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Entre silencios y espectros

En su respuesta a la crítica de Carlos Gregorio López, Rafael Lara Martínez nos dice que “'Historia' es la memoria popular que ninguna ciencia social —por más exacta que sea— puede sustituir". El planteamiento de Lara Martínez es parte del debate que suscitó su obra sobre el papel de los intelectuales salvadoreños durante la dictadura del General Martínez.

Por Rafael Lara-Martínez *

 
 

Le agradezco a Carlos Gregorio López Bernal tomarse la molestia de leer mi obra —barroca y laberíntica— en fiel seguimiento de una tradición del ensayo que suele confundirse con el “paper” en boga.  Como el subtítulo lo indica, este objeto, “Del silencio y del olvido”, no es una “libro” —“ceci n’est pas une pipe” (Magritte).  Se reclama del legado “poético” del collage rulfiano y cubista, más que de una filiación totalizadora y libresca.  No hago “historia” sino que escribo “poética” (Aristóteles).

De ahí su subtítulo —“ensayos salarruerianos”— que solicita reconocer un estilo de la re-presentación del mundo que no se contenta con referirlo al índice directo, apuntando a la Cosa que nombra.  “Ensayo” implica tanteo y error de los instrumentos mismos —de la palabra y de la imagen— que reseñan el mundo, así como “ensayo” también pre-supone el mundo mismo.  Hay un vaivén entre el “hecho” y su mirada, entre la palabra y la Cosa.  Tal es un ensayo —no un resultado de conclusiones sin obstáculos— sino las peripecias de una trayectoria sesgada y compleja.

A Carlos Gregorio se lo agradezco, sinceramente, ya que mi cuestionamiento sobre el martinato cumple casi siete años cabalísticos.  Lo inicia Del dictado (2007), al interrogar la entrevista de Miguel Mármol (1966), que una inflación literaria de seis años de trabajo vuelve un libro (1972).  La continúan Balsamera de la guerra fría (2009), collage del arte y periodismo de los años treinta, Política de la cultura del martinato (2111/2113), crónica del “Pulgarcito de América”, arte y antropología de la misma década que enlazan el martinato a los intelectuales, a las artes plásticas del Istmo y al cardenismo  y ahora estos ensayos a manera de arte-factos a armar.  Sin explicitar esa trayectoria de documentación primaria —“necesaria”, pero “no siempre posible”— bien lo anota Carlos Gregorio, el “hacer la historia”, yo digo , el hacer la poética se vuelve “prejuiciado”.  A eso lo llamo “espectros”, al sustituir lo “necesario” por “lo no siempre posible”.  El pre-juicio ocupa el lugar del archivo; el indígena en pintura, el logos que rescato en las traducciones de Leonhard Schultze-Jena (2010) y María de Baratta (2012).

Con esta distinción —“historia” y “poética”— no invoco ninguna novedad; en cambio, prosigo la más arraigada idea aristotélica.  Convoco a los “espectros” derridianos que me exigen reemplazar las fuentes primarias de apoyo inicial al martinato por una culpabilidad que la historia europea llama “el síndrome de Vichy”.  Los hechos —la colaboración— los reescribe un punto terminal, 1944 y años subsiguientes, que corrige el pasado, tal cual la actuación de Salarrué y demás grupos teosóficos, intelectuales, en 1932.  Esta correlación del soldado y del letrado —fiel al capítulo 38 de El Quijote— se prolonga hasta el apoyo a los gobiernos de Osorio y Lemus (véanse: Centenario de Goethe y Matías Delgado (1933), cuño del término “política de la cultura” (Boletín de la Biblioteca Nacional 1933), al igual que “Carta al candidato” de Salarrué (La Prensa Gráfica, diciembre de 1955)).

I.

En cuanto a la polisemia, la inconstancia deriva de la palabra misma de historia que en castellano —la lengua que utilizamos al re-presentar el mundo— se presta a una pluralización —historias— la cual la emparienta a la narrativa e, incluso a la parodia, historietas.  “Historia” son los hechos mismos que carecen de representación y de palabra: el simple actuar.  En Aristóteles, “historia” es tanto la “historia propiamente dicha” —la “historia de los historiadores— como la “historia” que refiere a la poética, la cual practico en toda obra.

“Historia” es la memoria popular que ninguna ciencia social —por más exacta que sea— puede sustituir.  “Historia” es la “historia” de los Historiantes que la bailan según libretos orales o escritos.  “Historia” son las imágenes de las artes plásticas, pintura, escultura, etc. que transcriben un mundo de color distinto de la palabra impresa.  “Historia” es el tatuaje de los mareros, el cuerpo vivo escrito por los glifos de la experiencia.

La polisemia del término “historia” no podría ser más compleja.  Se trata de un asunto tan espinoso que al decir “hacer la historia” se ignora cuál “historia” refiere.  Es obvio que esta palabra resuena de manera radicalmente distinta en Carlos Gregorio y en mi persona.  De seguro, él piensa en la historia profesional, la de los historiadores.  Yo no, ya que invoco el archivo en el sentido derridiano y en el psicoanalítico de la escena primigenia.

Esta misma idea de interpretación múltiple guía mis comentarios que otras personas pueden enmarcar bajo un distinto ángulo de análisis, tal cual la legitimación “comunista”, teosófica y pacifista de la “matanza” (cita a continuación).  A otros lectores de proponer exégesis alternativas del pacifismo “comunista” contra el “levantamiento de venganza” (Salarrué, 1935).  Pero resulta intolerable la exigencia de borrar las fuentes primarias para inventar la verdad actual del pasado, según la culpa arrepentida de una colaboración a borrar.  Luego de Caralvá, reconozco en Carlos Gregorio, uno de los pocos comentaristas que no me pide destruir la documentación recopilada en este libro, para construir una verdad científica que legitime la memoria.

“Matan a sangre fría […] los peores asesinos. Por eso merecen condena eterna todos los hechos sangrientos hace algunos meses ejecutados por forajidos […] es una dolorosa equivocación creer que el comunismo se practica segando vidas y arrasando propiedades.  Esas doctrinas que tuvieron origen en el Sermón de la montaña, no son de destrucción sino de conservación […] Esto lo han ignorado […] nuestros campesinos por eso han delinquido […] y se dejaron llevar al sacrificio de su vida” (Eugenio Cuéllar cuyo cuento lo ilustra Pedro García V., quien diseña varios “cuentos de barro”. Cypactly, No. 17, 22 de junio de 1932;  la relación de Cuéllar con Salarrué queda a determinar, aun si su enlace visual resulta obvia en 1932 por ser el ilustrador común de sus escritos).

II.

Pero, pese a esa ambigüedad misma del término historia, hay un archivo que ninguna “imaginación” puede colmar.  Se trata de la recolección de la obra literaria paradigmática de El Salvador —Cuentos de barro (1933) de Salarrué y su recepción inmediata— la cual, a ochenta años de su edición príncipe, carece de un ejemplar completo.  Hay en esta obra un diálogo entre la palabra y la imagen, al igual que otro entre el autor y sus artistas contemporáneos.  Si esta recolección (logos)  la historia científica la juzga secundaria, la poética sería el verdadero a-lethe o des-encubrimiento, no de los hechos, sino de su re-presentación plástica y letrada.  La tesis derridiana resulta implacable.  La memoria histórica —la mía también— “tiene por vocación silenciosa borrar el archivo y empujarnos a la amnesia” (El mal de archivo).

Hacia la época, que los cuentos de barro y sus ilustraciones indigenistas sólo los lea y las contemple una audiencia reducida —menos de un veinte por ciento, según Carlos Gregorio— no les resta la importancia que poseen.  Se trata de  un “aleph” tan ínfimo de la materia que su infinitud lo proyectan Relaciones Exteriores, Turismo, Museos, estudios culturales, etc., desde la época hasta la actualidad.  Basta recordar que nuestro anfitrión —el Museo de la Palabra— edifica un verdadero monumento a tal migaja insignificante de la historia.

Por tal razón no cito libros de historia —la de los historiadores— ya que trabajo con un material que, por su silencio, casi sólo lo refieren las investigaciones literarias y del arte.   Hay de quince a veinte revistas culturales que la poética recobra del tachón que le impone la historia científica.  Desde Balsamera bajo la guerra fría, anoto que un lector de 1932 jamás abstraería las noticias de la insurrección, de los anuncios que las rodean.  Por ello, analizo tales anuncios y su visión masculinizante, la cual enmarca una perspectiva particular de los hechos sociales.

Por ello, un rubro vital de estos ensayos no lo constituye la colaboración entre el soldado y el letrado durante el martinato.  Lo despliegan los estudios de género que —como los anuncios que rodean las noticias de la revuelta— especifican una mirada viril.  Las obras literarias confirman tal punto de mira al hacer del varón el agente histórico por excelencia y de la mujer, el objeto sexual del deseo masculino.  En fidelidad al psicoanálisis, no hay historia completa sin mencionar la escena primordial del coito y el deseo de sus actores.  En términos poéticos, “esa huella primera de las cosas sin nombre, sin palabras siendo” —la cópula parental como escena primigenia de todo individuo— se llama historia sin represiones, esto es, sin los espectros que enturbien la razón analítica.  No sólo María Gertrudis y Rosa María testimonian el enlace entre derecho de pernada, abuso sexual y comunismo (El oso ruso (1944) de G. Alemán Bolaños y Ola roja (1948) de F. Machón Vilanova).  También “a cuerpo sano” de mujer, “mente sana” de hombre.  La negritud femenina —Gnarda, “una bella negra desnuda”— declara su injusto olvido ante la canonización del hombre blanco (Remotando el Uluán (1932) de Salarrué).  En breve, se trata de la feminización de la diferencia, en relación estrecha a los géneros liminales.

III.

Por último, la inutilidad de los archivos rescatados, sólo la justifica un siglo XXI —época de la comunicación de masas, del internet y la tecnología de información— cuya “política de la cultura” les niega a las más variadas instituciones gubernamentales los medios de expresión que el martinato y las dictaduras militares les otorgan.  Sin nostalgia, en la era pre-digital, Antropología, Biblioteca Nacional, Instrucción Pública, Turismo, Relaciones Exteriores, Universidad, etc. cuentan con revistas que hoy se juzgan innecesarias.  Ese “aleph” —“the matrix” ínfimo— sustituye lo real en el imaginario de una era del simulacro.  En un mundo anti-Magritte, el eco de una caverna me insinúa que lo real es su apariencia.  Su re-presentación plástica y letrada —José Mejía Vides, el Salarrué de Catleya luna (1974), etc.— reemplaza todo cuerpo sexuado, en deseo, y una lengua indígena, ajena al castellano.


 

* El Dr. Rafael Lara-Martínez, ganador del Premio Nacional de Cultura 2011, es profesor en el Tecnológico de Nuevo México. Obtuvo un doctorado en Lingüística en la Universidad de La Sorbona y es autor de numerosos libros y ensayos.


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