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El Ágora

Poeta Javier Zamora: “A la poesía estadounidense se le ha olvidado sufrir por otros países”

Javier Zamora es un poeta salvadoreño que reside sin papeles desde hace 17 años en los Estados Unidos y ha sido catalogado como una de las voces jóvenes más importantes del momento por The Poetry Foundation y Best New Poets. Nació en 1990 en San Luis Herradura, un municipio costero del departamento de La Paz, y a los nueve años migró por tierra hacia los Estados Unidos, para reunirse con sus padres.

 

 
 

Javier Zamora, poeta salvadoreño, junto a un mural con el rostro de Monseñor Romero. Foto cortesía de Javier Zamora.
 
Javier Zamora, poeta salvadoreño, junto a un mural con el rostro de Monseñor Romero. Foto cortesía de Javier Zamora.

Comenzó a escribir por Pablo Neruda y Roque Dalton —en su torso, un tatuaje presume el "Como tú" de Poemas Clandestinos: yo como tú, amo el amor, la vida, el dulce encanto de las cosas—. Pero antes de escritor fue niño, uno que vivió con su abuela en un cantón costero de San Luis La Herradura, departamento de La Paz, hasta que le fue anunciado, a la edad de nueve años, que tendría que emprender un viaje largo y difícil para encontrarse con sus padres, que lo esperaban en un país cuyo idioma e historia él desconocía. Algo perdió Javier entonces y volvió a encontrarlo más tarde, cuando tenía 17 años y una maestra llegó a su clase con "Veinte poemas de amor y una canción desesperada". Fue la primera vez que él leyó poesía, que vio poesía en español traducida al inglés, que conoció a uno de los poetas más importantes de la vanguardia latinoamericana.

Poco después escribió en Google "poetas salvadoreños", intentando descubrir alguna conexión con la tierra en la que había nacido. Encontró a Roque Dalton. Zamora inició un viaje en la poesía que ahora, a sus 26 años, le da frutos para él valiosos: recién participó en la conferencia anual de la Association of Writers and Writing Programs (AWP) en Los Ángeles, California, donde lideró mesas sobre literatura salvadoreña, diáspora y posguerra centroamericana. Editorial Kalina acababa de publicar varios de sus poemas como parte de la antología bilingüe "Teatro bajo mi piel", que reúne poetas salvadoreños radicados fuera del país. Editorial Kalina fue la única editorial salvadoreña presente en la AWP. La AWP es la conferencia literaria más grande de Estados Unidos y convoca a más de 12 mil personas en 550 mesas de lectura o discusión sobre la escena literaria estadounidense. 

En 2009, dos años después de haber conocido a Neruda, Zamora publicó un "chapbook" titulado "Nueve años inmigrantes" (título en español, aunque la mayoría de los poemas son en inglés). Un "chapbook", en la industria editorial estadounidense, es una breve colección de poemas, no mayor a 40 páginas. La editorial Copper Canyon Press, dedicada a difundir a poetas jóvenes de gran peso, publicará en 2018 su libro de mayor extensión. La misma editorial publicó a inicios de 2016 al vietnamita Ocean Voung, descrito por The New Yorker como el que reparará el idioma inglés con poesía. Copper Canyon Press publicó la traducción al inglés de la poesía de Pablo Neruda y Octavio Paz hace un par de décadas.

Zamora obtuvo en 2014 el fellowship del Fondo Nacional para las Artes (National Endowment for the Arts), que entrega a 25 artistas de todo Estados Unidos la cantidad de 25 mil dólares, como reconocimiento a la carrera artística hecha o por hacer. Javier Zamora es el segundo poeta más joven en recibirlo (a los 24 años). El primer inmigrante salvadoreño. El primero sin papeles. 

El primer libro de Zamora habla de lo que habla toda su poesía: crecer sin sus padres, crecer con sus abuelos, migrar por tierra y sin compañía a los nueve años. Pero Zamora dice que es un libro que ya no le gusta. Los llama "poemas infantiles", dice que responden a una etapa en la que él aprendió qué eran las palabras y las metáforas. Cuando se le pregunta qué provocó ese antes y después en la apreciación de su poesía, contesta una sola cosa: los programas de escritura creativa.

Después de licenciarse en historia latinoamericana, decidió pedir cupo en un programa de escritura creativa, conocido como Master in Fine Arts (MFA). Los hay en todo Estados Unidos y son, de hecho, un boom reciente en la educación superior. Las universidades descubrieron cierto interés de las personas para aprender a escribir y abrieron MFA con especialidad en ficción o poesía. Para un país como El Salvador, donde no existe formación sistemática en literatura, estudiar un posgrado en poesía suena bastante fuera de lugar. Zamora lo hizo.

No fue fácil: el mundo de los MFA es caro. Zamora cuenta que muchos de sus compañeros tuvieron dos empleos o aplicaron a financiamientos que tardarán muchos años en pagar. "Hay que ser francos: la poesía no da frutos monetariamente". Sin embargo, año con año el número de estudiantes que buscan un MFA sigue creciendo. La gente quiere estudiar para escribir. Javier Zamora fue el único de su generación en New York University (NYU) que no pagó nada. Estudió con una beca. 

Pero Zamora aclara que el mundo de los MFA es más difícil para la gente de origen hispano. La academia estadounidense, para él, tiene un serio problema de diversidad. "A la gente latina le va muy mal, nuestros poemas son criticados de forma diferente. El tema de diversidad y raza no existe para los blancos, que creen que no importa la vida de la gente que no tiene su mismo color de piel. La realidad es que en este mundo sí importa el color de la piel", dice Zamora.

Cuando comenzó a leer más poetas estadounidenses, los que llamaron su atención fueron Yusef Komunyakaa, Sharon Olds y Charles Simic. Los tres estaban en Nueva York como maestros del programa al que aplicó. Zamora envió solicitudes también a otras dos universidades, las que tienen los dos mejores programas de poesía en el país: la Universidad de Texas en Austin y la Universidad de Michigan. Ambas becas ofrecen más de 30 mil dólares al año, pero Zamora las rechazó porque "esas universidades están llenas de gente blanca, los maestros son blancos y para mí la diversidad es muy importante. Yo quería la escuela de Nueva York porque Charles Simic abandonó Yugoslavia cuando tenía 14 años y tenemos eso en común, Komunyakaa es afroamericano y Sharon Olds fue de las primeras mujeres que comenzó a escribir sobre su cuerpo, sobre ser mujer acá en Estados Unidos", aclara.

Pero, ¿hay MFA mejores que otros? Un ránking de MFA, descontinuado hace dos años, consideraba siempre tres aspectos: el funding (financiamiento), la ubicación geográfica y el prestigio (la historia de la universidad, los escritores que han surgido de ahí y los que ahora están enseñando, etcétera). Pero en materia de becas, lo que más importa es el funding. El de Austin, Texas, ofrece 32 mil dólares al año, por tres años, a un escritor. Otros como el de la Universidad de Michigan o St. Louis, dan 30 mil al año. "¿Te imaginás eso para un escritor salvadoreño?", dice Zamora.

Zamora consiguió vivir en Nueva York por tres años, rodeado de poetas ganadores de Premios Pulitzer, grandes maestros y otros colegas emergentes que, como él, representan países con conflictos. Pero algo lo diferencia de todos ellos: Javier Zamora no tiene papeles. No tiene una Green Card. No es un ciudadano legal de los Estados Unidos. Pudo pagar su licenciatura gracias a una recaudación de fondos que hizo su entrenador de fútbol en el condado donde vivía. Un condado lleno de gente blanca al norte de San Francisco, California. 

Esta entrevista es un primer intento de conectar a un poeta que, aunque escribe en inglés y se mueve en la escena de la poesía estadounidense, representa un imaginario salvadoreño cargado de nostalgia, violencia, migración y una cansada búsqueda de identidad. Javier habla de su carrera como poeta, de las dificultades del mundo literario en Estados Unidos y de sus deseos de volver, de ser leído por sus compatriotas. Además, revela sutilmente sus posturas políticas: la poesía estadounidense, como la sociedad misma, está plagada de racismo y exclusión. 

Leny Rivera, muralista de origen latinoamericano radicado en Nueva York, pinta en las paredes del Teatro Municipal
 
Leny Rivera, muralista de origen latinoamericano radicado en Nueva York, pinta en las paredes del Teatro Municipal "Roque Dalton" un mural basado en un poema de Javier Zamora.

Pude leer "Nueve años inmigrantes", tu primera colección de poemas, y es notorio el valor que le has dado a tu infancia como recurso literario. ¿Por qué creés que tu infancia es tan importante en tu poesía?
Porque me dolió mucho. Mi más vieja memoria es a los tres años. No recuerdo cuando mi papá se fue, pero se volvió un mito en el cantón en que nací. Él se fue de madrugada (siempre se van de madrugada) y yo lo seguí. Él no se dio cuenta. Como de año y medio, me fui caminando detrás de él. Caminé hasta la carretera principal detrás de él, a través de un campo de maíz y de frijoles. Mi mamá no me encontraba. Él se fue y yo esperé hasta que me encontraron. Cuando crecí, ya la gente me contaba esa historia, pero yo no me acuerdo. Mi mamá se fue cuando yo tenía cuatro años. Me acuerdo porque dormíamos juntos. Me dijo: "Ya me voy, pero voy a regresar" y se fue de madrugada. Yo crecí con mis abuelos. Uno de niño vive esperanzado en que van a regresar. Para mí todos esos años fueron los más felices, de los seis a los nueve.

¿Por qué se vinieron tus papás a Estados Unidos?
Mi papá era el último de 17 hermanos. A un hermano de él lo desaparecieron en la guerra. Le metieron cosas, le inyectaron drogas, desapareció. A la esposa de este hermano la violaron y la mataron en 1980. Pero al mismo tiempo, mi papá tenía hermanos que eran soldados, uno fue francotirador y anduvo hasta con el presidente. Tres tíos míos sirvieron en el ejército. El mayor de los hermanos fue un gran guerrillero. Pero el pueblo era más de derecha, estaba lleno de soldados. Entonces mi papá se fue en medio de todo eso, lleno de deudas y otros problemas. Ellos tenían 18 años, estaban saliendo de bachillerato. No pensaron que la guerra iba a terminar. Entonces mi papá se vino en 1991. Mi abuelo era militar también. Mi abuelo trajo la guerra a la casa y nos dio mala vida. Era muy machista. Se las desquitó con sus tres hijas. Por eso mi mamá también se vino. Mi papá la ayudó. Tengo recuerdos de ver a mi abuelo llegar a las 2 de la madrugada, borracho, a darle "riata" a mi abuela, a sacar su pistola y disparar al aire. Mi abuelo dejó de tomar cuando yo tenía seis años. Fueron, entonces, mis años más felices.

¿Cómo fue el camino tuyo hacia Estados Unidos?
Lo recuerdo y no lo recuerdo. Yo quería viajar porque veía "Amigos" (Friends) en la televisión. Yo nunca había viajado fuera de mi pueblo La Herradura. Fui a Zacatecoluca varias veces. A San Salvador fui unas cinco veces. Éramos pobres, no podíamos ir cuando quisiéramos. Entonces cuando me dijeron que yo me iba, yo estaba alegre. A los nueve años me gustaba la telenovela mexicana "Luz Clarita". Cuando nos dieron la ruta del camino y nos dijeron que iba a pasar por México y tal vez por Acapulco, ¡donde está Luz Clarita, ahí voy a andar yo! ¡Tal vez la conozco! Para entonces había que pedir permiso para ir a Guatemala y te daban 15 días. Era bien difícil, entonces mi abuelo me dejó en la frontera con Guatemala. Ahí esperamos otros 15 días un bus. Éramos yo, una señora con su hija pequeña, un pandillero que le decían "el chino", otro de mi pueblo que se llamaba Marcelo y otro bicho chele de San Salvador que se me olvidó el nombre. Éramos seis.

¿No suena como el inicio de un viaje bonito?
Hubo complicaciones. El coyote se tardó más. Pasamos por una playa que se llama "Los cocos", entre México y Guatemala. Tomamos un bote. Dos lanchas hasta Oaxaca. 20 horas en el agua se sintieron como dos semanas porque pasó que los dos botes anteriores se hundieron, cada lancha andaba como 20 personas. ¡Era lo mismo que en Siria, pero con salvadoreños! La gente vomitaba, lloraba. Yo no tenía a mis papás, no tenía a mis abuelos. Solo me acompañaba la fe de que iba a ver a mis papás. Yo no comprendía que ese camino también lo habían hecho ellos. Todavía tenía la inocencia de apreciar la naturaleza sin conocer el peligro en el que estaba. En mis recuerdos no hay solo cosas feas. Esa fue la primera vez que yo vi delfines. ¡Delfines saltando, pescados voladores que hasta se subían a la lancha! Llegamos al final a una playa que ni te imaginás. La mejor playa del mundo. Pero lo primero que nos pasó en Oaxaca es que nos asaltaron los policías mexicanos. Esa fue la primera vez que me apuntaron con una pistola. A todo eso mis papás no sabían nada de mí. Yo no volví a ver al coyote hasta llegar a Sonora. Él era mexicano. Pasamos por Acapulco, Guadalajara, Tepic, Sinaloa, Hermosillo, Nogales y no sé dónde más. De ahí los recuerdos son más borrosos. Dos meses nos tomó. Y eso que antes era más fácil.

¿Cómo fue la llegada?
Al cruzar la frontera ya éramos como 40 personas. Conocí colombianos, cubanos, de todas partes, que venían a los Estados Unidos, algunos no sabían ni a dónde. En esos tiempos, lo que hacían era tirarnos al desierto de Sonora. Tres veces me tocó, porque la migra nos encontró y esa fue la segunda vez que me apuntaron con una pistola. De ahí, quedamos tres, la mamá, el chino y yo. Los demás a saber, porque ya en el desierto la mara solo corre. Llevábamos tres días en el desierto. El chino me protegió las veces que me agarraron. Luego nos llevaron a la cárcel. A mí por ser menor de edad me dejaron salir. Me dejaron ir después de unas horas. Me fueron a tirar a la frontera con México, de nuevo.

¿Y luego?
La segunda vez nos tardamos cinco días porque el pollero se perdió. No teníamos agua ni comida. El grupo se separó de nuevo, ¡a saber qué pasó con ellos! Nosotros encontramos un rancho y esa fue la tercera vez que me apuntaron una shotgun. Era un blanco de Arizona que nos dejó tomar agua, pero no nos dejó ir. Llamó a la migra. La migra llegó y el que llegó hablaba español. No nos llevó a la cárcel, nos fue a tirar a la frontera y nos dijo: "Cuídense, sé que lo van a hacer otra vez, descansen, recupérense y traigan más agua". A la tercera ya cruzamos. Fue un 10 de junio de 1999.

¿Y al cruzar dónde te esperaban?
Me hicieron que me memorizara el número de ellos. Era el 415 454 4629. Llamo y ese número no existe. Pero todavía lo recuerdo. Los contactaron y nos reunimos en Phoenix. Mis papás se pusieron a llorar porque yo olía a orín y mierda. Me llevaron a Ross (un almacén) a comprarme ropa y zapatos. Mi mamá me bañó en un lavamanos.

¿Te gusta este país?
Sí y no. Yo reconozco que el país que prefiero ya no existe. Todo niño extraña su tierra de infancia. Es por eso que todavía quiero regresar, pero no soy tan dundo para pensar que las cosas son lo mismo. Allá hay mucho crimen. Reconozco que las cosas no son como antes, pero no me gusta este país porque si este país no fuese tan hechomierda con sus políticas y no hiciera mierda a países como el nuestro, entonces no tendríamos la obligación de irnos. Le preguntás a cualquier inmigrante, ¡nadie quiere dejar el país que uno conoce, donde uno creció! Nosotros lo dejamos porque tuvimos que dejarlo. Pero los hechosmierda no somos nosotros, aunque sí a veces, pero los hechosmierda son estos.

¿Un recuerdo feliz de El Salvador?
Ir a La Puntilla en la Costa del Sol para semana santa.

¿Un recuerdo feliz en Estados Unidos?
Jugar pelota. Por jugar fue que conocí muchas ciudades de Estados Unidos.

¿Color favorito?
Azul y blanco, por la bandera de El Salvador, por el mar.

¿Una canción?
Un misil en mi Placard, Soda Stéreo (versión MTV Umplugged). Cerati es el mejor cantautor de toda la historia de Latinoamérica.

Ahora contanos una anécdota bonita.
Mis amigos y yo hicimos un road trip de costa a costa por todo el país para darme mi despedida antes de irme a NYU. En carro nos fuimos desde San Francisco y pasamos por Nevada, Idaho, Wyoming, South Dakota, Minnesota, Wisconsin, Ohio, Pennsylvania y así hasta llegar a Nueva York. Todo en cinco días. El último día no dormimos nada. Hasta tuvimos un accidente, nos dimos vuelta y todo. Al siguiente día yo tenía mi primera clase en NYU.

¿Cómo fue cuando te dieron el fellowship del Fondo Nacional para las Artes?
El National Endowment for the Arts da cada dos años un premio en poesía y cada dos años en ficción. Todo el mundo mete su aplicación, manda sus obras (el requisito es tener al menos 30 páginas publicadas) y además mandar obra inédita. Ellos seleccionan a 25 artistas y yo fui el elegido a los 24 años. Soy el segundo más joven en recibirlo y el primer inmigrante indocumentado. No sé ni por qué me eligieron, me llamaron y yo creí que era una broma. Me puse a llorar. El premio son 25 mil dólares. Yo no soy ciudadano ni residente, sabía que iba a ser un problema para los trámites del premio. Me entrevistó un grupo de abogados que escucharon mi historia. Me contactaron y me quieren ayudar a aplicar a una visa que se llama "Extraordinary abilities" que es para artistas y deportistas. Dicen que así podré tener una Green Card. ¡Jamás imaginé que por escribir me podrían salir los papeles!

¿Qué herramientas usás para escribir un poema?
Tres cosas: la primera es que toda mi poesía es personal. Yo escribo para sanar. He sufrido mucho y he tenido tiempos muy malos. La poesía me encontró y yo la necesitaba. Así que la uso para sanar, para recordar. Usualmente lo que me motiva a escribir es una línea de otro poema. No una imagen. Es una línea de un poema, la recojo y comienzo a jugar, a emular. Lo segundo es que veo muchos documentales sobre guerras. Me gusta la naturaleza y la guerra. Me gusta describir. Soy un poeta que describe lo que ve. La tercera es que escucho mucha música. Escucho mucha música en español y yo emulo el sonido, lo que me hace sentir y trato de traducirlo a palabras. No escribo pensando en figuras literarias. A la poesía estadounidense se le ha olvidado ser un poeta que sufre por otros países. El poeta debería estar en la vanguardia, ser político, hacer algo por la sociedad. Acá los poetas están bien alejados de la población, de la gente. Yo escribo de algo que ahorita importa: ser inmigrante en este país. 

¿Por qué creés que la poesía estadounidense está interesada en tu trabajo?
Por lo que está pasando políticamente en este país. Soy bien suertudo. Todo se ha puesto de mi lado. He ido al programa adecuado, viví en Nueva York y conocí gente, poetas que me ayudaron a encontrar mi voz. Yo digo que la poesía cuenta cosas. Lo estético de la poesía estadounidense es que cuenta cosas. La poesía está regresando a sus inicios de contar. A la gente le gustan mis poemas. Cuentan algo y suenan, tienen su sonido. Creo que estoy haciendo la poesía que me gusta leer, la que quiero dar.

¿Creés que es importante escribirlo en inglés?
Es importante porque hablás en el lenguaje del imperio.

¿Para quién escribís?
Sueño con que escribo para los hijos de los salvadoreños que vinieron aquí queriendo olvidar lo que pasó. Muchos salvadoreños acá no saben que hubo una guerra, ni de qué lado de la guerra estuvieron sus padres. La migración salvadoreña sigue y va a seguir porque estamos hechosmierda. Los que vengan y los hijos de los que vengan van a hablar inglés. Para ellos escribo.

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Puede leer aquí un poema inédito de Javier Zamora, titulado "El Salvador".

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