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El Ágora

Con Martín Caparrós en los tribunales de San Salvador

Una mañana en los tribunales del país más violento del mundo da para encontrarse con muchas de las peculiaridades de El Salvador. Este es el relato de la visita del cronista Martín Caparrós a los tribunales del Isidro Menéndez, reino de la impunidad, las audiencias suspendidas y los testigos protegidos que todos saben quienes son.

 
 

Martín Caparrós, durante el conversatorio que sostuvo con el periodista de El Faro Óscar Martínez, en el cierre del Foro Centroamericano de Periodismo, el pasado 14 de mayo. Foto: Enrique Alarcón / El Faro

Martín Caparrós, durante el conversatorio que sostuvo con el periodista de El Faro Óscar Martínez, en el cierre del Foro Centroamericano de Periodismo, el pasado 14 de mayo. Foto: Enrique Alarcón / El Faro

Martín Caparrós tuvo que demostrar tres veces que era periodista la mañana de un viernes 13, en los tribunales de San Salvador, un complejo de tres edificios ubicado en el centro capitalino, donde ocurren los juicios más importantes del país en materia penal. En la entrada, un policía le pidió un autógrafo. No sobre uno de los 30 libros que Caparrós ha escrito, como se lo pidió una mujer durante el almuerzo de ese día, sino sobre el libro de visitas a tribunales. Minutos después, un agente de seguridad le pidió su credencial para dejarlo pasar al edificio de las salas de audiencia y otro agente se la pidió durante una audiencia. En este lado de la ciudad es más fácil encontrar candidatos a personajes de Caparrós que aficionados al autor argentino.

Caparrós, licenciado en historia, escribió El Hambre, un ambicioso libro que retrata el vergonzoso problema de una plaga tan evitable como el hambre en el mundo. El Hambre ya tiene 15 traducciones y hace poco ganó el premio Tiziano Terzani en Italia, pero Caparrós "hace mohines de pudor cada vez que se lo recuerdan", como escriben en La Nación. Dirigió revistas y alguna vez fue subdirector de un periódico, aunque piensa que nadie sabe nunca cuál es el trabajo de un subdirector. "Empezó a hacer crónicas para viajar y luego viajó para hacer crónicas", cuenta la Revista Anfibia. Es maestro de la Fundación que Gabriel García Márquez creó para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). Durante el Foro Centroamericano de Periodismo, que El Faro organizó por sexta vez, Caparrós dictó un taller sobre crónica en San Salvador. Después de oír a algunos de sus alumnos hablar de cómo son los tribunales del país más violento del mundo, quiso conocer...

Por eso, un viernes 13, después de pasar a los vigilantes, entramos a uno de los ascensores del centro judicial. Cuatro pisos más arriba, el secretario del Tribunal de Sentencia de Santa Tecla dictaba una jerigonza inentendible.

—...El oficio P D C D F con fecha 18 de enero de 2016 cero cero tres ocho ocho ocho...

Si hay un lugar que asemeje la cancha polvosa en la que todos patean una pelota por primera vez, para mí, mi cancha periodística, es este centro judicial.

— ...un acta del 16 de diciembre de 2012 número tres dos tres tres dos cinco...

Pensé que estar ahí con Caparrós  solo era comparable a jugar fútbol en la cancha polvosa de mi barrio. Excepto que esta vez, yo había llegado con Messi.

— … un oficio firmado por Howard Augusto Cotto Castaneda, director de la Policía para realizar un registro con prevención de allanamiento…

Hablaba el secretario del juez Delfino Parrila. En el sistema judicial salvadoreño, al que constantemente se le reclama depuración, Parrilla es un estereotipo. Quiere ser magistrado siempre que la Corte abre vacantes, por ley cada tres años. Sin perjuicio que la Corte Suprema lo investiga por 19 denuncias, incluido un caso en que lo acusaron de favorecer a unos empresarios de baterías de carros que contaminaron un pueblo -7,200 personas- con plomo.

Llegamos a la sala del dictado ininteligible después de entrar y salir de una decena de salas en el edificio de audiencias del "Isidro", como le llamamos coloquialmente los visitantes asiduos. El recorrido sirvió para entender cómo no se imparte justicia en este país. En una de las salas, una fiscal pidió suspender un caso de extorsión porque sus testigos- policías aún no habían regresado de un operativo de la noche anterior. Luego, un cuarto vacío. Y en otro, una exhuberante secretaria de juzgado, más de 40 años y ataviada con un vestido de color amarillo-canario, volteó a ver con sobresalto a Caparrós y lo saludó efusiva. Él lo negará con vehemencia, pero ella le coqueteó al hombre con bigote de Monopoly.  Y luego otro cuarto vacío.

Estos tribunales suspenden, en promedio, la mitad de las audiencias que están programadas. ¿Por qué? No llegan los testigos, o los abogados, o los reos o el juez. De 28 audiencias en un día, se hacen once. Lo dijo un guardia de seguridad que carga un papel lleno de medias verdades: la agenda judicial del día.

Basta un rato en los tribunales para darse cuenta que este país tiene muchos grises, pese a que hay muchos que se empeñan en ver al país en negro y blanco, buenos y malos. Hay policías que cometen crímenes. Hay muchachos acusados de pandilleros que resulta que no lo son. El caso que juzgaba Parrilla era de un hombre capturado el año pasado con seis kilos de cocaína, en el parqueo de un supermercado. El hombre era policía y más interesante que como se llama es cómo le dicen: Veneno.

Testificaba la hermana de Veneno.  “Yo iba llegando a Bosques del Matazano en Soyapango, a las 7:30 de la mañana”. Y Caparrós se preguntó algo que quedó sin respuesta: ¿quién llega a su casa a esa hora en la mañana?

Aprendí que es importante hacerse preguntas para entender personas, no solo casos. Interrogar sin anteojeras, no como quien busca algo en concreto sino como quien quiere encontrar todo lo que pueda. Caparrós lo sabe bien. Cuando relató el juicio del asesinato de Roberto Villegas, un jugador de polo argentino, incluyó hasta cuántos goles de handicap en polo tenía Villegas. 

La mirada extrema de Caparrós vio la marca Aeropostale en la camiseta de un reo y recordó al Principito. Aeropostale, me explicó, es una compañía aérea que hizo Antoine de Saint Exupery. O se fijó en el reloj de Alejandro Suárez, un hombre de 40 años acusado de extorsión. Suárez mintió al juez Primero de Sentencia. Entre otras cosas porque dijo que ganaba $500 mensuales, tenía una camioneta Mitsubishi y vívía en la exclusiva zona de la Escalón. Las matemáticas no cuadran.

Uno de los abogados de Suárez le preguntó a Estebana, otra policía -testigo, cuántos casos ve en un mes. Estebana dijo que cinco y el abogado calculó que son 60 al año, los multiplicó por los seis años de experiencia de Estebana y dijo 366. Y Caparrós lo corrigió para sí inmediatamente: 360.

La testigo, para este juicio, acusó a Suárez de extorsión. Estaba detrás de un biombo y declaró con distorsionador de voz. Cuando empezó su testimonio, el distorsionador no funcionaba y todos la escuchamos. Aunque ese detalle es menor: el juicio contra Suárez es uno de estos casos disparatados con un testigo protegido que todo mundo sabe quienes son. Minutos antes de entrar, el abogado de Suárez me había dado las generales de la víctima, su edad, su ocupación. Minutos después de terminar el juicio, el propio Suárez nos dijo que había tenido “roces sentimentales” con su acusadora.

“Qué perverso es tener a una mujer declarando, con voz de hombre, que la han amenazado”, dijo Caparrós. Se incomodaba, a ratos, con la parsimonia de los empleados judiciales. No lo dijo, pero remataba sucesivamente la alpargata izquierda contra el piso. A cualquiera lo impacientan estos procesos. Pero nada peor para un cronista que escuchar la descripción seca que hizo la víctima de su extorsionador: un hombre trigueño, de pantalón negro.

Caparrós encuentra divertídisimo que “muchos periodistas suponen que la elegancia consiste en desechar la primera palabra que piensan para usar la segunda”. Por eso se reí cuando, en el juicio de Suárez, otro policía- testigo declaró que “tenía buen control visual del equipo uno”. En realidad, lo que el agente quería decir es que, en un operativo conformado por cuatro equipos de policías, él podía ver  a su compañera policía, que integraba el equipo uno.

Caparrós, cruzado de brazos, jugaba con su bigote como si fuera todo el tiempo un tipo serio. Como si no estuviera alarmado por la idea de que el estadio de su equipo, la Bombonera, ya no se use para que juegue Boca sino para que baile Beyoncé, por el proyecto de construcción de un nuevo estadio. Casualidades vitales, Caparrós se hizo de Boca porque, de chico, se encontró en un baño una revista en la que leyó que Boca había ganado el torneo.

Al argentino le tomó solo un rato hacer preguntas alternativas a las del fiscal del caso de Suárez. Un caso de extorsión casi siempre se resuelve en este país con una entrega controlada de dinero. Suárez fue capturado después que Estebana, la policía- testigo, le dio un sobre con un par de billetes de $5. Y Caparrós se preguntaba una y otra vez por qué el fiscal Victor García no preguntaba por el sobre o por los billetes. Después le contaré que el pobre de Víctor García tiene otros 719 expedientes en su oficina.

Algunas horas después, Caparrós reflexionaría sobre el sistema judicial salvadoreño. “...lo fácil y breve que resulta condenar a alguien en un caso como estos. Dos horas y el tipo se juega 10 años de cárcel. Si a mí me fueran a meter diez años de cárcel, quisiera molestar un poco más”, dijo. Pero de vuelta en esa sala de audiencias, Wilber Martínez, el abogado de Suárez, interrogaba a Estebana, la policía- testigo:

—¿Había que hacer una investigación?

—Sí

—¡Y no lo hizo?

—No, porque...

Martínez la interrumpió con el agradecimiento menos amable de la historia:

—Gracias, ya me contestó.

“Uy, este es más malo que el hambre”, dijo el autor de El Hambre.

*Este relato fue escrito para el taller de crónicas La mirada extrema, impartido por el maestro Martín Caparrós y la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. El taller se realizó en San Salvador entre el 11 y 14 de mayo en el marco del sexto Foro Centroamericano de Periodismo de El Faro. 

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