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La frágil primavera democrática de Guatemala

En 1944, tanto El Salvador como Guatemala experimentaron raras aperturas democráticas en sus largas historias de dictadura. La de El Salvador duró solo unas pocas semanas. En Guatemala se conoció como los “Diez años de Primavera”, que terminó con el notorio golpe de Estado respaldado por la CIA, en 1954. En un nuevo libro editado por Julia Gibbings y Heather Vrana, un grupo de académicos ofrece una nueva interpretación de los “Diez años de Primavera” de Guatemala. Al llamarla la tesis de las “muchas revoluciones”, argumentan que un énfasis excesivo en la política de la Guerra Fría y los asuntos internacionales ha oscurecido las complejidades internas de la apertura democrática. La estrategia de investigación que identifica la complejidad de los actores y la multiplicidad de revoluciones puede dar pistas para un estudio más satisfactorio de los repetidos fracasos de las reformas democráticas en El Salvador.

 
 

El fracaso de las aperturas democráticas después de la Segunda Guerra Mundial

Heather Vrana y Julie Gibbings*

(Los diez años de primavera de Guatemala) fueron parte de una efervescencia democrática posterior a la Segunda Guerra Mundial que se extendió por todo el hemisferio. En Guatemala, la revolución de octubre de 1944 inauguró un período de diez años de reformas sociales democráticas bajo dos presidentes: Juan José Arévalo (1945-1950) y Jacobo Arbenz (1950-1954). Por primera vez en la historia de Guatemala, el Estado promulgó reformas destinadas a mejorar el bienestar social de la población en su conjunto, como la creación del Instituto Nacional Indígena, el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social, un Código de Trabajo moderno y la reforma agraria, a la vez que se equilibraban los imperativos de un desarrollo de orientación capitalista. [….] (Para sus partidarios) fue un momento de dignidad personal y colectiva [...]frustrado con el prematuro final de la revolución a manos de un golpe militar apoyado por la CIA en junio de 1954 [...] La sangrienta participación de Guatemala en la guerra fría de América Latina, y en particular el golpe militar de 1954, arrojaron una sombra que influyó la memoria popular y el trabajo académico sobre la revolución.

(Nuestro libro) va más allá del golpe de Estado como acontecimiento clave de la revolución. Asimismo, se aleja del énfasis omnipresente en el enfrentamiento diplomático y la intervención militar y de inteligencia. En cambio, centra la atención en el examen de lo que se estaba dirimiendo, lo que permite que emerjan diferentes conjuntos de actores, lo que nos permite comprender las muchas revoluciones que tuvieron lugar en Guatemala. Este enfoque más amplio, liberado de la sombra de una Guerra Fría bipolar, también nos permite ubicar la década de la socialdemocracia guatemalteca dentro del contexto transnacional de la "primavera democrática", durante y después de la Segunda Guerra Mundial.

La revolución también fue impulsada por el crecimiento económico de la posguerra y la movilización política en toda la región. En El Salvador, estudiantes, trabajadores y oficiales militares se rebelaron con éxito contra el general Maximiliano Hernández Martínez, quien había tomado medidas para extender su poder ejecutivo y su mandato. La breve guerra civil de 1948 en Costa Rica también fue impulsada por la corrupción del Ejecutivo. Como en Guatemala, estas guerras también llevaron a la revisión de la Constitución (aunque en El Salvador las reformas fueron de corta duración). Mientras tanto, los planes económicos para promover el crecimiento a través de la diversificación y modernización de la producción agrícola, basados ​​en el pensamiento de Raúl Prebisch y la Comisión Económica de las Naciones Unidas para América Latina y el Caribe (Cepal), buscaron fortalecer las conexiones de Guatemala con el mercado mundial. Por supuesto, estas son solo algunas de las formas en que una revisión de la revolución de Guatemala puede iluminar temas de interés mucho más allá de las fronteras nacionales, incluso regionales. En gran parte de América Latina, la primavera democrática de la posguerra se desarrolló durante 1946 y 1947, y concluyó en 1948. Pero, en Guatemala, recién estaba entrando en su fase más radical con la aprobación del Código de Trabajo (1947) y la Reforma Agraria (1952). Esto plantea la cuestión no de por qué la revolución llegó a su fin en 1954, sino más bien de por qué duró tanto.

Tomados en conjunto, los capítulos [de nuestro libro] replantean nuestra comprensión de la revolución guatemalteca haciendo hincapié en nuevas regiones, nuevos marcos analíticos, nuevos actores históricos y nuevas memorias históricas.


Mejores maneras de comprender los efectos del cambio revolucionario

Jim Handy*

Cuando comencé a trabajar sobre la revolución guatemalteca hace cuarenta años, la comprensión ampliamente aceptada, al menos en los escritos académicos, era que los pobres de las zonas rurales, especialmente los campesinos y los campesinos mayas en particular, no solo habían rechazado abrazar la revolución y sus políticas, sino que a menudo se opusieron activamente a ellas. Los pocos ejemplos de activismo laboral campesino y rural reconocidos en la mayor parte de la literatura eran en lugares específicos (la plantación de la United Fruit Company en la costa del Pacífico en Tiquisate o, en particular, en grandes haciendas controladas por el Gobierno, denominadas colectivamente Fincas Nacionales, donde la organización laboral era más intensa) y / o fruto del trabajo de agitadores políticos de la Ciudad de Guatemala: Carlos Manuel Pellecer y Clodoveo Torres Moss, entre otros. Cuando los campesinos y trabajadores rurales mayas participaban en las protestas, muchos los consideraban como "instrumentos fáciles en manos de hombres sin escrúpulos", como lo expresó El Imparcial, el principal periódico del país, en 1948. Ejemplo de este enfoque fue una obra de Brian Murphy, escrita en la década de 1960, titulada El crecimiento atrofiado de los movimientos campesinos guatemaltecos, que ofrecía una interpretación que se repitió una y otra vez en la literatura. La reforma agraria en sí misma fue poco comprendida y subestimada; se consideró que se había ha llevado a cabo de manera arbitraria y caótica y que se utilizó principalmente para apoyar agendas políticas, tanto a nivel nacional como local. Por supuesto, estas interpretaciones se enmarcan en la retórica de la llamada liberación que llegó al poder después del derrocamiento de Arbenz y del Departamento de Estado de Estados Unidos, que promovió el golpe de Estado, pero los académicos las repitieron sorprendentemente a menudo y demostraron ser notablemente duraderas.

Ahora sabemos que esto no es cierto. Casi todos los capítulos en este trabajo exigen que seamos cuidadosos en nuestra evaluación de lo que realmente significó la revolución en lugares específicos en momentos específicos. Nos inculcan la necesidad de matizar nuestra comprensión de quién dio la bienvenida a aspectos de la revolución y quién no, qué elementos del cambio revolucionario adoptaron los guatemaltecos en diferentes comunidades y a qué se opusieron, y qué elementos históricos, locales, étnicos, de larga data y conflictos familiares encontraron expresión a través de políticas revolucionarias. No obstante, la imagen clara que tenemos de la revolución en el campo es una en la que los campesinos, mayas y no mayas, aceptaron fácilmente aspectos del cambio revolucionario. Rápidamente buscaron oportunidades para aumentar y diversificar su producción agrícola. Se aprovecharon de manera espectacular y se comprometieron plenamente con la democracia electoral, a nivel municipal y nacional. En la mayoría de las áreas, los campesinos y trabajadores llevaron consigo a organizadores externos, instando a que se tomaran decisiones más rápidas en virtud de la Ley de Reforma Agraria y presionando al Gobierno para que actuara. Más importante, en el contexto de la reforma agraria, la organización campesina, la agitación y el activismo impulsaron la reforma. Fue el abrazo de los campesinos a la oportunidad de obtener tierras lo que aseguró que la reforma fuera más allá de lo que había previsto la administración de Arbenz. El activismo campesino y laboral rural la hizo revolucionaria.


 

Los efectos inesperados de las reformas de Arévalo

David Carey*

En mi trabajo me baso en documentos de los jefes políticos (gobernadores), archivos municipales e historias orales realizadas entre 1997 y 2001 para reconsiderar la administración de Arévalo como una ruptura dramática con la política pasada. Documentos de pueblos rurales en Sacatepéquez, una provincia adyacente a la ciudad de Guatemala, escritos durante el gobierno de Arévalo, demuestran que los mecanismos de trabajo forzoso tan frecuentes durante el período de Ubico persistieron a pesar de las promesas democráticas de su eliminación. Para "expandir el cultivo en la medida de lo posible", el nuevo Gobierno hizo cumplir las leyes contra la vagancia. A su vez, los miembros de la comunidad reclutados a la fuerza para el servicio municipal pidieron exenciones al gobernador. El trabajo forzoso, disminuido pero no eliminado, continuó marcando las vidas de los guatemaltecos rurales durante el período de Arévalo. Los encargados de hacer cumplir la ley podían ser intimidantes y corruptos. "La autoridad en mi pueblo es parcial y amenazante", se quejó un agricultor de cuarenta años de San Antonio Aguascalientes, pocos meses después del derrocamiento de Ubico. Para los líderes indígenas de Santa Lucía Utatalán, los regímenes de Ubico y Arévalo eran igualmente malos.

Otra característica perturbadora del nuevo gobierno de Arévalo se refería a la naturaleza de las reformas propuestas. Muchas reformas fueron casi imperceptibles en las zonas rurales, otras contradecían los valores indígenas y trastornaban las delicadas relaciones de patronazgo. La lenta respuesta del Estado revolucionario a la masacre de Patzicía inició esa percepción. Mientras que la manera relativamente predecible con que gobernaba Ubico ayudó a controlar el poder de las élites económicas y políticas locales, el fracaso del régimen democrático en articular claramente su agenda y procedimientos de gobierno llevó a muchos indígenas rurales a entender que la intervención del Estado revolucionario era menos benigna que la de su antecesor dictatorial. Sin una comunicación clara, el esfuerzo de la administración de Arévalo para garantizar la alfabetización básica para la población rural parecía estar plagado de motivos ocultos cuando se veía desde abajo. Mirando hacia atrás al gobierno de Arévalo a través de la lente de la guerra civil y el genocidio, muchos Kaqchikels hoy critican las reformas por haber puesto en peligro la consolidación de un frágil experimento democrático. En lugar de canalizar el malestar, dice la narrativa, la revolución lo desató. El gobierno de Arévalo a menudo parecía cómplice de los explotadores locales.


*Heather Vrana, Julie Gibbings, Jim Handy y David Carey Jr. son profesores de Historia en la Universidad de Florida, Universidad de Edinburgo, Universidad de Saskatchewan y la Universidad de Loyola, en Maryland, respectivamente. Esta entrega de El Faro Académico está compuesta de extractos del libro Out of the Shadow. Revisiting the Revolution from Post-Peace Guatemala (University of Texas Press, 2020). Agradecemos a los autores el permiso de publicar estos extractos.


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