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Negociaciones climáticas: ¿hubo progreso en Glasgow?
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Negociaciones climáticas: ¿hubo progreso en Glasgow?

Tania Guillén

 
 

Hace unos días culminó en Escocia, después de un año de postergación por la pandemia, la 26ª Conferencia de las Partes (COP26) de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC). Las COP son conferencias anuales que convocan, desde 1995, a casi 200 países para discutir sobre cómo hacerle frente al cambio climático. La cita en Glasgow pretendía que los gobiernos acordaran medidas para frenar el cambio climático, tal como se comprometieron a hacerlo en el Acuerdo de París, aprobado en 2015. Sin embargo, si de resumir los acuerdos logrados en cinco días de conferencia se trata, diría que, aunque hubo progreso, aún queda aún mucho por hacer. 

Durante la conferencia, fue muy claro que es urgente que la política se guíe por la ciencia. Así debió ser desde siempre.

Nos enfrentamos a un reto inmenso, pero está en nuestras manos evitar el peor escenario. Todavía estamos a tiempo y aunque los avances obtenidos de las negociaciones en el marco de la CMNUCC pueden evaluarse como insuficientes, es importante hablar de ellos y destacar su importancia porque este es el único espacio con el que contamos donde los gobiernos se reúnen periódicamente, discuten y acuerdan acciones conjuntas para hacerle frente al cambio climático.

En 2015, cuando se aprobó el Acuerdo de París y se establecieron los límites de calentamiento global (1.5º - 2ºC), se contaba con limitada información sobre el límite más ambicioso (1.5ºC). Por ello, la CMNUCCC invitó al IPCC a elaborar el informe sobre el límite de 1.5ºC de calentamiento global, publicado en 2018. El mismo incluyó información sobre trayectorias de reducción de emisiones de gases efecto invernadero necesarias para limitar el calentamiento, pero también presentó una evaluación de los riesgos que representarían los límites de calentamiento establecidos en el Acuerdo de París. Además, destacó las sinergias que debe haber entre la acción climática y los objetivos de desarrollo sostenible (ODS), otro instrumento acordado por los países para erradicar la pobreza. 

Las conclusiones del informe fueron claras y contundentes, y las mismas han sido confirmadas por los reportes posteriores. El planeta se ha calentado a una velocidad sin precedentes en los últimos 2000 años. Las actividades humanas, principalmente la quema de combustibles fósiles, son las causantes del problema. Y aún así, el Pacto Climático de Glasgow (decisiones de la COP26) es el primero en 26 años que hace mención alguna al carbón y a los combustibles fósiles en general. 

Actualmente, el planeta es 1.1ºC (en promedio global) más caliente que en comparación con el periodo 1850-1900 (era preindustrial). Como humanidad no hemos conocido un clima como el actual. Esto, como sabemos, está generando impactos negativos en todas las regiones del planeta. Centroamérica, como he compartido en columnas anteriores, no es la excepción. Al contrario, es una de las más afectadas, pese a tener muy poca responsabilidad en la generación del problema.

Si bien el panorama no es alentador, el IPCC ha evaluado que todavía estamos a tiempo de frenar el calentamiento en 1.5ºC, el cual es el límite que representa menos riesgo del Acuerdo de París. En palabras del IPCC “a menos que se produzcan reducciones inmediatas, rápidas y a gran escala de las emisiones de gases de efecto invernadero, limitar el calentamiento a 1.5ºC será inalcanzable”. Es ambicioso, sí; pero lograble.

Previo a la conferencia se realizó una evaluación de los compromisos climáticos revisados y presentados por los gobiernos hasta julio de este año. Estas revisiones eran necesarias, ya que los compromisos presentados previo al Acuerdo de París, representaban un calentamiento de entre 2.7ºC y 3.5ºC hacia fines de siglo. Esta última evaluación concluyó que los compromisos eran insuficientes, y que, de seguir así, el planeta se calentaría hasta 2.7º C hacia finales de siglo. Durante la conferencia y tras nuevos anuncios de los países sobre reducciones de emisiones de gases de efecto invernadero adicionales, se estimó que el calentamiento podía bajar hasta 2.4ºC. Este nivel de calentamiento, sin embargo, pone en juego la supervivencia de millones de personas alrededor del mundo, así como de los ecosistemas de los que dependemos. 

La COP26 era el momento ideal para asegurar compromisos políticos que generen las reducciones inmediatas, rápidas y a gran escala necesarias para mantener vivo el objetivo de limitar el calentamiento en 1.5ºC. Esto se logró parcialmente, al solicitar a los países que revisaran sus compromisos. A final de año, los gobiernos deberán presentar planes más ambiciosos de reducción de emisiones, alineados con los objetivos establecidos. Las buenas intenciones no bastan, estos planes deben traducirse en acciones concretas. Solo con acciones podremos frenar el calentamiento global.   

Considerando que el cambio climático ya está afectando a todas las regiones del planeta, además de la acción y compromisos relacionados a la reducción de emisiones, la COP26 debía demostrar los resultados alcanzados respecto al apoyo a los países vulnerables en la implementación de sus estrategias y planes de adaptación. En este aspecto, en la COP26 se observó un progreso modesto, ya que los países desarrollados deben duplicar sus aportes en financiamiento para la adaptación. Sin embargo, en cuanto a financiamiento climático en general, los países desarrollados aceptaron que no han cumplido con el objetivo asumido desde 2009, el cual consistía en proveer $100 billones anuales hasta 2020.

También se esperaba que en la COP26 los países con mayores recursos demostraran solidaridad global con los países, regiones y comunidades que ya están siendo afectados por los efectos del cambio climático. Además de generar financiamiento para la adaptación de los compromisos adquiridos, también deben generarse mecanismos técnicos y financieros para afrontar las pérdidas y daños por fenómenos extremos, como sequías, inundaciones, huracanes. Los menos responsables, que son los que generalmente también tienen menos recursos para hacer frente, no pueden seguir pagando los platos rotos. No pueden seguir endeudándose para hacerle frente a un problema que no han generado y que pone en peligro el desarrollo sustentable de sus poblaciones y ecosistemas.

En este respecto, la COP26 quedó nuevamente debiendo. El grupo G77+China, grupo de negociación que convoca a más de 130 países en desarrollo y del que los países centroamericanos son parte, presentó la propuesta de establecer una instancia financiera sobre pérdidas y daños que no fue considerada. Solamente se acordó llevar a cabo un diálogo en los próximos dos años. Estados Unidos, Japón y Francia fueron algunos de los países que no permitieron que la propuesta fuera incluida como parte del paquete de decisiones.

Pero no todo fue una puja de intereses que no llegó a puerto. Durante la COP26 finalmente se obtuvo una decisión sobre la discusión del artículo 6.4 del Acuerdo de París, referido a mecanismos que permitan la transacción de certificados de reducción de emisiones, una especie de créditos para echar a andar proyectos que limiten la emisión de C02. Su aprobación, no obstante, no está exento de críticas, principalmente de la sociedad civil, quienes ya identifican que lo acordado podría permitir doble contabilidad de la reducción de emisiones, lo que iría contra la integridad del acuerdo. Ejecutarlo de manera transparente, no obstante, permitirá que el Acuerdo de París entre en fase de implementación.

Glasgow fue importante a nivel político, sí. Pero también nos dejó claro que la acción climática no está solamente en manos de los gobiernos, sino que también debe haber mayor involucramiento de los gobiernos locales, empresas, individuos… Todos debemos formar parte de las soluciones. La ciencia es clara y no negociable. Cada acción importa, porque cada incremento en la temperatura significa mayores riesgos. El tiempo que dejemos pasar importa. Cada decisión importa. El tiempo de actuar, es ahora.

Tania Guillén Bolaños es nicaragüense, investigadora del Centro de Servicios Climáticos de Alemania (GERICS) desde 2016. Da seguimiento a las negociaciones climáticas de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC) desde hace diez años, donde ha sido observadora representante de organizaciones de sociedad civil de Centroamérica. Participó en la elaboración del reporte especial sobre “El calentamiento global de 1.5ºC” del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC, por sus siglas en inglés). Las opiniones vertidas en este espacio son a título personal de la autora. 
 
Tania Guillén Bolaños es nicaragüense, investigadora del Centro de Servicios Climáticos de Alemania (GERICS) desde 2016. Da seguimiento a las negociaciones climáticas de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC) desde hace diez años, donde ha sido observadora representante de organizaciones de sociedad civil de Centroamérica. Participó en la elaboración del reporte especial sobre “El calentamiento global de 1.5ºC” del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC, por sus siglas en inglés). Las opiniones vertidas en este espacio son a título personal de la autora. 


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