Centroamérica / Política

“La academia es el nuevo campo de batalla contra el autoritarismo en Centroamérica”

El historiador costarricense Víctor Hugo Acuña analiza la crisis política y de violencia en su país y derriba el mito de la Costa Rica armónica. “La burbuja de bienestar está rota desde hace tiempo”, afirma, y vincula el récord de homicidios con décadas de deterioro social. “Estamos en un turning point”, dice de Centroamérica, y critica la política del enemigo interno que también ha seducido a Rodrigo Chaves: “¿Por fin empezaremos a acumular institucionalidad?”

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Martes, 27 de febrero de 2024
Roman Gressier

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En el último año y medio, una oleada de homicidios alimentada por el narcotráfico ha llevado a Costa Rica a titulares internacionales que parecían reservados para el norte de Centroamérica. Los 907 homicidios de 2023 en un país de 5.1 millones de personas son un aumento del 37 por ciento en un año, y la violencia aparece por primera vez entre las principales preocupaciones para los costarricenses. Pero quizá es más interesante aún, y una pista para entender la crisis, que en una reciente encuesta la población dijera que su peor miedo era “perder el país”.

La sensación de desmoronamiento no se limita a la seguridad y alcanza a la educación o la salud, explica el historiador costarricense Víctor Hugo Acuña en esta entrevista con El Faro. “La burbuja de bienestar está rota desde hace tiempo”, lamenta.

El académico, profesor emérito en la Universidad de Costa Rica (UCR) y un reconocido historiador e intérprete de Centroamérica, coloca la crisis social entre las causas de que la mitad de la población respalde al presidente Rodrigo Chaves, un conservador de discurso antisistema que está bajo la lupa de la Fiscalía por decenas de casos de posible corrupción. “[El Gobierno] no está enfrentando el problema” de la violencia, dice Acuña, que considera “bravuconadas” las medidas solicitadas por Chaves al eco de la popularidad de Nayib Bukele.

“Estamos en un turning point en la historia de Centroamérica”, dice Acuña, coanfitrión del podcast Centroamérica: el presente y sus pasados. “El Salvador está jodido. Honduras, Dios mío. Y Nicaragua es tierra arrasada”, afirma. “A los nicas no les ayuda que la crisis democrática sea global. Sí ayuda a toda Centroamérica que en este momento los gringos traten de ser más bien una fuerza democratizadora, que no lo han sido casi nunca. Pero si gana Trump, no sé qué pasará”.

Las luchas por la libertad académica y la democracia, agrega, van de la mano. El año pasado Daniel Ortega confiscó el archivo del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica, que contiene miles de documentos de valor “capital”, dice Acuña: “Para la academia [la lucha contra el autoritarismo] es una cuestión de sobrevivencia”.

Se habla de niveles de violencia históricos en Costa Rica. ¿Es así?
Las cifras están ahí y son preocupantes. Pero lo que alarma a los expertos que yo conozco no es tanto la gravedad del problema, sino que el problema no esté siendo enfrentado por este gobierno. Es extraño: no termino de entender por qué el gobierno de Chaves no quiere ocuparse de eso. Lo mismo que no termina de ser claro con la cuestión del aumento del lavado de dinero. Costa Rica es una gigantesca lavadora ahora. Es impresionante la cantidad de nuevos edificios que están construyendo por todas partes.

Para responder a la violencia, Chaves hizo a finales de enero un llamado a “acciones extraordinarias” y dijo que “el país necesita reflexionar si eso [las garantías constitucionales muy fuertes] es lo que le conviene al bienestar general de la población”. En el resto de Centroamérica eso significa suspensión de derechos, regímenes de excepción y fuerte aumento de la presencia policial o militar. ¿Que es “excepcional” en el contexto tico?
Me permitiría decir que lo del presidente son bravuconadas. Este caballero está a punto de ser un pato cojo, lo que llaman en inglés un lame duck, porque está terminando su periodo y aquí la campaña es siempre muy temprana. En seis meses ya estará toda la politiquería de vuelta y él ya está más del otro lado que de este. No le veo mucha capacidad, aunque pueda tener cierto eco en la población, porque anda por el 50 por ciento de aprobación. En la calle la gente te puede decir: ¡qué maravilla que en El Salvador Bukele haya acabado con ese montón de sinvergüenzas y asesinos! Pero aquí la institucionalidad no funciona así.

A diferencia de El Salvador, evidentemente, Costa Rica no tiene ejército.
Claro, y además un estado policial en Costa Rica habría que inventarlo. Hay algunos núcleos de élite dentro de la policía que Dios sabrá cómo los tiene entrenados la CIA y sí son radicales, pero creo que para hacer algo como lo de Bukele tiene que haber una tradición, un músculo represivo que en Costa Rica no existe.

¿No hay cierto músculo represivo dentro de la Fuerza Pública?
Dentro de la Policía hay cierta gente con valores democráticos. Falta mucho camino antes de que se pueda llegar a instalar algo parecido a un Estado policial. Habría que hacer una profunda reforma de la Policía y darle un carácter más militarizado, y eso pasaría por el Parlamento y por la Sala Constitucional. Y ya vienen las próximas elecciones.

La Fuerza Pública de Costa Rica lleva a cabo una operación antinarcóticos en San José el 28 de octubre de 2023. Para esa fecha las autoridades habían reportado 743 homicidios en 2023, un número récord. Para finales de diciembre el país alcanzaría los 908 homicidios, un nivel inédito desde que se lleva registro. Foto de El Faro: Ezequiel Becerra/AFP.
La Fuerza Pública de Costa Rica lleva a cabo una operación antinarcóticos en San José el 28 de octubre de 2023. Para esa fecha las autoridades habían reportado 743 homicidios en 2023, un número récord. Para finales de diciembre el país alcanzaría los 908 homicidios, un nivel inédito desde que se lleva registro. Foto de El Faro: Ezequiel Becerra/AFP.

Ahora, siempre se puede encontrar fórmulas disfrazadas. Puede que la cuestión del narcotráfico —que Costa Rica pueda convertirse en un narcoestado— abra la posibilidad de un consenso multipartidista en la Asamblea. Pero la queja con Chaves es precisamente que no hace nada por la Policía. No la está reforzando ni apoyando.

El año pasado se estimó que dos tercios de los 907 homicidios registrados estaban vinculados al narco. El mismo presidente Chaves ha afirmado que en Costa Rica “hay una infiltración del narcotráfico en todos los niveles de la sociedad”. ¿Tiene razón?
En cuanto a la infiltración, sí. Pero cuánta, no sabría decirlo. He hablado del tema con amigos muy cercanos del Poder Judicial y dicen que sí, tiene que haber, como también la hay en el Organismo de Investigación Judicial [de la Corte Suprema], y la Policía. Decir que esto es como México, un Estado adueñado por el narcotráfico, tal vez sea un poco exagerado, pero vamos hacia eso, lamentablemente.

Al contrario de lo que sucede en otros países de la región, el nombre de Costa Rica nunca se ha asociado con el tránsito de drogas. El país tiene, se supone, instituciones. Cuesta imaginarlos como un narcoestado.
No, ya no es así. Hace veinte años sí. Y posiblemente desde fuera ustedes, los medios, siguen alimentando esa visión de Costa Rica como excepción. Pero aquí hay un problema serio que ya tiene dos décadas. Ya está enquistado. ¿Cuánto va a crecer más ese quiste?, no lo sé. ¿Cuánto se puede controlar?, tampoco.

En una encuesta hecha el año pasado por la UCR, los costarricenses incluyeron entre sus principales temores “que el narco controle el barrio” o “llegar a la vejez sin goce de pensión”. Pero su mayor miedo fue “perder el país”. ¿A qué país se refieren?
¡Al mito costarricense! Jajaja. Perder la Arcadia. A mí me hace mucha gracia, porque esa expresión la he escuchado incluso de gente de medios intelectuales y de organizaciones sociales. Es totalmente mítico. Pero sí, ciertamente, el miedo de la gente es perder ese país ideal que siempre fue excepcional en el contexto de Centroamérica y América Latina. Y sí, se está perdiendo por culpa del narcotráfico y por culpa de los políticos corruptos.

Fue precisamente una ola antisistema catalizada por la corrupción y decepción la que en 2022 trajo a Rodrigo Chaves a la política nacional.
Ha habido outsiders en la política costarricense por lo menos desde la década de los 80. Uno de los primeros fue un personaje —ahora abundan muchos similares en la política centroamericana— que se llamaba G.W. Villalobos e intentó ser rupturista. Era un payaso, un hombre más bien popular y medio delincuente. Fue de los primeros que hizo antipolítica aquí. No se equivoque: la democracia costarricense ha tenido sus síncopes. No ha sido lineal. A partir de los 90 es claro que se ha ido desgarrando el tejido de la democracia.

Y ya en la primera década del siglo veintiuno, el proceso de desintegración del bipartidismo en Costa Rica se condensa claramente. De paso hay dos presidentes encarcelados y un tercero, Figueres [Olsen], en fuga. Ahí aparece el PAC [Partido Acción Ciuadana, fundado en 2000] con un discurso moralista, pero tras la decepción que fueron sus dos gobiernos (2014-2022) pasó un poco lo mismo que con el FMLN en El Salvador, con la frustración se desataron los evangélicos, esa caja de Pandora. Y de ahí salió Chaves.

Chaves ataca a cualquiera que lo cuestione. Parece un cambio drástico y fundamental, tanto en términos de decorum como en su forma de gobernar.
Absolutamente. El comportamiento de Chaves es incomprensible porque cada día gana un nuevo enemigo. Y bueno, no vamos a buscar una explicación psiquiátrica, pero es una manera de hacer política que no genera consenso sino más conflicto. No parece que sea capaz de desarrollar algún proyecto o algún cambio concreto a estas alturas del partido. Y no sólo es una cuestión de conflictividad, sino de respeto a la institucionalidad.

El presidente de Costa Rica, Rodrigo Chaves, durante una entrevista ofrecida el 4 de mayo de 2023 a la agencia de noticias AFP, en la Casa Presidencial en San José. Foto de El Faro: José Cordero/AFP.
El presidente de Costa Rica, Rodrigo Chaves, durante una entrevista ofrecida el 4 de mayo de 2023 a la agencia de noticias AFP, en la Casa Presidencial en San José. Foto de El Faro: José Cordero/AFP.

En El Salvador, en Nicaragua y hasta hace poco en Guatemala, el Ejecutivo controla el poder legislativo y el sistema judicial. En Costa Rica las cortes han frenado algunas acciones de Chaves.
Se ha portado muy bien esa gente del Poder Judicial. Y también el Parlamento. Chaves tiene muy pocos diputados, y su gran operadora política, [la experiodista] Pilar Cisneros, es otra conflictiva. No sé si son globos sonda, pero [el oficialismo] se pone a hablar mal del Tribunal Supremo de Elecciones y dicen que quieren restablecer el ejército. Y eso de la noche a la mañana en Costa Rica no se puede hacer. La gente no lo ve. No lo querría.

¿De dónde nace ese discurso a favor de reinstalar el Ejército?
Es una cosa muy artificial. La gente olvida que aquí no hay ejército desde hace 100 años. Lo que Figueres [Ferrer] hizo en 1948 fue matar a un muerto. Me impresionó hace muchos años, leyendo documentación de los National Archives de Estados Unidos, di con un informe del agregado militar, por no decir un funcionario allá en Washington, sobre los ejércitos centroamericanos en el año 30 o 31. Y el tipo decía que, de facto, en Costa Rica no había ejército. Lo que había era una fuerza pública, una policía, y además muy precaria, sin grandes condiciones. Reconstruir de repente el ejército en Costa Rica es todo un desafío. Además, habría que reformar la Constitución.

Pero la Fiscalía costarricense también ha insinuado ese deseo en foros internacionales. ¿A qué sector de Costa Rica le están hablando?
Al núcleo duro de Chaves, que es como un diez o quince por ciento. En Costa Rica la extrema derecha ha existido siempre. Figueres disolvió el ejército, pero mantuvo la Reserva de la Fuerza Pública, un grupo paramilitar preparado para lidiar con Somoza, su enemigo número uno, o con cualquier problema con los comunistas. Ahora todo el mundo olvida que existió Costa Rica Libre, un movimiento paramilitar de extrema derecha que murió con la caída del Muro Berlín. La extrema derecha debe sentirse aún muy identificada con Chaves, pero si se hace un plebiscito para restablecer el Ejército me sorprendería que lo ganen.

¿Qué grado de debate han tenido a lo largo de la historia sobre la violencia?
El mito costarricense es la paz. Es la insignia clave de la nación. La idea de que la violencia se apodera del país ha avanzado de la mano con el deterioro social. A medida que las puertas del ascenso social se fueron cerrando a finales de la década de 1970 y se fue acumulando un montón de población urbana en condiciones de vida muy precarias, fue ascendiendo el discurso del peligro de la violencia. Esta otra emergencia, ahora vinculada al narcotráfico, se instala en la conversación a principios del siglo veintiuno. Siempre ha habido núcleos de delincuencia arraigada, pero la gente de mi edad te dirá que aquí se dormía con la puerta de casa abierta; aquí no se le ponía llave a las casas.

¿Se ha roto la burbuja del bienestar?
La burbuja de bienestar está rota desde hace tiempo, porque la tasa del veintitantos por cien de pobreza tiene como 30 años. La movilidad social está completamente bloqueada. En Costa Rica hay dos mundos: el de los que van a colegios o universidades públicas y el de los que van a las privadas. Recientemente se reveló que hay unos 500,000 jóvenes [adultos en edad productiva] que no terminaron el bachillerato. Y según el Informe del Estado de la Nación si usted no tiene bachillerato está condenado a la pobreza. En Costa Rica, ahora, cerca del cuarenta por ciento de la población ocupada está en la informalidad.

Grupos universitarios protestan contra recortes presupuestarios a la educación frente a la Casa Presidencial el 22 de agosto de 2023 en San José, Costa Rica. Foto de El Faro: Ezequiel Becerra/AFP.
Grupos universitarios protestan contra recortes presupuestarios a la educación frente a la Casa Presidencial el 22 de agosto de 2023 en San José, Costa Rica. Foto de El Faro: Ezequiel Becerra/AFP.

Aún así, Centroamérica ve con envidia su sistema de educación, el Seguro Social…
Sí, lo del Seguro Social es impresionante. Pero el sistema educativo está en una situación más delicada. La educación superior pública en Costa Rica es de muy alto nivel, indiscutiblemente, pero el bloqueo a la movilidad social y la guettoización apuntalan esa idea de que estamos perdiendo el país, porque para vivir bien ahora hay que habitar en una gated community [una zona residencial cerrada].

¿Hay más muros, más alambre de púas?
Sí. Lo de las rejas apareció en los barrios populares hace unos treinta o cuarenta años, pero las gated communities ¿cuánto tienen, veinte? Yo vivo en una, qué vergüenza. Y como decían los ticos ricos de antes, dejo las puertas abiertas en mi casa, jajaja.

Un reciente estudio de hogares apunta a que el quintil más pobre de la sociedad ahora tiene que alquilar casa porque no alcanza a comprar una, y decía que la gente más pobre vive más marginada.
Totalmente. Si hay algo fundamental para la reconstrucción del tejido social en Costa Rica, sería tener una política coexistente y agresiva de vivienda. Pero eso ningún Gobierno se lo plantea. Y lo mismo pasa con la enseñanza pública.

Esta nostalgia del país perdido no suena muy distinta al Make America Great Again.
Así es. Pero es comprensible. Thomas Picketty lo estudió muy bien a nivel global: la pauperización de las clases medias asociada al neoliberalismo. Hay cifras apabullantes y ese es el caso de Costa Rica. No es que hayamos pasado cien años de miseria, sino que hubo un verdadero cambio social que arrancó en los años 40. Hubo una revolución de las clases medias y es un hecho que eso se agotó.

La democracia tica tampoco goza de buena salud. El abstencionismo es un indicador. Hoy la gente cambia de inclinación política como se cambia de camiseta. La crisis estructural de nuestros partidos políticos también me parece muy importante. Sí hay adhesión de la gente a la democracia, en términos generales, pero disposición a ir a votar mucho menos. No es que vayamos a tener aquí dentro de dos, tres años una marea como la de Bukele, pero hay un deseo de una mano fuerte, porque la mitad de la población apoya a Chaves.

La gente joven no está muy interesada en la política y probablemente tampoco en la democracia. Hay cierta desafección que favorece soluciones autoritarias y drásticas, porque es poco lo que la generación que tiene entre 25 y 40 años pueda esperar del Estado. Supongo que van a la Seguridad Social en casos extremos pero, cuando pueden, pagan médico privado. Y con gran sacrificio, tratan de poner a los hijos en colegios privados. La gente vive en el presente, en el consumo, y son factores estructurales globales despolitizantes.

Eso sí, a la hora de las horas, creo que todavía no estamos en el punto en que la gente pone en entredicho cosas básicas como el derecho a votar. Siempre hay algunos movimientos: un bloqueo para cosas puntuales, vecinales. La gente va a la calle para quitar al director de una escuela, o por la contaminación del agua por parte de las empresas piñeras. Pero no se percibe una efervescencia en la sociedad civil.

Les ha alcanzado la crisis global del diálogo, de los entendimientos.
Es la sensación de ineficacia. La población siente que cuando se moviliza no encuentra eco entre las autoridades. Y en esto sí puede que la pandemia haya tenido un efecto perverso, en el sentido de que nos acostumbramos a la comunicación virtual. Ya no hay cara a cara. Y luego están los discursos de odio en las redes sociales, en los que el gobierno de Chaves es especialista. Ahí sí se parece mucho al de Bukele. Tiene cientos de troles. Es impresionante.

¿Un segmento de la población busca un Bukele tico, aunque no lo encuentre?
Probablemente. Es lo nos jugamos los próximos años, pero Chaves no tiene sucesor ni partido. Quien pudo tomar su antorcha son los evangélicos, con el candidato Fabricio Alvarado, pero parece que ya está quemado. Aunque podría salir un conejo del sombrero.

Hablando de Centroamérica en su conjunto, ¿cómo leer la presente crisis democrática? ¿Qué posibles soluciones encontramos en la historia de la región?
Costa Rica acumuló institucionalidad desde 1870 u 80, pasando por dictaduras y regímenes autoritarios y un largo periodo de política semi-democrática en la que se hacía política de triquiñuelas, pero no de golpes ni de insurrecciones populares. En los otros países centroamericanos no ha habido ese proceso de acumulación. Estamos en un turning point en la historia de Centroamérica: ¿por fin empezaremos a acumular institucionalidad?

A los nicas no les ayuda que la crisis democrática sea global. Sí ayuda a toda Centroamérica que en este momento los gringos traten de ser más bien una fuerza democratizadora, que no lo han sido casi nunca. Pero si gana Trump, no sé qué pasará.

¿Va a continuar la dinastía en Nicaragua? No creo. Pero hay posibilidades de que se prolongue mucho tiempo, y si la gente joven llega a gobernar, tendrán que refundar el país desde cero… hacer la Policía de nuevo, quitar todos los tribunales, refundar el sistema electoral… ¿Y qué hacés con el Ejército? En El Salvador habrá que ver cuánto daño hace Bukele. En Guatemala, Bernardo Arévalo tiene el apoyo de la población indígena y la sociedad civil, pero si los poderes fácticos de Guatemala, esa cosa tan oscura, paran a Arévalo, va a ser una catástrofe.

En términos de democracia, ¿Bernardo Arévalo puede marcar una nueva pauta?
Arévalo desde el Ejecutivo y también la institucionalidad costarricense, desde el Tribunal Supremo de Elecciones, el Parlamento y el Poder Judicial. Pero los otros tres países están bien fregados. El Salvador está jodido. Honduras, Dios mío. Y Nicaragua es tierra arrasada.

El régimen de Ortega ha cerrado más de dos decenas de universidades del país. Entre las propiedades que ha confiscado están decenas de miles de documentos del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica. ¿Qué valor tiene este archivo?
Es capital. El archivo del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica es el archivo de Nicaragua, mucho más que el Archivo Nacional. En medio del traslado de toda la parte digitalizada a la Universidad de Costa Rica —son como ochenta terabytes— llegó la Policía nicaragüense, pero se logró in extremis que pasara a la Universidad de Tulane [en Louisiana, Estados Unidos]. La UCR firmó un acuerdo con Tulane para obtener una copia, pero el gran problema es la parte que no está digitalizada, que es como el sesenta por ciento.

Me alarma lo que esta gente puede hacer. Sobre todo Rosario Murillo, que se las da de intelectual y está completamente loca. No quiero imaginar los daños que puede hacer en términos de depredación. Se corre el riesgo de que esa masa documental sea destruida o dispersada por la dictadura. Ahorita estamos en el proceso de ver cómo reconstruimos ese tejido de investigación y estudio de Nicaragua aquí en Costa Rica. Pero es una gran pérdida, lo del Instituto. Yo he pasado investigando ahí toda una vida.

Víctor Hugo Acuña, un destacado historiador de Centroamérica, es catedrático y profesor emérito de la Universidad de Costa Rica. Foto de El Faro: Cortesía.
Víctor Hugo Acuña, un destacado historiador de Centroamérica, es catedrático y profesor emérito de la Universidad de Costa Rica. Foto de El Faro: Cortesía.

Nicaragua cierra universidades, en El Salvador Bukele arremete contra la UCA, en Guatemala la USAC está cooptada…  Incluso la Ivy League de Estados Unidos es foco de confrontación política. ¿La academia es el nuevo campo de batalla político?
Totalmente. En Centroamérica los regímenes autoritarios han encontrado una forma muy eficaz de simplemente cerrar las universidades, acosarlas o arremeter contra ellas. Según entiendo, Bukele ya va contra la autonomía universitaria de la UES. En Nicaragua la libertad de cátedra ya murió y la UNAN es una especie de departamento de propaganda del régimen. Yo pertenezco a cuatro iniciativas que tienen como prioridad luchar contra el autoritarismo en Centroamérica. Para la academia es una cuestión de sobrevivencia. 

Aquí en Costa Rica somos atacados por los cristianos de extrema derecha que dicen que somos propagandistas de la ideología de género. Hay un kulturkampf, una lucha cultural que por ahora vamos perdiendo, sobre los derechos reproductivos. Todas las conquistas de las mujeres, o el matrimonio igualitario, están en riesgo. Nuestro gran desafío es cuánto podemos conquistar en la población una nueva adhesión a la democracia y los derechos humanos. Ese es nuestro desafío. Estamos jodidos, pero peleando duro.

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