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Opinión

Los regalos de Marcela Zamora

 
 

No es mucho lo que tengo para darte, mirá…
Fito Paez. Tus regalos deberían de llegar

En este país hay muchas cosas que de las que no se habla. Es una especie de pacto social. Violencia en la familia, engaños, abusos, pequeños robos, corrupción, mentiras. Silencio es la consigna de la vida cotidiana, aunque un murmullo irrumpa de pronto. En el fondo, el lema que ahora se pinta en algunos territorios del país no es nuevo: “ver, oír y callar” refleja más a este El Salvador que cierto “unámonos para crecer” que la propaganda repite. Sin embargo, como en un contrapunto, en este país de las miradas, las escuchas, los silencios, surgen de pronto voces que nos devuelven a lo fundamental. Esto es lo que pasó el miércoles 11 de mayo, con el estreno de Los ofendidos, el nuevo documental de Marcela Zamora.

"A mis 33 años, mi madre me contó que mi padre, durante la guerra civil salvadoreña, había sido capturado y torturado”, dice Marcela. “Dos años más tarde tuve el valor para preguntarle sobre esos días a él y a otros hombres y mujeres que habían sufrido su suerte”. Sobre esto va la historia: una hija que confronta a su padre y desde su mirada pregunta a un país entero.

El trabajo de Marcela ofrece mucho, muestra a esta documentalista salvadoreña cada vez más madura, aunque el estilo que la ha caracterizado permanece y se reconoce para quienes han seguido su filmografía. Cada espectador encontrará sus propias resonancias. Señalo ahora tres regalos que yo recogí mientras mi memoria volvía una y otra vez a esa larguísima década de 1980.

El primer regalo tiene que ver con la pregunta. Marcela consigue romper un incómodo silencio que con mil excusas hemos mantenido. Nos permite avanzar en esa terapia larguísima de sanar nuestra nación de violencias y heridas. Nos hace nombrar, recordar, decir, señalar de nuevo cosas que sabíamos a medias, nombres que estaban en el libro amarillo, historias murmuradas que de pronto se dicen en voz alta. Pregunta al general Munguía Payés, pregunta a su padre, pregunta al torturador, pregunta a los torturados. Y sus respuestas se escuchan alto, en un cine comercial con un lleno de tres salas en el día de estreno.

El segundo regalo es que Marcela consigue colocarnos de nuevo ante lo que Hannah Arendt llamó hace algunos años la banalidad del mal. Arendt usó esa frase para describir la actitud encarnada por Adolf Eichmann, un oficial nazi responsable de trasladar judíos a los campos de concentración que en sus declaraciones insistió que “simplemente seguía órdenes”. Eichmann parecía un ciudadano común y corriente, como el torturador de Los ofendidos. Aunque el personaje tiene el rostro tapado, relata con tranquilidad los sucesos que pasaron en las celdas clandestinas. Invoca a Dios en varios momentos, agradece que el papá de Marcela continúe con vida. Es, en su ropa, sus gestos, sus frases, una persona común y corriente; y que sin embargo, con esa misma sencillez, admite que dejó morir personas, que las torturó, las vio padecer hambre o sumirse en la desesperación sin hacer nunca nada, porque esas eran las órdenes. En ningún momento se siente culpable. Cuánto podemos entender de la violencia cuando vamos más allá de la condena para preguntar por las razones, para explorar lo que Paul Ricoeur llama esas estructuras de lo terrible.

El tercer regalo es para mí el más hermoso y lo llamaré las profundidades de la esperanza. Es muy fácil caer en la desesperanza en este país, y lo es todavía más cuando nos adentramos en temas como la memoria, o la violencia, la desigualdad o la corrupción. Por todas partes tenemos ejemplos para volvernos cínicos. Y sin embargo, Marcela nos presenta a Romagoza, un médico torturado que no se regodea en su dolor, sino que mira la cámara e insiste que no lo han vencido, que no han ganado los que querían doblarlo. Romagoza sufrió torturas indecibles, dolorosas, brutales. Sin embargo, muchos años después de su tortura, Romagoza encuentra a su torturador en la consulta médica y lo ayuda a sanar. Y esa es, quizá, -como rendija de luz que se cuela por nuestra ventana- la salida que buscamos. También de eso estamos hechos, no solo de dolor, violencias y cinismo. Existen muchas personas en este país como este médico. Con una generosidad que puede hacernos llorar de emoción, porque esos salvadoreños, los que no salen en el periódico, son los nunca derrotados, los que perdonan, los verdaderos sabios. Ellos son, como recita conmovido Rubén Zamora “mis compatriotas, mis hermanos”.

Gracias, Marcela… guardo tus regalos, que son también, en mucho, los regalos de nuestra querida María Esther. Y lo sabemos.

*Amparo Marroquín Parducci es profesora e investigadora en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Estudió comunicación en la UCA de El Salvador y en el ITESO, en Guadalajara, México. Se ha interesado en revisar la manera como las identidades, las culturas y las narrativas en los medios de comunicación han cambiado a partir del protagonismo de los procesos migratorios, y de las formas como se nombran las violencias en particular, aquellos que iniciaron en la década de 1990.


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