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¿A qué normalidad retornaremos?

Mario Zetino Duarte

 
 

A raíz de la emergencia de la pandemia por covid-19, hemos transitado en el país por un período al que todos coincidiremos en denominar excepcional en nuestras vidas. Excepcional porque, de manera abrupta, ha trastocado y modificado nuestras actividades diarias y la racionalidad cotidiana de nuestras relaciones y dinámicas laborales, familiares, comunitarias, sociales, culturales y económicas.

¿Es posible retornar a la normalidad? ¿De qué normalidad hablamos? ¿Esa “normalidad” será igual para todos? ¿Cómo entender lo excepcional en el marco de la “normalidad” alterada y a la cual suponemos regresar? Frente a toda la conflictividad política que hemos vivido en este período, también tiene sentido preguntarse: ¿en qué condiciones lo haremos?

Algunas de las características que permiten definir la pandemia como una situación excepcional y, por tanto, como una crisis de salud y sanitaria, son: su extensión global – ningún país del mundo está ya excluido–, la rapidez y la fuerza inusitada de su expansión, el conocimiento aún poco certero de las características de la enfermedad, la complejidad de los mecanismos comunitarios de contagio, la magnitud de la mortalidad que genera en corto tiempo, el alto riesgo del desborde y colapso de los servicios y sistemas de salud que ningún país, menos los países pobres, estaba preparado para afrontar.

Esta combinación de elementos, entre otros, incrementó la sensación de falta de control, de inseguridad e incertidumbre y condicionaron los tiempos de aplicación y la necesidad de medidas políticas.  Por un lado el tratamiento que dieron a la pandemia los medios de comunicación en el mundo, provocando una sobreexposición informativa; errática y confusa, en muchos casos por falta de conocimiento certero y en otros por ser resultado de información falsa. Y por otro, el temor colectivo a la alta probabilidad individual de muerte, resultado de algunas de las medidas adoptadas. 

La pandemia de covid-19 constituye ciertamente una crisis de salud para cualquier país del mundo y debe ser explicada por sus peculiaridades biológicas y por sus características epidemiológicas conexas. Pero estas particularidades se experimentan de manera distinta según las condiciones de cada país. Asumir que los efectos son iguales para todos da lugar al riesgo de utilizar la pandemia para explicar todas las dinámicas en el resto de los ámbitos de la sociedad: las económicas, las sociales, las culturales y por supuesto las de carácter político. El riesgo también es que obviemos preguntarnos por los elementos reales que provocan las crisis en los otros ámbitos.

Este riesgo beneficia a todos los intereses económicos y políticos en el país. Por un lado, los de aquellos que siempre se empeñan en ocultar las condicionantes “normales”, de tipo estructural, en las que se desarrollan los escenarios propicios para que pandemias como la presente, deriven potencialmente en crisis, primero de salud y luego en precarización, en altos niveles de desempleo; en crisis alimentaria, financiera, de derechos humanos, etc.  Favorece, también, a aquellos que se escudan con discursos políticos, bajo esas condicionantes, para desarrollar medidas autoritarias y dictatoriales que permiten beneficios particulares.      

La normalidad que creemos haber perdido
Siempre tendemos a explicar la realidad colectiva desde la manera en que comprendemos nuestra realidad individual. Sin embargo, esa variedad de cotidianidades, aparentemente colectivas, se producen en el marco de condicionantes comunes, cuya dinámica nos afecta económica, social, cultural y políticamente de manera diferenciada. De no ser así, “la anormalidad” surgida de las alteraciones provocadas indirectamente por la pandemia nos afectaría a todos por igual. Hay evidencia suficiente de que la cuarentena domiciliar y el distanciamiento físico espacial, por ejemplo, ha afectado de manera diferente a los grupos sociales en nuestro país.

Esas condiciones comunes hacen referencia a las relaciones de poder económico, social y político que ocasionan que ciertos sectores de la población sean excluidos por otros del mercado laboral, del acceso a tierras, del acceso a la educación y a créditos. Y, como consecuencia, reproducen constantemente desigualdades sociales. Parte de esas condiciones son el resultado del funcionamiento de la economía global y de medidas económicas impulsadas por organismos internacionales.

Esa es la normalidad estructural a la que seguramente regresaremos: la que da lugar a las vulnerabilidades sociales y económicas diferenciadas entre grupos sociales, ante situaciones críticas o de emergencia, como la actual pandemia. Esa es la normalidad en la que se produce la cotidianidad diferenciada que, al alterarse bruscamente, las hace aparecer como las normalidades a las que hay que regresar. Ciertamente, la normalidad estructural no se ha modificado sustancialmente.

Algunas condiciones materiales de vida de los grupos sociales se alterarán y modificarán el funcionamiento de relaciones económicas y sociales sustentadas en esa misma base estructural. Algunos grupos sociales sufrirán alteraciones positivas o negativas diferenciadas. La pérdida de empleos, que ya se producen por millones en todo el mundo, así lo atestigua. A las pérdidas de empleo, que en nuestro país se calculan en algunos cientos de miles, habrá que agregar la precarización de las relaciones salariales de aquellos que logren mantenerlas, así como la desaparición de miles de medianas y pequeñas empresas y su endeudamiento involuntario, entre otros, al que se verán obligados.

Los sectores con mayor poder económico no verán alteradas en mucho las condiciones de sus fuentes de ingreso y calidad de vida. Muchos de ellos serán ganadores en la actividad económica en que se mueven. Basta con pensar que, desde ya, los grandes ganadores son el sector financiero, las empresas de gran capacidad de desarrollo y adecuación tecnológica, entre otros, a nivel global y local. Los economistas y analistas de las altas finanzas podrán ilustrarnos oportunamente al respecto.

También, a nivel subjetivo, han surgido alteraciones en esa percibida normalidad de nuestras relaciones con la naturaleza y en las relaciones con nuestros pares humanos. Es decir, en nuestras maneras de interactuar socialmente. Seguramente se incrementará el temor a los desastres naturales y el temor a perder el control sobre las condiciones de nuestra vida diaria y de nuestra subsistencia, por ejemplo, mayor temor a adquirir enfermedades, inseguridad sobre el empleo, sobre los ingresos o la estabilidad económica o emocional de nuestras familias.

Muy probablemente las dinámicas socioeconómicas, culturales, mediáticas y políticas que enmarcaron las acciones y las formas particulares en que se afrontó la pandemia y que establecieron las diferentes maneras de explicarse, vivir y experimentar la cuarentena (domiciliar, el confinamiento en centros de contención, el distanciamiento físico, el confinamiento económico y social y la represión social), tendrán efectos subjetivos en las formas de interacción social. Una vez que se registraron los primeros casos positivos, por ejemplo, hubo discriminación entre sus vecinos para con el personal de salud; y ellos mismos trataban con cierta discriminación a los primeros pacientes que fueron llevados a los hospitales y a los centros de contención sin que estos fueran confirmados como casos positivos.

Por ejemplo, con seguridad, quedará instalado el miedo como mecanismo de acción y reacción a favor de quienes tengan el poder de activarlo en su beneficio. La desconfianza, la pérdida efectiva de empatía y solidaridad social (aunque el discurso promueva la simpatía y solidaridad), también quedarán instalados en nuestras interacciones sociales. Se incrementarán y serán más evidentes el rechazo social en general y, en particular, la aporofobía (el rechazo y desconfianza hacia los pobres), considerándolos ya no solo como factores de peligro delictivo, sino como potenciales factores de riesgo y contaminación de enfermedades. La discriminación, la segregación social y  espacial se incrementarán. Lo que hasta ahora es distanciamiento físico como medida de prevención al contagio se convertirá en un real distanciamiento social.

Con alta probabilidad se fortalecerá el individualismo como forma de explicarnos lo que nos sucede y, por tanto, también como una forma alternativa a la búsqueda colectiva de solución de los problemas de la sociedad. En esa medida, aumentará la competencia individual y la vulnerabilidad ante el poder económico y político. El odio, la violencia y la impunidad como formas de solución a los problemas sociales y políticos se fortalecerán, respaldados, auspiciados e incentivados por los discursos políticos que, durante la pandemia, han encontrado en ellas los únicos mecanismos de acción política.

Todos esos aspectos no son predicciones, sino tendencias probables ante las alteraciones de las “condiciones de normalidad”. Aunque todas tienen un carácter negativo y, en oposición a ellos, pueden surgir aspectos positivos, tiene sentido señalarlos, porque son los que a la larga estructuran las interacciones sociales, pero quedan ocultos tras los discursos positivos que resaltan y buscan mostrar únicamente lo deseable socialmente. 

El reto para organizar la nueva cotidianidad
El gran reto, una vez se acabe el confinamiento, es encontrar las explicaciones que vuelvan comprensible y manejable esa realidad y esas condiciones que afectan nuestras vidas. Desde el inicio y durante el afrontamiento individual y colectivo de la pandemia, hemos presenciado en el país muchas de las medidas que fueron tomadas en nombre de la prevención en realidad eran acciones de pánico ante una realidad caótica causada por “un enemigo” invisible, desconocido e incomprensible en su naturaleza y efectos biológicos en el cuerpo humano.

Aunque se pretendió sustentar muchas medidas con un discurso científico de correlaciones y proyecciones estadísticas, no pasaron de ser derivaciones simples de relaciones aparentes. Una consecuencia directa de no contar con el conocimiento certero de la naturaleza del virus ni de cómo este actuaba en el organismo humano.

Con las pretensiones de ganar certezas ante la inseguridad y el pánico, y con el propósito de sostener como correctas las medidas adoptadas, nos han metido en el túnel oscuro de las interpretaciones simplistas que pretenden ser explicaciones de hechos complejos, no solo en el terreno específico de la salud, sino en el de lo ético, en el de la economía, de las dinámicas sociales y políticas.

Políticamente se contrapuso, por ejemplo, el derecho a salvar la vida biológica con el derecho a su subsistencia económica. De esa manera, se decretó la cuarentena domiciliar para toda la población aun sin que existiera el primer caso de covid-19 en el país. Es decir, no se adecuaron los períodos de cuarentena según el avance de la enfermedad. Las consecuencias han sido que los diferentes grupos sociales, en particular los más vulnerables social y económicamente, de manera pronta llegaron al límite de sus posibilidades reales de subsistencia económica debido a la pérdida de empleos, falta de ingresos o alimentos para la familia. También las capacidades subjetivas de la población para hacer frente emocional al encierro domiciliar se agotaron pronto, dando lugar, por ejemplo, a conflictos y violencia intrafamiliar y violencia contra las mujeres.

Se establecieron también, por la vía de las explicaciones simplistas, los riesgos de contagio entre quienes portaban y no portaban un permiso de circulación; se definió quiénes estaban a favor o en contra de la vida, se definieron los parámetros de desacato si había críticas a las medidas. Por esa vía, conscientemente, el Gobierno ha establecido relaciones directas y manipuladoras entre el pánico, el terror y la obediencia; entre culpabilidad individual y responsabilidad colectiva; entre seguridad falsa al no contagio y seguridad de conocimiento (inexistente) sobre la pandemia.

Esa manera de razonar se está constituyendo en el fundamento de la práctica populista del Gobierno para justificar superficialmente cualquier tipo de medidas dictatoriales en el terreno del accionar político. Esta se ha aplicado también en la manera de actuar y generar discursos en torno a la emergencia por las tormentas tropicales Amanda y Cristóbal.

No podemos fundamentar en esas simplificaciones las nuevas formas de entender y afrontar económica, social, cultural y políticamente los retos futuros que nos deja la experiencia de la actual pandemia.

Si queremos dar forma a una manera diferente de razonar y organizar nuestras relaciones e interacciones sociales en una nueva cotidianidad, debemos recuperar la capacidad social de comprender y explicar –científica y éticamente– nuestra realidad. Todo esto pasa necesariamente por vencer los efectos negativos surgidos de la manera en que hemos enfrentado, como sociedad, la pandemia. Enfrentar este reto es responsabilidad de todos.

* Mario Zetino es director de Investigación de la Universidad Centroamericana Dr. José Simeón Cañas (UCA). Posee un doctorado en Sociología por la Universidad de Lund, Suecia, y es investigador asociado de Flacso El Salvador.
 
* Mario Zetino es director de Investigación de la Universidad Centroamericana Dr. José Simeón Cañas (UCA). Posee un doctorado en Sociología por la Universidad de Lund, Suecia, y es investigador asociado de Flacso El Salvador.


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