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La campaña de la desilusión

Elena Tobar

 
 

Desde que Nayib Bukele entró a la política, surgió como una figura moderna y cercana a la juventud, y desde entonces la mayoría de las figuras de la palestra política procuran imitarlo. Este comportamiento desafía los viejos paradigmas que por años ignoraron a los jóvenes. Tengo 19 años y el domingo votaré por primera vez. Siendo honesta, las “novedades” de este modelo de hacer política no han tenido efecto en mí ni en otros tantos jóvenes.

En uno de sus últimos editoriales de 2020, la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (Uca) afirmaba que la juventud salvadoreña está profundamente dividida por factores socioeconómicos. No solo estoy consciente de ello, también soy prueba de ello. Por eso asumo que cuando hablo del sinsabor que me ha dejado esta campaña electoral, lo hago desde una perspectiva privilegiada.

Desde que asumió la presidencia, Bukele convirtió a las redes sociales, específicamente Twitter, en el canal de difusión oficial del Gobierno. De ahí que las redes se han convertido en un elemento vital para todo candidato que quiera promocionarse como cercano a la juventud. En su intento por hacerlo, los aspirantes han optado por compartir aspectos de su vida que antes no veíamos: desde fotografías familiares hasta un registro de su día a día. Veo estos intentos y, para ser honesta, evidencian más un esfuerzo por agradar que por mostrar cercanía. Tomo como ejemplo a Johnny Wright, fundador de Nuestro Tiempo, quien en el afán de acercarse a los votantes los invitó a hacerle preguntas en su cuenta de Instagram simulando una cita. Lo vi y no supe ni cómo reaccionar; me quedé sin comentarios.

Cuando de contenido político se trata, los contendientes usualmente se limitan a sentar postura sobre alguna controversia, muchas veces descuidando incluso las maneras para comunicarlo, lo cual a veces ha incluido hasta insultos. Después de todo, así funcionan las redes sociales para muchos de los usuarios. Como consecuencia, estas publicaciones se vuelven material de chismorreo o de disputas virtuales. A este punto es todo tan homogéneo que lo único que distingue a los candidatos de las figuras de “farándula” o de los incautos analistas políticos de Twitter y Facebook son sus nombres.

Cada bando se ha vuelto una parodia de sí mismo. Entre la imagen de Aída Betancourt comiendo tortilla con cuajada para disipar sospechas de su condición privilegiada, y Abraham Soto pidiendo que mi primera vez sea con él, se me esfumó la esperanza que les tenía a los nuevos candidatos. Como alguien que elegirá diputados por primera vez, esperaba encontrar en ellos perspectivas frescas y cercanas a los problemas de la juventud y a las agendas políticas por las que muchos jóvenes, que pecamos de idealistas, abogamos. Lastimosamente, además de lo anterior, están condicionados por la polarización. No han salido de la espiral de atacar a sus oponentes y algunos creen que su juventud basta como prueba de idoneidad y motivación suficiente para entregarles mi voto.

Comprendo que esa narrativa de los buenos contra los malos –venga del lado del que venga– engloba temas importantes y que los aspirantes deben pronunciarse al respecto; el problema es que no van más allá. Los candidatos del oficialismo no explican cómo implementarán nuevas formas de hacer política, y los de los demás partidos no aclaran qué significa ser una «oposición constructiva» ni concretan cómo defenderán la democracia, más allá de no ser parte del partido del presidente. Esta falta de propuestas detalladas me dificulta seriamente distinguir a algunos candidatos de otros. Ya me da lo mismo perderme partes de alguna entrevista de los candidatos; llegué al punto en el que me parece que ya lo he escuchado todo: la gran mayoría dice prácticamente lo mismo.

Las burlas entre bandos, que desencadena muchas veces en la humillación del adversario, ya dejaron de causar gracia. Ahora es más bien tediosa y desesperanzadora. Al principio pensé que el rechazo que reciben los partidos tradicionales los forzaría, al menos, a reconocer sus errores. No pude ser más ingenua: la mayoría de los candidatos parece ensimismada en sus posturas con respecto al Ejecutivo, a tal punto que contestan evasivamente preguntas sobre el pasado de su partido o bien se limitan a decir que votar por ellos supone un verdadero cambio, a sabiendas de su pasado político. Mientras tanto, los candidatos oficialistas pregonan que trabajarán para el presidente, a pesar de que esa no es la función para la que son elegidos.

Una de las cosas que más me preocupa es que los votantes también hemos entrado en esa escala en donde no hay grises, en donde ser parte de la masa “crítica” o “analítica” pasa por estar de acuerdo con ellos. Ya nadie se preocupa por entender por qué cierta parte del electorado piensa de cierta manera; es la ley del mínimo esfuerzo.

En tres meses de campaña, no he encontrado soluciones concretas por ningún lado. De poco les han servido las redes sociales: sus discursos son tan ajenos a nosotros como los de antes. De ahí mi sinsabor; sé que con mi voto no aseguraré planes que garanticen, a largo plazo, el desarrollo del país.

Los jóvenes necesitamos garantías de un futuro estable en el país. Muchos jóvenes, sobre todo los que viven en condiciones menos privilegiadas que las mías, abandonan la escuela porque no se les hace muy útil. No me parece justo, y tampoco veo a nadie proponiendo nada para evitar que esa realidad cambie. Esto también pasa por que desde el Estado se nos garantice educación política que nos capacite a todos para analizar críticamente nuestro entorno y velar por nuestros derechos.

La violencia es otro de los problemas que nos preocupan. Habrá quienes sin conocerme me ubiquen dentro de una burbuja. Quizá tengan razón; pero eso no elimina la responsabilidad del Gobierno de intervenir en comunidades donde los jóvenes son obligados a unirse a grupos criminales. No basta ofrecer oportunidades de entretenimiento ni tomar medidas de represión sin analizar las consecuencias solo para conseguir réditos políticos. Si seguimos así, el problema no acabará a largo plazo y las futuras generaciones seguirán siendo afectadas.

Un tema en el que todavía nos siguen debiendo todos los partidos es en el de velar por nuestros derechos sexuales y reproductivos. Estamos en 2021 y sigue siendo un tabú hablar de educación sexual integral, un tema tan indispensable y a la vez ausente, sobre todo de nuestros hogares. Como jóvenes debemos tener herramientas teóricas para manejar nuestra vida sexual y que nos permita contrastar la información que obtenemos por otros medios que quizá no sean confiables. 

Por último, quiero decir que no nos bastan las etiquetas de un candidato para votar por él. Reconozco que en campaña es imposible prescindir de ellas, pero lo que más nos interesa es que las honren. Si se lanzan como defensores de derechos humanos, lo verdaderamente importante será que detallen sus planes; lo mismo si se trata de alguien que se compromete a dejar atrás la “vieja política”. A tres días de la elección, quizá sea demasiado tarde, pero espero que sirva este texto para que los políticos se enteren de que buscamos propuestas que no sean genéricas y que se apeguen a nuestra realidad, no a fines turbios y totalmente ajenos a nosotros.

Elena Tobar es estudiante de Ciencias Jurídicas. Forma parte del Club de Opinión Política Estudiantil (COPE) de la ESEN.
 
Elena Tobar es estudiante de Ciencias Jurídicas. Forma parte del Club de Opinión Política Estudiantil (COPE) de la ESEN.


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