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Especial Romero

Romero debe ser palabra viva, no un santo de camarín

Héctor Dada Hirezi

 
 

Era lunes 24 de marzo de 1980. Me encontraba en Cuernavaca, México, en casa de mi primo Mario Dada, como un huésped temporal mientras daba inicio al largo exilio que me tocó vivir en el hermano país. Poco antes de las 7:00 p. m. sonó el teléfono de la casa, y Mario me dijo que me llamaba un periodista. Era Djuka Julius, corresponsal de la agencia yugoslava Tanjug, quien unos días antes me había entrevistado sobre las razones de mi renuncia a la Junta Revolucionaria de Gobierno, y sobre mi visión del futuro de la conflictiva situación salvadoreña. Al tomar el teléfono me dijo que me iba a dar una mala noticia, que realmente no sospeché. Acto seguido expresó: “Hace unos minutos asesinaron a monseñor Romero mientras oficiaba una misa”.

En un primer momento no supe qué responderle, pues, no por previsible, la noticia dejaba de ser muy impactante. Muchas cosas dieron vuelta rápidamente en mi cabeza: el programa televisivo en el que Roberto d’Aubuisson había hablado de Mario Zamora (en ese momento Secretario General del PDC, que era parte del gobierno) como persona peligrosa, y su asesinato unos días después del programa; el momento en que me despedí de monseñor el 28 de febrero, y le dije que creía que no había más espacio para una respuesta a la situación que desarmara la posibilidad de una sangrienta guerra interna; la conversación que tuvo con mi esposa Gloria diez días atrás, en la que ella le pidió consejo sobre qué podía hacer ante las amenazas que sufría y le informó que iría a México a conversar conmigo sobre ello; la llamada que el jueves anterior me había hecho para pedirme que no la dejara regresar dado el riesgo para su vida; lo que significaba que la única voz con la fuerza suficiente para exigir la paz hubiera sido eliminada por los adoradores de la violencia… También me pasó por la mente la reunión en la que los estadounidenses nos pidieron apoyar su plan de reformismo contrainsurgente, y nuestra renuncia del PDC. Cuando pude reaccionar agradecí a Djuka su llamada, y le expresé que en principio me parecía una acción planificada dentro del plan de contrainsurgencia; él me expresó sus condolencias, y afirmó que había que estar atento al desarrollo de los acontecimientos.

El asesinato de Monseñor fue la culminación de un proceso y el inicio de una nueva etapa en la conflictiva historia de nuestro país. En él se concentró, como nunca en nuestra historia, el proceso de transformación de la Iglesia salvadoreña y las demandas de una sociedad rebasada en su capacidad para soportar una situación de exclusión, negación de los principios democráticos, y cargada de violencia represiva, respondida crecientemente por la violencia insurgente. La Iglesia de la archidiócesis de San Salvador venía priorizando a los más pobres desde años atrás, bajo la conducción de monseñor Luis Chávez (en buena medida el episcopado de Romero se explica a partir de la Iglesia que recibió); esa línea de compromiso encontró un espaldarazo en las resoluciones de las conferencias episcopales latinoamericanas de Medellín (1968) y Puebla (1979), que se convirtieron también en fuente de inspiración.

Las conflictividades cada vez mayores con los grupos de poder económico y con el poder político, alimentados por la visión negativa que Estados Unidos tenía sobre la renovada pastoral de la Iglesia, iba llevando a que ésta comenzara a sufrir una creciente represión, con el asesinato de varios sacerdotes comprometidos con la superación de los pobres como expresión más visible. Simultáneamente –e imbricada de alguna manera con lo anterior– la incrementada exigencia de espacios de participación democrática y la resistencia del régimen oligárquico-militar a permitirlos, habían tensado gravemente la situación política (no puede olvidarse que el fraude electoral que le quitó la presidencia a la Unión Nacional Opositora contó con el beneplácito del gobierno estadounidense). Si el golpe de Estado del 15 de octubre de 1979 había generado esperanzas de cambio en la Iglesia y en la ciudadanía en general, esas ilusiones rápidamente fueron minadas por la intensificada presencia de los sectores duros en las resoluciones del gobierno y la decisión estadounidense de aplicar un represivo plan de contrainsurgencia.

Romero se había convertido en “la voz de los sin voz”. Él mostró a plenitud su capacidad de expresar la palabra de Dios y la doctrina de la Iglesia aplicada a la realidad concreta del país, de forma que llegara a los fieles más sencillos; e interpretó los sentimientos y las esperanzas de “los descartados”, como los llama el papa Francisco. Ciertamente su preocupación por la justicia social no comenzó al asumir el arzobispado, como lo dicen o lo sugieren algunos. Ya desde su llegada a la diócesis de San Miguel, como sacerdote, comenzó a denunciar las condiciones de los pobres teniendo como base la doctrina de la Iglesia. Ésta, para él, tenía una obligación: “… tiene que decir la verdad, y si no mejor no hablar” (Homilía 16/07/1978). Y con esa misma claridad señala cuál es su visión de cómo debe predicar la Iglesia la palabra de Dios: “La biblia sola no basta. Es necesario que la biblia la Iglesia la retome y vuelva a hacerla palabra viva. No para repetir al pie de la letra salmos y parábolas, sino para aplicarla a la vida concreta de la hora en que se predica esa palabra de Dios” (Homilía 16/07/1978).

Frente a esa aplicación de la prédica del amor y la justicia a realidades de exclusión y opresión, se desató una oposición que no pocas veces llegó a la calumnia. A quien rechazaba la violencia para mantener situaciones injustas, o su utilización para cambiarla, se le acusaba de ser el impulsor de la conflictividad. El recuerdo del juicio a Jesús, en el que fue acusado falsamente, surge rápidamente en la memoria de un cristiano. La más común fue rechazar su palabra por estar “metiéndose en política”. Si tomamos esa afirmación, como diciendo que monseñor Romero tomaba partido por una parte en un conflicto de grupos políticos, eso es absolutamente falso. Lo que hizo nuestro santo fue rechazar, en nombre de la palabra de Dios, las injusticias que estaban a la base de esa conflictividad. No puede acusarse al que denuncia un acto contrario a la ética de ser el responsable de las consecuencias de la denuncia. En ese sentido, es evidente que las palabras del pastor tenían derivaciones políticas: cuestionaban una forma de garantizar “gobernabilidad” reprimiendo a los que, cansados de tolerar injusticias, clamaban por un cambio hacia una sociedad más equitativa y democrática, así como rechazaba las ilusiones de quienes pensaban que la violencia era el único camino para lograr la justicia. No podemos olvidar que a Jesús lo mataron por poner en peligro el poder de las jerarquías judías de su tiempo, también acusándolo de ser enemigo del César romano.

La denuncia de la injusticia social no es nueva para los hombres de fe. Ya los profetas condenaban a quienes no respetaban los derechos de los oprimidos. Para sólo dar un ejemplo, citamos al profeta Amós: “Así dice Yavé: Sentencia (…) dictaré porque (…) impiden a los humildes conseguir lo que desean”. En ese mismo sentido el padre Óscar Romero afirmaba en 1950: “Es injusta una ley que no tiende al bien común sino al bien particular del legislador o de la minoría que manda” (Orientación, 12/05/1950). Y once años después, en el 70 aniversario de la encíclica Rerum Novarum, recordaba las palabras del Papa León XIII diciendo que “El Buen Pastor veía, a la luz del nuevo siglo, un mundo de obreros ‘entregados indefensos a la inhumanidad de los dueños y al desenfrenado apetito de los competidores’. (…) La Rerum Novarum (…) es actual y urgente. Hay que estudiarla y ponerla en práctica. Más vale tarde que nunca. Y mejor pronto, antes de que sea demasiado tarde” (Orientación, 26/05/1961). Es claro que lo que menos defendía el padre Romero era la inequidad reinante, y la falta de oportunidades de vida digna para buena parte de los salvadoreños. No es extraño entonces que a escasos ocho meses de ser arzobispo, en esa misma línea de urgencia que mostraba dieciséis años antes, expresara: “El mal es muy profundo en El Salvador, y si no se toma de lleno su curación, siempre estaremos – como hemos dicho – cambiando de nombres, pero siempre el mismo mal” (Homilía, 23/10/1977). Monseñor Romero, que ya como obispo de Santiago de María había endurecido su lenguaje frente al poder, aunque manteniendo formas relativamente discretas, respondió a las circunstancias asumiendo con plenitud su deber de “cuidar a sus ovejas”: la denuncia abierta del pecado social que significaba la existencia de realidades de injusticia en una sociedad que se profesaba seguidora de la palabra de Jesús de Nazaret.

Treinta y ocho años después de su martirio, y al borde de su canonización, la palabra de monseñor Romero debe ser actualizada. Parodiando lo que dijo sobre la biblia – que citamos más arriba – es necesario retomar su palabra para hacerla palabra viva, “para aplicarla a la vida concreta a la hora en que se predica”. Terminamos una guerra originada en las inequidades y en la falta de espacios políticos a través de un diálogo ejemplar, pero no hemos sido capaces de reducir las desigualdades y mejorar las oportunidades de vida digna para las mayorías, mientras los derechos políticos tampoco los hemos utilizado para llevar a los altos cargos del Estado a personas con la capacidad y la decisión de construir un país más acorde con la dignidad de sus ciudadanos. Sin embargo, los mismos que ayer lo denunciaban como enemigo de la fe y de la sociedad ahora lo presentan como un santo al que hay que reverenciar, siempre y cuando ocultemos el contenido evangélico de su predicación y su pertinencia a esta nuestra dolorosa realidad. Hay un esfuerzo para convertirlo en lo que yo he llamado algunas veces “un santo de palo”. Volverlo inocuo parece la norma para los mismos medios de comunicación que en vida llegaron hasta a calumniarlo, en lo que no pocos católicos participan. Leer su palabra, buscar cómo ella se aplica a nuestra realidad actual, es continuar la tarea de encarnar la palabra de Jesús, los evangelios, en la realidad social de ahora, a partir de la lectura de los “signos de los tiempos” como lo hacía Romero. ¿Cumpliremos la tarea? ¿O nos dejaremos arrastrar para convertirlo en un santo mudo de camarín* para beneficio de quienes se benefician de la situación actual?

Héctor Dada Hirezi es economista. Fue ministro de Economía durante el gobierno de Mauricio Funes y diputado en los periodos 1966-1970 y 2003-2012. También fue canciller de la República después del golpe de Estado de 1979 y miembro de la Junta Revolucionaria de Gobierno entre enero y marzo de 1980.
 
Héctor Dada Hirezi es economista. Fue ministro de Economía durante el gobierno de Mauricio Funes y diputado en los periodos 1966-1970 y 2003-2012. También fue canciller de la República después del golpe de Estado de 1979 y miembro de la Junta Revolucionaria de Gobierno entre enero y marzo de 1980.

*Camarín: En un templo, capilla pequeña, generalmente exenta, donde se rinde culto a una imagen muy venerada.

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