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El sorprendente origen de "guanaco", el gentilicio salvadoreño ilegítimo

¿De dónde viene realmente el término guanaco? Entre quienes lo usan con orgullo y quienes lo utilizan como insulto, existen una serie de versiones que muchas veces es infundado. En este artículo, el autor discute algunos de los orígenes más probables de este apodo sobre la base de fuentes primarias. El resultado de la investigación augura para los curiosos, sin duda, sorpresa.

Jorge E. Lemus

 
 

El término guanaco se ha convertido en el gentilicio no oficial de los salvadoreños, como lo es chapín para los guatemaltecos, gringo para los estadounidenses y catracho para los hondureños. Por su carácter identitario, la palabra guanaco ha sido objeto de diversas conjeturas sobre su historia y etimología, la mayoría de origen popular, sin sustento académico.

En este artículo se discuten algunos de los orígenes más probables de este apodo sobre la base de fuentes primarias, descartando en el proceso algunos orígenes imposibles de sustentar con la evidencia histórica disponible o por los argumentos dados. También se demuestra que el término no se refería originalmente en forma exclusiva a los salvadoreños, sino que a todo aquel centroamericano que no fuera originario de la Ciudad de Guatemala. El estudio finaliza con una propuesta nueva, históricamente comprobable y lingüísticamente factible, sobre el posible origen náhuatl de guanaco.

Sentido peyorativo del término

El significado original del término guanaco tiene un sentido peyorativo que hacía referencia a las personas como tontas, ignorantes, rústicas y otra cantidad de epítetos negativos, como se puede confirmar en los diccionarios y estudios puristas decimononos y de la primera mitad del siglo XX.  El término guanaco, en su sentido peyorativo, no se refería originalmente a los salvadoreños en particular, sino a los campesinos o a cualquier persona inculta, especialmente de las provincias centroamericanas, a excepción de aquellos originarios de la ciudad de Guatemala.

El guanaco “ultrapacino”

De todos los autores del siglo XIX consultados, el que más se extiende en su definición de guanaco es el escritor, periodista e historiador guatemalteco Salomé Jil (1822-1882), conocido como don José Milla, en el tomo 1 de su obra Cuadros de costumbres guatemaltecas. Menciona Jil que en el siglo XIX el término “guanaco” se utilizaba en Guatemala para referirse a los provincianos y a los originarios del resto de repúblicas centroamericanas. Los guatemaltecos del siglo XIX se consideraban más cultos y educados que el resto de centroamericanos, por lo que el término no se aplicaba a ellos, sino a todos los que no eran guatemaltecos. Así lo expresa Salomé Jil:

“Llamamos guanaco, no sólo al que ha nacido en los Estados de Centro-América que no son el de Guatemala, sino á los naturales de los mismos pueblos de la república. Así, oímos hablar frecuentemente de guanacos de Guastoa, de Cuajiniquilapa, de Amatitlan, &; y algunos hay que llevan el rigor localista hasta el extremo de calificar con aquel apodo á los habitantes de los barrios de esta ciudad”.

También menciona Jil en ese mismo escrito la acepción peyorativa del apodo, ya que guanaco era utilizado por los chapines para referirse a cualquier persona tonta, sin cultura, rústica, especialmente a aquellos venidos del campo a la ciudad.

“…el presente artículo se refiere únicamente al guanaco provinciano ó ultrapacino; dejando quizá para otra vez la anatomía del guanaco departamental, si puedo expresarme así. Lo que el portugués para el castellano es el guanaco para el chapín del vulgo. No hay anécdota ridícula que éste no atribuya á aquel; y si se trata de un recienvenido bayunco, es bien sabido que se ha de decir de él que se arrodilla delante las boticas, que toma por altares; que reza al mascaron del correo; que pide en la nevería agua caliente para entibiar los helados; que se asombra de que los chapines edificasen la ciudad en este pedrero, habiendo cerca llanos tan hermosos; que pregunta si la catedral es hecha aquí y otras ocurrencias semejantes, que prueban menos mala voluntad, que deseo de embromar y de divertirse.”

El “guanaco ultrapacino” al que Jil se refiere es aquel que habita más allá del Río Paz; es decir, el resto de Centroamérica. Para ilustrar el significado de guanaco, Jil cuenta una anécdota sobre su encuentro con un guanaco que encaja perfectamente a su definición, “Don Marcos Morolica, natural y vecino de un pueblo de cuatro o cinco mil almas, situado allá en el interior de Nicaragua”. Se trata de un guanaco nicaragüense, lo que ahora suena contradictorio, pero que demuestra el uso generalizado del apelativo en la época para todos los no guatemaltecos. Jil se esfuerza en demostrarnos lo ridículo y anticuado de su vestimenta. El guanaco se reconocía no solo por su forma de hablar, sino también por su forma de vestir, su forma de comportarse y su patente ignorancia sobre el mundo moderno y civilizado—tal como los guatemaltecos se consideraban a sí mismos: modernos y civilizados.

Finalmente, Jil nos cuenta que después de ausentarse de Guatemala por cinco años regresó y se encontró con un metamorfoseado Marcos Morolica, convertido en Marco Antonio Morolika, un verdadero caballero que había aprendido las maneras de la clase alta guatemalteca, por lo que Jil  lo califica como un “exguanaco”.

Otro guatemalteco, don Antonio Batres Juáregui (1847-1929), da una definición diferente del significado metafórico de guanaco, según un diccionario de chilenismos al que él tuvo acceso. En su obra Vicios del lenguaje y provincialismos de Guatemala, Lo define de la siguiente manera:

“Guanaco. Del quechua huanano, se llama guanaco (auchenia guanaco) al más corpulento de los cuadrúpedos indígenas de Chile; y metafóricamente dicen allí guanaco, tanto en la terminación masculina como femenina, de la persona que por su continente, ademanes, largo cuello y delgadas piernas, se asemeja algún tanto á los guanacos, según explica el autor del diccionario de chilenismos.”

Esta definición de guanaco no es peyorativa como las de otros autores.

 

El término guanaco, en su sentido peyorativo, no se refería originalmente a los salvadoreños en particular, sino a los campesinos o a cualquier persona inculta, especialmente de las provincias centroamericanas, a excepción de aquellos originarios de la ciudad de Guatemala. Foto: Víctor Peña.
 
El término guanaco, en su sentido peyorativo, no se refería originalmente a los salvadoreños en particular, sino a los campesinos o a cualquier persona inculta, especialmente de las provincias centroamericanas, a excepción de aquellos originarios de la ciudad de Guatemala. Foto: Víctor Peña.

Por su parte, Lorenzo Montúfar (1823-1898), también guatemalteco, recoge en sus Memorias autobiográficas (1898) la misma interpretación que hace Jil del término Guanaco. Menciona Montúfar que existía un círculo de guatemaltecos ultraconservadores, dentro de los que se encontraba el arzobispo Bernardo Piñol y Aycinena (1806-1881), quien también fuera obispo de Nicaragua, quienes despreciaban todo lo que existiera en Centroamérica fuera de Guatemala.

“El doctor Piñol es uno de aquellos guatemaltecos que creen que en Centro-América nadie piensa más que ellos; nadie sabe nada ni vale nada en ningún concepto más que ellos. Piñol pertenece al círculo que desprecia todo lo que en Centro-América existe fuera de las garitas de la ciudad de Guatemala ó mejor dicho, fuera de las principales manzanas que rodean la plaza de la capital. Esta no es exageración. Ellos llaman guanaco no sólo á lo que está en Centro-América fuera de la República de Guatemala sino á todo lo que está fuera de la misma ciudad.”

La evidencia histórica más antigua que he encontrado sobre el apelativo guanaco aplicado a los salvadoreños data de 1823, cuando el general mexicano Vicente Filísola marchó a la cabeza de 2000 hombres desde Guatemala a San Salvador para reducir a la obediencia inmediata a los rebeldes salvadoreños que se oponían a la anexión de Centroamérica al imperio mexicano, según lo narra el historiador nicaragüense José Dolores Gámez (1851-1918) en su Historia de Nicaragua (1889).

“La ciudad de San Salvador resistió valientemente hasta el 7 de febrero de 1823, en que Filísola se apoderó de ella á viva fuerza; pereciendo en el combate como 88 salvadoreños entre muertos y heridos de gravedad. El resto de las tropas salvadoreñas que se retiró con dirección á Honduras, capituló en Gualcince, cuando tuvo noticia de la clemencia con que Filísola trataba á los vencidos. De esta manera quedó toda la Provincia sujeta á México”.

La resistencia de los salvadoreños les ganó muchos enemigos en México y Guatemala, incluyendo a influyentes miembros de la iglesia Católica. Los salvadoreños eran considerados unos rebeldes.

De esta rivalidad entre salvadoreños y guatemaltecos surgieron, según Gámez, los apodos chapín y guanaco.

“De las disputas políticas y religiosas entre guatemaltecos y salvadoreños, nació esa funesta rivalidad que se conserva hasta el día, y las denominaciones de chapines y guanacos”.

Luego, en una nota al pie de página, Gámez explica el origen de estos apodos, basado en un manuscrito que asegura él mismo ha tenido en sus manos en Quezaltenango.

“Según asegura un antiguo manuscrito que el autor vió en Quezaltenango, la palabra chapín, que se aplicaba á una forma de tacón de bota, sirvió para designar a los opresores; y la palabra guanaco, nombre de una especie de ciervo, para las víctimas de aquella opresión, á quienes se suponía rústicas y montañeces.”

A las definiciones de guanaco en uso en el siglo XIX que dan guatemaltecos y nicaragüenses, tenemos que agregar la del lexicólogo hondureño Alberto Membreño (1859-1921), quien en su diccionario Hondureñismos (1897) confirma esta acepción de guanaco: “Guanaco es para el chapín todo centroamericano que no ha nacido en la ciudad de Guatemala”. 

El único autor salvadoreño de la época que se refiere al término guanaco es Salomón Salazar García, quien, siguiendo la línea purista y prescriptiva de sus colegas centroamericanos, incluye en su Diccionario de provincialismos y barbarismos centro-americanos (1910) la palabra “guanaco” como un barbarismo guatemalteco, el cual debe ser corregido con las palabras “gaznápiro, tonto, bobo, páparo, lelo, etc.” y “pazguato, simple, que se admira de todo”. Es importante notar que Salazar, a principios del siglo pasado, no define guanaco como salvadoreño.

Ya en pleno siglo XX, el Premio Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias (1899–1974), en su obra más famosa, El señor presidente (1948), también hace referencia al término guanaco en sentido peyorativo, refiriéndose a cualquier persona que llega a la ciudad del campo. El siguiente fragmento del diálogo de uno de sus personajes, Fedina Rivas, lo ejemplifica:

“¿Que me llevan preso al general? Bueno, pues para eso es hombre y preso se queda. Pero que acarreen con la señorita... ¡Sangre de Cristo! El tiznón no tiene remedio. Y apostara mi cabeza que éstas son cosas de algún guanaco salado y sin vergüenza, de ésos que vienen a la ciudad con las mañas del monte”.

Uso exclusivo de “guanaco” para los salvadoreños

Parece ser que, por lo menos hasta mediados del siglo XX, el término guanaco no nos definía como salvadoreños, como lo demuestra el uso del término que hace Asturias en El Señor Presidente.

La década de 1960 pudo ser crucial para configurar el hipocorístico guanaco como exclusivo de los salvadoreños. En esa década, El Salvador y Honduras entraron en un conflicto político y comercial al llevarse a cabo una migración masiva de campesinos y obreros salvadoreños hacia Honduras buscando mejores oportunidades de empleo. En esa década, el gobierno de Honduras montó una campaña de desprestigio contra los salvadoreños. Sara Gordon lo resume de la siguiente manera en Crisis política y guerra en El Salvador (1989):

“Cuando las familias asentadas en los terrenos nacionales empezaron a ser expulsadas, la campaña de propaganda que había iniciado el gobierno hondureño para lograr un mayor consumo de artículos locales, se transformó en una desmesurada y virulenta campaña de acusaciones contra los salvadoreños…Los avisos que instaban a la población a adquirir productos nacionales, cedieron el lugar a las denuncias sobre la mala calidad de los productos salvadoreños, y estas dejaron el suyo a afirmaciones rotundas sobre la deshonestidad que caracterizaba a los habitantes del país vecino”.

Thomas Anderson en The  War  of  the  Dispossessed:  Honduras  and  El  Salvador,  1969 (1981) ejemplifica esta campaña con la siguiente cita tomada de un periódico local.

"GUANACO (salvadoreño): si se cree usted decente, entonces tenga la decencia de salir de Honduras. Si usted es como la mayoría de los salvadoreños, ladrón, borracho, cobarde, timador o rufián, no se quede en Honduras. Salga o espere el castigo...".

Esta campaña culminó con la guerra de 1969 entre los dos países, conocida como La Guerra de las 100 horas y popularizada por el periodista polaco Ryszard Kapuscinski como La guerra del fútbol (1969), por coincidir con las eliminatorias al mundial de fútbol México 70.

En este contexto de campaña de odio entre los dos países, los hondureños se referían a los salvadoreños como “guanacos”, en el sentido histórico peyorativo que utilizaban los guatemaltecos para referirse a todos los campesinos y provincianos fuera de la ciudad de Guatemala.

Todo parece indicar que, después de la guerra con Honduras, la identidad de los salvadoreños se relacionó con el apodo “guanaco”, adoptándolo como gentilicio no oficial y, en el proceso, desligándolo de su origen y significado históricos para relacionarlo exclusivamente a los salvadoreños. En la actualidad, en toda Centroamérica y el resto del mundo se conoce a los salvadoreños como guanacos.

Evidencia de esta tardía apropiación de guanaco por los salvadoreños es el Diccionario de la Real Academia Española, el cual incluye entre las acepciones de “guanaco” una referencia a los salvadoreños hasta en su cuarta edición, en 2001:

“Guanaco: 4. m. El Salv., Hond. y Nic. salvadoreño (‖ persona natural de El Salvador)”.

Lo anterior indica que, en las ediciones anteriores, ni la Academia Salvadoreña de la Lengua ni ninguna de las academias de la lengua centroamericanas había propuesto la definición de guanaco antes de la edición 2001 del Diccionario de la Real Academia Española.

Algunas hipótesis populares

La discusión anterior nos introduce al significado peyorativo de la palabra guanaco, pero no nos dice nada sobre su etimología. A continuación, se discuten los argumentos planteados por las hipótesis más populares sobre el origen de la palabra, tratando de determinar su validez.

  • El posible origen taíno

Entre las muchas hipótesis que he encontrado sobre el origen del hipocorístico guanaco, una llama mucho la atención al hacer referencia al propio Cristóbal Colón como una fuente de su origen. El viernes 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón desembarcó en una isla del Caribe llamada Guanahani, en lengua taíno, a la que Colón bautizó como San Salvador. En una carta de Colón escrita en castellano y dirigida al escribano de Ración de la Corona de Aragón, Luis de Santángel y publicada en Barcelona el 29 de abril de 1493—y luego en latín en Roma—manifiesta que “A la primera que yo fallé puse nombre Sant Salvador, a conmemoraçión de su alta magestad, el qual maravillosamente todo esto ha dado. Los Yndios la llaman Guanabam.” (Guanahin en la versión en latín). A los nativos de esta isla les llamaban guanahicos.  Según esta versión, cuando se funda la villa de San Salvador en el señorío de Cuscatlán durante la conquista, comenzaron a llamarles, por analogía, a los nativos de esta villa guanahicos, ya que la isla de Guanahani también había sido nombrada San Salvador. Eventualmente, con el uso, la palabra se simplificó o apocopó a “guanaco”. Bajo este análisis, la palabra “guanaco” es el resultado del truncamiento de la palabra taíno “guanahico”. La falta de evidencia histórica que confirme esta afirmación sobre el origen taíno de guanaco no permite considerarla más que como un caso de homofonía. Si algunos documentos del S. XVI de la Villa de San Salvador hicieran mención a este apodo, se podría confirmar esta hipótesis.

  • El posible origen quechua

El origen más comúnmente aceptado sobre la etimología del término guanaco se refiere al nombre en quechua, wanaku, del camélido suramericano lama guanicoe. Este animal es conocido por su gran resistencia al trabajo y porque, cuando se ve amenazado, escupe. La versión más romántica que todos quisiéramos creer de por qué nos apodaron guanacos a los salvadoreños sostiene que fue por nuestro carácter trabajador. Según esta misma versión, este bautizo pudo haber ocurrido durante la construcción inicial y la posterior ampliación del canal de Panamá en la que participaron muchos salvadoreños que se enrolaron en las filas de trabajadores que construyeron y luego ampliaron el canal de Panamá. Los suramericanos que también trabajaron en la construcción del Canal notaron la dedicación al trabajo y la resistencia de los salvadoreños. Por analogía, entonces, los suramericanos les llamaban guanacos a los salvadoreños, por resistentes y trabajadores, igual que el camélido suramericano. Esta interpretación no aparece en ninguna de las fuentes primarias consultadas para este artículo. Tampoco explica por qué, ya en el S. XIX, mucho antes de la construcción del Canal de Panamá, se utilizaba en Guatemala el término guanaco en sentido peyorativo.

  • El árbol de guanacaste

Esta hipótesis sostiene que durante la guerra contra el filibustero yanqui William Walker (1856-57), los salvadoreños acostumbraban a reunirse bajo la sombra de un guanacaste para “parlamentar”. Debido a esta práctica, según esta hipótesis, los guatemaltecos les llamaron “guanacos”. Los que sostienen esta hipótesis argumentan que guanacaste significa “hermandad” en lengua lenca y los concilios indígenas se realizaban precisamente bajo un guanacaste. De ahí, el origen del hipocorístico.

La hipótesis anterior tiene dos problemas serios. En primer lugar, la palabra guanacaste o conacaste proviene del náhuatl y no del lenca. El árbol de conacaste da un fruto que tiene forma de oreja, por lo que su nombre en náhuatl es un nombre compuesto por las palabras cuahuitl “árbol” y nacasti “oreja”, cuanacasti, que españolizada se pronuncia guanacaste o conacaste. El segundo problema es que no existen ninguna fuente primaria que confirme esta hipótesis, por lo que también se rechaza.

Posible origen náhuatl de guanaco

El origen más creíble del término guanaco puede estar más cercano a casa de lo que creemos, y puede que sea menos romántico.  Propongo, como hipótesis alternativa, que la palabra guanaco deriva de la palabra náhuatl o mexica quanaca, que significa gallo o gallina, tal como aparece en varios escritos nahuas, incluyendo El Güegüense, obra de teatro colonial nicaragüense. La adopción de este y otros vocablos de origen náhuatl en la región se debió a un proceso de nahuatlización de los pueblos centroamericanos, que ya estaba iniciado a la llegada de los españoles y que continuó durante la colonia. Dado el uso del náhuatl como lengua franca de la región, muchos vocablos de origen náhuatl se incorporaron al español y al resto de lenguas indígenas centroamericanas.

Igualmente, las lenguas indígenas incorporaron vocablos castellanos que hacían referencia a objetos o animales que no existían en la región y que habían sido importados por los españoles (préstamos directos). En otros casos, relacionaban un animal existente en la zona por su parecido con el extranjero. Por ejemplo, al gato, le llamaron miztontli (puma pequeño) y a las ovejas ichcatl (algodón). De esta manera, los mexicas le llamaron a la gallina española quanaca (quanácatl=cresta de gallo de castilla). También le llamaron a la gallina castillan totolin, o pavo español (totolin=pavo), ya que el pavo era el ave americana más cercana a los gallos y gallinas españolas.

Otra fuente que confirma el uso de la palabra náhuatl quanaca o guanaco para referirse a una persona tonta es la obra de teatro colonial nicaragüense El Güegüense o Macho Ratón.  Esta es la primera obra de teatro (música y danza) bilingüe (náhuatl y español) de origen colonial conocida en Centroamérica. Según Daniel G. Brinton, quien primero transcribió la obra (The Güegüence;  a  comedy  ballet  in  the  Nahuatl-Spanish  dialect  of  Nicaragua, 1883), esta tiene su origen en el S. XVI y había sido transmitida de forma oral por más de tres siglos hasta que él la transcribió y tradujo al idioma inglés en el S. XIX. En el glosario que acompaña la obra, Brinton da la siguiente definición de guanaco: “Guanco, Sp. prov. for guanacos, foolish, silly persons.”

El escritor y lingüista nicaragüense Carlos Mantica, quien ha realizado amplios estudios de El
Güegüence
(Escudriñando el Güegüence, 2007), transcribe el siguiente diálogo entre el viejito (huehuetzin) y el gobernador (tlatonani):

“¡Ay, Válgame Dios, Señor Gobernador Tlatoani! … No seamos guanacos. Seamos amigos, y quizás de una vez negociemos mis fardos de ropa”.

Mantica también incluye en su vocabulario de El Güegüence la siguiente definición de guanaco.

“Guanacos: tontos, babosos. Palabra todavía en uso en Nicaragua. Del náhuatl: Quaitl, cabeza, y nacatl, carne o carnosa. Nombre que se daba a las gallinas (Quanaca) y otras aves de corral que al igual que jolota, hembra del chompipe, tenían reputación de idiotas.”

El guanajo caribeño

En la misma época colonial, el idioma español incorpora la palabra guanajo para referirse al pavo doméstico, la cual ya aparece en el diccionario de la Real Academia Española de 1884 con el significado de pavo, como segunda acepción, pero también con el significado de “persona boba, tonta”, como primera. La RAE sostiene, en su diccionario de 2001, que la palabra guanajo es un préstamo lingüístico de la palabra arahuaca wanašu, que significa pavo, pero también bobo, tonto. Varios lingüistas caribeños, sin embargo, han rechazado este origen etimológico. Ambos significados se mantienen en la actualidad en el español caribeño, especialmente en Cuba.

Todo parece indicar en este análisis etimológico, que tanto ‘guanajo’ como ‘guanaco’ se derivan de la misma palabra náhuatl y significan lo mismo, en el Caribe y en Mesoamérica; se refieren tanto al pavo como a la gallina castellana. Igualmente, en sentido peyorativo, en ambos dialectos (caribeño y mesoamericano), se usa para referirse a una persona tonta, boba. Este uso peyorativo coincide con el significado que le daban los chapines a ‘guanaco’, según se describe al inicio de este artículo.

Conclusión

Las fuentes históricas consultadas nos hacen llegar a tres conclusiones importantes sobre el origen y evolución del hipocorístico guanaco. En primer lugar, las fuentes nos demuestran que el uso de este apodo gentilicio no se refería originalmente a los salvadoreños en forma exclusiva, sino a todo aquel centroamericano que no fuera originario de la ciudad de Guatemala.

En segundo lugar, la homofonía de la palabra guanaco con las palabras guanahico (originario de la Isla San Salvador), guanacaste (árbol cuyo fruto se asemeja una oreja) y guanaco (camélido suramericano), ha dado pie a diversas teorías sobre la etimología y el significado metafórico de dicha palabra. Estas teorías son muy atractivas y hasta románticas y, con el tiempo, se han convertido en verdades populares. Sin embargo, no resisten el análisis lingüístico diacrónico. 

Por último, se ha planteado una hipótesis alternativa que sostiene que la palabra guanaco proviene del náhuatl o mexica, la lengua que funcionaba como lengua franca en Mesoamérica a la llegada de los españoles. La palabra náhuatl quanaca era utilizada por los aztecas en tiempos de la colonia para referirse a las personas que eran como gallinas (tontas, bobas, torpes). La obra teatral colonial “El Güegüense” ejemplifica el uso de esta palabra con ese significado. Además, en el caribe, se utiliza la palabra guanajo, derivado también del náhuatl quanaca, con el mismo significado peyorativo. Que la palabra guanaco provenga del náhuatl y no del quechua tiene más sentido histórico y lingüístico.


*Jorge E. Lemus es profesor investigador en la Universidad Don Bosco y vicedirector de la Academia Salvadoreña de la Lengua.  Esta entrega de El Faro Académico se basa en su artículo publicado en Revista ECA Vol. 74 # 757, pp. 283-304.


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