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Especial Romero

Monseñor Romero y el dilema de Arena

 
 

La derecha salvadoreña, encabezada por Arena, ha iniciado una ofensiva de recuperación de la imagen de dos de sus principales referentes de la guerra: el coronel Domingo Monterrosa, responsable entre otras barbaries de la masacre de El Mozote; y el mayor Roberto D’Aubuisson, fundador del partido y responsable, también entre otras acciones que la historia va colocando en su debido lugar como crímenes de lesa humanidad, del asesinato del arzobispo de San Salvador, Óscar Romero.

Sus actos de rescate ( un minuto de silencio en la asamblea por Monterrosa ; una gira de recuperación de la imagen de D’Aubuisson organizada por los fundadores de Arena ; el discurso oficial, encarnado por el candidato presidencial Calleja, de que no existen pruebas sobre la autoría del magnicidio de Romero, etc.) son un intento por preservar su propia narrativa de nuestra historia, según la cual estos hombres son héroes que dedicaron su vida a salvar al país de las garras del comunismo.

Durante muchos años, preservar esta narrativa implicó minimizar la figura de monseñor Romero, obstaculizar el proceso de canonización y negar la autoría tanto del asesinato de Romero como de la masacre de El Mozote . Pero esto, a la luz de los hechos que cada vez se instalan con mayor contundencia en sustitución de los mitos ideológicos, es cada vez más difícil.

Romero ha sido por fin canonizado y el Papa, cabeza de la Iglesia católica, ha decretado que su vida y su obra sean veneradas como ejemplares. Ya solo esto echa por la borda el argumento de que Romero era un comunista (si acaso algún troglodita aún justifica que a los comunistas o marxistas, por el hecho de pensar distinto, había que asesinarlos). La derecha, con D’Aubuisson como principal vocero, acusaba a los comunistas de ser ateos. Y a Romero de ser comunista. Una contradicción elemental que se ha aclarado, desde el catolicismo, de manera definitiva. Si algo queda claro en los diarios del santo, y en sus ejercicios espirituales, es su entrega absoluta a su fe y su lealtad a su iglesia. Hasta su último día. Y esto es lo que reconoció oficialmente la Iglesia con su canonización.

Romero, que ya era santo para la mayoría de los salvadoreños y para varios pueblos del mundo, es hoy por decreto eclesial santo de todos los católicos del mundo: de los progresistas, de los izquierdistas, de los conservadores, de los derechistas. De todos. Ante tal contundencia institucional, Arena ha optado por una contradicción: reconocer al mártir pero no a sus victimarios. Esta fue la intentona, que iba por buen camino, de la ceremonia de beatificación, en la que aquel arzobispo campeón de la denuncia de violaciones a los derechos humanos fue presentado como un santo de altar al que se le prenden veladoras y al que se le canta para que conceda milagros. Y así, de paso, se calla su voz, que sigue viva, incómoda y vigente en esta región del mundo.

La causa para su beatificación, que estableció su camino a la santidad a través del martirio, pasó a segundo plano ante el intento de las fuerzas políticas y de un sector del propio catolicismo de transformar a Romero en el santo de la unidad de los salvadoreños. El discurso no ha cambiado. Recientemente el candidato presidencial de Arena, Carlos Calleja, consultado sobre la responsabilidad de D’Aubuisson en el crimen, respondió:

“Espero que por primera vez usemos su figura (de Romero) para unirnos y no para dividirnos, porque es doloroso para nosotros los católicos ver su figura usada políticamente para dividir una nación que necesita unidad. Y sé que si estuviera vivo es lo que él querría”, dijo Calleja recientemente en Washington.

No sé con qué argumentos pretende Calleja saber qué querría Romero si estuviera vivo, o qué acceso tiene a dialogar con los muertos. Pero no hay nada en la obra conocida de Romero -ni en su diario ni en sus homilías ni en sus ejercicios espirituales ni en su correspondencia ni en sus Cartas Pastorales ni en sus escritos en publicaciones católicas ni en entrevistas concedidas a la prensa- que lleve a concluir lo que dice el candidato presidencial.

¿Unidad? Fue lo que le exigió Juan Pablo II, porque Romero siguió adelante a pesar de la enemistad, y las conspiraciones en su contra, de cuatro de los obispos miembros de su Conferencia Episcopal. Y Romero le respondió al Papa que sí, que la unidad era muy importante, pero en la defensa de sus sacerdotes que estaban siendo asesinados. Pocas cosas anheló más Romero que la unidad de su diócesis, pero alrededor de principios muy claros. Unidad en la defensa de los derechos humanos. Unidad en la aplicación de las conclusiones del Vaticano II y de Medellín. ¿Unidad? Sí. Pero a partir de dos palabras que fueron pilares del pensamiento romerista: Verdad y Justicia.

El candidato Calleja ha dicho que la participación de D’Aubuisson en el crimen es simplemente un “rumor” que debe ser investigado. Con ello, por ignorancia o por mala intención, falta tanto a la verdad como a la justicia, que son dos palabras que caminan juntas. Existen investigaciones y pruebas documentales y testimoniales de ello.

La Comisión de la Verdad fue la primera en concluir la participación de D’Aubuisson y su equipo en el crimen. Lo mismo hizo la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que estableció además que D’Aubuisson actuó con el apoyo de “sectores financieros poderosos de la sociedad civil” y de elementos de la Fuerza Armada . La CIDH fue más allá en sus investigaciones, como las que solicita el candidato, y concluyó que “La organización política que lideraba D’Aubuisson incluía entre sus actividades la ejecución de atentados individuales, raptos, ‘recuperación de fondos’ y sabotajes. Uno de los atentados individuales exitosos de su organización fue, precisamente, la ejecución extrajudicial del Arzobispo de San Salvador”.

Siempre es posible que lo anterior se desestime (como ha sido el caso) acusando sin necesidad de argumentar que tanto la Comisión de la Verdad como la CIDH actuaron al servicio de los intereses de la izquierda. También es posible que se ponga en duda la precisión de sus conclusiones habida cuenta de que no se contó con un proceso judicial debido.

Pero sí hay un precedente judicial. En 2005, en la ciudad de Fresno, California, fue sometido a juicio civil el capitán Álvaro Rafael Saravia, acusado de ser uno de los principales ejecutores del asesinato de monseñor Romero. El juez del caso, tras admitir la relación entre Saravia y D’Aubuisson (quien ya había muerto) y dar como ciertas las hipótesis de la autoría del crimen que recaen en D’Aubuisson, en Mario Molina y en el capitán Eduardo Ávila, condenó a Saravia por el asesinato de Romero. Para entonces Saravia ya había desaparecido.

Si lo anterior no basta, están los cientos de cables enviados por personal de la embajada de Estados Unidos en San Salvador al Departamento de Estado, y los enviados por agentes de inteligencia estadounidenses a la CIA, que hoy conocemos gracias a la desclasificación masiva ordenada por el presidente Bill Clinton tras la publicación del informe de la Comisión de la Verdad. Los cables en su mayoría confirman lo establecido por la Comisión.

También están los testimonios de Amado Garay, el conductor del vehículo en el que se transportó al asesino; de Gabriel Montenegro, una de las personas que se trasladó con los asesinos hasta el lugar del crimen; y del propio capitán Saravia.

La Iglesia católica, una de las últimas instituciones en reconocer el martirio de Romero, se tomó varias décadas en establecer no solo la verdadera naturaleza de la obra de Romero, que concluyó apegada y leal a la doctrina del catolicismo; sino que debió además establecer el martirio en un caso excepcional: Romero fue asesinado por odio a la fe, a pesar de que sus asesinos (D’Aubuisson incluido) profesaban la misma fe, al menos de palabra. El mismo emblema del partido Arena es una cruz y era común ver a D’Aubuisson en la televisión con una cruz colgada al pecho, en los programas transmitidos por TCS en los que hacía públicas listas de “comunistas” que terminaban asesinados. Entre ellos monseñor Romero.

Después de la exhaustiva investigación, y a pesar de los obstáculos para el proceso en Roma de cardenales conservadores y de embajadores enviados por Arena, la Congregación para la Causa de los Santos concluyó que el asesinato de Romero en los altares fue un martirio y dio por válido entre otros el informe de la CIDH sobre la autoría.

Debido a la incansable lucha de Romero por la verdad y la justicia, por la dignidad, Naciones Unidas decretó el 24 de marzo como el Día Internacional del Derecho a la Verdad. Es esa verdad, la de su asesinato y la de sus asesinos, la que Arena no está aún dispuesta a admitir.

No es fácil, ciertamente. Porque hacerlo sería renegar de su fundador, a quien aún, a manera de la más firme de sus tradiciones, los areneros rinden culto. Pero tarde o temprano tendrán que hacerlo. Si Arena quiere mantener sus principios ideológicos y ser una fuerza representativa creíble en El Salvador, deberá admitir los puntos negros de su historia y sobre todo de sus fundadores. Limpiar el partido es también limpiar su memoria. Si han renegado ya de Antonio Saca, por corrupto, con mayor razón deben renegar de Roberto D’Aubuisson, un hombre que se recreó en la tortura y el asesinato, considerado incluso por sus aliados de la CIA como un hombre “mentalmente inestable”. Que llegó a decir que en El Salvador había comunistas que ni siquiera sabían que eran comunistas. Que en 1983 le confesó a la periodista Laurie Becklund que, como el sistema judicial dejaba libres a los comunistas, incluidos aquellos que ni sabían que eran comunistas, “Comenzamos a actuar incorrectamente y no los llevábamos ante los jueces, sino que los desaparecíamos para que no continuara la cadena”.

Los areneros no serían los primeros en renegar de su fundador, por decencia y por congruencia. Hace pocos años, los Legionarios de Cristo enfrentaron un dilema similar. Conocidas ya las aficiones pederastas de su fundador, el sacerdote Marcial Maciel, y la suspensión de su ministerio ordenada por el Papa Benedicto XVI, el grupo religioso decidió que mantendría su camino sin él. Que solo así podría ser congruente con sus creencias y con su mensaje. Y han caminado sin Maciel. Y cuando tomaron la decisión reprobaron públicamente sus actos. Los condenaron. Dijeron públicamente que eran contrarios a sus convicciones y a su manera de vivir. Bajaron todos los retratos de Maciel y dejaron de mencionar su nombre. No debe haber sido fácil, pero sí necesario. Congruente con los principios que les dan sentido como comunidad.

Arena tendrá que hacer esto tarde o temprano. De cuánto se tarde dependerá también su aislamiento en el curso de nuestra historia. Porque a estas alturas su intento de conservar la narrativa épica es anacrónico e inútil, cuando ya conocemos más allá de toda duda razonable la responsabilidad de sus héroes en barbaries cometidas en nuestros años más oscuros. Cuando ya nadie, salvo los obstinados e ignorantes y los que no quieren saber, duda de la responsabilidad de D’Aubuisson en el asesinato de Romero… y en otros actos de barbarie. Cuando ya los hechos han establecido claramente que D’Aubuisson era un matón con carisma.

Cuando Arena reconozca y reniegue de esto, en honor a la verdad y a la justicia, entonces sí, Romero será factor de unidad de los salvadoreños. Cuando de verdad nos encontremos en la misma narrativa nacional. En la misma historia. Cuando todos reconozcamos a todas las víctimas, que son nuestras, de todos los salvadoreños. Cuando caminemos, pues, con una memoria común. Con verdad y justicia. Ese es el legado de monseñor Romero.

P.D.: Como a cada crítica en El Salvador la derecha responde que la izquierda también tiene pecados y la izquierda viceversa, me adelanto: sí, por supuesto que son lamentables, impropias y condenables las utilizaciones de la imagen de Romero que ha hecho el FMLN. No hay duda de ello. Pero el dilema de Arena es mayúsculo: sus fundadores son los asesinos.

*Carlos Dada es periodista y fundador de El Faro. 
 
*Carlos Dada es periodista y fundador de El Faro. 

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