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El Régimen de Excepción: negocio y ruina
Víctor Peña

Fecha inválida
Víctor Peña

“Esto del Régimen ha sido una luz de esperanza para el negocio”, dice Johnny, el propietario de un nuevo comercio que ofrece ropa, bebidas y comida sobre la calle principal que conduce al Centro Penal de Izalco, donde muchos guardan prisión desde que se aprobó el Régimen de Excepción el 27 de marzo fecha desde la que que el Gobierno asegura haber capturado a más de 39,000 salvadoreños. Como Johnny, otros han emprendido negocios alrededor de las cárceles, donde todos los días hay madres, esposas, padres en busca de información sobre el paradero de sus familiares detenidos. Del otro lado, el de los familiares de presos, esto ha impactado en la economía familiar. En algunos casos, se ven obligados a dejar sus últimas monedas para comprar ropa y productos de aseo personal para sus parientes, pagar pasajes de autobús, ir al baño alrededor de los penales e incluso alquilar un marcador para colocar el nombre en los paquetes que ingresan a la cárcel. Estos desembolsos se suman al hecho de que muchas personas que recurrentemente viajan a los alrededores de las prisiones han tenido que dejar sus empleos informales para buscar a sus hijos o esperarlos afuera de un penal. Para algunos, el régimen es un negocio; para miles, la ruina.

 

 

Desde los traslados masivos hacia las cárceles, las calles se han abarrotado de vendedores ambulantes que recorren los alrededores del Centro Penal La Esperanza para ofrecer sus productos a los familiares de detenidos. Este vendedor de mascarillas también ofrece, por un dólar, cargar con los paquetes que deben entregarse en la puerta norte de la cárcel. Las mujeres adultas mayores son las que con frecuencia pagan este servicio.
 
Desde los traslados masivos hacia las cárceles, las calles se han abarrotado de vendedores ambulantes que recorren los alrededores del Centro Penal La Esperanza para ofrecer sus productos a los familiares de detenidos. Este vendedor de mascarillas también ofrece, por un dólar, cargar con los paquetes que deben entregarse en la puerta norte de la cárcel. Las mujeres adultas mayores son las que con frecuencia pagan este servicio.

 

 

Familiares, mujeres en su mayoría,  llegan desde las 2:00 de la madrugada al Centro Penal de Izalco para entregar primero sus paquetes de ropa y comida. Esa espera tiene el costo de un dólar por el uso de cada silla que los residentes de la comunidad cercana a la cárcel colocan todos los días. Hay quienes han esperado por seis horas, otras han pasado la noche a la espera de la señalque a las 7:30 de la mañana autoriza la entrega.
 
Familiares, mujeres en su mayoría,  llegan desde las 2:00 de la madrugada al Centro Penal de Izalco para entregar primero sus paquetes de ropa y comida. Esa espera tiene el costo de un dólar por el uso de cada silla que los residentes de la comunidad cercana a la cárcel colocan todos los días. Hay quienes han esperado por seis horas, otras han pasado la noche a la espera de la señalque a las 7:30 de la mañana autoriza la entrega.

 

 

 

La mayoría de viviendas han puesto sus baños en alquiler para los familiares de detenidos en el Centro Penal de Izalco. Algunos habilitaron sus terrenos desocupados, como este, donde improvisaron una letrina y abrieron un parqueo que cobra $2.00 por vehículo y $025 por el uso de letrina desde que inició el Régimen de Excepción.
 
La mayoría de viviendas han puesto sus baños en alquiler para los familiares de detenidos en el Centro Penal de Izalco. Algunos habilitaron sus terrenos desocupados, como este, donde improvisaron una letrina y abrieron un parqueo que cobra $2.00 por vehículo y $025 por el uso de letrina desde que inició el Régimen de Excepción.

 

 

 

Cristian tiene 20 años, y desde hace diez ofrece sus servicios de transporte de paquetes afuera del Centro Penal de Izalco. A su carreta le caben 15 bolsas. Cobra $2.00 por cada una. Antes lograba un viaje por día. Desde que inició el régimen, alcanza hasta tres por día. En su carreta también cuelga una bolsa verde con una grabadora en la que suena reguetón durante el trayecto de dos kilómetros que recorre hasta la entrada de la cárcel. “Es para que mis clientes no se aburran”, dice Cristian entre risas.
 
Cristian tiene 20 años, y desde hace diez ofrece sus servicios de transporte de paquetes afuera del Centro Penal de Izalco. A su carreta le caben 15 bolsas. Cobra $2.00 por cada una. Antes lograba un viaje por día. Desde que inició el régimen, alcanza hasta tres por día. En su carreta también cuelga una bolsa verde con una grabadora en la que suena reguetón durante el trayecto de dos kilómetros que recorre hasta la entrada de la cárcel. “Es para que mis clientes no se aburran”, dice Cristian entre risas.

 

 

 

“Aquí tenemos de entre $10.00 y $25.00”, dice una vendedora cercana al Centro Penal de Mariona, que ofrece zapatos, ropa, comida y productos de aseo personal para reos, y que también ofrece paquetes de $11.50, que incluyen un traje completo con chancletas, bóxer, calzoneta y calcetines. “Algunos zapatos con franja negra son difíciles de ingresar, deben ser todos blancos, pero a veces depende del custodio”, dice esta vendedora que pide no ser identificada.
 
“Aquí tenemos de entre $10.00 y $25.00”, dice una vendedora cercana al Centro Penal de Mariona, que ofrece zapatos, ropa, comida y productos de aseo personal para reos, y que también ofrece paquetes de $11.50, que incluyen un traje completo con chancletas, bóxer, calzoneta y calcetines. “Algunos zapatos con franja negra son difíciles de ingresar, deben ser todos blancos, pero a veces depende del custodio”, dice esta vendedora que pide no ser identificada.

 

 

 

Un nuevo negocio se ha instalado sobre la calle principal que conduce al penal de Izalco. Frente a la casa hay un guacal con sodas, agua, y refrescos; una mesa con jabones, detergentes, pasta dental y papel higiénico; otra mesa abarrotada de comida y otra con ropa blanca para presos. “¿Este negocio ya estaba antes del Régimen?”, preguntó El Faro. “No, lo abrimos  hace poco, por todo lo que pasa. Esto del Régimen ha sido una luz de esperanza para el negocio”, dijo Johnny, el propietario.
 
Un nuevo negocio se ha instalado sobre la calle principal que conduce al penal de Izalco. Frente a la casa hay un guacal con sodas, agua, y refrescos; una mesa con jabones, detergentes, pasta dental y papel higiénico; otra mesa abarrotada de comida y otra con ropa blanca para presos. “¿Este negocio ya estaba antes del Régimen?”, preguntó El Faro. “No, lo abrimos  hace poco, por todo lo que pasa. Esto del Régimen ha sido una luz de esperanza para el negocio”, dijo Johnny, el propietario.

 

 

 

Ángela, de 55 años, acumula monedas en esta canasta. Su hijo fue detenido el 6 de abril en el Distrito Italia de Tonacatepeque,  y desde entonces llega todos los días hasta el penal de Izalco para tener noticias de él. “Todos los días salen heridos y muertos de aquí. Yo debo estar pendiente de mi hijo”, dice. Ángela vende bolsas plásticas transparentes con las que se hacen los paquetes para detenidos. Con las ganancias logra pagar los $6.00 que cobra el transporte que usa para ir y venir. Ella también ayuda a la dueña de una casa con el cobro del alquiler del baño. Eso le garantiza un lugar en la acera para cuando necesita quedarse a dormir cerca del penal.
 
Ángela, de 55 años, acumula monedas en esta canasta. Su hijo fue detenido el 6 de abril en el Distrito Italia de Tonacatepeque,  y desde entonces llega todos los días hasta el penal de Izalco para tener noticias de él. “Todos los días salen heridos y muertos de aquí. Yo debo estar pendiente de mi hijo”, dice. Ángela vende bolsas plásticas transparentes con las que se hacen los paquetes para detenidos. Con las ganancias logra pagar los $6.00 que cobra el transporte que usa para ir y venir. Ella también ayuda a la dueña de una casa con el cobro del alquiler del baño. Eso le garantiza un lugar en la acera para cuando necesita quedarse a dormir cerca del penal.

 

 

 

Tras la espera de varias horas, los familiares por fin se acercan al penal cuando los policías y militares autorizan. Caminan desde el punto de espera más de un kilómetro y medio con los paquetes en la cabeza y espalda durante una media hora. Casi una hora después, algunos regresan de nuevo con sus paquetes porque su familiar no está en la lista, y tampoco lograron obtener ningún tipo de información.
 
Tras la espera de varias horas, los familiares por fin se acercan al penal cuando los policías y militares autorizan. Caminan desde el punto de espera más de un kilómetro y medio con los paquetes en la cabeza y espalda durante una media hora. Casi una hora después, algunos regresan de nuevo con sus paquetes porque su familiar no está en la lista, y tampoco lograron obtener ningún tipo de información.

 

 

 

María Moreno apunta el nombre de su único hijo en el vaso. Ella carga su propio plumón, porque no andarlo significa tener que pagar un dólar en los alrededores por el alquiler para marcar su bolsa. María gastó $30.00 en el último paquete que entregó en el penal de Izalco para su hijo de 20 años, que fue detenido el 17 de mayo en Santa Ana. Ella vende desayunos en su colonia, y ha cerrado su negocio para hacer la entrega. No tiene otros ingresos e invierte casi $4.00 en pasajes cada vez que viaja al penal.
 
María Moreno apunta el nombre de su único hijo en el vaso. Ella carga su propio plumón, porque no andarlo significa tener que pagar un dólar en los alrededores por el alquiler para marcar su bolsa. María gastó $30.00 en el último paquete que entregó en el penal de Izalco para su hijo de 20 años, que fue detenido el 17 de mayo en Santa Ana. Ella vende desayunos en su colonia, y ha cerrado su negocio para hacer la entrega. No tiene otros ingresos e invierte casi $4.00 en pasajes cada vez que viaja al penal.

 

 

 

“Aquí todo es pisto, por eso hay que venir preparados”, dice Nohemy Genovés, quien asegura haber gastado alrededor de $200.00 entre ropa, comida y pasajes para poder llegar cerca de la cárcel y dejar los paquetes para su hijo, detenido el 17 de mayo en Santa Ana. “Son gastos que no tenía, pero qué voy a hacer, es mi hijo y no lo puedo dejar tirado”, dice Nohemy, quien es ama de casa y recibe ayuda de su esposo y sus otros hijos.
 
“Aquí todo es pisto, por eso hay que venir preparados”, dice Nohemy Genovés, quien asegura haber gastado alrededor de $200.00 entre ropa, comida y pasajes para poder llegar cerca de la cárcel y dejar los paquetes para su hijo, detenido el 17 de mayo en Santa Ana. “Son gastos que no tenía, pero qué voy a hacer, es mi hijo y no lo puedo dejar tirado”, dice Nohemy, quien es ama de casa y recibe ayuda de su esposo y sus otros hijos.

 

 

 

Alrededor de las cárceles escenas como esta son recurrentes desde que inició el Régimen de Excepción. Existe una alta demanda y los vendedores han armado sus propias ofertas. Por $50.00 hay un paquete que contiene estos productos: dos calzonetas, dos bóxer, dos camisas, dos pares de calcetines, dos jabones de baño, dos jabones de lavar, un rinso, dos pastas dentales, un cepillo, un par de chancletas y 12 rollos de papel higiénico.
 
Alrededor de las cárceles escenas como esta son recurrentes desde que inició el Régimen de Excepción. Existe una alta demanda y los vendedores han armado sus propias ofertas. Por $50.00 hay un paquete que contiene estos productos: dos calzonetas, dos bóxer, dos camisas, dos pares de calcetines, dos jabones de baño, dos jabones de lavar, un rinso, dos pastas dentales, un cepillo, un par de chancletas y 12 rollos de papel higiénico.

 

 

 

Desde las primeras horas del día hasta que el sol se pone, los vecinos de las cárceles ofrecen su servicio para los familiares de detenidos durante el Régimen de Excepción. Son recurrentes los gritos que ofrecen parqueo, alquiler de baños, dulces, pupusas, café, mascarillas y hasta bolsas de las pequeñas o de las específicas para los paquetes carcelarios.
 
Desde las primeras horas del día hasta que el sol se pone, los vecinos de las cárceles ofrecen su servicio para los familiares de detenidos durante el Régimen de Excepción. Son recurrentes los gritos que ofrecen parqueo, alquiler de baños, dulces, pupusas, café, mascarillas y hasta bolsas de las pequeñas o de las específicas para los paquetes carcelarios.

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