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Ser mujer en El Salvador

Magdalena Henríquez

 
 

Hace años, ser mujer no fue lo mejor que me pudo haber pasado. Soy la segunda de tres hermanas. Mi papá siempre me hizo sentir en deuda por el hecho de no ser varón. Nunca logré entender esa obsesión de mi papá, pero repasando cosas en mi mente he llegado a la conclusión de que él pensaba que las niñas venimos a ser una carga, nacemos y no valemos tanto como ellos. Como si ser niña fuera un problema y ser niño una solución. Nacimos niñas y eso es algo que nos cobró a sus tres hijas.

Crecí en un pueblo de La Libertad. Mi papá trabajaba en una hacienda y en las temporadas de las cortas de café se iba con mi mamá a las fincas o trabajaba en la zafra. En la casa éramos muchos, mis abuelos paternos, mis tíos, tías y nosotras. Nos cuenta mi mamá que a veces no tenía nada para darnos de comer y se iba donde una vecina a pedirle que le regalara sopa de frijoles para darnos con tortilla.

Desde muy pequeña tuve que soportar demasiada violencia. Me acuerdo de que mi papá golpeaba a mi mamá por todo y por nada. Ella nos ha contado que desde que tenían quince días de casados empezaron los golpes. A mi hermana mayor, cuando apenas había cumplido los seis meses, la golpeaba por llorar en la hamaca y no dormirse. No nos dejaba jugar, nos golpeaba hasta cansarse. Además, tenía una frase que solía decirnos y que en su momento no entendía: “sólo me falta la cinquera porque las putas ya las tengo”, nos decía. Yo tenía unos siete años cuando escuché eso. Yo no sabía lo que significaba. Ahora creo que él, como muchos, pensaba que las mujeres sólo sirven para tener marido y parir. Y así crecí, escuchando también de mi abuela y mi madre que: la mujer debe ser de un solo marido, que una mujer con hijos no vale lo mismo que una virgen, que una casa en la que no hay hombre no hay respeto, que la mujer que quiere tener un hogar tiene que sufrir … Todo esto me hizo sentir muy poca cosa como mujer, insuficiente para todo.

En 1980, tuvimos que salir huyendo del pueblo. Mi papá formaba parte de la guerrilla y la guardia ya lo había amenazado. Tuvimos que dejar lo poquito que teníamos y venirnos a la capital para vivir de posada y luego en mesones. Mi papá trabajó un tiempo vendiendo en el mercado, hasta que lo metieron preso porque lo capturaron en una casa de seguridad con armas. Nosotras nos quedamos a vivir con la familia de mi papá, pero al no estar él, nuestras tías le hacían la vida difícil a mi mamá. Ella intentaba darnos de comer lavando ajeno o limpiando una casa. Cuando mi papá salió libre no volvió a trabajar en años, fue entonces cuando se volvió un alcohólico. Hablaba mucho de lo que le hicieron los 15 días que lo mantuvieron capturado y desaparecido. Lo habían torturado. Para ese tiempo mí mamá ya vendía tortillas, las repartía en tiendas. El negocio era bueno aunque pesado. Mi mamá alcanzaba a ahorrar pero nunca podía usar sus ahorros sin el permiso de mi papá. Él, en cambio, sí que podía agarrar el dinero. Una vez le pidió todos sus ahorros para poner un negocio de venta de maíz y leña. A mi mamá le vendía también, pero más caro que a otras personas. Muchas veces se bebía el dinero que ganaba y de nuevo le pedía los ahorros a mi mamá.

A los 13 años tuve mi primer novio. Yo creía que era el amor de mi vida. Si no lo veía todos los días sentía que me iba a morir. Él tenía 16 años. A los 14 tuve mi primera relación sexual y no sangré. Eso le hizo pensar que yo había tenido algo con alguien más antes. Llorando le dije que no. Nunca volvimos a tocar ese tema y seguimos teniendo relaciones. Yo sabía de métodos anticonceptivos, pero me daba vergüenza ir a la farmacia y preguntar. Pensaba que si alguien conocido me veía le iban a decir a mi mamá y en la casa me iban a matar. Mi profesora de ciencias en la escuela nos había hablado de esas cosas y también nos dijo del método del ritmo. Con ese método estuve un año teniendo relaciones, pero al primer descuido quedé embarazada. Tenía 15 años. Ya no pude seguir estudiando porque tenía que trabajar para mantener a mi hijo. Igual ya estaba trabajando en una maquila porque mi mamá sola ya no nos podía dar estudio. Mi trabajo era barrer una parte de la planta desde las 6 de la mañana a 6 de la tarde. No me fui a vivir con el papá de mi hijo porque él ni estudiaba ni trabajaba y mi mamá me dijo que para ir a mantenerlo a él mejor la mantenía a ella, y que ella iba a cuidar a mi hijo.

A los 19 años conocí al padre de mis últimos dos hijos. Tuve que agradecerle el hecho de que se fijara en mí. Yo ya era una mujer con hijo y, en este país, eso te hace valer menos que una que no tiene. Sentía que me hacía un favor. Eso me llevó a soportarle muchas cosas: insultos, golpes y hasta una violación. Yo pensaba que, a pesar de todo eso, tenía que seguir agradeciéndole el hecho de que viviera conmigo. Me separé después de siete años y me quedé sola criando a mis tres hijos, dos niños y una niña. Los mantenía con los 10 dólares que podía ganar al día, cuando todo iba bien. Para ese entonces hacía tortillas como mi mamá y las iba a repartir a las colonias.

Cuando cumplí 30 años lloré todo el día. Me creí fracasada. Ya estaba separada y con tres hijos. Tenía un sentimiento de culpa por no ser la mujer que lo aguanta todo, porque un día dije '¡hasta aquí!', porque no soporté que me golpeara delante de mi hijo mayor, por no saber sufrir. Un día se me revolvió la infancia, la vida entera. “¡Hasta aquí!. O me voy ahora o no me voy nunca”, pensé. Ahora sé que fue la mejor decisión que he podido tomar en mi vida. Pero tampoco ha sido fácil.

Ser madre me resultó muy difícil. Sobre todo con los varones. El mayor de mis hijos dejó de vivir conmigo a los 15 años y se fue con mi mamá. Estaba iniciando el bachillerato y recuerdo que dejó cuatro materias; eso para mí era imperdonable, su única responsabilidad era estudiar y no lo estaba haciendo. Le di una golpiza y por eso se fue, pero siguió estudiando y se graduó. Ahora más que su mamá soy su amiga y compartimos muchos momentos. He tenido que hablar con él y explicarle muchas cosas, he tenido que decirle que nadie está preparado para ser madre a los 15 años y que dentro de todo siempre he intentado hacer las cosas lo que mejor que he podido.

Mi segundo hijo se parece mucho físicamente a su padre, se parece hasta en los gestos y eso me molestaba mucho, me hacía sentir un rechazo hacia el niño que yo no podía manejar. Verlo a él era ver a su papá y recordar todo lo que había pasado. No salía nada bonito de mí para él. Ahora mi hijo ya tiene 18 años y he tenido que trabajar mucho mi relación con él. Hoy es muy diferente, ahora lo puedo abrazar y decirle cada vez que puedo lo mucho que lo quiero y lo orgullosa que estoy de él. En unos días se gradúa de bachiller. Con la niña ha sido diferente, con ella todo siento que me cuesta menos, no sé si se deba al hecho de que mi situación emocional es otra muy diferente a cuando sus hermanos estaban pequeños o al simple hecho de que ella es niña y me siento más identificada con ella.

Al ser madre soltera todo se multiplica, debes estar pendiente de tantas cosas. Una, y quizás la que más me preocupa con los varones, es que no se me vayan por el mal camino, que no vayan a terminar dentro de una pandilla. Eso me llevó a ser muy dura con ellos y a repetir los insultos y los golpes de mi papá. No conocía otra manera de hacer las cosas. Con mi hija los miedos son otros, tengo miedo de lo rápido que va creciendo, que parezca muy bonita, que llame la atención de algún pandillero... Luego de eso está todo lo demás: que vayan a a la escuela, la salud, la comida, el pago del alquiler de la casa y tantas cosas más. Las preocupaciones siguen y siguen. Si salen, saber dónde y con quién, estar pendiente de sus amistades, de que sigan estudiando. Y también está el miedo de que, aún no estando en malos pasos, les suceda algo, que los confundan, que vayan a zonas que no conozcan y de las que no puedan salir. Me da terror que puedan formar parte de las estadísticas sólo por el hecho de ser jóvenes y de vivir en una zona conflictiva.

Han pasado 12 años desde que me separé del padre de mis dos hijos menores. En el camino encontré muchas dificultades, pero también encontré personas que han marcado mi vida para bien. Personas que me hicieron cuestionarme lo que creía normal y a reconciliarme conmigo misma como mujer. Las más significativas han sido dos mujeres, mujeres con menos años que yo, pero apasionadas por lo que hacen, con una fuerza desconocida para mí. Una de ellas me enseñó a cuestionar. Recuerdo perfectamente cuando la conocí. En esos días la lluvia había arrastrado un bus hacia la quebrada de la colonia Málaga. El bus estaba lleno de personas que regresaban de un culto religioso. Ella dijo algo así: ¿cómo es posible que si esta gente venía de hacer algo bueno, de alabar a Dios, les haya pasado esto? Y se cuestionó el hecho de que existiera un Dios que permitiera tales cosas. Eso fue tan fuerte para mí porque siempre me habían enseñado que hay cosas que no se cuestionan, solo se aceptan, se normalizan.

Ahora ya no acepto todo lo que venga. Me gusta preguntarme qué pienso yo, cómo me siento yo, y me gusta escuchar mis propias respuestas. De la segunda mujer me impresionó su forma de disfrutar la vida, de disfrutar su sexualidad, de disfrutar lo que hace, de proyectar la alegría de la vida. Con ella aprendí a soñar, a creer en mí, a liberarme. Con la complicidad de ellas, como siempre digo, me salieron alas. Llevo casi siete años en La Cachada, un proceso que por medio del teatro me ha permitido conocerme y entender muchas cosas de mí que no sabía. El teatro ha sido un espejo frente al cual me he sentado, me he observado y he conversado conmigo misma para saber lo que me duele y porqué me duele, lo que me hace feliz. El teatro me ha permitido entender que la violencia no es normal y que tengo la capacidad de romper con eso.

*Magdalena Henríquez es actriz de La Cachada Teatro.

Imagen tomada de la página oficial de La Cachada Teatro. Foto de Miguel Servellón.
 
Imagen tomada de la página oficial de La Cachada Teatro. Foto de Miguel Servellón.

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