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Sobre la historia de evangélicos y pandillas

Luis R. Huezo Mixco

 
 

Admiro el trabajo que hace Carlos Martínez para el periódico El Faro, por su profundidad periodística al escribir sobre el tema de las pandillas salvadoreñas. Hace un año, en La rebelión de las ovejas, texto que narra sobre los reclusos del penal de San Francisco Gotera, planteó importantes preguntas acerca de la relación entre la fe evangélica y las pandillas. Ahora, en El templo entre rejas: una historia de evangélicos y pandillas, demanda superar el conocimiento anecdótico del caso por medio de la academia, y en respuesta a esa demanda decidí escribir este comentario. Anticipo decir que a diferencia de Carlos no soy ateo, sino creyente; como él, también transité por los caminos de la Teología de la Liberación en los setentas y ochentas, para militar luego como protestante evangélico, en las iglesias pentecostales. Ahora sigo siendo creyente, pero no tengo filiación con alguna iglesia en particular (se dice: estar des – institucionalizado). Por más de 10 años he estudiado y publicado, desde la academia, sobre la iglesia pentecostal; la conozco entonces tanto desde la teoría, como desde la práctica.

Sobre el último artículo, necesito decir primero que no se puede afirmar que todos los evangélicos comparten la misma composición social de las pandillas, me parece una generalización cuestionable. Sin el apoyo de información cuantitativa y cualitativa confiable, podemos basarnos en la experiencia cotidiana, desde la cual es fácil darse cuenta que no todos los evangélicos del país pertenecen a las mismas capas, clase o grupos sociales que las pandillas. Su membresía cuenta con fuerte presencia tanto en los barrios pobres, como en los medios y altos; incluye jóvenes y adultos, hombres y mujeres por igual. Sin embargo, hay importantes coincidencias entre ambos grupos. Al igual que los pandilleros, cierto sector evangélico mayoritario dentro del pentecostalismo salvadoreño, puede ser descrito bajo el concepto homo sacer de Giorgo Agamben, o sea, como existencias marginadas y excluidas, reducidas a la nuda vida, es decir, al mero funcionamiento biológico de la vida, experimentando de forma permanente patrones de humillación, tanto de manera individual, como colectiva. Ambos grupos son, como dice Benjamin Schawb, hombres y mujeres desesperados por recobrar su auto respeto y su identidad, miembros del sector más deshumanizado de la sociedad, que nunca han conocido otra cosa más que su nuda vida. Por esa razón, coincido con el artículo, en que amplios sectores pentecostales y pandilleros se “han aprehendido, se conocen, han convivido, conviven… confían unos en otros”; porque vienen de la misma situación de vida, de los mismos barrios, han sido o son vecinos, y ambos también han sido víctimas de un sistema deshumanizador (“aprendieron a conocerse y a convivir desde los tiempos en que ambas eran basura bajo la alfombra”).

Carlos también escribe: “Ellos tan estridentes, tan vacíos de filosofía y de una teología buena –como la mía–; ellas con esas mantillas en la cabeza y sus faldones largos, tan dadas al llanto ceremonial, a la epilepsia ritual; unos y otros tan faltos de cimientos académicos, tan fanáticos y todos tan… tan… pobres”. Es muy probable que el mismo sentimiento de desprecio, que Carlos ha venido teniendo sobre los pentecostales, sea el mismo sentimiento que hace que la academia salvadoreña no los considere dignos de un análisis crítico y los pase por alto, a pesar de ser ellos un componente importante de la realidad social salvadoreña; miopía de la cual tampoco escapan los teólogos católicos. Para colmo de males, la academia evangélica es prácticamente inexistente, y sus universidades no tienen en agenda el desarrollo de un pensamiento crítico con análisis de la realidad. Quizá sea el periodismo salvadoreño el que ha dado los pasos más importantes en describir y analizar lo que ahora nos ocupa.

Para los grupos sociales marginados, el pentecostalismo es una oferta de fe dentro del mercado religioso, con potencial de empoderarlos, llevándolos de una herencia de pobreza y fatalidad, a una nueva perspectiva social y económica transformadora (“… pobres ofreciendo consuelo, salida y quizá redención a otros pobres”). La vida en la pandilla también es una oferta similar de empoderamiento, pero bajo los parámetros propios del vivir y organizarse de esos grupos. De manera que, tanto las pandillas como las iglesias pentecostales, ayudan a los jóvenes salvadoreños a responder a la dislocación resultante de la guerra, la migración y el cambio económico.

Los jóvenes salvadoreños sufren de lo que Manuel Vázquez llama “marginalidades múltiples”, definida como un complejo de factores sociales, económicos y culturales que los colocan en los márgenes de la sociedad, empujándoles en la búsqueda de fuentes alternativas de apego, compromiso, involucramiento y creencia. Una de esas alternativas en la pandilla, la otra la iglesia pentecostal quienes, y entre ellas, como dice Carlos, “comparten el mismo ADN”. Los ciclos de marginalización los lleva desarrollar sus propias subculturas y estructuras sociales, en un intento de reterritorializar sus vidas y de reducir el tamaño de sus problemas sociales. Los miembros de las pandillas han rechazado toda convención social y se han convertido en los más grandes pecadores. Por tanto, la conversión es un símbolo de status para las iglesias, señal de que son llenas del Espíritu Santo y por tanto poseedoras de un valor que les hace competir con fuerza en el mercado religioso. Digo esto sin querer disminuir con ello el inmenso valor de lo que hacen.

Me referiré, ahora, al hecho que sorprende (y con mucha razón) al autor del artículo: la emotiva bienvenida que los dieciocheros brindaron a los emeeses; que no fue con amenazas a muerte, sino con “algarabía, se agradeció a dios por su presencia, se celebraron cultos en su honor y se les llamó hermanos”. Lo que aquí se describe es el producto esperado de una conversión cristiana, la cual debería traer implícita la puesta en práctica de uno de los principios más básicos del cristianismo: el perdón y la reconciliación. No hay espacio para detallar como, desde la sociología y la antropología, se puede analizar un proceso de conversión como éste, pero sí hay propuestas de explicación en esos campos. Desde algunas disciplinas teológicas, se interpretan estas conductas como el producto de la creación de un hombre nuevo. El que esto no se entienda fácilmente no es inédito, pues desde Jesús y Nicodemo, el debate sobre el tema está siempre abierto. El concepto académico que más se me viene a la mente es el de “paradigma” de Thomas Kuhn, pues un cambio de paradigma como éste obliga, según Joel Barker, a volver todo a cero, es decir, hay que reinventarse por completo. El punto es que Gotera ofrece una evidencia empírica de que la conversión, el perdón y la reconciliación cristianas son factibles; pero, más que escribir justificaciones académicas sobre cómo esto ha llegado a ser, me interesa plantear si ese estilo de vida puede ser sostenible en el largo plazo, al salir a las calles, y llegar a ser una luz de esperanza para nuestra sociedad.

Las iglesias pentecostales son una alternativa al anhelo de los jóvenes de volver a tener un centro para su ser y una comunidad a la cual pertenecer (reterritorialización). La identidad de las pandillas combina un énfasis pronunciado en el ser, sumado a la gratificación inmediata de sus necesidades, en una búsqueda de familia y comunidad. En ese contexto, los jóvenes pueden pasar de un estado al otro, es decir, de la membresía en las pandillas a la iglesia, o, de la iglesia a la membresía en pandillas, en la búsqueda de similares condiciones de vida. El individualismo evangélico, la promesa de redención, y la satisfacción inmediata de las necesidades, por medio de la promesa de bendición material al creyente, evidencia en realidad un paralelismo entre las razones de ingreso, tanto a la pandilla como a la iglesia.

El individualismo, y la tendencia separatista, son dos de las características básicas de los evangélicos, producto de su herencia puritana. Esto puede ser analizado desde la perspectiva teórica del conjunto cerrado, de Paul Hiebert. Los evangélicos establecen, por medio de ciertos criterios, límites y prácticas morales, quien es cristiano y quien no lo es; el que no los satisface, está fuera. Dentro del conjunto cerrado, la convivencia evangélica es más fácil de sostener, tal como el artículo nos relata: "Ahí dentro, cada día, durante todo el día, la totalidad de internos –expandilleros todos– … cantan, bailan, celebran cultos, adoran, predican, tocan tambores hechos con barriles, aplauden, hablan en lenguas, interpretan las lenguas, leen la Biblia, estudian la Biblia, anuncian profecías, creen en profecías, se convierten, se reconvierten, se perdonan unos a otros, se perdonan a sí mismos”.

La fuente para la guerra santa de los grupos evangélicos se crea más bien en la interacción con elementos externos de la sociedad, llámense estos católicos, políticos, comunistas o revolucionarios, gente del entretenimiento, del arte y la cultura o indígenas. Si bien los de fuera para ellos son objeto de interés, lo son básicamente como objeto de conversión y adherencia a su fe. La identificación con la práctica de los valores del mundo externo se considera, como mínimo, contaminación, cuando no causal de exclusión, por parte la vigilante autoridad evangélica.

En ese contexto me pregunto: ¿Qué pasará cuando los convertidos de Gotera salgan de su conjunto cerrado? ¿Qué pasará si la presión por el sostenimiento de la vida biológica los lleve a tener comportamientos delictivos? ¿Y si la atracción del mundo externo los lleva a violar los códigos morales de su nueva comunidad?

Aunque con toda mi alma deseo que las cosas salgan bien en los procesos de reinserción de las pandillas, no me siento tan esperanzado. Para mí es válido considerar la apreciación del Teólogo Benjamin Schwab que, sin negar el efecto positivo que puede tener en los jóvenes, problematiza los procesos de rehabilitación y humanización evangélicos, en los cuales, “el culto a la muerte puede ser sustituido por un Dios celoso y castigador, reemplazando el contexto deshumanizador de la clika por el código moral alienante de un pastor de barrio”. Robert Brenneman , en su libro Homies y hermanos, ha tratado ya este asunto, que Carlos Martínez describe así: “los he visto transitar, entrar y salir. He conocido a poderosos líderes pandilleros bregando por cambiar su vida con éxito; los he visto también abominar su vida pandillera con gran pompa para volver al cabo de unos meses, producto de necesidades más mundanas, a reintegrarse a sus barrios.”

No me preocupa tanto la estabilidad actual de los reclusos en Gotera, como la estabilidad de su reinserción, una vez salgan de allí. En ese sentido los pentecostales tienen en sus manos un inmenso desafío: responder al regreso a la sociedad del hijo menor, recibiéndolo con la misma algarabía que se arma cuando ingresan mas convertidos a Gotera. El ejemplo a seguir está en los mismos evangelios que en sus iglesias enseñan, donde se relata como un hermano mayor (confiable, obediente y bien portado) se niega recibir en casa a su hermano menor (promiscuo y derrochador, conocido por pródigo). Fue el padre de ambos quien, a su llegada, armó la algarabía, le puso ropa y zapatos de marca, invitó gente a comer con él y le hizo fiesta, por haber el hijo menor revivido, por haber sido hallado. Mi poco optimismo se fundamenta en la conducta observable de muchas iglesias evangélicas (no todas por supuesto), las cuales demasiado a menudo mantienen conflictos irreconciliables entre sí, por doctrina, por adeptos, por conductas, por los pecados del otro; y donde internamente, aún dentro de sus respectivos conjuntos cerrados hay también, demasiado a menudo, rechazo y exclusión por el no cumplimiento de los parámetros que, según ellas, definen el ser cristiano. Pero, a diferencia de Carlos, yo sí creo en los milagros, y creo posible la conversión mayor de todas, la de la misma iglesia, conversión necesaria para equiparse con el amor del padre de familia, que siempre mantuvo su mirada en el horizonte a la espera del hijo, y quien al verlo corrió, echándose sobre su cuello para acogerlo.

 

Luis R. Huezo Mixco es investigador en historia y autor del libro: Desafiando los Poderes, acción colectiva y frentes de masas en El Salvador (1948-1980).
 
Luis R. Huezo Mixco es investigador en historia y autor del libro: Desafiando los Poderes, acción colectiva y frentes de masas en El Salvador (1948-1980).

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