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La oposición juega a ser cool y no le sale

Willian Carballo

 
 

Voy a llamarlo coolización de la campaña electoral. Suena más feo de lo que se escribe, créame, pero esta tendencia propagandística de los tiempos del TikTok y los influencer está mareando a algunos políticos de la oposición, distrayendo a ellos de sus propios principios y privándonos a nosotros de lo importante, el contenido, para, en su lugar, mostrarnos a pretendidas estrellas de redes sociales digitales que más que brillar se enredan en sus propias (des)gracias.

Coolización es apostar por un estilo de comunicación que prepondera lo cool sobre el fondo, principalmente en las plataformas virtuales. Es pretender jugar a ser generador de memes, creador de historias virales, tuitero jocoso, tiktokero centennial, youtuber wannabe e influencer de la democracia. Todo lo que buena parte del oficialismo ya hace y un seguidor de Soyacity esperaría. Nada de lo que un ciudadano salvadoreño realmente requiere para elegir con cabeza fría a sus representantes.

Les doy ejemplos. Un candidato a diputado del FMLN filtró su rostro en la aplicación que lo transforma en anciano, niño o mujer, para luego agregar en un tuit que no importa si lo ves “cipote, ruquito o chinita”, sino que votes por él. Una efemelenista que busca plaza en el Parlacen subió un video bailando una de The King Flyp. Una candidata de Arena nos invita a su casa mientras una voz en off le saca conversación, como si Luisito Comunica hubiera aterrizado en su sala para grabar un video. Una joven del PCN sube artes propagandísticos en poses que le lucen a Luciana Sandoval en el Instagram de Viva la mañana, pero no a una política. Y uno de Nuestro Tiempo crea un automeme para explicar que se llama Mauricio, pero no Funes. En mi cuenta de Twitter puede hallar más ejemplos.

La razón de esta epidemia de lo cool es evidente: intentar parecerse a quien ha hecho de tuitear, lucir buena onda e interactuar con youtubers una política de Estado. Es obvio que el éxito de Nayib Bukele en las urnas y sus altos niveles de popularidad actuales no se pueden explicar solo por su imagen milenial, pues también hay mucho de hartazgo hacia la clase política tradicional, cansancio que él supo explotar muy bien. Sin embargo, también está claro que han sido detalles simbólicos −como su look desenfadado, los emojis en sus mensajes y sus alusiones a superhéroes− los que, en parte, cautivaron a un grupo de votantes jóvenes cansados de las lágrimas bajando por el rostro añejado de Norman Quijano y hartos del diablito Ruiz rezándole a su ángel guardián, Hugo Chávez.

Ahí está la trampa. Deslumbrados por la popularidad del mandatario, muchos de los que van rezagados en la carrera electoral empiezan a apretar a la vez todos los botones del mando de su PlayStation comunicacional, para ver si así les sale algo parecido. En el intento de domar esa ola, no obstante, terminan de panzazo en el agua.

Sería ingenuo negar lo bien que el presidente y parte de los suyos dominan la narrativa en redes sociales y cómo esto les ha dejado réditos electorales. Pero también sería inocente pensar que solo porque se taguea con famosos, usa lentes de sol y tuitea de madrugada ya gobierna bien y que, por lo tanto, quien lo haga así, ya triunfó y salvó a la nación. Entonces, confundidos, algunos aspirantes posan como influencer, abren cuenta en Tiktok y bajan la aplicación para infantilizar el rostro, como si eso automáticamente les fuera a conseguir votos, como si ese estilo encajara con la personalidad política que han construido, y como si los problemas del país se arreglaran con un post exitoso en Facebook. Al final, terminan alentando un discurso que prima las emociones sobre los argumentos racionales. Eso sin contar que se ven más forzados que llamarle latinoamericano a un documental que solo es sobre el rock argento-mexicano.

Sus acciones, claro, hacen que hablemos de ellos, pero ese no es el problema. Lo importante acá es que, al perderse en la bisutería digital, perjudican a los votantes que, otra vez, nos quedamos sin información seria para tomar decisiones y somos empujados a decidir entre los favs y los likes, en lugar de hacerlo entre los compromisos y las soluciones. Es como antes, pero con filtros de Instagram. Si ayer recibíamos láminas y oíamos frases hechas en los mítines, ahora participamos de un giveaway de tazas y leemos hashtags con frases coelhianas. Solo nos cambiaron los viejos envoltorios por uno que trae códigos QR.

Como resultado, si ya en campañas pasadas los candidatos tenían serios problemas para explicarnos lo que harían en caso de ganar, ahora divagan en lo efímero de mensajes superfluos y desaprovechan el verdadero poder de internet. Así, pudiendo crear infográficos interactivos con propuestas innovadoras o videos que −sin renunciar a los recursos actuales− expliquen su plataforma de manera clara y sincera, la mayoría opta por la foto retocada para el Face, el meme fácil, el video viral y la aplicación que te arruga, porque sí, porque es chistoso, porque es cool.  

Sé que vamos a media campaña. Ojalá que en estas semanas que faltan la oposición y también los del oficialismo −ya acostumbrados a sonidos de flautas creados con sintetizadores− aprovechen para enderezar el camino y abandonar la coolización. Por lo pronto, ya tienen los likes y los “me divierte”. Cómanselos, si quieren. Los votos, eso sí, todavía deben ganárselos.

Willian Carballo (@WillianConN) es investigador, catedrático y consultor especializado en medios, cultura popular, jóvenes y violencia. Coordinador de investigación en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera.
 
Willian Carballo (@WillianConN) es investigador, catedrático y consultor especializado en medios, cultura popular, jóvenes y violencia. Coordinador de investigación en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera.


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