Publicidad

Del silencio mediático de Sánchez Cerén al terremoto tuitero de Nayib

Willian Carballo

 
 

Twitter ha sido un terremoto durante los últimos días. De la hibernación mediática de Sánchez Cerén dentro de la cueva de Casa Presidencial, del tartamudeo televisivo y radial en cadena, y de la ausencia comunicativa casi total que solo rompía en redes digitales cuando Venezuela necesitaba sus palabras de cariño, hemos pasado a una vorágine de información que ha hecho temblar las placas de la tuitósfera salvadoreña. Y tan abrupto cambio, aunque acorde a nuestro tiempo, es tan traumático como despertarse a las 4 am por un temblor.

De esa negación mediática, casi religiosa, saltamos a una hipercomunicación gubernamental. Pasamos, en un par de días, a tener un presidente como Nayib Bukele –político estrella en los tiempos de wifi– que rebautiza cuarteles, jubila a las familias rojas y reorganiza los ministerios a punta de tuits. Es como si nosotros, en un Big Brother moderno, tuviéramos el voyerista chance de ver algunos movimientos de escritorio desde nuestro hogar (o al menos los que ellos quieren que veamos).

¿Eso es bueno o malo? Dejémoslo en que simplemente es, y ya. El mundo cambió, la vida cambió, la política cambió. Los novios ya no solo se manosean en el cine, sino que algunos se mandan packs; Wikipedia jubiló a los vendedores de almanaques, diccionarios y enciclopedias; y las campañas electorales y la gestión de un país ya no se entienden si no se desarrollan al mismo tiempo en el terreno digital. Eso no es bueno ni malo, solo es. Así actúa Trump, así caminó Obama. Y así lo entendió Nayib, y esa es una de las muchas razones por las que ahora Calleja llora sobre sus millones y sobre los cántaros y delantales marca Arena que le sobraron. Aceptémoslo y sigamos adelante.

Lo que sí hay que hacer es no tragarse todo tan fácil, exigir más. Yo le puedo comprar a Nayib que use las redes sociales digitales como su principal herramienta de comunicación política. Lo acepto y no me molesta por la misma razón que uso Uber y no taxis, y por la que estoy en LinkedIn en lugar de llevar un folder con mi CV bajo el brazo. Así, pues, no veo problema en que el presidente me cuente vía Facebook Live cómo va a mejorar el tránsito en Los Chorros, si ese es su gusto. Es un estilo y una estrategia, nada más.

Pero aceptar que el mundo cambió no implica dejar de ser exigente con lo nuevo. Primero, es importante recordar que este sigue siendo un país pírrico en acceso a internet (29 por ciento de salvadoreños tiene acceso, según The ICT Development Index 2017). Obviamente, esas estadísticas aumentan rápido, pero la gran mayoría, aunque tenga datos y smartphone, igual carecerá de alfabetización mediática o de saber usar críticamente los medios. De ahí que centrar la comunicación solo en las herramientas digitales es dejar de informarle a muchos que aún se prenden de TCS y la KL, y que igual merecen saber lo que su presidente construye o desbarata, más allá de que esas empresas conviertan cada tuit en una noticia. No es cuestión de quitar el wifi, milennials radicales, no: es cuestión de también encender la tv o la radio. Es complementarse.

Segundo, Twitter puede ser una idílica herramienta para contactar directamente al presidente o sus ministros (o a sus community managers). Ya hubiéramos querido esos privilegios años atrás para escribirle un tuit a Paco Flores el día de la dolarización o darle “Me enoja” a Carlos Perla cuando se nos iba el agua en los noventa. Pero no nos engañemos. En la realidad, los funcionarios pueden contestar o no nuestros mensajes. Y si nos ignoran, entonces la comunicación se vuelve un bus que corre solo de ida, convirtiendo el discurso del funcionario en palabra de Dios –o del diablo– sin nadie que lo contraríe. ¿Cómo evitar tal tentación? Con periodismo. Se sigue necesitando al profesional de la noticia que lo cuestione, le exija, le cuente el vuelto, lo observe, lo confronte, lo encare, lo desmienta, lo aterrice. No es cuestión de dejar de dar órdenes en Twitter, es aceptar que los periodistas serios lo entrevisten sobre esas decisiones. Complemento, otra vez.

Y, tercero, hay que tener claro que detrás del estilo también hay un interés electoral. Despedir a la parentela del FMLN a través de esa metralleta de tuits es exhibir en la sala de la casa la cabeza de una bestia que ya cazaste, es destrozar con argucia política la poca imagen que aún le quedaba al Frente; y eso, para 2021, es llegar con ventaja a las elecciones legislativas. Ordenar que despidan a un supuesto implicado en la muerte de Roque Dalton es simbolismo puro y duro; un cincel emocional que ayuda a esculpir la imagen de un político hábil. Son sus formas, sí; pero al menos estemos conscientes de que son eso: estrategia comunicacional.

La política, pues, ha cambiado. Y excepto por los memes, no me interesa volver al sedentarismo comunicacional de Sánchez Cerén, a su hibernación mediática, a su pasividad digital. Es más interesante, digna de estudio, el temblor que nos despertó de esa calma madrugada, la forma en que Nayib está sacudiendo las redes sociales. Pero seríamos ingenuos si nos quedamos solo con el estruendo. Ingenuos e inocentes si no exigiéramos al presidente que, en medio de esa vorágine de tuits, deje que el periodismo haga su trabajo, tome en cuenta a la población sin acceso a internet y trabaje con eficiencia más allá de golpes mediáticos para construir su imagen y aniquilar a sus contrincantes. El wifi y la tv no tienen por qué estar peleados. Comunicar en Twitter y abrirse a periodistas serios tampoco. La clave es que se complementen.

Willian Carballo ( @WillianConN )  es investigador, catedrático y consultor especializado en medios, cultura popular, jóvenes y violencia. Coordinador de investigación en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera.
 
Willian Carballo ( @WillianConN )  es investigador, catedrático y consultor especializado en medios, cultura popular, jóvenes y violencia. Coordinador de investigación en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera.

Publicidad
Publicidad

 

 CERRAR
Publicidad