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Especial Romero

Monseñor no es un santo de palo

Héctor Dada Hirezi

 
 

“Es necesario, pues, que la pacificación, los hijos de la paz, los hijos de

Dios que trabajan por un mundo mejor, se inspiren no en la violencia,

tampoco en la no violencia no cristiana, sino en una paz que es fecunda,

que exige el cumplimiento del derecho, que exige el respeto a la

dignidad humana, que no se conforman nunca con no tener problemas

con quienes atropellan estos grandes derechos de la humanidad”.

(Homilía del 3 de julio de 1977).

Escribo estas líneas a un año exacto de la beatificación de nuestro arzobispo mártir, Óscar Arnulfo Romero Galdámez. La mayoría le llama simplemente Monseñor, quizá porque ven en él al más acabado modelo de lo que debe ser una persona a la que el Señor ha llamado para que conduzca a su grey, conforme a la aplicación del Evangelio a la realidad concreta que vive la sociedad en la que la Iglesia de Dios está inmersa. He comenzado citando una frase de una homilía – como se pudiera haber escogido muchas más – en la que el testigo del Evangelio nos señala con claridad que la paz no puede ser confundida con la ausencia de “problemas”, si esta se logra a costa de guardar silencio sobre la injusticia y la opresión, sobre la dignidad humana. Y esto por una razón muy simple: nuestra dignidad humana proviene de que somos creados por Dios a su imagen y semejanza, como dice el Génesis. Su predicación fue motivo de “problemas” en una sociedad en la que la injusticia y la opresión creaban condiciones sociales que ya superaban la paciencia de un pueblo acostumbrado a soportar condiciones muy difíciles; si bien muchos de los “marginados, los que están en la periferia” – como dice Francisco – recibieron el mensaje con alegría, con la convicción de que la palabra del profeta era iluminada por el espíritu de Dios, no faltaron quienes – muchas veces sin siquiera conocer el contenido de su mensaje – consideraron su palabra como creadora de conflictos, como carente de sentido pastoral, inmiscuyendo a la Iglesia en cuestiones que no le correspondían (cualquier semejanza al juicio contra Jesús de Nazaret no es casual).

Un año atrás, Roma habló definitivamente. Previo a la beatificación, ya el Cardenal Ratzinger – entonces a cargo de la Congregación de la Fe en el Vaticano – había comprobado que su predicación y su acción pastoral no contenían nada que no fuera conforme a la palabra del Señor y a la línea de la Iglesia Católica (no por capricho el lema de Monseñor Romero era Sentir con la Iglesia); y luego, Juan Pablo II lo había incluido en una mención de los mártires de la Iglesia en el siglo XX. Si bien la beatificación no es la generación de una situación, sino el reconocimiento oficial de la fidelidad al Señor de una persona, para muchos la palabra oficial de la Iglesia llevó a la necesidad de reflexionar más seriamente sobre quién en verdad fue ese obispo que merece una elevación a los altares (a Romero ya muchos llamaban “el Santo de América, como lo había denominado Monseñor Casaldáliga poco después de su muerte). No pocos que ayer rechazaban la figura del mártir – algunos hasta su calidad de cristiano, su fe misma – aparecieron acompañando la ceremonia, y aun hablando de la obligación de revisar lo que ellos habían sostenido.

Para quienes tuvimos el privilegio de conocerlo, que pudimos constatar su fidelidad al Evangelio y a su misión pastoral, que compartimos con él una profunda preocupación por el logro de una verdadera paz en nuestro país, no es poca cosa que se haya reducido el nivel de polémica sobre Monseñor. Pero no podemos dejar de visualizar un problema que puede reducir la visión sobre el sentido de su entrega que lo llevó a sufrir un cruel asesinato; que llevó a un hombre de paz, a un hombre que predicaba el amor evangélico, a ser víctima del odio de quienes están dispuestos a defender privilegios aún a costa de los derechos de las mayorías, que no descartan violar la dignidad de muchos seres humanos en aras de sus intereses y de su ansia de poder, que no son capaces de vivir el sentido de la fraternidad cristiana pese a decirse seguidores de Jesús de Nazaret. Ese riesgo es el de convertir a Romero en “un santo de palo”, en un mártir del pasado que no le dice nada al presente, que se hunde en la desmemoria tradicional de nosotros los salvadoreños.

A Romero, por supuesto, hay que venerarlo como se hace con todos los que han sido reconocidos como santos o beatos. Hay que pedirles su intercesión ante el Padre. Pero sobre todo hay que conocer su mensaje de profeta, su exigencia de utilizar la palabra de Dios para definir un verdadero compromiso con la paz y la justicia en una sociedad que logró el silencio de las armas de la guerra civil, pero no ha disminuido ni la injusticia de la inequidad extrema, ni la marginación de sectores importantes de la población. La palabra de Romero es una palabra actual, que nos exige compromiso, que nos recuerda que no hay vida de acuerdo al Evangelio que sea compatible con la violación de la dignidad de los hijos de Dios, con la tolerancia hacia quienes “ atropellan estos grandes derechos de la humanidad”. Y para quienes no creen en Cristo Jesús, pero se preocupan de la fraternidad humana, la palabra de Monseñor nos recuerda que la paz es algo más que el cese de la guerra, que no hay paz sin justicia y equidad, que no es legítimo fundar los privilegios de unos pocos en las miserias de muchos; y nos llama a todos, cristianos y no cristianos, a entregarnos al esfuerzo del logro de la verdadera paz para construir una patria para todos, en la que reine la fraternidad.

En nuestro país el reconocimiento a quienes se entregaron por su pueblo no es la norma. Nuestra falta de sentido histórico – aunque la realidad nos obligue a vivir dentro de una historia muy específica – nos lleva a dejar en el olvido a personas que nos han dado ejemplo de entrega, de desprendimiento, de estar dispuestas a todo por ser coherentes con lo que piensan, con lo que creen. Que el recuerdo de Romero y de su palabra, de la lectura de ésta a partir de la realidad de ayer pero sobre todo de la actual, manteniéndola viva, no sólo nos lleve al compromiso de trabajar por un país mejor, sino también nos ayude a rescatar del olvido a quienes merecen ser reconocidos; su memoria nos ayudará a levantar nuestra dignidad como pueblo y a darnos fuerzas para el compromiso.

*Héctor Dada Hirezi es economista. Fue ministro de Economía durante el gobierno de Mauricio Funes y diputado en los periodos 1966-1970 y 2003-2012. También fue Canciller de la República después del golpe de Estado de 1979 y miembro de la Junta Revolucionaria de Gobierno entre enero y marzo de 1980. 


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