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El Salvador

“Mi papá se contagió en la Villa Olímpica”

Carlos Henríquez Cortez, un ingeniero de 67 años, regresó a El Salvador el 13 de marzo tras un breve viaje de dos días a Guatemala. Cinco semanas después se convertía en el octavo fallecido por COVID-19 en El Salvador. Lo que pasó entre esos dos momentos es un compendio de negligencias, caos y desinformación por parte de las autoridades responsables de la cuarentena del ingeniero Henríquez Cortez, que terminaron con su vida. Su hijo relata esas cinco semanas. 

 
 

El 22 de abril por la noche, el ministro de Salud, Francisco Alabí, anunció en su cuenta de Twitter el fallecimiento de un paciente enfermo de COVID-19. “Se trata del 8º. fallecido en nuestro país un paciente de 62 años de edad procedente de EEUU que recibió toda la atención médica y el esfuerzo del personal de primera línea. Nos sumamos al dolor de su familia”.  

Siguiendo ese tuit, el presidente Nayib Bukele también tuiteó: “Desde que llegó a la UCI estuvimos pendientes de su evolución. Entró muy mal, pero luego mejoró unos días y nos emocionó a todos”.  

Cuatro horas después, alguien llamado Carlos Henríquez respondió a Alabí: “Si te sumas al dolor de su familia por qué no la contactas para obtener información veraz. Mi papá no vino de Estados Unidos, no tiene 62 años, no recibió toda la atención médica necesaria y se infectó en la villa deportiva donde ni debía estar por su edad”. A Bukele también le respondió: “NADIE estuvo pendiente. Ahora mi papá ya no está. 

Alabí reaccionó pidiendo disculpas al día siguiente. Achacó el error de información al sistema. Bukele no volvió a hablar del caso. Pero hoy sabemos que la víctima se llamaba Carlos Henríquez Cortez, que tenía 67 años, era ingeniero y gerente comercial de una fábrica de acero  y que aterrizó en el aeropuerto Monseñor Romero el 13 de marzo, vía aérea, desde Guatemala, adonde había estado dos días por motivos de trabajo.  

La historia contada aquí por su hijo confirma que ni Bukele ni el ministro ni nadie en el sistema nacional de salud estuvo pendiente del ingeniero Henríquez Cortez. Que se contagió en el centro de contención de Villa Olímpica, al que lo llevaron desde el aeropuerto el mismo día en que Alabí, entonces viceministro, aseguraba por televisión que los mayores de 60 años harían cuarentena domiciliar.

Cinco semanas después de su retorno al país, Carlos Henríquez Cortez era enterrado sin ceremonias.

Su hijo, Carlos Henríquez, aceptó narrar en primera persona el camino de su papá desde que regresó a El Salvador. Su hermana, Karen Henríquez, aportó también información para este relato. 

Father and son, both named Carlos. They are U.S. residents. Photo courtesy of the family.
 
Father and son, both named Carlos. They are U.S. residents. Photo courtesy of the family.

Mi papá voló de San Salvador a Guatemala el 11 de marzo, el mismo día en que Bukele dictó la cuarentena. Canceló sus reuniones del siguiente día para averiguar en la embajada si su edad, 67 años, y su condición de hipertensión, lo excluían de ir a un centro de contención al volver. La embajada le pasó los protocolos oficiales, según los cuales toda persona mayor de 60 años o con una precondición médica iría a una cuarentena domiciliar. Con esa información voló de regreso a San Salvador el 13 de marzo. 

En el aeropuerto se encontró con un caos. Personas retenidas a las que juntaron. No había nadie a cargo de dar información, solo policías custodiando que nadie saliera. 

A pesar de lo que le habían dicho, no lo dejaron ir a cuarentena domiciliar. Lo movieron a un centro de contención en la Villa Olímpica. Allí lo mezclaron con mucha gente que venía de lugares distintos. Había personas provenientes de Panamá, pero que en realidad venían de Europa vía Panamá. Los juntaron a todos en momentos en que no había ni un solo caso positivo ni en Guatemala ni en El Salvador. 

Cancillería le dio trato especial a otras personas que los enviaron a cuarentena domiciliar, como el Cardenal Rosa Chávez, que venía de Italia. Pero a mi papá no le dieron esa oportunidad.  

Cuando llegó a la Villa Olímpica nos contó que estaban todos mezclados, hacinados, y que en esas condiciones lo más probable era que si alguien venía enfermo todos se iban a contagiar. 

Unos días antes, el gobierno había sacado un video de un centro de contención que parecía un hotel. Muy bonito. Pero eso no tenía nada que ver con la Villa Olímpica. 

Upon arrival to Villa Olímpica, Carlos Henríquez Cortez, a 67-year-old engineer, revealed the confinement conditions to his family. They shared this photo with El Faro. 
 
Upon arrival to Villa Olímpica, Carlos Henríquez Cortez, a 67-year-old engineer, revealed the confinement conditions to his family. They shared this photo with El Faro. 

Las condiciones eran terribles: Duchas que no servían, excusados tapados, no había ni siquiera papel higiénico; estaban todos hacinados, sin distanciamiento ni protecciones. Fue un tipo de tortura. Eso le bajó la moral a mi papá y a toda esa gente que estaba allí. 

Nos envió videos y fotos de las condiciones en que los tenían y también se los envió a la ministra de Turismo, porque ella estaba a cargo de conseguir hoteles para trasladar a la gente que hacía cuarentena. Pero no quisieron sacarlo de allí a pesar de su edad y de su hipertensión. 

El miércoles 18, cinco días después de su regreso de Guatemala, mi papá comenzó con una fuerte tos y temperatura. Fue a pasar consulta allí mismo, en la Villa Olímpica. Tenía que hacer una larga fila para que lo atendiera un doctor, porque mucha gente estaba enferma. Cuando lo vieron le dijeron que tenía faringitis y le dieron una medicina para bajarle la calentura. Al siguiente día, además de la tos y la fiebre, le vino una diarrea. Ni por todos esos síntomas le hicieron la prueba ni lo aislaron. Allí se quedó con todos los demás. Para entonces yo creo que toda esa gente ya estaba contagiada, como mi papá. 

El 22 de marzo ya estaba bastante más enfermo. A pesar de eso no lo enviaron a un hospital. Ese día el Ministerio de Salud lo trasladó al hostal La Armonía, en San Salvador. El argumento no tenía sentido: dijeron que no lo podían llevar a un hospital porque venía de Guatemala y en Guatemala no había contagios. Pero mi papá ya presentaba todos los síntomas e iba empeorando. 

El lunes 23 ya no podía ni abrir los ojos de lo débil que se sentía. Llamaron a una doctora que lo examinó y dijo que tenía colitis y que había llegado deshidratado de la Villa Olímpica. Por medio de contactos logramos que alguien llamara directamente a las autoridades del Ministerio de Salud, que enviaron a un neumólogo a verlo al hostal. Eso fue el martes 24. El neumólogo lo remitió de inmediato al hospital Saldaña. Para entonces mi papá ya llevaba una semana muy delicado. 

At the designated space for medical consultations in Villa Olímpica, there was no respect for the social distancing that the government was touting.
 
At the designated space for medical consultations in Villa Olímpica, there was no respect for the social distancing that the government was touting.

A nosotros nunca nos dieron información. Su traslado nos lo comunicó de manera informal una doctora del hostal. Yo llamé al Saldaña. Me identifiqué como el hijo de Carlos Henríquez Cortez  y me dijeron que allí no había ningún paciente registrado con ese nombre. Volví a llamar más tarde y me contestó el portero del hospital. Él fue a averiguar pabellón por pabellón y él fue el que me confirmó más tarde que mi papá estaba allí. 

Cuando llegó al Saldaña lo pusieron en una sección con gente que había dado positivo. Él tenía aún esperanzas de no haber sido contagiado, porque ni siquiera le habían hecho las pruebas. Ese mismo día mi papá nos envió un mensaje, que decía: “Sáquenme de acá”. Envió una foto del hospital, de los enfermos. Le puso un texto que decía “Aquí asustan”, porque estaba a la par de gente muy enferma. 

Pronto comenzó a faltarle el oxígeno. “Tengo miedo”, nos escribía. Otro día puso “Auxilio”.  Por la falta de oxígeno ya no hablaba coherente ni nos respondía las llamadas. Le dieron oxígeno y nebulizaciones. Pensábamos que los doctores no estaban preparados para lidiar con el virus porque le bajaron el oxígeno y casi se muere. 

Allí, alguien del equipo médico le preguntó cuándo había llegado enfermo de Estados Unidos. Él alcanzó a decirles que no venía de Estados Unidos sino de Guate, que solo estuvo dos días allá y que regresó sano. Después le llamaron a mi mamá para preguntarle lo mismo. Seguían registrándolo como alguien que venía de Estados Unidos. 

Signs read: “Out of order;” and “Shit Only.” The restroom in Villa Olímpica, a site lacking the appropriate amenities to shelter people. This facility continues to house detained Salvadorans accused of violating domestic quarantine. Image courtesy of the family.
 
Signs read: “Out of order;” and “Shit Only.” The restroom in Villa Olímpica, a site lacking the appropriate amenities to shelter people. This facility continues to house detained Salvadorans accused of violating domestic quarantine. Image courtesy of the family.

El viernes 27 de marzo por fin le hicieron la prueba. Dos días después le dieron el resultado: positivo. Ya para entonces ya no podía ni escribir mensajes. El 1 de abril habló con mi mamá y le dijo que se sentía un poco mejor. Había comido. Le dijo que esperaba recuperarse. Ese mismo día un enfermero le dijo a mi mamá que iban a mover a pacientes críticos al hospital Amatepec porque allí había Unidades de Cuidados Intensivos, pero que mi papá no estaba en situación crítica. 

El 3 de abril lo movieron al Amatepec. Ese día le quitaron el celular. Fue un momento muy difícil para toda la familia porque tampoco teníamos contactos en ese hospital para que nos dijeran cómo estaba mi papá. Ya no los identificaban por el nombre, sino por la edad. 

Después de movernos por todos lados conseguimos un contacto en el Amatepec y logramos hablar con el doctor. Solo nos dijo que estaba estable. Nada más. 

Después supimos que el 7 de abril lo entubaron en la UCI y al siguiente día su pulmón colapsó. Un neumotórax. El doctor nos dijo que nos preparáramos porque estaba mal. El 9 de abril le perforaron el pulmón. 

Según nos dijeron algunas enfermeras, en el Amatepec había siete personas en UCI por coronavirus. Solo mi papá sobrevivió en ese hospital. Pero salió de allí muy grave, aún con un tubo en el pulmón. El 10 de abril, en esas condiciones ya tan delicadas, lo movieron al San Rafael. No sabemos por qué. 

Nosotros fuimos consiguiendo contactos en los hospitales que nos ayudaron a riesgo de su propio trabajo. Enfermeras y doctores con los que hablamos nos pidieron absoluta discreción porque firmaron un acuerdo de confidencialidad con el gobierno. No pueden dar información ni siquiera a los familiares de los enfermos. 

Hoy sospechamos que hubo negligencia médica en el Amatepec, cuando le perforaron en pulmón. ¿Pero cómo confirmarlo? Es imposible. 

El 10, ya en el San Rafael, comenzaron a tratar de estabilizarlo. Llegó con el pulmón izquierdo colapsado y le metían medicinas y esteroides. El 18 nos dijeron que le habían hecho rayos X y vieron algo en el pulmón derecho. Allí vieron tenía los glóbulos blancos altos, señal de infección, probablemente por alguna bacteria que le había entrado. También la creatinina estaba alta, señal de que los riñones comenzaban ya a fallarle. Nos dijeron que tendrían que hacerle diálisis, pero no tenían máquina para hacerla. Lo cual es increíble porque hemos visto que en todos los hospitales que tratan coronavirus en Estados Unidos saben que los riñones pueden fallar y en todos tienen la máquina al lado para hacer la diálisis. En El Salvador no hubo máquina y nunca le hicieron la diálisis. 

Mi papá falleció el 22 de abril. Solo. 

El doctor que lo atendía en el San Rafael me envió un mensaje de texto que apenas decía: “Su padre acaba de fallecer. Lo siento mucho”. Me molestó que ni siquiera me llamara para decírmelo personalmente. Le llamé pero yo ya no podía hablar. Mi novia habló con él. El doctor le dijo que los pulmones iban mejorando, pero que los demás órganos no fueron monitoreados desde un principio, como debieron haber hecho. 

Luego vino el tuit del Ministro (de Salud, Francisco Alabí), en el que lamentaba el fallecimiento de un señor de 62 años que provenía de Estados Unidos y que había fallecido a pesar de “todos los esfuerzos médicos y atención de primera línea”. Yo lo desmentí por Twitter y él tuvo que retractarse y pedir disculpas por tener información equivocada por errores administrativos. Pero todo ha sido un caos. Hasta el acta de defunción estaba errada.  

Ojalá que nadie tenga que pasar por esto. 

Mi papá regresó a El Salvador porque la embajada salvadoreña le dijo que iría a su casa. Pero nunca llegó. Mi papá era inquebrantable. Para que haya dicho que tenía miedo es porque de verdad lo que debe haber visto fue terrible. 

Nosotros nunca hablamos antes de esta situación, por miedo a que en represalia descuidaran a mi papá. Los hijos estamos en Estados Unidos pero mi mamá está en El Salvador, sola. Ella está destrozada. Le mandamos la comida desde acá, la compramos por internet. Ella tiene, como nosotros, odio por dentro. Porque se pudo haber hecho más para que no le pasara esto a mi papá. 

A mi mamá sí la dejaron asistir al entierro, que fue el 23 en Jardines del Recuerdo. La dejaron llevar un solo acompañante y ver de lejos. Nada más. Para lo que sí tuvieron espacio fue para fotógrafos del gobierno. Hasta un dron pusieron a filmar el sepelio.  

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