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Columnas / Desigualdad
Antifeminismos y populismos de derecha, una coalición por la desigualdad
Las afinidades electivas entre el antifeminismo y los populismos de derecha no son casuales, así lo evidencia el uso del antifeminismo en la retórica electoral del uribismo y del bolsonarismo.
NORBERTO DUARTE

Fecha inválida
Jordi Bonet i Martí

En los últimos años, América Latina ha sido testigo de importantes avances en materia de políticas de igualdad y de reconocimiento de la diversidad sexual, tal y como se evidencia en la aprobación de leyes contra el feminicidio, la despenalización de la interrupción del embarazo y el reconocimiento del matrimonio igualitario. La presencia de un potente movimiento feminista y LGTBIQ+, que ha hecho sentir su voz en las calles de Argentina, Chile, Colombia, México y Perú, ha transformado la agenda política y ha contribuido a acelerar el cambio cultural del conjunto de la región. Sin embargo, toda acción genera su reacción, y frente a iniciativas como la red #NiUnaMenos o la popularización de los pañuelos verdes, han surgido otros colectivos y contramovimientos que se caracterizan por su radical oposición al movimiento feminista. Una coalición de pensamientos que, más que a favor de la vida, están a favor de la desigualdad.

Lo hemos visto en Brasil en 2017, cuando la reconocida filósofa posestructuralista judeo-estadounidense, Judith Butler, fue recibida en el centro cultural Sesc Pompéia de São Paulo al grito de “quememos a la bruja”, y su compañera Wendy Brown fue agredida por grupos de manifestantes, mientras las organizaciones fundamentalistas cristianas recogían 370 000 firmas en protesta a su visita. En Lima, a través de la campaña #ConMisHijosNoTeMetas, que tenía por objetivo oponerse a la incorporación de la perspectiva de género en el currículo nacional; En Colombia, donde la supuesta “ideología de género” acabó galvanizando el debate del referéndum sobre los acuerdos de paz; y en Argentina, con el surgimiento de los pañuelos celestes en oposición al movimiento por la despenalización del aborto.

Por lo tanto, si queremos conocer cómo el feminismo está cambiando la política y la sociedad latinoamericana, tenemos que analizar también cómo lo hace su contraparte, el antifeminismo, en una coyuntura política global marcada por el auge de los populismos de derecha radical como Donald Trump o Jair Bolsonaro.

El populismo de derecha no es un movimiento meramente “conservador”, sino reactivo y reaccionario, en tanto surge por oposición a las demandas de los movimientos sociales, y su objetivo es movilizar la sociedad para lograr un cambio social en la dirección opuesta a la propugnada por las organizaciones progresistas. De hecho, las afinidades electivas entre el antifeminismo y los populismos de derecha no son casuales, tal y como evidencia el uso del antifeminismo como parte de la retórica electoral del fujimorismo, del uribismo y del bolsonarismo.

En América Latina, el antifeminismo surge de la alianza entre el neoconservadurismo católico, apoyado por su contraparte hispana, y las organizaciones integristas evangélicas que han recibido el apoyo de la nueva derecha cristiana estadounidense. Es un error pensar que el antifeminismo constituye una mera continuación de los estereotipos y discursos machistas y misóginos presentes en la región, aunque saque partido de ellos. Se trata de un movimiento nuevo de carácter mixto con participación de hombres y mujeres, y conectado internacionalmente.

Uno de los principales caballos de batalla del antifeminismo en América Latina ha sido su oposición a la denominada “ideología de género”. Este concepto fue acuñado por la ortodoxia vaticana para oponerse al reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos, en especial tras la Conferencia Internacional sobre población y desarrollo de El Cairo (1994), tras el giro conservador impuesto por el papado de Juan Pablo II.

No obstante, no fue sino hasta el bienio 2007-2008 cuando se trasladó de las encíclicas a la calle, a partir de las protestas organizadas por la derecha católica contra la educación sexual y el matrimonio igualitario en Croacia y Austria, seguidas por las movilizaciones de 2012 en Francia y de 2013 en Italia contra la aprobación del matrimonio igualitario y la adopción por parejas del mismo sexo.

En América Latina, el término “ideología de género” ha sido importado desde Europa a través de las redes de organizaciones integristas cristianas, en especial, a través de la plataforma CitizenGo surgida en España en 2013 y actualmente próxima al partido de derecha populista Vox. De hecho, ha sido el capítulo latinoamericano de esta organización el que ha impulsado la campaña #ConMisHijosNoTeMetas y la ha extendido a diferentes países de América Latina.

Sin embargo, sería erróneo pensar que el antifeminismo se reduce a una mera defensa de los valores religiosos tradicionales frente a la ampliación de los derechos civiles, sexuales y reproductivos. El antifeminismo se ha convertido en una de las señas de identidad de las nuevas derechas populistas latinoamericanas, como se evidenció en los pasados comicios de Chile.

Igual que ha sucedido en Estados Unidos, el uso de la retórica antifeminista por parte de las formaciones populistas de derecha ha servido para desviar el debate acerca de la extrema desigualdad que afecta a la región. Para estas formaciones, el problema de América Latina no son las élites económicas que dilapidan los recursos naturales, sino la existencia de una supuesta “élite cultural” que engloba al movimiento feminista, el movimiento LGTBIQ+ y, en algunos casos, el movimiento ecologista, y que tendría como objetivo imponer una agenda globalista contraria a los intereses populares.

De este modo, mediante la acentuación de discursos antirracionalistas y antiintelectualistas, así como a través de la difusión de posverdades, por ejemplo, la supuesta homosexualización de la infancia, las formaciones de derecha radical se han orientado a avivar los pánicos morales de ciertos sectores populares en los que los valores tradicionales se encuentran todavía arraigados.

Frente a esta situación, oponer feminismo a antifeminismo supone reforzar el marco de la batalla cultural propuesto por el populismo de derecha. De la misma manera que oponer las políticas de identidad a políticas de redistribución tan solo puede servir para fracturar el campo progresista. En este sentido, la construcción de una respuesta a los desafíos que presenta la asociación entre antifeminismo y derecha populista debe depender de ahondar la alianza entre feminismo y lucha contra la desigualdad, tal y como viene propugnando gran parte del movimiento feminista indígena y afrodescendiente.

El feminismo también debe ser percibido como un motor de cambio material y de mejora de las condiciones de bienestar del conjunto de la población de América Latina.


Jordi Bonet i Martí es doctor en Psicología Social y profesor de Sociología de la Universidad de Barcelona. Miembro del grupo de investigación Copolis y del SIMReF (Seminario Interdisplinar de Metodología de Investigación Feminista). Especialista en movimientos sociales, estructura social y estudios feministas.

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