Columnas / Cultura

El pop factura y sal-pica: Shakira y la sociedad ante el espejo

El tema que la colombiana le dedica a Piqué puede parecer trivial; pero, si lo miramos con ojos críticos, demuestra cómo un producto de la cultura popular puede reflejar los debates más profundos de una sociedad.

Fecha inválida
Willian Carballo

No vengo acá a bautizar a Shakira como una Paquita la del Barrio millennial ni a tildar a su nueva canción con Bizarrap como una Rata de dos patas pospandémica (para eso hay colegas expertos en música que harían mejores análisis técnicos que yo). Tampoco vengo acá a juzgar a la artista por tratar de brutos-ciegos-sordomudos al padre de sus hijos y a la nueva novia ni a apedrear a esa otra mujer a quien, claramente, la colombiana acusa de volverse loca con tigre ajeno; ni siquiera a cuestionar al futbolista catalán por bailar waka-waka con otras caderas y tener nueva reina en su Kings League (también dejo estos necesarios debates a cargo de colegas expertas en feminismos o, para los temas de la moral, en mano de los falsos profetas del decoro).  

Lo mío va por otro lado. Lo mío, lo que además disfruto, son los medios de comunicación y la forma en que hurgan en la cultura popular y viceversa. Y con la colombiana montada en una canción que está atropellando la conversación pública como una bicicleta cuesta abajo, quiero entrarle a un tema que −al igual que arrebatarle un teléfono a una seguidora o que un presidente anuncie que su país organizará Miss Universo− parece banal, pero no lo es. Yo a lo que vengo es a intentar entender por qué esta canción, una más entre miles, ha causado tanto alboroto. Y tengo tres hipótesis:  primero, que ha triunfado porque la música popular sigue siendo ese gran espejo donde el reflejo de nuestros propios relatos nos salpica el rostro; segundo, porque el internet y las redes sociales siguen cambiando a las industrias creativas de maneras todavía indigeribles para nuestro lento sistema mental; y tercero, porque los artistas y las empresas saben cómo facturar con estos escándalos y a nosotros nos gusta pagarlos.

Contexto: la semana pasada, la cantante y el productor argentino Bizarrap lanzaron un tema que haría ver a Ese hombre (que tú ves ahí), de Rocío Jurado, como una canción de YouTube Kids. La obra sonora −una suerte de pop electrónico a lo Selena, la Gómez, no la Quintanilla− es un desahogo de reproches hacia un hombre que, por obvias pistas y creativos juegos de palabras, deja salpicado de sopa caliente al exfutbolista del Barcelona, Gerard Piqué, su expareja. Es decir: nada que, tras un adiós, miles de artistas no hayan expresado ya y seguirán haciendo mientras en el mundo haya corazones partíos y amores vistos donde habita el olvido.

La canción, sin embargo, ha sido una explosión de gas en una bodega. El corte musical y su video tardaron en infectar las redes sociales y los reproductores de música lo mismo que una loba tarda en salir de un armario: en 24 horas obtuvo 14.4 millones de reproducciones en Spotify y 64 millones en YouTube, sin contar una fiesta de memes y un carnaval de menciones en periódicos y noticieros. Así, su letra −enésima pieza de una nota rosa que, encima, involucra indirectamente al deporte más popular− nos sirvió de postre en el comedor de la esquina o en la pausa vespertina que los chismosos de pasillo sostenemos frente al garrafón de agua y la cafetera en la oficina. Y esa es, justamente, la primera de las tres hipótesis: triunfa por la capacidad de proyectar en un gran escenario mediático nuestros pequeños conflictos cotidianos para ponernos a hablar sobre ellos.

Seamos francos: no es que la pieza exude letras dylanescas o que la partitura vaya a estudiarse en un conservatorio en Nueva York. Lo que la Music Sessions, Vol. 53, como Bizarrap nombró a esta producción, sí tiene es que comparte esa capacidad del pop de ponerle voz y ritmo a nuestra cotidianidad. Pega, en primer lugar, porque muchos, en algún momento de nuestras vidas, nos sentimos un Rolex al que nos cambiaron por un Casio; y oír tal analogía en voz de una famosa nos hace reflejarnos en ella. Insisto: nada que otras canciones no nos hayan hecho sentir antes ya, como Por tu maldito amor, de Vicente Fernández; Ingrata, de Café Tacvba; Every rose has its thorn, de Poison; o Mentiras, de Marito Rivera y Bravo, nomás por citar cuatro melodías que también son puñales.

Entonces, si hacernos sentir identificados es vieja maña de las canciones pop −entendiendo el concepto no como rock suave y fresa, sino como ese conjunto de música de cualquier género creada para agradar a públicos masivos−, ¿por qué tanto escándalo por el desahogo de Shakira? La respuesta es porque este es el relato de relatos. Porque esta no es solo una canción de Morat o de El Buki en la que el intérprete le canta a un ser desconocido, sin rostro. No. Esta vez nos hemos comido la historia completa y creemos conocer a los protagonistas casi como a nosotros mismos. Nos tragamos a la colombiana y al español verse pasar el balón como quien se pasa el corazón en Sudáfrica 2010, desde el inicio. La vimos acaramelada, dedicándole Me enamoré, teniendo hijos y luego quejándose de la monotonía de la relación. Y la estocada final: la miramos sacarle tarjeta roja, desterrarlo y aniquilarlo líricamente a él y a quien la reemplazó. 

¿A dónde nosotros −la audiencia− hemos visto eso antes? ¿En nuestra propia vida? ¿En el barrio? ¿En el trabajo? ¿En la universidad? El pop, y esta canción en particular, pega duro porque la mayoría ha atestiguado una historia completa, de principio a fin, que luego podemos transferir a nuestras propias vidas, donde sacaremos nuestros propios ángeles y demonios. ¿Es inadecuado que trate así al padre de sus hijos y a otra mujer o está bueno que lo haga porque ya no hay que quedarse calladas? ¿Él es un idiota? ¿La culpa es de él, de ella o de la otra ella? Esta sesión de Shakira con Bizarrap se convierte así en un enorme espejo hecho de una historia que vimos nacer y morir y en el cual podemos mirarnos a la cara para discutir nuestras propias preguntas sobre relaciones interpersonales. Y eso, aunque no nos impacte de la misma manera que una reforma de pensiones ni nos proteja de la próxima ola de COVID, es importante para todo ser humano en sociedad.

El segundo punto que explica por qué esta canción en particular es comidilla en muchos niveles tiene que ver con la época en que vivimos. El escándalo de moda no hubiera sido posible si las redes sociales y medios periodísticos de la actualidad no le hubieran arrojado agua a este tierno Gremlin hasta convertirlo en un monstruo devoramétricas. En otras palabras: no es suerte, como se titula otro de los éxitos de la colombiana. Tampoco es únicamente talento. Es, sobre todo, viralidad.

Si, por ejemplo, el tiempo nos regalara el maravilloso milagro de resucitar a Janis Joplin en la era de los memes y TikTok para cantar su versión de Piece of my heart, de finales de los años sesenta, seguro que también le crearían una versión en cumbia, le armarían stickers de WhatsApp y le subirían video-reacciones en YouTube; porque, como su par de moda, esta balada rock con aires de blues también habla de un corazón hecho confeti en el pecho de una mujer ruda. Sin embargo, eran otros tiempos. En ese entonces, la “bruja cósmica” no tuvo de aliados más que a la radio y a los discos de vinil para llevar su voz alicorada y su potente mensaje a las masas. En cambio, Shakira, aunque nació musicalmente en los noventa, es hija adoptiva de los algoritmos del nuevo siglo. Sin ellos, sin la oleada de memes, sin los periódicos pintando de amarillo su historia de desamor y sin las redes sociales amplificando sus palabras, poco se hablaría de cómo le pide a Piqué que trague y mastique.

El tercer punto es el billete. El pop salpica, de acuerdo, pero también factura. Habría que ser más inocente que aquella muchacha pelinegra noventera que cantaba con ternura Estoy aquí para no captar que la música pop es un negocio y que la intérprete de La Tortura olió billetes, se subió el ruedo, se llenó de lodo los pies descalzos y se puso a trabajar. Por más que su nueva canción sea el cuento más íntimo de cómo el exfutbolista le sacó el corazón y se lo arrojó al piso y por más que la letra sea una buena excusa para hablar de temas sociales complejos como la sororidad, la infidelidad o el machismo; es fácil imaginarse a la artista sentada junto a su equipo de marketing y a los encorbatados de su disquera planeando el argumento y la metodología para producir ganancias. Ella misma lo dice: “Las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan”. 

Voy de nuevo: facturar no me parece un acto juzgable como bueno o malo por sí mismo. Business son business, diría una mentalidad de tiburón. Sin embargo, sí es un recordatorio de que la industria musical no es tampoco un inocente diario de amor que nos permite sentir que no somos los únicos Ferraris a los que nos han cambiado por un Twingo. Los artistas, los productores y las disqueras quieren plata y van tras ella. Hasta la marca Casio, que estaba tranquila preparándose un sándwich y viendo TikTok en casa cuando le cayó un misil en el centro de la cocina, se benefició en su papel secundario en esta trama al ganar más seguidores y quizá más dinero. 

Entonces, la canción es hija de una industria voraz. Y si nosotros vamos a aumentar las ganancias de los artistas o las empresas, si vamos a descargar sus canciones, ver sus videos o comprar sus relojes, hagámoslo, pero conscientes de que solo somos otra pieza más en el LEGO de una fábrica experta en convertir las lágrimas en dólares. El arte sin fines de lucro pueden buscarlo en otra canción.

En resumen, sin ser un crítico musical ni un experto en género, ni mucho menos un profeta de la moral, lo que sí me siento con credenciales para proponer en este texto son unas primeras conclusiones sobre un tema que habrá que seguir pensando: el escándalo mediático causado por la dedicatoria musical de Shakira a Piqué no es solo una cancioncita salida de control ni tampoco solo un papel pegajoso para atrapar con banalidades a moscas sin quehaceres en la casa. Al contrario, es una muestra clara de la importancia de la cultura popular en las sociedades modernas ya sea por reflejar nuestros debates psicoemocionales e interpersonales, por mover millones de dólares a costa de almas rotas o por ser el ejemplo perfecto de una nueva forma de volver éxito a una canción. 

Y hasta ahí me quedaría. Ya luego, si quieren, podemos debatir si “animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho” es mejor letra que “una loba como yo no está para novatos” o si Paquita tiene más punch que Shakira; pero eso lo podemos hacer al calor de unos tragos y bocadillos para picar en algún bar, mientras vemos al Barça sin Gerard quedar campeón en la tv. La factura de lo consumido, eso sí, la pagamos mitad y mitad.

*Willian Carballo (@WillianConN) es investigador, catedrático, periodista y ensayista salvadoreño. Doctorando en Sociedad de la Información y el Conocimiento y máster en Comunicación. Actualmente es coordinador de Investigación de la Escuela Mónica Herrera y docente de la Maestría en Gestión Estratégica de la Comunicación de la UCA.

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