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Especial Romero

Romero, símbolo de paz que nos une con Italia

El asesinato de monseñor Romero en marzo de 1980 fue el principal motor del prominente sacerdote, poeta y teólogo italiano David María Turoldo, no solo para conocer más sobre El Salvador, sino para mantener vivo su modelo y enseñanza.

Massimo De Giuseppe

 
 

“Amigo, tienes que parar aquí. Y medita. Y lee. Y busca; de hecho, tratamos de comprender, porque todos estamos implicados”.

Con estas palabras, el padre David María Turoldo comenzó la introducción del primer libro dedicado a la historia de monseñor Romero, que se publicó en Italia. La obra, Oscar A. Romero, un vescovo fatto popolo (“un obispo hecho pueblo”), fue editada por el sacerdote lombardo Abramo Levi para la editorial Morcelliana de Brescia, a principios de 1981. El padre Turoldo había estado inquieto y preocupado desde el 24 de marzo de 1980, cuando recibió noticias del asesinato del arzobispo de San Salvador. Interpretó su muerte como un signo, no solo en la historia del país centroamericano, sino en la historia del mundo occidental y de la Iglesia universal. El padre Turoldo era una persona sensible a la causa de los derechos humanos y al tema de la paz, y esto generó una inmediata sintonía con la experiencia de mons. Romero, una figura desconocida para él hasta unas semanas antes de su asesinato.

Turoldo era contemporáneo de Romero; el primero nació en 1916, el segundo en 1917. Ambos de origen rural, marcados por la pobreza. Turoldo, el noveno de diez hermanos, nació en Coderno en Friuli, en el profundo noreste de Italia, en una familia campesina en la que el maíz (en su caso la polenta, el plato italiano de sémola de maíz), al igual que en Centroamérica, representaba el eje de la supervivencia. Ingresó en la Congregación de los Siervos de María siendo aún joven, hizo sus votos en 1938. En 1940 fue enviado a Milán, en plena Segunda Guerra Mundial, donde se licenció en Filosofía. Colaboró ​​con la resistencia antinazi-fascista desde posiciones pacifistas. Fue uno de los promotores de Nomadelfia (un experimento original para asistir a los huérfanos) y acompañó a los migrantes italianos. Se retiró en 1964, en Fontanella di Sotto il Monte, el lugar de nacimiento del papa Juan XXIII, donde fundó la Casa di Emmaus. A partir de ahí inició una intensa labor de reflexión teológica, bíblica y poética. También se destacó por su compromiso sociocultural, por medio de ensayos, conferencias y acciones a favor de los derechos de los pueblos y la paz. Se hizo famoso también por sus artículos periodísticos en el principal diario nacional, Il Corriere della Sera (varios de los cuales fueron sobre El Salvador).

Monseñor Romero en una de sus visitas a El Vaticano. Foto cortesía del Museo de la Palabra y la Imagen (Mupi).
 
Monseñor Romero en una de sus visitas a El Vaticano. Foto cortesía del Museo de la Palabra y la Imagen (Mupi).

Apenas unos días antes del asesinato de Romero, Turoldo había recibido del padre Arturo Paoli, misionero de la fraternidad Piccoli Fratelli di Foucault, una carta en la que se le pidió compilar una lista ideal de mártires latinoamericanos. Paoli estaba activo desde hace algunos años en Argentina y Venezuela, y había anotado unos nombres. Pocos días después agregaría el de Romero, tal como aparece en un texto manuscrito. Impactado por esa muerte, el padre Turoldo se movilizó de inmediato para conocer más sobre la situación en El Salvador. Escribió a su amigo Maurizio Chierici, reportero de Il Corriere della Sera en América Latina, que regresaba de una misión en América Central. Él había conocido a mons. Romero en una entrevista en la primavera de 1979, y quedó impresionado por su labor pastoral, la actividad del Socorro Jurídico, la Comisión de Derechos Humanos (CDHES), la labor de la Radio YSAX y, sobre todo, la misa en la catedral.

Turoldo comenzó entonces a recopilar material, hizo traducir del español los textos de todas las homilías del arzobispo (las llamó “la palabra que mantiene vivo el torrente de sangre de los muertos”), tratando de difundir en Italia el espíritu que las animaba. En su archivo, mons. Romero es el personaje (junto con el papa Juan XXIII) del que se encuentra más material: artículos de prensa, textos de homilías y discursos, cartas, poemas (el más famoso de Turoldo, Memoria del vescovo Romero), una obra teatral, testimonios, hasta un banderín con el rostro impreso detrás de una paloma de la paz. Fue un ejemplo que lo acompañó hasta su muerte, tras una larga batalla con un tumor, en 1992.

Turoldo se convirtió en Italia en uno de los más fervientes divulgadores de la historia de mons. Romero, con el pesar de nunca haberlo conocido personalmente. Tuvo la esperanza de mantener vivo su modelo y enseñanza, en una etapa en la que El Salvador se convirtió en un lugar simbólico para el cristianismo internacional, la guerra fría y en el centro de una compleja red de actividades diplomáticas, iniciativas políticas, y propuestas de movilización transnacional.

En general, la reacción europea a la muerte de mons. Romero fue impresionante, en particular en Italia. En la península se creó un núcleo, no necesariamente homogéneo, de promotores de su historia y atentos a los acontecimientos salvadoreños que ocuparon en la prensa un espacio sin precedentes. El mundo de las revistas católicas reflejó la resonancia simbólica de esa muerte. A partir de 1981 se publicaron varios libros. Aquellas personalidades y grupos que habían vinculado su experiencia al cristianismo latinoamericano posconciliar se sintieron llamados a la acción: desde los jesuitas hasta mons. Luigi Bettazzi, presidente de Pax Christi internacional. Esta última pronto establecería contactos con la CDHES (en enero de 1981 se recogieron firmas en el Parlamento italiano para nominar a la organización arquidiocesana salvadoreña para el Premio Nobel de la Paz) y la red internacional SICSAL. También se movilizaron el Movimento Laici per l’America Latina (MLAL), los sindicatos católicos CISL y ACLI, de entre los cuales nacieron círculos y centros de estudio rebautizados como Romero (algunos todavía siguen funcionando, como el CEDOR, de Verona), como sucedió en su momento con Martin Luther King.

En este clima, sin embargo, el compromiso del padre Turoldo fue especial. El fraile quiso releer esa muerte con apasionado entusiasmo, como auténtico “signo de los tiempos” que la convirtió en “un martirio que nos desafía a todos” y que “siembra esperanza”, imponiendo una reflexión “sobre la verdadera calidad de la fe”. Desde la primavera de 1980, Turoldo comenzó a trabajar en un texto para una conferencia, inicialmente titulada “Oscar Romero: testimone rarissimo della pace” (“un testigo muy raro de la paz”) del que publicamos aquí un extracto, que luego se convirtió en el artículo “Oscar Romero: solitario uomo di pace”, para la revista Emmaus.

Las palabras iniciales de este trabajo siguen siendo especialmente sugerentes hoy, en 2021.

Hay que inventar un discurso sobre Romero y la paz. Aquí podría surgir un indicio de una pastoral de paz imprevista, providencial. El discurso sobre tal tema, creo que es uno de los más difíciles para cualquier tipo de conferencista; incluso más difícil para los eclesiásticos, acostumbrados a celebrar panegíricos y sermones genéricos, de inspiración más bien moralista. Cuando, en cambio, la paz es un valor concreto y dramático ... La paz es un verdadero discurso revolucionario, quizás el único discurso revolucionario que se puede hacer ... En la paz, en el ojo de la tormenta, encontramos a Romero, mientras el asesino apunta a su corazón”. Palabras que Turoldo recogió en una carta al cardenal Martini, arzobispo de Milán, con motivo de una celebración común en el Duomo, un año después de la muerte de Romero. En esa ocasión, el arzobispo definió a Romero como modelo del episcopado universal y Turoldo lo comparó con Juan XXIII: “ambos acusados ​​de destruir la Iglesia; mientras que en cambio se encontraron, en el ojo de la tormenta, este pacífico lugar en el que permanecen. Es costumbre pensar en el ojo de la tormenta como el punto más dramático de la tormenta. Pero ese no es el caso, el ojo de la tormenta es una isla circular muy pequeña, ¡un ojo! - de tranquilidad y serenidad en el mismo centro del huracán.

En esa lectura, El Salvador terminaba en convertirse en el corazón del mundo, acercándose idealmente a Milán (hoy la primera ciudad de Europa por la presencia de migrantes salvadoreños, fruto de esos puentes conectados a principios de los años 80) y Romero se transformó en un “verdadero hombre de paz, ministro de reconciliación; uno que en tiempos cargados de furor genera reconciliación”. “Convencidos”, concluyó Turoldo, “de que la paz es el continuo punto de llegada”.

*Massimo De Giuseppe es profesor de Historia contempóranea en la Università IULM, Italia, y profesor afiliado del CIDE, México.


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