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El razor nuestro de cada día
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El razor nuestro de cada día

Rosarlin Hernández

 
 

Si nuestra única opción fuera interpretar El Salvador de manera literal sería demasiado triste y doloroso, sería ver la misma historia política y social que oscila como péndulo entre los extremos, porque en este país nada parece ser suficiente, cualquier tragedia humana siempre puede ser peor. A la guerra civil, le siguió la guerra marginal, los desaparecidos y los muertos de antes y de ahora, la injusta distribución de la riqueza de siempre. Y frente a los escenarios que se repiten, solo perduran los símbolos de una sociedad acostumbrada a vivir en la desconfianza, el miedo y la violencia.

Ante la literalidad, únicamente nos quedan el arte y los artistas que se atreven con sus creaciones a interrogar a la política y que detienen con sus obras, desde su mundo inmaterial, el maldito péndulo que los salvadoreños hemos visto oscilar entre los extremos.

Por esta razón quiero compartir mis impresiones de la reciente exposición del artista visual Ronald Morán que, afortunadamente, se ha dedicado a revertir la literalidad de nuestra realidad y que, con una ironía aguda, llevada al máximo, nos presenta otras formas de ver nuestro punzante razor de cada día desafiándonos a imaginar qué más podríamos mirar “por encima del jardín”.

Durante el letargo interminable que vivimos en la cuarentena establecida a causa de la pandemia salía al patio de mi casa a jugar con mi perro Matías rebotando la pelota contra el muro. Nuestros paseos al parque Balboa se habían cancelado. Fue durante ese confinamiento que tuve la fortuna de chatear con Ronald Morán y conocer sus ideas de lo que ahora se ha convertido en la exposición de primer nivel que ha llamado Por encima del jardín. Esta muestra, disponible al público en el Museo de Arte de El Salvador (MARTE), es una prueba de que solo el poder creativo del ser humano es capaz de salvarnos de la tragedia, de la literalidad de las situaciones que más nos conmueven.

Según sus propias palabras, todo empezó como un experimento inspirado en el legado milenario de la pintura japonesa sumi (tinta)-e (pintura). En ese momento de encierro total, Morán no podía hacer trazos de cerezos a mano alzada en papel de arroz como lo hubiera hecho en Japón. Lo que sí podía hacer, en el contexto salvadoreño, era deconstruir la razón de ser del alambre razor que observaba desde su jardín y convertirlo en flores, en corazones arbitrarios y escribir breves pensamientos sobre el confinamiento.

“En cada vuelta al sol

durante el encierro

lentamente

el viento

reza y hace sonar

el llanto de los metales”.

 

Mientras escuchaba las reflexiones del artista y observaba su trabajo en el MARTE, me dieron ganas de volver a escribir y compartir mi punto de vista, no como crítica de arte, sino más bien como una ciudadana agradecida de constatar que en estos tiempos de autocensura y monólogo oficial el arte sigue siendo un espacio para la reflexión política.

Una de las frases escritas por el artista que me confirmó mi lectura de su trabajo fueRepito mantras oxidados, y solo pude pensar: ¿qué otra cosa podemos hacer los salvadoreños que no sea repetir la historia con la ilusa esperanza de que esta vez puede ser diferente?

Interpreto la obra de Ronald como un acto de fe necesaria para dotar de sentido a la vida en un país donde casi nada tiene sentido. La exposición, que los invito a visitar, cierra con una instalación de las vallas que usa la Policía para detener las marchas de quienes desean entregar una carta de peticiones en Casa Presidencial. Una escena que hemos visto repetirse gobierno tras gobierno y que perfila a los ciudadanos como un peligro para los funcionarios que ellos mismos han elegido.

En muestras anteriores, como Hogar, dulce hogar, donde Morán recubrió los espacios de violencia doméstica con suavísimo algodón blanco, o en El muro está en todos lados, donde sustituyó las líneas verticales del muro fronterizo entre México y Estados Unidos y estilizó los ladrillos para convertirlos en laberintos y escaleras invisibles, el artista ya había demostrado, de manera impecable, su interés de resignificar la naturaleza de los objetos. Ahora lo hizo una vez más.

Por encima del jardín me llevó a pensar por qué cada salvadoreño, a su manera, se mantiene encuarentenado dentro de su propia burbuja. Ahora, mientras escribo este texto, pienso que es porque confrontar la realidad acabaría con la salud mental tan escasa en nuestros tiempos.

Me sentí viva, me sentí salvada una vez más por el arte y su capacidad de suavizar la realidad, sin evadirla. Gracias, Ronald Morán, por cuestionar desde tu ironía inteligente y sensible la violencia intrafamiliar, los muros que enfrentan nuestros compatriotas en sus intentos de migrar y por atreverte a interpelar esta absurda manera que tenemos de vivir en sociedad, rodeados de alambre de púas.

“Por encima del jardín quedan expuestos nuestros actos de fe, nuestra frágil confianza en el viento y los relámpagos. La oscuridad está plagada de estrellas lejanas”. (RM)

Rosarlin Hernández Lazo es periodista independiente, graduada de la Universidad Centroamericana UCA en Comunicación y Periodismo. Con estudios posteriores en Deutsche Welle Akademie en Bonn, Alemania; y en el Instituto de Educación Continua para Periodistas (Fojo), Universidad de Kalmar, en Suecia. Autora invitada en publicaciones realizadas por la Fundación Friedrich Ebert/ El Salvador.  
 
Rosarlin Hernández Lazo es periodista independiente, graduada de la Universidad Centroamericana UCA en Comunicación y Periodismo. Con estudios posteriores en Deutsche Welle Akademie en Bonn, Alemania; y en el Instituto de Educación Continua para Periodistas (Fojo), Universidad de Kalmar, en Suecia. Autora invitada en publicaciones realizadas por la Fundación Friedrich Ebert/ El Salvador.  


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