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Centroamérica / Violencia
Shalom: la colonia más violenta del municipio más violento de Guatemala

En Tiquisate, Escuintla, el municipio más violento en Guatemala, la idea de ir a la colonia Shalom infunde miedo. No entran cobradores, vendedores ni trabajadores públicos. Shalom tiene al menos cinco años de estar abatida por la violencia, pero cuando comenzó la pandemia en 2020, algo más se rompió. Huyó el primer residente, y siguió una desbandada, aunque todos perdieron su casa y el terreno que la municipalidad les donó hace 21 años. De 300 familias residentes, quedan 125. Todas, testigos obligados y silentes de robos, extorsiones, tortura y asesinatos. La violencia abarca todo el municipio, pero las autoridades desconocen por qué la gente huyó principalmente de Shalom. Aquí intentamos explicarlo.

*Este reportaje fue realizado con el apoyo de la International Women's Media Foundation (IWMF) como parte de su iniciativa ¡Exprésate! en América Latina. 


Fecha inválida
Andrea Godínez, Gilberto Escobar y Julie López / Guatemala

Dos meses después del crimen, la silla turquesa de plástico seguía de pie frente a la casa. Era de noche, pero saltaba a la vista entre las sombras. El monte crecido fuera de control la cubría hasta la mitad, en un espacio donde alguna vez hubo jardín. Frente a la baranda que separa la casa de la calle de tierra, E, un policía de la subestación policial de Tiquisate (a 142 kilómetros al suroeste de la capital guatemalteca), la señala y dice, “esa es la casa donde vivían la señora y su hijo que mataron”. La señala desde media calle sin acercarse, a unos cinco metros de distancia. “Ella allí se sentaba”, continúa, apuntando a la silla. “La señora era ciega”. E sacude la cabeza y fija la vista sobre la calle de terracería. 

La casa está sobre la Calle de las Bordas de Barriles, la última al fondo de la colonia, flanqueada por otras casas abandonadas. Algunas fueron tiendas de barrio, o panaderías, como anuncian los rótulos pintados sobre los marcos de las puertas, que desde hace meses están encerradas detrás de persianas de metal, o que fueron arrancadas con todo y marco, y acabaron rodeadas de más monte. Todas, tragadas por la oscuridad. Son las siete de la noche del 3 de noviembre de 2021.

La única luz sale del alumbrado público en las esquinas. Es la misma luz que permite divisar la silla turquesa, dónde murió María Castro, de 67 años, el 4 de septiembre anterior. Su hijo, Calín, Carlos España Castro, de 27 años, fue baleado a pocos metros. Estaba sentado en otra silla, a la par de la madre. Una silla que ya no está. 

En septiembre, la temperatura en Tiquisate, aun de noche, podía alcanzar los 31 grados Celsius. Por eso, sentarse afuera de la casa era de rigor, un gusto que no tenía cualquiera. La casa de María Castro era una de las pocas con jardín. El resto, debía arrastrar su silla de plástico a la calle de terracería, donde era probable que corriera algún desagüe a flor de tierra. Ella no podía saberlo. Estar ciega por la diabetes desde hacía algunos años le impedía ver en qué se había convertido Shalom. Aunque podía escucharlo.

Aquí fueron asesinados María Castro y su hijo Calín el 4 de septiembre de 2021. Foto: Andrea Godínez. 
 
Aquí fueron asesinados María Castro y su hijo Calín el 4 de septiembre de 2021. Foto: Andrea Godínez. 

Una fotografía del doble crimen, en la prensa local, muestra el cuerpo de Castro totalmente inclinado hacia atrás. Su cabeza, oculta tras el torso arqueado por el impacto del balazo. Fue el último sonido que escuchó antes de morir. Después que los bomberos se llevaron el cuerpo, alguien incorporó la silla en el mismo sitio. Se había desvencijado bajo el peso del cadáver. Le faltaba una pata, y tenía el respaldo rajado.

Los balazos se escucharon cerca de las nueve de la noche de ese 4 de septiembre de 2021. Era sábado. Alguien avisó a los bomberos. Una vecina observó, desde la ventana de su casa, el resplandor de las luces de la ambulancia, cuando se desplazaba en silencio, sin sirena abierta, una costumbre que se reserva para Shalom. 

Los bomberos todavía encontraron vivo a Calín, y lo llevaron al Hospital Nacional de Tiquisate, donde murió. Las balas habían hecho estragos. Tres semanas después, la Fiscalía Municipal no sabía más que cuanto encontró en la escena del crimen: nada que permitiera identificar a los victimarios. Ningún vecino habló con la fiscalía ni la policía. 

Pero una semana después del crimen, una vecina a quien llamaremos Y sí habló con tres periodistas. Tenía miedo. Sólo aceptó hablar afuera de la colonia, en una cafetería a cinco cuadras de distancia. No dice cómo, pero sabía que Calín había filmado con su celular cuando un grupo de sujetos mató a un hombre, el mismo cuyo cadáver fue hallado en el pozo de una casa abandonada en Shalom. La vecina está convencida de que a Calín y a su mamá los mataron por ese vídeo, para callarlos. Dos días después, las autoridades y los bomberos encontraron el cadáver en el pozo, en una vivienda sobre la 1ª. Calle, a una cuadra de la entrada de la colonia y a seis cuadras de la Calle de las Bordas, donde ocurrió el doble asesinato

Una fiscal en Tiquisate asegura que revisan todo celular hallado en una escena del crimen, pero no concede si encontraron el celular de Calín. Habla asustada. “Por favor, no me vaya a citar, porque nosotros no tenemos seguridad que nos ande cuidando”, pide. “El problema que tenemos en Shalom es que nadie quiere hablar, entonces sólo nos toca procesar la escena del crimen y recabar la evidencia, y es muy difícil resolver un caso así”. Para septiembre, la fiscal no recordaba que algún caso relacionado con Shalom hubiera llegado a juicio ese año.

Para finales de octubre, la casa de María Castro está como la dejaron la policía y los bomberos después de sacar los cuerpos, salvo por el monte crecido. Nadie la reclamó. Nadie más habló.

Un policía durante un recorrido nocturno en Shalom. Usualmente, incluso durante los patrullajes, los policías no suelen internarse más allá de la calle principal de Shalom. Foto: Andrea Godínez. 
 
Un policía durante un recorrido nocturno en Shalom. Usualmente, incluso durante los patrullajes, los policías no suelen internarse más allá de la calle principal de Shalom. Foto: Andrea Godínez. 

El mensaje de los asesinatos

Los tres vecinos que aceptaron hablar en esta investigación, a cambio de no revelar sus identidades, aseguran saber quiénes mataron a María Castro, a Calín y al hombre del pozo. Hablan de un grupo que es de Shalom y que todos se conocen. Por eso el asesinato de la madre y el hijo fue un mensaje que todos entendieron: el que habla, muere. De hecho, lo entendieron desde mucho antes. Por eso, desde 2020, han huido 175 familias de las 300 que vivían en la colonia desde hace 21 años.

En Tiquisate, sobre Shalom se habla bajito, esquivando el nombre. Nadie en la Fiscalía Municipal, ni en la Policía Nacional Civil (PNC) quiere ser mencionado en este reportaje. En la fiscalía, ante la sola mención de Shalom, una secretaria da un paso hacia atrás. En la subestación policial, el agente en la entrada arquea las cejas, e intercambia miradas de susto con otra agente recepcionista. 

Que Shalom sea un tabú en Tiquisate ya es decir mucho. Este municipio, de cerca de 30,000 habitantes, fue el más homicida de Guatemala para finales de 2021, cuando su tasa, hacia arriba o hacia abajo, rondaba los 94.2 homicidios por cada 100,000 habitantes, cuando la media del país era de 16.6.

El 6 de septiembre de 2021, un noticiero local publicó un vídeo del hallazgo en el pozo esa tarde. El vídeo muestra que la periodista se acercó hasta el cadáver. La escena del crimen estaba sin acordonar. Entrevistó a una bombera, que confirmó que se trataba de una víctima de sexo masculino, que no pudieron identificar. Alguien en la colonia avisó acerca del cadáver a la policía, que de inmediato llamó a los bomberos. El pozo, aunque está atrás de una columna y junto a una habitación todavía cubierta por elaborados azulejos, está apenas a unos seis metros de la calle, desde donde cualquier transeúnte podría haber observado a los asesinos ocultando el cadáver. Pero la casa en ruinas, ya sin puertas ni ventanas, está rodeada por otras casas abandonadas y en un vecindario donde nadie quiere ser testigo de nada.

Tres semanas después, al buscar a la bombera en la estación de Bomberos Voluntarios de Tiquisate, ella no fue más elocuente. Estaba de pie en la entrada de un edificio grisáceo, terroso, que se asemeja más a una bodega. Esperando. Sabía que en cualquier momento le tocaría salir. El teléfono no dejaba de sonar. Le preguntamos qué tipo de casos atienden más en Shalom, y palideció. Cuando finalmente habló, fue para decir que prefería no hablar. 

Otro bombero habló, pero bajo condición de no ser identificado. Relató que el día del hallazgo del cadáver en el pozo, un bombero novato se ofreció de voluntario para sacar el cadáver y comenzar a perder el miedo y el asco. Todos sabían que no era el primer caso ni sería el último así. Encontrar cadáveres en los pozos de casas abandonadas, en esa colonia, es algo común, según la PNC. “Lo que hacen es que le sacan el agua al pozo, meten el cuerpo, y después lo llenan otra vez de agua y nadie se entera que hay alguien allí adentro”, dijo un policía que también habló bajo anonimato. En el caso del 6 de septiembre pasado, no había agua en el pozo. El cadáver estaba expuesto al calor y la humedad, y en tal estado de descomposición que el bombero debió cubrirlo de cal antes de sacarlo. 

“Aquí estamos solos, a veces”, añadió otro bombero, refiriéndose a la estación. “No podemos arriesgarnos a hablar de ese lugar. Hay gente mala en esa colonia”. Esa gente mala a la que se refiere son delincuentes con rostros conocidos para los vecinos, porque algunos nacieron y crecieron allí. La familiaridad les garantiza impunidad porque las víctimas están cerca y saben que ese grupo cumple las amenazas de usar violencia. Demasiados crímenes lo comprueban, y son la firma de este grupo que mata, roba, extorsiona, viola y vende droga al menudeo. No es franquicia de ninguna pandilla, según la PNC y el Ministerio Público, pero tampoco necesita serlo. Genera miedo por mérito propio. Es una banda nacida y criada en Shalom, que extorsiona y mata en Shalom y también en sus alrededores, que utiliza de escondite Shalom. Es un grupo que gobierna Shalom. 

El jefe de la Fiscalía de Narcoactividad, Gerson Alegría, afirma que tampoco hay una vinculación con el narcotráfico, como en otros municipios de Escuintla. 

En algunas casas abandonadas de Shalom se observan grafitis con las siglas MS-13 o de Barrio 18, que parecen recientes, aunque un investigador de la sede en Escuintla de Dipanda, la unidad contra las extorsiones de la PNC, que tampoco quiere ser identificado, lo atribuye a un intento de los delincuentes locales de fingir que son pandilleros para generar más miedo. 

La última tienda que queda abierta en Shalom está en la entrada a la colonia. El resto fueron cerradas ya sea porque no pudieron con la extorsión o porque su propietarios se mudaron. Foto: Andrea Godínez. 
 
La última tienda que queda abierta en Shalom está en la entrada a la colonia. El resto fueron cerradas ya sea porque no pudieron con la extorsión o porque su propietarios se mudaron. Foto: Andrea Godínez. 

El principio

La colonia es un vecindario de seis cuadras de largo, las calles; y tres cuadras de ancho, las avenidas. Casi toda la colonia está flanqueada por terrenos baldíos, monte y, al fondo, el río Siguacán. Las calles, todas de terracería, son demasiado angostas para que un vehículo pueda dar vuelta en U, especialmente si es para huir de prisa. Es el tipo de colonia a donde nadie va a menos que viva allí. 

En marzo de 2021, antes de los asesinatos de septiembre, el noticiero Expedientes GT publicó el vídeo de un recorrido, incluyendo vistas aéreas, de una colonia en ruinas, de donde la mayoría de los residentes había huido. “Se han ido porque ellos tienen miedo, o sea que todos tenemos miedo”, admitió una vecina. En el último minuto y medio de otro vídeo del noticiero local 9noticias, de marzo de 2020, se puede apreciar cómo era la colonia sólo un año antes del deterioro final. De las tiendas abiertas que se observan, aún tras las rejas de seguridad, solamente quedan cascarones de cemento.

La colonia está en la zona 3 de Tiquisate, el segundo municipio más grande de Escuintla. Está asentada en lo que alguna vez fueron terrenos municipales. En el año 2000, 300 familias invadieron el lugar con champas de láminas y cartón. Eran familias de Tiquisate y otros municipios de Escuintla, que ya no tenían dinero para pagar alquiler que, en muchos casos, consistía en una habitación para una familia completa. Así lo cuenta una madre soltera que vivía de una venta de jugos, en una esquina del casco de la ciudad, y que se hizo de uno de los terrenos. 

“Algunos de los fundadores, que eran cristianos evangélicos, propusieron llamar a la colonia Shalom porque es un nombre bíblico que significa Dios es paz, o Dios de Paz”, dice la madre soltera. Y para sus residentes lo era. Era un nuevo comienzo en el primer terreno del que podían ser dueños absolutos por primera vez en su vida. Pero Shalom terminó siendo otra de esas colonias centroamericanas cuyo nombre bíblico fue el único rasgo de paz que conservaron. 

Tres años después de la invasión, la Municipalidad de Tiquisate cedió los terrenos a las familias. Entonces, construyeron las casas de cemento y block, introdujeron agua potable, drenajes y gestionaron la instalación de energía eléctrica. Para 2006, era una colonia formal como cualquier otra de Tiquisate. El deterioro comenzó unos diez años después, un reflejo de cuanto sucedía en ese y otros municipios. 

En 2016, Escuintla era el tercer departamento del país con más detenidos y más denuncias por extorsión. En 2017, Tiquisate tenía la octava tasa municipal más alta de homicidios en Guatemala. La tarde del 2 de agosto de ese año, Mariela Ramírez de 14 años salió en moto de su casa, en otra colonia de Tiquisate, para completar una tarea escolar, y nunca regresó. Después de tres horas sin saber de ella, su mamá se comenzó a preocupar. Era miércoles, y su hija no acostumbraba a regresar tarde entre semana. 

“Su otra hija le dijo que esperaran al menos hasta las ocho de la noche”, dice la abogada Aurora Pereira, quien lleva varios de los casos de mujeres abusadas sexualmente y/o asesinadas en Tiquisate. Pero la mamá, de apellido Castañeda (la abogada no proporcionó el nombre completo), no se cruzó de brazos. Comenzó a reconstruir el recorrido de su hija, a dónde había ido, con quién había hablado. Así supo que al menos dos personas se la habían llevado a la fuerza del centro de Tiquisate, probablemente, a la colonia Shalom. 

La abogada dice que nadie quiso acompañar a Castañeda hasta la colonia, al menos no inmediatamente. No explica si habló con la policía esa noche, ni por qué las autoridades no habrían actuado de inmediato. De hecho, la Fiscalía Municipal había comenzado a funcionar ese año. Sin embargo, señala que Castañeda no estaba segura si generaron una alerta Alba-Keneth, porque nadie la buscó para corroborar los datos. 

Transcurrieron varios días hasta que Castañeda se armó de valor y fue a Shalom. Primero encontró la moto abandonada en una de las calles de terracería, y un cuchillo a la par. Unas cuadras más adelante, encontró el cuerpo de su hija, semienterrado. Lo identificó por la ropa que llevaba puesta el día que desapareció. El rostro estaba irreconocible por el estado de descomposición. La abogada no ofreció la ubicación exacta, pero la topografía de la colonia, con todo el extremo sureste rodeado por terrenos baldíos y monte, particularmente en las proximidades del río Siguacán, ofrece la posibilidad de cometer un crimen sin testigos, a pocos metros del vecindario. 

Castañeda habló con quienes pudo en la colonia. Le dijeron que había ocho jóvenes involucrados en la desaparición y asesinato de su hija, pero no tenía como comprobarlo. Cuando finalmente habló con la fiscalía, relató todo y se sentó a esperar que la buscaran con más avances del caso. Nunca la llamaron y nadie fue detenido, según la abogada.

En 2018, según la PNC, en Shalom, no había pandillas como Barrio 18 o Mara Salvatrucha-13 (MS-13), aunque algunos jóvenes de la colonia habían comenzado a involucrarse en robos y extorsiones. En noviembre de ese año, la policía capturó a Carlos Cifuentes Castellón, de 25 años, y Esvin Carreto Barreno, de 18, que asaltaban a los vecinos en la Calle de las Bordas, una de las únicas dos calles que comunican a Shalom con colonias vecinas. En el lugar, se incautó una escopeta artesanal (hechiza), una pistola de gas comprimido (aunque una fotografía del decomiso muestra lo que parece un arma de 9 mm), y una bolsa de marihuana. Hasta la fecha, las autoridades afirman que la colonia todavía no es zona de control de ninguna de las pandillas conocidas.

 En 2019, Tiquisate estaba en el 5% de los municipios en Guatemala (de 340) con más homicidios (43), robos (70), violaciones denunciadas (4). En febrero de ese año, fue asesinado un candidato para ocupar la alcaldía del municipio. El mismo año, la violencia comenzó a escalar, incluso contra la policía. Dos agentes, que ya no están de servicio en Tiquisate, pero que pidieron no ser identificados, dijeron que durante un patrullaje a pie en Shalom un grupo de jóvenes los despojó de sus pistolas en pleno día.

En otra ocasión, un agente acabó en el hospital. “Fue tal la tiradera de piedras a unos policías que habían entrado a patrullar, que a uno le abrieron la cabeza, quedó inconsciente, y se lo llevaron a la emergencia del hospital”, dijo una vecina de Shalom que también habla bajo la condición de no identificarla de forma alguna. El mismo año, la policía capturó a cinco adolescentes, entre los 17 y 19 años por posesión de marihuana para la venta y posesión ilegal de armas de fuego (la mayoría, hechizas). 

Datos del Ministerio de Gobernación (Mingob) indican que Tiquisate no estaba entre los 25 municipios con más extorsiones en 2019, pero en Escuintla era uno de los municipios con mayor incidencia. Si los casos no destacaban a nivel nacional, era en parte porque, al menos en Shalom, los vecinos tenían miedo de denunciarlos a la policía. Con frecuencia, los victimarios vivían en la colonia y todos se conocían. Así entraron a la pandemia.

Tras el éxodo de decenas de familias, algunas dejaron rótulos en sus casas, con la esperanza de poder vender las propiedades que, poco a poco, fueron desmanteladas por las bandas criminales que controlan Shalom. Foto: Andrea Godínez. 
 
Tras el éxodo de decenas de familias, algunas dejaron rótulos en sus casas, con la esperanza de poder vender las propiedades que, poco a poco, fueron desmanteladas por las bandas criminales que controlan Shalom. Foto: Andrea Godínez. 

El año del éxodo y la pandemia

La policía dice que los delincuentes en esa colonia no eran más que un grupo variopinto de jóvenes que vivían allí, y en otras zonas de Tiquisate. Conforme algunos eran capturados, asesinados, o simplemente desaparecían, el grupo reclutaba a otros. Iba detrás de los más jóvenes. Uno de los pocos contrapesos parecía proveerlo una iglesia evangélica en Shalom, en un pulso reñido. Mientras tanto, extorsionaban y asaltaban a los vecinos que quedaban, y mataban para ocultar otros crímenes y castigar a quienes se rehusaban a pagar las extorsiones, y así procurarse impunidad y enviar un mensaje: en Shalom se calla o se muere.

Lo que terminó de inclinar la balanza fue la pandemia de la Covid-19, cuando más niños y adolescentes dejaron de estudiar. “Algunos padres no lograron que sus hijos siguieran estudiando, o estos perdieron interés en recibir clases a distancia, con las guías impresas de estudio, o en línea, que muchos padres no podían pagar”, dice Y, la misma vecina que habló desde la cafetería. “Hay unas señoras que ahora admiten que los hijos se les fueron de las manos, y que ya no los pueden controlar; ellos son los del grupito que causa problemas”.  

El 29 de marzo de 2020, en la Calle de Las Bordas, donde María Castro y su hijo fueron asesinados un año y medio después, la policía capturó a tres sujetos que sospechaba eran los sicarios que mataron a un hombre y dejaron gravemente herido a otro en otra zona de Tiquisate unos minutos antes. Era cerca del mediodía y habían huido hacia Shalom. Los tres, Álex y José Castañeda, de 18 y 20 años, y un adolescente de 17, viajaban en una motocicleta robada el mes anterior. La policía también les incautó una subametralladora. 

Durante la triple captura, en la que participaron unos 15 policías, y que grabó un noticiero local, una turba rodeó las autopatrullas en las que se llevaron a los detenidos. La mayoría de los agentes sirvió de barrera de contención a un grupo de mujeres que intentaba impedirlo. La primera autopatrulla arrancó con uno de los mayores de edad en la palangana, rodeado de agentes. Fuera de cámaras, alguien gritó, “¡Agárrenlo! ¡Agárrenlo!”, cuando una de las mujeres se le había colgado del cuello, en un aparente intento por bajarlo. Poco después, arrancó la segunda autopatrulla con el menor de edad, esposado en el asiento trasero, llorando sobre el hombro de un policía. Fuera de cámara, se escucha a una mujer gritarle “¡¿Por qué veniste!? ¡Yo te dije! ¡Yo te dije que no vinieras!”, y, segundos después, también fuera de cámara, se oye a otra mujer decir, “Dinero quieren los hijos de puta”, mientras otra le responde, “Sí, pues. ¿Y de dónde?”.

Una vez los demás policías comienzan a caminar hacia la salida y se alejan unos 50 metros de la multitud, la gente (familiares y vecinos) comienza a lanzarles piedras. Al primer impacto, se observa a los agentes colocar la mano sobre su pistola, pero ninguno desenfunda, mientras procuran caminar sin dar la espalda a la turba y esquivando las piedras. Uno llevaba en la mano una bomba lacrimógena que nunca lanzó.

El mes siguiente, en abril, la policía también capturó en Shalom, a Axel Juárez, de 26 años, y a un adolescente de 17 años después de incautarse de ocho bolsas de marihuana que los detenidos ofrecían a otros menores de edad. Estos eran parte de los problemas que, según Y, causaba el grupito y que incluían extorsiones residenciales rara vez reportadas. La Encuesta Nacional de Percepción de Seguridad Pública y Victimización (Enpevi) de 2018 indicó que el 65% de las víctimas no denunciaba las extorsiones y que la mayoría era extorsionada en su casa. 

El impacto económico de la pandemia en 2020 agudizó la situación en Shalom, porque mucha gente que acabó desempleada o con un menor salario, ya no podía pagar las extorsiones. Este era el escenario cuando ocurrió un crimen parteaguas. 

El 28 de mayo, varios vecinos escucharon los gritos de una mujer. Alguno pudo observar atrás de una ventana, en la oscuridad de su casa, que un grupo de sujetos la jalaba del pelo y arrastraba por las calles de terracería. La llevaban en dirección del río Siguacán, atrás de la colonia, desde donde los gritos continuaron hasta que se detuvieron de súbito. Nadie salió de su casa. Nadie llamó a la policía. Al día siguiente, los bomberos sacaron del río el cadáver semidesnudo de la mujer. Estaba a seis kilómetros de donde la colonia colinda con el río. Concluyeron preliminarmente que la víctima había sido apuñalada y violada. 

Una de las personas que escuchó los gritos en la colonia admitió después que supo de inmediato que era Vilma Johana Salazar, cuyo esposo, Juan García, había sido asesinado ocho días antes en Shalom. El día antes de la muerte de Salazar,esa persona la había escuchado increpar a unos sujetos en plena calle, a quienes acusó de haber matado a su esposo. Por el tono de voz, la vecina sospechó que Salazar había estado bebiendo. Se impresionó mucho horas después, en la noche, cuando la escuchó gritar. El crimen parecía haber inclinado a varios vecinos a marcharse. 

“A un ingeniero, que era mi vecino, le estaban pidiendo Q50,000 cuando nosotros nos acabábamos de salir”, según una antigua residente de Shalom, que habla desde el anonimato de su casa en otra colonia, que no autorizó mencionar. “A él le dijeron que si entraba (a la colonia), ahí mismo lo iba a agarrar, entonces se fue a traer a la policía en su pickup. Como llevaba vidrios oscuros, un policía iba manejando, y en la palangana, otro policía iba acostado, y el ingeniero adentro también, pero les abrieron fuego. Hirieron a los dos policías. Uno murió en Escuintla”. El ingeniero salió ileso.

Al principio, parecía haber un pacto no escrito entre vecinos. Nadie quería ser el primero en irse, todos aparentemente esperaban que alguien lo hiciera antes para salir detrás, aunque había otras circunstancias que hacían invivible a Shalom: Drenajes colapsados apenas en abril de 2019, desagües a flor de tierra y un vaho fétido flotando en algunas calles, un gran basurero clandestino sin control en un extremo de la colonia, plagas de cucarachas, y escasez de agua. Por eso es común encontrar pozos en las casas grandes. Además, la Municipalidad no presta ningún mantenimiento o servicio en Shalom desde 2016. 

“Nadie en la municipalidad quiere entrar a esa colonia”, dice un empleado municipal, que tampoco quiso ser citado. Eso incluye al alcalde Juan Francisco Carías Vivar (electo en 2020), que no respondió a ninguna de las llamadas a su celular para preguntarle por qué abandonó a Shalom. 

Los empleados de la empresa que provee servicio de energía eléctrica tampoco entran a la colonia para leer los contadores, desde que asaltaron al último empleado que entró en 2020. “Ahora cada vecino tiene que tomarle una foto al contador con el celular, y llevarla a la oficina de Energuate en el centro de Tiquisate, para que generen un recibo y uno pueda pagar”, dice una persona residente de Shalom, que ofrece otras razones para no entrar en la colonia. “También mataron a un vendedor de recargas de celular que llegaba a las tiendas, y a un guardia de seguridad privado, a quien le robaron la escopeta”. 

La salida del ingeniero parecía la señal que esperaba el resto para huir. “Sólo se fue ese señor y atrás salió el resto”, dice otra vecina. Así comenzó el éxodo. Las 175 familias comenzaron a salir en 2020, dejando tras de sí igual número de viviendas abandonadas: casas de todo tipo, pequeñas, de una o dos habitaciones; otras, espaciosas, de doble planta, y hasta cinco habitaciones. Todos los que se fueron—unos a otro municipio o departamento—también perdieron el terreno municipal que invadieron hace 21 años. 

Los optimistas le colocaron un rótulo ya despintado donde todavía se lee “se vende”, aunque en Tiquisate nadie parece querer ir a Shalom ni por cinco minutos, menos a vivir. En un mapa de Google, que muestra el vecindario como un callejón sin salida, junto al Río Siguacán, todavía aparecen señalizados el Hotel, Balneario y Restaurante Ramos y la Perfumería Puerta del Sur, que ahora son casas en ruinas.

Entre las 125 familias que quedaron, la mayoría de los hombres trabaja en las fincas de la zona en lo que puedan encontrar; las mujeres, en tortillerías, limpieza o en comercios, y una minoría, en oficinas. Tanto es un estigma decir que viven en Shalom, que algunos dicen que viven en otra colonia para conseguir trabajo. Algunas de estas familias también resultaron divididas. Los padres se quedaron y los hijos se fueron. La hija de una vecina huyó hasta California. Otra hermana suya se casó y se fue a otro municipio de Escuintla. El hijo de otra vecina acabó por quedarse después de que un impostor de coyote lo estafó y lo dejó varado en Tapachula, en Chiapas, México. 

Entre quienes huyeron también se cuenta una secretaria en el Hospital de Tiquisate quien, en abril de 2020, se trasladó a otra colonia. Ella y su esposo construyeron otra casa y comenzaron de nuevo para alejar a sus hijos del peligro en la colonia, donde habían vivido durante diez años. “Cuando yo salí, fue cuando empezó todo en Shalom”, recuerda, con una inesperada risa nerviosa. “Hasta mataron a mis perros porque ellos regresaban a nuestra antigua casa”. Tenía semanas de haberse mudado, cuando una vecina la llamó para avisarle que le estaban arrancando puertas y balcones a su casa. El esposo, preocupado, le dijo que fueran en la moto para proteger lo que quedara de sus pertenencias. Ella no quiso. Prefirió no arriesgarse.

Esto ocurrió entre 2020 y 2021. Abandonar una casa significaba dejarla a merced de una tribu de saqueadores. Nadie puede decir cuántos son porque nadie se anima a presenciar cómo le arrancan a la casa cuanto puedan, pero son suficientes para cargar con balcones, puertas con todo y marco, retretes, lavamanos, y hasta tomacorrientes. Dejan sólo el cascarón, como en un pueblo fantasma.

Para julio de 2020, el “grupito” del que hablaba Y había entrado en metástasis. La PNC lo vinculaba con al menos dos bandas. Ese mes, la PNC allanó varias casas en Shalom en búsqueda de drogas, armas y para cumplir con varias órdenes de captura. Los operativos continuaron en agosto, cuando la policía capturó en esa colonia a José Manrique Márquez Cetina, de 26 años, alias “El Chirís”. También lo identificó como “el presunto líder” de la banda criminal Los Satánicos, que vinculaba a robos y asesinatos en varios sectores del departamento. 

Márquez tenía una orden de captura por asesinato de un juzgado en otro municipio en Escuintla (al noreste de Tiquisate), Santa Lucía Cotzumalguapa. Sin embargo, salió de la cárcel. La policía lo recapturó en octubre, otra vez en Shalom, y en conexión con un ataque armado en otra zona del municipio. También lo vinculaban con al menos cinco ataques armados en diferentes sectores de Escuintla.

Luego, en noviembre, en la zona 2 de Tiquisate, la policía capturó por portación ilegal de un revólver, a Elden López Ávila, de 18 años, a quien identificó como el cabecilla de otra banda que denominó “Los Shalom”, y que vinculó al sicariato, extorsión, robo de motocicletas, y ataques armados que dejaron heridos y asesinados en varios sectores del municipio.

En 2020, también comenzaron a romper las cámaras de vídeo instaladas en las cinco tiendas que había en el vecindario. Cámara vista era cámara quebrada. “Luego, llegaban y pedían algo, aguas, galletas, lo que fuera, y no pagaban, y como iban armados, no se les podía decir nada; después, comenzaron a quebrar las cámaras de vídeo”, dice Y, la vecina que habló desde la cafetería, afuera de la colonia. “Los dueños de las tiendas eran indígenas de occidente, y todos se asustaron, cerraron y se fueron”. De todas las tiendas, sólo quedó una tienda abierta cerca de la entrada de la colonia. Fuera de dos ventas pequeñas de golosinas en la Calle de las Bordas, de cualquier otro servicio (electricistas, mecánica automotriz, reparación de calzado) sólo quedan los rótulos despintados.

Las cámaras eran las únicas testigos fiables que tenían los policías y los fiscales, y que permitían registrar la cara de los victimarios e identificarlos. Las cámaras no evitaban los crímenes; sólo los registraban cuando ocurrían cerca de las tiendas. 

Según la Fiscalía Municipal y la PNC, Shalom es la única colonia de Tiquisate donde la gente huyó. No pueden explicar por qué, aunque Shalom suma varias tachas: la violencia, la impunidad, el abandono de la comuna y la topografía, que hacen de la colonia casi una isla, una guarida perfecta, sólo conectada al resto del municipio por una calle y una avenida. 

Y a pesar de todo, aún hay cotidianidad en Shalom. Una familia juega en uno de los callejones de tierra de la colonia tras el ocaso. Foto: Gilberto Escobar. 
 
Y a pesar de todo, aún hay cotidianidad en Shalom. Una familia juega en uno de los callejones de tierra de la colonia tras el ocaso. Foto: Gilberto Escobar. 

Cifras en papel, y el contraste en la calle

La policía no genera datos de homicidios por colonias, aunque Tiquisate, con 30,000 habitantes, es uno de los municipios más violentos del país. En junio de 2021, tenía la tasa más alta de homicidios, con 110.4, según datos de la PNC tabulados por Diálogos, y que se mantuvo como la más alta para diciembre con 94.27, según un informe de Diálogos. Es decir, tiene menos del 1% de la población de Ciudad de Guatemala, el municipio más poblado del país, pero duplica su tasa interanual de homicidios (la tasa capitalina fue de 43.1 en diciembre). 

Para el 31 de agosto, sólo cuatro días antes del doble crimen de María Castro y su hijo, el municipio registró el mayor número de homicidios en Escuintla, aunque la tasa municipal de homicidios de mujeres había bajado del tercer al octavo lugar a nivel nacional, desde enero.

Para octubre de 2021, Dipanda señaló que el número de extorsiones en ese municipio también era bajo y no recibían denuncias de Shalom. Sin embargo, Dipanda de Escuintla sólo tiene un vehículo para hacer operativos en todo el departamento, que tal vez explica por qué entre 2019 y 2020 en todo Tiquisate no hubo capturas por extorsión, según datos del Mingob. El año pasado hubo dos no vinculadas con Shalom. 

“La colonia ahora está tranquila porque el grupito ya se movió a operar en otra colonia”, dice E, un policía de la subestación en Tiquisate. “Esos así hacen, se van moviendo de una colonia a otra”. Un investigador de Dipanda también afirma que la criminalidad en Shalom bajó entre julio y septiembre. Ambos lo dicen apenas dos meses después del asesinato de María Castro y su hijo Calín, y del hallazgo del cadáver en el pozo. E, durante la noche del 26 de octubre pasado acompañó junto a otros diez policías, y dos autopatrullas, a los tres autores de esta nota durante un recorrido nocturno en Shalom. 

E aclara que no entran a la colonia a menos que sea en estas circunstancias. “Sólo los pendejos entran solos de noche aquí”, admite, mientras camina sobre la calle de terracería, iluminado por las luces de las autopatrullas y el alumbrado público. Los otros policías siguen el paso, a no más de un metro de distancia. La tranquilidad de la que habla en Shalom no ha bastado para que los policías que patrullan el sector de día avancen más allá de la entrada de la colonia, una intersección que está a una cuadra de dónde encontraron el cadáver en el pozo en septiembre, y a pocos pasos de la transitada y principal calzada de Tiquisate. En ese lugar, los policías ven pasar a peatones y pocos vehículos o motos, sin despegar la espalda de la pared.

La vecina Y dice, en una conversación casi a susurros en la cafetería, que los jóvenes que asesinan y extorsionan todavía están en Shalom, que no salen porque tienen órdenes de captura y creen que allí corren menos riesgo de ser capturados. “Como no salen, cuando ven que uno va para el centro, se acercan a pedirle que uno les compre unas piezas de pollo, que papas fritas, pan, cosas así”, relata. No entregan ningún dinero, claro. Es otra forma de extorsión. Los vecinos asumen que están armados. Quienes no tienen dinero para comprarles comida, tratan de esquivarlos. 

En 2021, no hubo capturas en Shalom como en años anteriores, pese a que en julio el gobierno implementó el Plan 59-2021 en siete departamentos, incluido Escuintla, según el vocero del Mingob, Pablo Castillo. Comenzó cuando Tiquisate registró la tasa de homicidios más alta del país. El plan implicó una presencia policial más frecuente y voluminosa en Shalom, como en el resto del municipio, con más policías y más vehículos trasladados durante seis meses desde municipios con índices bajos de delincuencia. 

El contraste con los recursos ordinarios del municipio es alto. Aunque en operativos policiales utilizan patrullas y personal de municipios vecinos, la subestación de la PNC, que está a 20 cuadras de la colonia, sólo tiene una autopatrulla y siete motocicletas para 40 policías por turno. El resto patrulla a pie, incluyendo los agentes que permanecen en la entrada de Shalom. E dijo que, en esas circunstancias, es poco lo que pueden hacer. “Una vez vimos a dos jóvenes que iban en moto y cargaban pistolas. Mejor sólo los vimos pasar”, admite. “¿A qué hora los íbamos a alcanzar a pie?”. 

Sin embargo, el incremento de la seguridad con el Plan 59 no impidió crímenes como los de María Castro y su hijo, ni el del caso del pozo, que sucedieron cuando el plan tenía tres meses de funcionar. Ese mes, septiembre de 2021, la cifra de homicidios subió al nivel de 2016, cuando había bajado entre 2018 y 2020. Una posible razón podría estar en la Fiscalía Municipal, que funciona con la mitad del personal que debería tener, según una investigadora, que también exige no ser citada. 

No revela el número del personal, pero admite que cada fiscal lleva cerca de 1,500 casos. Esta carga de trabajo quizá explica por qué los familiares de algunas víctimas nunca son contactados de nuevo por la fiscalía después de que presentan una denuncia. En enero 2021, durante un operativo combinado entre el Ministerio Público y la PNC, que incluyó allanamientos en Tiquisate y otros municipios, un fiscal en Escuintla cabecera, Víctor Boror, explicó que se investigaban 37 muertes violentas que databan desde 2007, y para las cuales todavía no se habían girado órdenes de captura.

Esperanza a prueba 

Entre los fundadores de Shalom, algunas familias sirven como ancla a las demás. Una de ellas está en pleno, sentada en sillas de plástico frente a una frágil baranda de madera, sobre la calle de terracería. Está el patriarca sesentón, su esposa y su hija de 24 años, que tenía tres cuando llegaron a la colonia, y que ahora tiene tres hijos. Tienen un fogón a la par, para espantar a los zancudos con el humo. En su casa, todavía hecha de láminas y madera, se encierra demasiado el calor en esa noche de septiembre.

Esa casa y el terreno son lo único que tienen después de que uno de sus hijos les robó lo poco que tenían de valor para comprar drogas. Es el mismo hijo por el cual la policía llegó un día a catear la propiedad. Este padre y abuelo, de rostro moreno y surcado de arrugas, se encogió de hombros y dejó pasar a los uniformados. Tampoco había mayor cosa que revisar. 

“Nosotros, hasta dejamos la casa sin candado cuando vamos a la iglesia afuera de Shalom los domingos”, dice la hija, en esta colonia donde el robo en las casas es habitual.

La casa está situada a casi dos cuadras de donde ocurrió el doble asesinato de septiembre, pero todos en esta familia hablan de una vida sin miedo. El padre recuerda sus días en el ejército, durante el conflicto armado interno. Dice que no se asusta fácil, y se aferra a la esperanza de que la colonia regresará a ser lo que fue. Su esposa y su hija lo observan hablar, se observan entre sí y se sonríen. Al parecer, ya le han escuchado decir esto antes. Y entonces resisten por inercia, siguiendo al jefe de familia y, según afirman, frenando otra desbandada de vecinos en esa cuadra.

“Yo tampoco pierdo las esperanzas”, dice Y, mientras se abanica con una toalla con la que hace poco se secaba el sudor. Para ella, una buena señal es que una tienda nueva abrió el año pasado.

Mientras tanto, la casa de María Castro y su hijo sigue abandonada, y la silla donde se sentaba a recibir el sol y el fresco de la noche permanece erguida, en medio del monte donde alguna vez hubo un jardín.

 

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