, a 97 kilómetros de San Salvador, es el mayor productor de jocote del país, y su exportación llega hasta Honduras, Guatemala, Estados Unidos y Canadá. La mayoría de los agricultores del país esperan las primeras lluvias de mayo para preparar sus cultivos. El jocote es otra historia. En San Lorenzo, marzo y abril representan la época esperada para la recolección de la cosecha que se produce en el verano, momento de la mayor resequedad del suelo. El jocote es tan esencial en San Lorenzo que a su tiempo de colecta dedican un carnaval, la fiesta del pueblo que se celebra desde 1995. A los que cosechan jocote, la crisis del coronavirus les llegó en el peor momento. El cierre de mercados y fronteras en El Salvador provocó la pérdida de la mitad de la cosecha. Foto de El Faro: Víctor Peña.

 

 

 

En Suchitoto había llovido toda la tarde del jueves 27 de agosto. La tormenta, según los meteorólogos, era influencia directa del huracán Laura que había golpeado las costas de Estados Unidos. A los lugareños poco les importaba la lluvia, menos a los que participaban en un partido de fútbol a las orillas del lago Suchitlán, en Suchitoto, a poco más de 47 kilómetros de San Salvador. Si el coronavirus no detuvo los partidos cantonales, menos lo hará una tormenta. El partido que se jugaba era importante, reunía a dos equipos de cantones con rivalidad futbolística, separados por 5.6 kilómetros. La portería del lado oeste era defendida por el equipo del cantón Aguacayo, que vestía el uniforme azulgrana del Barcelona. Era el equipo visitante. Las locales, del cantón San Juan, vestían una réplica del uniforme rojo del Liverpool. En la cancha, por no decir potrero, se lucía toda la ruralidad del encuentro. Algunas jugadoras iban descalzas y marcaban sin ningún temor a las que utilizaban zapatillas para fútbol. La inusual cancha tenía un desnivel hacia el noreste. El “engramillado” es una mezcla de zacate, lodo y excremento de vaca. Elda Recinos chapoteaba en el agua cuando aún caían algunas gotas. Para caminar, bajo la portería, la arquera de 18 años tenía que hacer un esfuerzo mayor que el de sus compañeras. El agua le llegaba hasta los tobillos y, en algunos puntos de su arco defendido, incluso hasta las rodillas. Cuando Elda se tiraba para cazar la pelota, más bien parecía que se aventaba un clavado.
 
En Suchitoto había llovido toda la tarde del jueves 27 de agosto. La tormenta, según los meteorólogos, era influencia directa del huracán Laura que había golpeado las costas de Estados Unidos. A los lugareños poco les importaba la lluvia, menos a los que participaban en un partido de fútbol a las orillas del lago Suchitlán, en Suchitoto, a poco más de 47 kilómetros de San Salvador. Si el coronavirus no detuvo los partidos cantonales, menos lo hará una tormenta. El partido que se jugaba era importante, reunía a dos equipos de cantones con rivalidad futbolística, separados por 5.6 kilómetros. La portería del lado oeste era defendida por el equipo del cantón Aguacayo, que vestía el uniforme azulgrana del Barcelona. Era el equipo visitante. Las locales, del cantón San Juan, vestían una réplica del uniforme rojo del Liverpool. En la cancha, por no decir potrero, se lucía toda la ruralidad del encuentro. Algunas jugadoras iban descalzas y marcaban sin ningún temor a las que utilizaban zapatillas para fútbol. La inusual cancha tenía un desnivel hacia el noreste. El “engramillado” es una mezcla de zacate, lodo y excremento de vaca. Elda Recinos chapoteaba en el agua cuando aún caían algunas gotas. Para caminar, bajo la portería, la arquera de 18 años tenía que hacer un esfuerzo mayor que el de sus compañeras. El agua le llegaba hasta los tobillos y, en algunos puntos de su arco defendido, incluso hasta las rodillas. Cuando Elda se tiraba para cazar la pelota, más bien parecía que se aventaba un clavado. "Realmente nado en el lago", dijo entre risas. Según contó, los partidos los realizan desde el mes de julio, en plena pandemia. Nadie en el lugar usaba mascarilla. En Suchitoto, para aquel entonces, se habían registrado 53 casos positivos de covid-19. Para el fútbol no hubo cuarentena en el cantón San Juan. En la imagen, Elda defiende su portería con su hermano Josué a un lado y su amiga Marta al otro. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

 

 

 

Entre el 30 de abril y el 12 de junio, un grupo de diez enterradores del municipio de Soyapango realizó 48 protocolos de entierro de víctimas directas y con sospecha de covid-19. Era su nueva rutina en el cementerio Jardín, aislado al final de la urbanización Sierra Morena, uno de los tres camposantos con los que cuenta el municipio, y el único para atender la emergencia. Se trataba de un equipo mayoritariamente de jóvenes que a diario recibía los cadáveres de personas que murieron tras ser diagnosticadas con covid-19 en algún hospital, pero también de aquellos que murieron antes de que les realizaran la prueba, pero que presentaban todos los síntomas. Lo que los enterradores de este cementerio conocían como protocolo covid-19 consiste en reglas tan sencillas como cansinas: colocarse el traje nivel 3, dos pares de guantes de látex, un par de guantes de nitrilo (hule), una mascarilla N95, una careta de protección y botas de nitrilo y desinfectar con lejía y amonio sus manos después de tocar el ataúd. Tomar mucha agua antes y después de usar su equipo. Además, como regla inquebrantable, nunca llevarse las manos al rostro. El jefe del equipo autorizaba la entrada únicamente de dos familiares de quien era enterrado. Los deudos debían guardar una distancia de más de diez metros con la fosa. Para estos trabajadores municipales, la emergencia les duplicó el trabajo. Sin embargo, recibieron la misma remuneración que cuando la muerte transcurría con normalidad, cuando enterraban a dos diarios y sin toda esa parafernalia. En aquellos meses, la cifra podía llegar hasta cinco entierros por día. Foto de El Faro: Víctor Peña.
 
Entre el 30 de abril y el 12 de junio, un grupo de diez enterradores del municipio de Soyapango realizó 48 protocolos de entierro de víctimas directas y con sospecha de covid-19. Era su nueva rutina en el cementerio Jardín, aislado al final de la urbanización Sierra Morena, uno de los tres camposantos con los que cuenta el municipio, y el único para atender la emergencia. Se trataba de un equipo mayoritariamente de jóvenes que a diario recibía los cadáveres de personas que murieron tras ser diagnosticadas con covid-19 en algún hospital, pero también de aquellos que murieron antes de que les realizaran la prueba, pero que presentaban todos los síntomas. Lo que los enterradores de este cementerio conocían como protocolo covid-19 consiste en reglas tan sencillas como cansinas: colocarse el traje nivel 3, dos pares de guantes de látex, un par de guantes de nitrilo (hule), una mascarilla N95, una careta de protección y botas de nitrilo y desinfectar con lejía y amonio sus manos después de tocar el ataúd. Tomar mucha agua antes y después de usar su equipo. Además, como regla inquebrantable, nunca llevarse las manos al rostro. El jefe del equipo autorizaba la entrada únicamente de dos familiares de quien era enterrado. Los deudos debían guardar una distancia de más de diez metros con la fosa. Para estos trabajadores municipales, la emergencia les duplicó el trabajo. Sin embargo, recibieron la misma remuneración que cuando la muerte transcurría con normalidad, cuando enterraban a dos diarios y sin toda esa parafernalia. En aquellos meses, la cifra podía llegar hasta cinco entierros por día. Foto de El Faro: Víctor Peña.

 

 

 

San Pedro Sula, capital industrial hondureña, quedó aislada de Tegucigalpa, ya que las carreteras que conectan a ambas ciudades quedaron inundadas debido a las tormentas provocadas por el huracán Iota, en mayor huracán de 2020 en el Atlántico centroamericano, que generó destrozos en Nicaragua y Honduras, principalmente. En Villanueva, municipio del departamento Cortés, centenares de personas que viajaban hacia Tegucigalpa quedaron a la deriva en lo que parecía una costa y no una carretera. Honduras, golpeado por la pandemia y los huracanes, iniciará un 2021 en medio de una crisis económica que ha dejado a miles viviendo en las calles. Foto de El Faro: Carlos Barrera.
 
San Pedro Sula, capital industrial hondureña, quedó aislada de Tegucigalpa, ya que las carreteras que conectan a ambas ciudades quedaron inundadas debido a las tormentas provocadas por el huracán Iota, en mayor huracán de 2020 en el Atlántico centroamericano, que generó destrozos en Nicaragua y Honduras, principalmente. En Villanueva, municipio del departamento Cortés, centenares de personas que viajaban hacia Tegucigalpa quedaron a la deriva en lo que parecía una costa y no una carretera. Honduras, golpeado por la pandemia y los huracanes, iniciará un 2021 en medio de una crisis económica que ha dejado a miles viviendo en las calles. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

 

 

 

14 de mayo de 2020. Esta familia caminó por tres horas. Recorrieron tres kilómetros para recoger una canasta de alimentos que les habían ofrecido. Fueron desde su vivienda, en la comunidad La Chacra, hasta la iglesia San Francisco de Asís, sobre la alameda Juan Pablo II, en San Salvador. Un retén de militares y policías les negó el paso sobre la Segunda Calle Oriente y la 10 Avenida Sur, donde inicia el cerco sanitario que estableció la Alcaldía de San Salvador el 20 de abril, y que abarca alrededor de 400 manzanas del Centro Histórico. La familia no se rindió, rodeó el cerco, caminó por la calle Delgado y la avenida Monseñor Romero hasta la iglesia. Había agravantes. Hugo Quintanilla, de 67 años, fue diagnosticado con diabetes hacía una década. La enfermedad le dañó por completo su ojo izquierdo y una buena parte del derecho. Hugo era guiado por Katherine, de 20 años, una amiga muy cercana a la familia. Lourdes Quintanilla, de 35 años, quedó postrada en una silla de ruedas desde hacía tres años. El 27 de noviembre de 2016, mientras trabajaba en una tienda de la comunidad Quiñónez, recibió cinco impactos de bala durante un tiroteo: dos en la espalda, uno en el brazo izquierdo, otro en el pie izquierdo y uno más en el dedo pulgar de su pie derecho. Lourdes tiene lesión incompleta de médula. Lourdes va en silla de ruedas. La acompaña su hija, Alison, de 18 años. A Hugo lo incluyeron en una lista de entrega de víveres en la iglesia. Les tocaba recoger este día y, por la falta de transporte público debido a las disposiciones del Gobierno, no tuvieron otra que caminar a recibirla. Foto de El Faro: Víctor Peña.
 
14 de mayo de 2020. Esta familia caminó por tres horas. Recorrieron tres kilómetros para recoger una canasta de alimentos que les habían ofrecido. Fueron desde su vivienda, en la comunidad La Chacra, hasta la iglesia San Francisco de Asís, sobre la alameda Juan Pablo II, en San Salvador. Un retén de militares y policías les negó el paso sobre la Segunda Calle Oriente y la 10 Avenida Sur, donde inicia el cerco sanitario que estableció la Alcaldía de San Salvador el 20 de abril, y que abarca alrededor de 400 manzanas del Centro Histórico. La familia no se rindió, rodeó el cerco, caminó por la calle Delgado y la avenida Monseñor Romero hasta la iglesia. Había agravantes. Hugo Quintanilla, de 67 años, fue diagnosticado con diabetes hacía una década. La enfermedad le dañó por completo su ojo izquierdo y una buena parte del derecho. Hugo era guiado por Katherine, de 20 años, una amiga muy cercana a la familia. Lourdes Quintanilla, de 35 años, quedó postrada en una silla de ruedas desde hacía tres años. El 27 de noviembre de 2016, mientras trabajaba en una tienda de la comunidad Quiñónez, recibió cinco impactos de bala durante un tiroteo: dos en la espalda, uno en el brazo izquierdo, otro en el pie izquierdo y uno más en el dedo pulgar de su pie derecho. Lourdes tiene lesión incompleta de médula. Lourdes va en silla de ruedas. La acompaña su hija, Alison, de 18 años. A Hugo lo incluyeron en una lista de entrega de víveres en la iglesia. Les tocaba recoger este día y, por la falta de transporte público debido a las disposiciones del Gobierno, no tuvieron otra que caminar a recibirla. Foto de El Faro: Víctor Peña.

 

 

 

Sebastián Orellana descansaba con sus hijas bajo una carpa construida con palos y plástico en el terreno que ocupaban desde hacía un mes. Sebastián se dedica a la venta de productos de primera necesidad y durante la cuarentena no pudo salir a vender. A la precariedad laboral se sumaron los estragos del invierno, que inundó la comunidad en la que vivían, a la orilla del río Grande en San Miguel. Sebastián es de los líderes comunitarios y ayudó al resto en la construcción de las carpas.
 
Sebastián Orellana descansaba con sus hijas bajo una carpa construida con palos y plástico en el terreno que ocupaban desde hacía un mes. Sebastián se dedica a la venta de productos de primera necesidad y durante la cuarentena no pudo salir a vender. A la precariedad laboral se sumaron los estragos del invierno, que inundó la comunidad en la que vivían, a la orilla del río Grande en San Miguel. Sebastián es de los líderes comunitarios y ayudó al resto en la construcción de las carpas. "Lo que nosotros queremos es que alguna autoridad nos haga caso y puedan donar este terreno para poder tener algo legal. Este terreno ha servido para cosas malas y hoy es el hogar de 100 familias", dijo desde el descampado donde se habían instalado provisionalmente. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

 

 

 

De izquierda a derecha, estos son los personajes sentados a la mesa en esta fotografía tomada por un agente policial el 21 de diciembre de 2015 en un local de la Pizza Hut en Multiplaza: Edwin Ernesto Cedillos Rodríguez, mejor conocido como Renuente, líder nacional de la Mara Salvatrucha 13 y palabrero de la clica Abriles Danger Locos Salvatrucha; Mario Durán, actual candidato a la Alcaldía por el partido Nuevas Ideas para las elecciones de 2021, y entonces concejal de la Alcaldía dirigida por Nayib Bukele; Carlos Marroquín, entonces jefe de la Unidad de Reconstrucción del Tejido Social de la misma alcaldía; y Michael Estiban Hernández Estrada, mejor conocido como White de la clica Iberias Locos Salvatrucha. Gracias a audios obtenidos por El Faro se pudo identificar a Renuente como un líder de la pandilla que por aquellos años conspiraba para asesinar a políticos y policías; meses después de publicada esta imagen, siempre en este 2020, El Faro sacó el reportaje “Gobierno de Bukele lleva un año negociando con la MS-13 reducción de homicidios y apoyo electoral”, y entonces el papel de White adquirió nueva importancia. Él es uno de los personajes que según informes de Centros Penales entró encapuchado en 2019 y en 2020 al penal de máxima seguridad de Zacatecoluca a reunirse con líderes históricos de la MS-13, junto a funcionarios como Marroquín. Se reunieron, entre otros, con Diablo de Hollywood y con Snyder de Pasadena, dos de los principales actores de las negociaciones con políticos que datan desde 2012, para buscar mantener la reducción de homicidios y discutir apoyo de cara a las elecciones de 2021. Esa fotografía es clave en el rompecabezas que se sigue armando en función de explicar los tratos a los que el actual gobierno ha llegado con la principal pandilla del mundo. Foto obtenida por la redacción de El Faro.
 
De izquierda a derecha, estos son los personajes sentados a la mesa en esta fotografía tomada por un agente policial el 21 de diciembre de 2015 en un local de la Pizza Hut en Multiplaza: Edwin Ernesto Cedillos Rodríguez, mejor conocido como Renuente, líder nacional de la Mara Salvatrucha 13 y palabrero de la clica Abriles Danger Locos Salvatrucha; Mario Durán, actual candidato a la Alcaldía por el partido Nuevas Ideas para las elecciones de 2021, y entonces concejal de la Alcaldía dirigida por Nayib Bukele; Carlos Marroquín, entonces jefe de la Unidad de Reconstrucción del Tejido Social de la misma alcaldía; y Michael Estiban Hernández Estrada, mejor conocido como White de la clica Iberias Locos Salvatrucha. Gracias a audios obtenidos por El Faro se pudo identificar a Renuente como un líder de la pandilla que por aquellos años conspiraba para asesinar a políticos y policías; meses después de publicada esta imagen, siempre en este 2020, El Faro sacó el reportaje “Gobierno de Bukele lleva un año negociando con la MS-13 reducción de homicidios y apoyo electoral”, y entonces el papel de White adquirió nueva importancia. Él es uno de los personajes que según informes de Centros Penales entró encapuchado en 2019 y en 2020 al penal de máxima seguridad de Zacatecoluca a reunirse con líderes históricos de la MS-13, junto a funcionarios como Marroquín. Se reunieron, entre otros, con Diablo de Hollywood y con Snyder de Pasadena, dos de los principales actores de las negociaciones con políticos que datan desde 2012, para buscar mantener la reducción de homicidios y discutir apoyo de cara a las elecciones de 2021. Esa fotografía es clave en el rompecabezas que se sigue armando en función de explicar los tratos a los que el actual gobierno ha llegado con la principal pandilla del mundo. Foto obtenida por la redacción de El Faro.

 

 

 

A pesar de la pandemia por la covid-19, cientos de personas se aglomeraron en la entrada de la colonia La Planeta, en San Pedro Sula, Honduras, tras el paso de la tormenta Eta y a la espera del huracán Iota, para recibir un donativo de colchonetas y alimentos por parte líderes religiosos de la zona. En Honduras, la desesperación por la destrucción del invierno puso en un segundo plano de prioridades la pandemia. Foto de El Faro: Carlos Barrera.
 
A pesar de la pandemia por la covid-19, cientos de personas se aglomeraron en la entrada de la colonia La Planeta, en San Pedro Sula, Honduras, tras el paso de la tormenta Eta y a la espera del huracán Iota, para recibir un donativo de colchonetas y alimentos por parte líderes religiosos de la zona. En Honduras, la desesperación por la destrucción del invierno puso en un segundo plano de prioridades la pandemia. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

 

 

 

El primer entierro con protocolo covid-19 en este cementerio se realizó el 30 de abril. “Ese día, todos los vecinos salieron a grabar. Se asustaron cuando nos vieron con los trajes. Ahora ya nadie se asombra”, dijo un trabajador. En la imagen, uno de esos vecinos conversaba frente al portón principal del cementerio Jardín, en las entrañas de la urbanización Sierra Morena, en el municipio de Soyapango , mientras esperaban la llegada de otro cadáver que era trasladado desde el hospital de San Bartolo, en el municipio de Ilopango, el 11 de junio de 2020. Foto de El Faro: Víctor Peña.
 
El primer entierro con protocolo covid-19 en este cementerio se realizó el 30 de abril. “Ese día, todos los vecinos salieron a grabar. Se asustaron cuando nos vieron con los trajes. Ahora ya nadie se asombra”, dijo un trabajador. En la imagen, uno de esos vecinos conversaba frente al portón principal del cementerio Jardín, en las entrañas de la urbanización Sierra Morena, en el municipio de Soyapango , mientras esperaban la llegada de otro cadáver que era trasladado desde el hospital de San Bartolo, en el municipio de Ilopango, el 11 de junio de 2020. Foto de El Faro: Víctor Peña.

 

 

 

Alicia Suazo es residente del barrio Rivera Hernández de San Pedro Sula, Honduras. Durante las primeras horas en las que el huracán Iota golpeó el país, la mujer de 35 años se dedicó a recolectar todo lo que la corriente arrastró hasta su sector de residencia. El lugar estaba abandonado a causa de los estragos de Eta, y los que han permanecido corrían el riesgo de quedar incomunicados y aislados con la llegada de Iota. Foto de El Faro: Carlos Barrera.
 
Alicia Suazo es residente del barrio Rivera Hernández de San Pedro Sula, Honduras. Durante las primeras horas en las que el huracán Iota golpeó el país, la mujer de 35 años se dedicó a recolectar todo lo que la corriente arrastró hasta su sector de residencia. El lugar estaba abandonado a causa de los estragos de Eta, y los que han permanecido corrían el riesgo de quedar incomunicados y aislados con la llegada de Iota. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

 

 

 

El Faro recuperó unas fotos del pasillo y los cuartos donde están 16 de los presos del Sector 9 de Mariona. Las imágenes fueron tomadas durante una visita al penal que ocurrió el 30 de abril de 2019. Aquel sector es una especie de recordatorio del posible destino de los funcionarios corruptos, y se ha convertido ya en tópico. Las fotos demuestran que es falso el mito de que los ahí reclusos viven con extremados privilegios. Entre los reos está el expresidente Antonio Saca; el exfiscal de la República, Luis Martínez, acusado de lavado de dinero, enriquecimiento ilícito y otros delitos. Del primer gobierno del FMLN, está uno de los principales acusados del caso de corrupción del expresidente, Mauricio Funes: Miguel Menéndez, mejor conocido como Mecafé, amigo y principal operador financiero del expresidente. En este sector, aislados de la población común, los exfuncionarios se bañan con agua de pila, limpian los baños, los cuartos, la cocina. Hasta 2019, gran parte del tiempo no contaban con ningún chorro en el sector 9. Los encierran en sus celdas de 8 de la noche a 6 de la mañana. Antes del encierro rezan el rosario y tienen como principal pasatiempo recibir clases de superación de otro reo, condenado por homicidio, y convertido en pastor. El presidente Saca duerme en la celda cinco del Sector 9 de la cárcel
 
El Faro recuperó unas fotos del pasillo y los cuartos donde están 16 de los presos del Sector 9 de Mariona. Las imágenes fueron tomadas durante una visita al penal que ocurrió el 30 de abril de 2019. Aquel sector es una especie de recordatorio del posible destino de los funcionarios corruptos, y se ha convertido ya en tópico. Las fotos demuestran que es falso el mito de que los ahí reclusos viven con extremados privilegios. Entre los reos está el expresidente Antonio Saca; el exfiscal de la República, Luis Martínez, acusado de lavado de dinero, enriquecimiento ilícito y otros delitos. Del primer gobierno del FMLN, está uno de los principales acusados del caso de corrupción del expresidente, Mauricio Funes: Miguel Menéndez, mejor conocido como Mecafé, amigo y principal operador financiero del expresidente. En este sector, aislados de la población común, los exfuncionarios se bañan con agua de pila, limpian los baños, los cuartos, la cocina. Hasta 2019, gran parte del tiempo no contaban con ningún chorro en el sector 9. Los encierran en sus celdas de 8 de la noche a 6 de la mañana. Antes del encierro rezan el rosario y tienen como principal pasatiempo recibir clases de superación de otro reo, condenado por homicidio, y convertido en pastor. El presidente Saca duerme en la celda cinco del Sector 9 de la cárcel "La Esperanza", conocida popularmente como "Mariona". Esta es la colchoneta de su litera. Abajo, tiene una especie de bodega personal en la que acumula papel higienico, café en polvo, latas de atún y su ropa (uniformes blancos y medias del mismo color) que ocupa todos los días. Cada reo, al igual que Saca, tiene derecho a administrar $150 dólares mensuales para gastos en la tienda del penal y hacer llamadas telefónicas a su familia o abogados. Saca intentó aumentar el monto para gastar, pero las autoridades penitenciarias del gobierno pasado le negaron su petición. Las cubetas que se ven al pie de la cama son multiuso. Son basureros, pero también son donde el expresidente y su compañero de celda hacen sus necesidades durante las horas del encierro. 2020 cerró con buenas noticias para Saca. El expresidente que admitió haber desviado $301 millones de dólares del erario público podría salir libre en octubre de 2021 gracias a una resolución del juzgado de vigilancia penitenciaria que ve su caso. Sobre Saca pesa una condena de diez años que se cumplen en octubre de 2026, pero Saca podrá buscar el beneficio de media pena el próximo año. Foto obtenida por la redacción de El Faro.