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No es el clima, somos nosotros

Tania Guillén

 
 

¿Está cambiando el clima? La respuesta corta es: sí. Y está cambiando en escalas sin precedentes en la historia de la humanidad.

El clima del planeta depende de la composición química de la atmósfera y los cambios que se producen en ella son efecto directo de los gases que influencian el sistema climático, conocidos como gases de efecto invernadero (GEIs), entre ellos el dióxido de carbono (CO2) y el metano (CH4). Desde su formación hace más de 4 mil millones de años hasta ahora, el planeta ha experimentado distintos cambios climáticos que van desde eras de hielo hasta períodos en los que la temperatura ha sido mayor de la que experimentamos actualmente.

Esos cambios, no obstante, se han dado en períodos geológicos muy largos, con millones de millones de años de por medio, a diferencia de lo que experimentamos hoy, cuando los efectos del cambio climático se están manifestando cada vez más rápido. Hay que tener en mente que cuando hablamos de cambio climático (aumento o reducción de temperaturas) deben considerarse períodos de al menos 30 años. Así mismo, hay variabilidad climática, que no es más que el clima que experimentamos durante cierto período de horas (lluvias), durante las estaciones del año (época lluviosa y seca), e incluso por años (el fenómeno de El niño). 

La humanidad, tal como la conocemos hoy en día, se ha desarrollado en un estrecho rango de temperatura promedio del planeta de alrededor 13 ºC. Como bien sabemos, hay regiones del planeta con climas fríos, templados o tropicales.

El incremento en la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera desde el año 2000 es 10 veces mayor que los incrementos registrados en los últimos 800 000 años. En 2018, la comunidad científica marcó un aumento de la temperatura media global de 1 ºC desde la era pre-industrial (1850-1900. A esto nos referimos cuando hablamos de calentamiento global. Si bien 1º C de aumento puede sonar a muy poco, debemos recordar que este aumento es en el promedio global. Es decir que el calentamiento no será el mismo en todo el planeta. Centroamérica, por ejemplo, ha sido identificada como la región tropical más sensible al cambio climático, en donde los efectos de este proceso podrían ser más pronunciados que en otras regiones tropicales del mundo. Esto puede, por ejemplo, significar que en Centroamérica aumente el promedio de temperatura en varios grados. La diferencia entre 1.5 ºC y 2 ºC de aumento de temperatura promedio global podría significar aumentos de entre 2 ºC y 4 ºC en la región, mientras que en el Ártico podrían ser de entre 4 ºC a 8 ºC.

Sé que cuando escuchamos hablar en las noticias sobre cambio climático, puede que todo suene muy lejano y muy complicado, como algo que no podemos percibir directamente. Es por eso que si aun así le parece que no hay razones para alarmarse, me permito explicar a continuación cómo el cambio climático -que es un fenómeno global- nos afecta directamente.

Tanto por su posición geográfica como por sus condiciones socioeconómicas, Centroamérica es una región altamente vulnerable a los efectos negativos del calentamiento global. El 10 % de la economía regional depende de sectores sensibles al cambio climático, como la agricultura, la ganadería y la pesca; mientras que el 80 % de la producción de los granos básicos depende de las lluvias y la mayor parte de la producción está a cargo de pequeños productores.

Los productores del Corredor Seco Centroamericano -donde se ha observado la incidencia más frecuente de períodos de sequía en las últimas décadas-, por ejemplo, usualmente no tienen acceso a sistemas de riego que les permitan producir sin depender de la lluvia o de seguros que les garanticen ingresos económicos en caso de pérdida de sus cosechas. Se trata de una reacción en cadena, ya que la pérdida de cosechas a su vez genera el incremento en los precios de los alimentos. Recordemos que en períodos de sequía el precio de productos básicos, como los frijoles, ha subido hasta alcanzar precios exorbitantes. En una región donde el 40 % de la población vive bajo la línea de pobreza, esto puede representar un riesgo de inseguridad alimentaria y nutricional bastante alto.  

La mayor incidencia de eventos climáticos extremos cada vez más fuertes también puede estar relacionada al calentamiento global. En noviembre pasado, por ejemplo, los huracanes Eta e Iota (categoría 4 y 5, respectivamente), afectaron la región con menos de dos semanas de distancia entre cada uno. La pérdida de cientos de vidas no puede calcularse en términos económicos, pero las valoraciones preliminares en cuanto a pérdidas económicas por el paso de los huracanes en la región se estiman en alrededor de 5500 millones de dólares. La temporada de huracanes 2020 ha sido la más activa del Atlántico desde que se llevan registros

Una vez establecidos los devastadores efectos del cambio climático en la región, es importante también hacernos responsables, porque, aunque la nuestra es una contribución muy pequeña, también somos parte del problema. En Centroamérica se deforestan miles de hectáreas de bosques por año (incluso en áreas protegidas). Nuestro modelo de desarrollo, todavía basado en el extractivismo y en la idea obsoleta del crecimiento indefinido en un planeta con recursos finitos, debe transformarse. Además, a pesar del gran potencial de la región para generar energía a través de energías renovables, gran parte de la matriz energética de la región sigue dependiendo de combustibles fósiles (petróleo, gas natural). No podemos seguir contribuyendo a un problema que pone en peligro nuestra supervivencia.  

Para hacerle frente al calentamiento global, hace 28 años los gobiernos suscribieron la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC), en el marco de la Cumbre de la Tierra, en Brasil. Es por ello que los gobiernos se reúnen cada año, en lo que se denominan las Conferencias de las Partes (COPs). Desde la adopción de la CMNUCC, la certeza sobre la contribución de las acciones humanas en los cambios observados en el clima ha aumentado; así como cada vez son más evidentes los efectos negativos de esos cambios en la biodiversidad, en el acceso al agua, la agricultura, en la salud, entre otros aspectos.

Hace cinco años, los gobiernos aprobaron el Acuerdo de París, el cual tiene como objetivo limitar el calentamiento global entre 1.5 ºC y 2 ºC, comparado con los niveles preindustriales, para evitar mayores efectos negativos. Como parte del acuerdo, cada país presentó sus planes de acción conocidos como “contribuciones nacionales”, los cuales tienen que ser revisados para alinearse a los objetivos del acuerdo. Los ciudadanos y las ciudadanas centroamericanas deben demandar a los gobiernos que los nuevos planes sean coherentes con la acción climática necesaria para frenar el cambio climático. Es decir, que prioricen la adaptación y construcción de resiliencia en la región, una lección que ha quedado más que clara después del paso de Eta e Iota por Centroamérica.  

Los presupuestos nacionales no pueden seguir subsidiando energía y tecnología obsoleta, en específico porque hoy en día es más barato invertir en energías renovables, como energía eólica o solar. Otro sector con mucho potencial en la región es el transporte público, el cual puede ir adoptando tecnologías nuevas y limpias. La inversión en la mejora y eficiencia del transporte público, por ejemplo, a través de vehículos eléctricos, además de disminuir las emisiones generadas por los motores de diésel y gasolina (que tiene beneficios inmediatos en la reducción de contaminación atmosférica), disminuyen la necesidad del transporte privado e incrementa la calidad de vida en las ciudades.

Centroamérica se está enfrentando ahora mismo a la crisis sanitaria de covid-19 y a la crisis económica producto de la misma. La crisis climática, sin embargo, es de mayor envergadura y de más largo plazo. Los efectos del cambio climático se perciben en todos los sectores de la economía y sociedad e impactan tanto a las generaciones presentes como a las futuras. La vacuna contra la covid-19 ya ha sido desarrollada y se espera haber empezado a superar la crisis sanitaria este año que recién inicia.

Si seguimos postergando las medidas, la crisis climática puede llegar a ser irreversible. Todavía estamos a tiempo de retomar el timón. Tal como la crisis de la covid-19 ha demostrado, de nuestro actuar colectivo, que a su vez depende de nuestra acción a nivel individual, depende el bienestar de todos y todas. Así mismo, los gobiernos deben garantizar que la reactivación económica sea una reactivación justa, sustentable y resiliente.

Tania Guillén Bolaños es nicaragüense, investigadora del Centro de Servicios Climáticos de Alemania (GERICS) desde 2016. Da seguimiento a las negociaciones climáticas de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC) desde hace diez años, donde ha sido observadora representante de organizaciones de sociedad civil de Centroamérica. Participó en la elaboración del reporte especial sobre “El calentamiento global de 1.5ºC” del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC, por sus siglas en inglés). Las opiniones vertidas en este espacio son a título personal de la autora. 
 
Tania Guillén Bolaños es nicaragüense, investigadora del Centro de Servicios Climáticos de Alemania (GERICS) desde 2016. Da seguimiento a las negociaciones climáticas de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC) desde hace diez años, donde ha sido observadora representante de organizaciones de sociedad civil de Centroamérica. Participó en la elaboración del reporte especial sobre “El calentamiento global de 1.5ºC” del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC, por sus siglas en inglés). Las opiniones vertidas en este espacio son a título personal de la autora. 


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