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Centroamérica, donde los pasados no terminan de pasar

Uno de los centroamericanos que ha pensado con más profundidad sobre el tema de la memoria histórica es el distinguido historiador costarricense Víctor Hugo Acuña Ortega. En esta entrega de El Faro Académico, Acuña escribe para nuestros lectores una versión de las ideas que adelantó en su libro Centroamérica: Filibusteros, estados, imperios y memorias, que siguió desarrollando en la presentación de la obra de Margarita Vannini Política y memoria en Nicaragua. Resignificaciones y borraduras en el espacio público.

Víctor Hugo Acuña Ortega

 
 

En el mundo que hoy habitamos, ya no se trata de una cuestión de decadencia de la memoria colectiva y de declinación de la conciencia del pasado, sino de la violación brutal de lo que la memoria puede todavía conservar, de la mentira deliberada por deformación de fuentes y archivos, de la invención de pasados recompuestos y míticos al servicio de los poderes de las tinieblas. Contra los militantes del olvido, los traficantes de documentos, los asesinos de la memoria, contra los revisores de enciclopedias y los conspiradores del silencio, contra aquellos que, para retomar la magnífica imagen de Kundera, pueden borrar a un hombre de una fotografía para que nada quede de él con excepción de su sombrero, el historiador, el historiador solo, animado por la austera pasión de los hechos, de las pruebas, de los testimonios, que son los alimentos de su oficio, puede velar y montar guardia” - Yosef Hayim Yerushalmi (1988)


Centroamérica es un lugar en donde los pasados no terminan de pasar, tanto porque sigue atrapada en caducas modalidades dictatoriales de ejercicio del poder como anclada en desigualdades e injusticias seculares. Los pasados no pasan tampoco porque sus recuerdos son convertidos en olvidos interesados impuestos o en memorias hechas a la medida. Así, la manipulación o incluso el exterminio de las memorias constituyen recursos necesarios en el funcionamiento de los gobiernos autoritarios y corruptos que en la región se perpetúan.

Eso es evidente en el debate actual sobre unas declaraciones del presidente de El Salvador sobre los procesos de paz, pero también se puede apreciar y valorar en el libro Política y memoria en Nicaragua, de la historiadora Margarita Vannini, que recorre más de medio siglo de usos y abusos del pasado reciente en ese país centroamericano. Un libro de historia que resulta de gran actualidad en la presente coyuntura del Istmo.

El libro está escrito en primera persona, razón por la cual es simultáneamente dos textos: un testimonio y un análisis. Una apuesta radical por la tensión subjetiva y afectiva que agrega al trabajo y, también por eso, una apuesta no exenta de riesgos.

La ciudad de Managua como escenario es protagonista central del estudio, pero también como personaje del testimonio y del análisis histórico. Es un lugar en donde se superponen los estratos de la memoria y el olvido, donde se despliegan brigadas de demolición y pintores de brocha gorda, con la misión vana de abolir el pasado, y se subrayan las fracturas sociales y partidarias. Como si las secuelas del terremoto fuesen indelebles, Managua está allí para recordar las grietas de una imposible “comunidad imaginada”, al menos hasta el presente. La ciudad y sus plazas no solo están ahí para unir, sino, sobre todo, para desunir.

Margarita Vannini analiza la memoria histórica como usos públicos y políticos del pasado más que la memoria colectiva como vivencia, elaboración y trasmisión de una serie de recuerdos de una colectividad. En Nicaragua, al menos desde el asesinato de Sandino y el ascenso de Somoza en 1934, los usos políticos del pasado por parte de gobiernos y facciones políticas han colonizado y obliterado las memorias colectivas en la esfera pública; por ejemplo, durante la revolución hubo iniciativas ciudadanas para conmemorar a los caídos que no fructificaron.

La memoria histórica ha estado al servicio de usos partidaristas y coyunturales, en especial después de 1979, los cuales pretenden más legitimar a un grupo que “inventar” una comunidad de pertenencia y descendencia para el conjunto de la población. Por esta razón, tampoco hay una memoria histórica del Estado, sino solo memorias en guerra de gobiernos y regímenes políticos, con pocas excepciones, autoritarios o totalmente despóticos. En consecuencia, persiste en Nicaragua, desde el ascenso de la dinastía de los Somoza en 1934, una imposibilidad para tener una “memoria histórica” compartida o, mejor dicho, hegemónica, en la medida en que predomina una relación instrumental y sectaria en relación con el pasado.

Derribo de la estatua ecuestre de Anastasio Somoza García. Foto de El Faro: Eddy Cruz Flores, La Prensa, 19 de julio de 1979.
 
Derribo de la estatua ecuestre de Anastasio Somoza García. Foto de El Faro: Eddy Cruz Flores, La Prensa, 19 de julio de 1979.

Esas memorias gubernamentales dominan, pero posiblemente ni convencen ni convocan, salvo a los más fervientes correligionarios. Mientras la revolución gozó de popularidad, hubo un encuentro entre la revolución y sus ofertas memoriales y una gran parte de la población. Sin embargo, a medida que perdió impulso y legitimidad, se produjo el desencuentro quizás inevitable, porque la autodenominada vanguardia intentó implantar en la sociedad lo que consideró su pasado glorioso, como ocurrió con la figura de Carlos Fonseca Amador, que no podía cubrir a toda la nación por inventar. No obstante, como recuerda Vannini, es interesante reconocer que los jóvenes protagonistas de las protestas de 2018 contra la dictadura retomaron consignas y emblemas de la revolución de 1979.          

Como es natural, en Nicaragua los usos del pasado no han sido exactamente similares según los diferentes regímenes, ya que si la revolución pretendió dotar de un legado épico a un futuro que se esperaba radiante, los gobiernos posteriores a 1990 pretendieron borrar ese pasado y saltar a uno anterior más bien vago de la “República”. Por último, a partir de 2007, la dictadura actual fabricó a su conveniencia un pasado exclusivo y excluyente por medio de la adulteración de la revolución y de otras etapas de la historia de Nicaragua. 

Como en Nicaragua ha imperado una relación instrumental con el pasado, sin mediaciones de ningún tipo, se ha hecho imposible la negociación o una disputa razonable o razonada de las memorias colectivas y de la “memoria histórica” en la esfera pública. Las políticas de memoria han sido efímeras o abortadas y no han alcanzado a sedimentarse. Por eso los lugares de memoria estudiados por Margarita Vannini no acaban de serlo, porque no han terminado de decantarse y cristalizar. Las memorias colectivas, por su parte, son condenadas a ser subterráneas en la medida en que no pueden tener acceso a la esfera pública, y se van desvaneciendo irremediablemente en que sus portadores, silenciosos o activos, han ido muriendo.

En estas circunstancias no hay disputas alrededor de un núcleo memorial, sino guerras de la memoria de suma cero, en las cuales los pasados no se asumen, sino que se satanizan: la memoria sandinista se demoniza y viceversa; la única posibilidad es la borradura, como dice la autora. No hay un sujeto colectivo con capacidad de integración de las memorias en conflicto, tampoco hay un marco institucional que pueda dar vida o acogida a ese sujeto. No existe una memoria banal o de sentido común, como sería, por ejemplo, el caso de Costa Rica, compartida por la mayoría de los actores sociales y políticos y sobre la cual se disputen en versiones según sus valores e intereses, como ocurre con la guerra contra los filibusteros.

En esta obra se muestra cómo opera lo que se podría llamar la gramática de la memoria: rituales, reglas y procedimientos, componentes y secuencias. Esa sería la lógica interna de funcionamiento de las políticas de memoria. Pero este libro también muestra claramente que las condiciones de producción y reproducción de las memorias colectivas o públicas están condicionadas por factores que se sitúan en esferas distintas de los mundos simbólicos que las caracterizan. De modo que dependen de las condiciones de existencia de la sociedad civil, del tipo de régimen político y del grado de consolidación del Estado; así, las políticas de memoria serían resultado de las interacciones entre esos tres factores. Habría que añadir el contexto internacional que condiciona de varias maneras las políticas de memoria de los distintos Estados y sociedades.

También parece evidente que es inevitable esta perpetua guerra de las memorias, mientras la impunidad sea la norma que impere, como ha sido el caso de Nicaragua desde el asesinato de Sandino y de sus generales por parte de Somoza, en 1934, hasta el presente. En este sentido, no podrá haber nunca una memoria compartida sin que haya justicia y reparaciones de todos los crímenes que gobiernos y regímenes han cometido en el último siglo. Por eso es novedoso y prometedor en el momento actual el fenómeno de AMA, la Asociación de las Madres de Abril, que pide justicia para sus hijos masacrados por el régimen de Ortega en 2018.

Tras leer este magnífico pequeño libro me queda una convicción y una pregunta. La primera se refiere a la importancia de la historia y de las ciencias sociales como disciplinas autónomas, profesionales y críticas, para la convivencia democrática y para que las inevitables disputas de las memorias acontezcan en la esfera de un reconocimiento recíproco. Así como que hay que visibilizar memorias, se requiere investigar con entera libertad los pasados. La segunda, tras esta lectura me pregunto si, lamentablemente, la revolución sandinista fue solo un paréntesis en la historia de Nicaragua, no una ruptura, y esta, que parece tan urgente, estaría aún por llegar. No sabemos cuándo. Valgan la certeza y la interrogante señaladas como indicios de la gran relevancia y de la destacada contribución del estudio de Margarita Vannini. Sobra reafirmar, no solamente para Nicaragua sino también para los otros países de la región: en Centroamérica los pasados no terminan de pasar.


*Víctor Hugo Acuña Ortega es catedrático y profesor emérito de la Universidad de Costa Rica.


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