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Especial Romero

Romero y la nueva política

Héctor Silva Hernández

 
 

Supe de Monseñor Óscar Arnulfo Romero estando muy pequeño. Tenía cuatro, cinco, a lo mucho seis años. Cada diciembre, en esa semana extraña entre navidad y año nuevo, mi mamá me llevaba a la Catedral para dar gracias por lo bueno que nos había dejado el año que se iba y para pedir, también, que el que venía estuviera lleno de bondades. Le pedíamos a dios, claro, pero le pedíamos también a Romero. Mi abuela Rosalina, que a veces se unía a las visitas y era devota de Monseñor, me explicaba que a él le rezábamos porque había sido un ser noble, que, como Jesús, tenía una opción preferencial por los pobres y por eso tenía el oído de Dios.

Como pudo, mi madre me explicó que Romero no era un ser del todo espiritual; que había sido una persona de carne y hueso, que era salvadoreño, que lo habían matado.

Me volví a encontrar a monseñor Romero algunos años después, en el carro de un amigo. Aunque es ateo, mi amigo decía creer en Romero y su nobleza, en cómo aun después de haber fallecido seguía cambiado vidas. Ponía en el tablero de mandos una pequeña estampa con la foto del arzobispo cuando el tanque bajaba demasiado, casi al punto de mover el carro a soplos, para que nunca lo dejara. Mi amigo decía que Romero debía ser santo.

Varios años después, el Vaticano le ha dado la razón. El domingo 14 de octubre Monseñor Romero será canonizado y se convertirá en el primer santo salvadoreño. El postulante de su causa, Monseñor Vincenzo Paglia, dice que El Salvador puede encontrar en Romero “a su hijo más ilustre y al más robusto sostenedor de todo el pueblo”. Esta descripción del santo es particularmente importante y oportuna. A más de 35 años de su asesinato, seguimos sin entender algunas de sus lecciones más básicas. Y como consecuencia a menudo, muy a menudo, nos encontramos a la deriva.

En sus homilías, Romero llamaba a la protección de los pobres, a la igualdad, a la justicia social y a la tolerancia de pensamiento. Muchos políticos salvadoreños han intentado utilizar su figura presentándolo en público como un guía espiritual en sus labores de servicio. El más notable y reciente fue el expresidente de la Republica y ahora prófugo de la justicia Mauricio Funes Cartagena. No hace falta decir que muy pocos de ellos han hecho honor a esa guía. Son más los que han utilizado a los pobres y a sus necesidades para ganar elecciones y se han olvidado de ellos una vez en el puesto.

Romero, como previendo a estos personajes y sus tácticas deshonestas, advirtió en una de sus homilías finales, el 6 de enero de 1980: “Yo creo que los que verdaderamente quieren gobernar al pueblo para un verdadero bien, tienen que contar con la sincera participación del pueblo noble de El Salvador y no usar ese nombre solo como escalera para subir.”

El Salvador justo, igualitario y tolerante que por el que abogaba Romero no existe. Seguimos siendo uno de los países más violentos y desiguales de Latinoamérica: a los jóvenes como Jasson y Jahir Rodriguez Orellana los matan por eso, por ser jóvenes; a niñas como Imelda Cortez, violadas y traumatizadas por sus familias y por el Estado, las meten presas porque como sociedad no vemos que no está bien, bajo ninguna circunstancia, juzgar a las víctimas por un crimen que no es suyo; a los niños y niñas de El Salvador les negamos la educación que necesitan para planear sus vidas, porque preferimos “combatir la ideología de género” y tener uno de los índices de embarazo juvenil más altos de Latinoamérica en vez de reconocerles un derecho tan básico como el conocimiento propio.

El Salvador que Romero soñaba no existe. Pero la derrota no está tampoco entre las lecciones del arzobispo. Romero era un hombre de convicciones. Por eso lo mataron. Mi generación y las que vienen después haríamos bien en guiarnos por la perseverancia feroz que marcó al arzobispo, asesinado mientras daba misa el 24 de marzo de 1980. Los que estamos haciendo esfuerzos dentro de la política, particularmente, haríamos bien en tenerlo como guía, mas nunca como semejante.

Nos toca a nosotros construir una sociedad más justa, ofreciendo educación de calidad para todos y que nacer en la miseria no signifique morir sumergido en ella; nos toca a nosotros construir un país más pacífico, generando más oportunidades para que nuestros jóvenes puedan construir una vida más allá de huir -de las pandillas, de la Policía o del país-, una vida de construir trabajo, familia, país. Nos toca, finalmente, construir una sociedad más tolerante, escuchando incluso a quienes no nos escuchan y empoderando a aquellos a quienes nunca ha escuchado nadie.

Para mí, como joven político, Romero significa eso: la personificación del servir y no servirse. Gracias por sus lecciones siempre, San Romero.

*Héctor Silva Hernández es graduado de Ciencias Políticas de la Universidad de Massachusetts y coordinador de Asuntos Políticos para Nuestro Tiempo.
 
*Héctor Silva Hernández es graduado de Ciencias Políticas de la Universidad de Massachusetts y coordinador de Asuntos Políticos para Nuestro Tiempo.

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