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La comunidad sin agua, pero con bitcoin
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La comunidad sin agua, pero con bitcoin

Alrededor de Berlín, Usulután, hay cientos de familias que sobreviven sin servicio de agua potable. Tener agua una vez al mes es un privilegio y quienes lo logran es porque se conectan a un servicio administrado por la misma comunidad. Quienes viven en la zona alta del municipio obtienen agua pagando entre $45 y $60 al mes, lo que equivale a una quincena de trabajo. Aquí se habla de conflictos medioambientales por el agua como de temores ante la posibilidad el aumento de la actividad de la geotermia para garantizar que haya energía para minar bitcoin.

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Al fin era el turno de su comunidad para abastecerse de agua. En el cantón Las Delicias habían pasado sequía todo el mes. María Alvarenga despertó la madrugada de ese 22 de julio por un estruendo dentro de la cañería que rodea su casa. Era el agua. Cuando el agua cae, no hay recipiente que quede vacío: cántaros, barriles, tarros o huacales. Hasta las tazas se llenan. 

“Hay gente que logra agarrar más si tiene para comprar depósitos”, cuenta María. Asegura que solo con un pariente en Estados Unidos que envíe remesas se tiene dinero suficiente para instalar cisternas o conseguir bidones (con capacidad de 1,000 litros). No es su caso.

María, 68 años, vive con su esposo, Isidro Benítez, 72 años, en un cantón de la zona intermedia de Berlín, Usulután, un municipio que ha tomado protagonismo en las recientes semanas por ser una posible fuente de energía geotérmica para que el Gobierno pueda minar bitcoins. Pero aquí el principal problema que atraviesan es la falta de agua. De eso depende el resto de sus males. De eso depende también el temor que tienen a ese minado que no terminan de comprender. 

Si en casa de María llega el agua un día entero, o a veces dos días cada mes, es porque la comunidad se organizó para instalar lo que llaman “el múltiple”, un servicio administrado por una junta de agua por el que pagan $6 al mes y que se comparte entre las 900 familias que viven en 15 comunidades alrededor de Berlín. María y su esposo han vivido de la agricultura, del cacao que siembran en su solar y de la cría de peces que mantienen en una de las dos piletas que han construido en su patio como reservorios de agua. Solían tener bestias y ganado, pero ya no, debido a la escasez.

“Cuando no hay agua, con agua llovida nos remediamos. Con esa tengo los barriles”. María señala los tres barriles que hasta antes de ese 22 de julio se cubrían de polvo. Habían pasado casi 30 días sin lluvia. 

María Alvarenga vive en el cantón Las Delicias, de Berlín, Usulután. María debe cocinar con el agua de un nacimiento cercano al cantón. El agua es filtrada por un método artesanal creado por los habitantes de la comunidad. Foto El Faro: Carlos Barrera
 
María Alvarenga vive en el cantón Las Delicias, de Berlín, Usulután. María debe cocinar con el agua de un nacimiento cercano al cantón. El agua es filtrada por un método artesanal creado por los habitantes de la comunidad. Foto El Faro: Carlos Barrera

Inés Marroquín es presidenta de la Asociación Múltiple El Milagro, la junta de agua encargada de administrar lo que llega a estas casas a través de un sistema de bombeo. Por más que se le quiera dar agua a todas las comunidades, no se puede, dice Inés: “La persona que tiene cómo acaparar más, acapara más; y, la que no, anda pidiendo para mientras llega la ronda ahí al mes”. 

Si llegan a sobrecargar los seis motores con los que operan, podrían provocar un cuantioso daño que les sería imposible cubrir de inmediato y que empeoraría el abastecimiento. Por eso no pueden con la demanda, pero lo intentan. Para mejorar el servicio, recientemente montaron un motor que costó $24,250. 

El múltiple, como le llaman al proyecto comunitario, comenzó a gestionarse allá por 1972 y se abastece del nacimiento Santa Anita, desde ahí se extrae agua que luego se transporta por cañerías hacia diferentes tanques. Este es un proyecto caro en una zona pobre de Berlín. El mismo Programa Mundial de Alimentos (PMA) y el mapa de pobreza del Fondo Social para el Desarrollo Local (FISDL) ubican a Berlín en pobreza extrema alta y muy alta en tasa de desnutrición. 

Inés tomó el liderazgo de la junta de agua en 2017. Sabe que una de las responsabilidades es pasar sus días de comunidad en comunidad, en interminables reuniones con su gente y en las que nunca falta como principal punto en agenda la falta de agua o el estado financiero del proyecto. 

Desde que la Asamblea Legislativa inició con el estudio del proyecto de Ley de Recursos Hídricos, que envió el Gobierno de Nayib Bukele el 18 de junio, la incertidumbre aflora en esta comunidad. Muchos temen que el resultado sea una ley que favorezca al sector privado y que solo empeore la situación en la que se encuentran. “Nuestra preocupación es que lleguen empresas a la fuente Santa Anita y empiecen a hacer y deshacer”. Una de esas empresas que ha rondado en la zona es la Coca Cola, asegura Inés. “Estaba llegando otra, de esas empresas que llegan a perforar para energía eléctrica, no recuerdo el nombre, para sacar la energía”, dice.

El lunes 11 de octubre, El Faro escribió a Industrias La Constancia, distribuidora en el país de esa marca internacional, preguntando por un contacto de prensa de Coca Cola, y ellos proporcionaron un correo para contactar al representante en el país. Se enviaron dos correos a esa persona, pero no hubo respuesta. 

Isidro Benítez tiene 70 años y nació en el cantón Las Delicias de Berlín, el lugar nunca han tenido acceso a agua potable y, desde que recuerda, siempre se han abastecido del nacimiento del cantón. Asegura que en el lugar son muy frecuentes las enfermedades estomacales. Foto de El Faro: Carlos Barrera
 
Isidro Benítez tiene 70 años y nació en el cantón Las Delicias de Berlín, el lugar nunca han tenido acceso a agua potable y, desde que recuerda, siempre se han abastecido del nacimiento del cantón. Asegura que en el lugar son muy frecuentes las enfermedades estomacales. Foto de El Faro: Carlos Barrera

Berlín es un territorio rico en energía geotérmica. Desde este lugar opera la Central Geotérmica Berlín, bajo la administración de la transnacional La Geo, una infraestructura que cuenta con 37 pozos geotérmicos -entre productores y reinyectores- y que genera 109.4 Megavatios (MWh). 

En las últimas semanas, la gente ha puesto sobre la agenda de Inés preguntas relacionadas a la geotermia que ella no puede responder. Se escuchó decir que la planta aumentará la capacidad de producción y las alertas saltaron. El rumor de un minado para generar bitcoines ha llegado a estas comunidades. 

“Hay una buena inconformidad contra todo esto”, dice Inés. Aunque es una minería diferente a la minería metálica —prohibida en el país—, tienen certeza de que no quieren nada que impacte en su medio ambiente o, peor aún, que pueda empeorar la situación de escasa agua que tienen. “Eso lo he podido notar en todas las comunidades a las que he ido. Es lo que la gente habla: de la privatización (del agua) y de esa moneda”, explica. 

Los miedos y las preguntas sobre la minería sobran en esta comunidad porque “la mayoría de personas saben perfectamente del daño de la geotérmica”, dice Inés. Con el paso del tiempo, no solo perciben la disminución de sus fuentes hídricas, sino también el cambio en la consistencia del agua que les llega. Describen un tipo de nata blancuzca sobre la superficie. Los pobladores de esta zona no comprenden con detalle qué significa el minado, pero el solo rumor de que algo pueda empeorar aún más su carestía de agua, los lleva a rechazarlo a priori. 

Melvin Alvarenga viaja cada dos días en su motocicleta hasta un nacimiento de agua ubicado en el cantón Las Delicias, Berlín. La familia Alvarenga utiliza el agua del nacimiento exclusivamente para tomar. Foto de El Faro: Carlos Barrera
 
Melvin Alvarenga viaja cada dos días en su motocicleta hasta un nacimiento de agua ubicado en el cantón Las Delicias, Berlín. La familia Alvarenga utiliza el agua del nacimiento exclusivamente para tomar. Foto de El Faro: Carlos Barrera

Los primeros pasos del minado

Antes de llegar a Las Delicias, el agua pasa por San Juan Loma Alta, un cantón que la mañana de ese 22 de julio parecía inerte hasta que un tumulto de mujeres —con cántaros en mano— saltó a la calle principal de tierra a esperar por un turno en los chorros comunitarios. Lo hacen porque en su casa no tienen cañerías. El pago es de $6 por derecho al múltiple. A esto le suman $0.50 que tienen que dar al valvulero para que les eche el agua. 

El chorro de agua es como el parque del pueblo, y a su alrededor las mujeres ríen y comparten lo que les aqueja debajo de un árbol raquítico, mientras llenan los cántaros que dejan en fila. La falta de agua es uno de los temas habituales de conversación.  

Alma Orellana, coordinadora de la Defensa de la Subcuenca del Río San Simón y una lideresa de Berlín, se detiene a escuchar lo que hablan. En este lugar, a esta mujer de 50 años, todos la conocen como defensora del río, otra fuente de agua que consideran bajo riesgo en la zona debido a la impermeabilización que sufren los terrenos y que ha llevado a la disminución de su caudal. Ella se metió en el movimiento ambiental luego del huracán Mitch, en 1998, por un deslave en Berlín que le hizo pensar que los “desastres” no siempre son tan “naturales”. Si algo defiende Alma es que la gente sea cada vez más consciente de la protección de las cuencas, ya que el agua no “llega al chorro por arte de magia”. 

En estas pláticas de escasez de agua hay un nuevo tema que se suma: la minería para los bitcoines. En estas comunidades se supo de la minería para esta criptomoneda a través de las radios comunitarias. Ahí escucharon que la energía geotérmica sería usada para echar a andar esta medida, cuenta Alma. Cuando ella se enteró de que el plan de minado incluía la apertura de un nuevo pozo para suministrar energía para cuartos llenos de computadoras, comenzó a preguntar, a buscar información. Piensa que si continúan con la apertura de más pozos, habrá más deforestación. “La gente está consciente que eso va a afectar. Sabemos ya los daños que causa la explotación del recurso agua que hace La Geo”, asegura. 

Consuelo del Carmen Cruz espera a un lado de una calle polvorienta a que se llenen sus cántaros de un chorro ubicado en el cantón Loma Alta, del municipio de Berlín, Usulután. Foto de El Faro: Carlos Barrera
 
Consuelo del Carmen Cruz espera a un lado de una calle polvorienta a que se llenen sus cántaros de un chorro ubicado en el cantón Loma Alta, del municipio de Berlín, Usulután. Foto de El Faro: Carlos Barrera

Previo a que la Ley Bitcoin entrara en vigencia el 7 de septiembre en El Salvador, el presidente Bukele anunció por Twitter que había instruido a La Geo para que facilitara un plan de minería para bitcoines, que garantizara la energía que este sistema necesita para operar. La idea de Bukele es hacer uso de la energía geotérmica para minar. 

El 9 de junio, Bukele tuiteó que había sido notificado de la apertura de un nuevo pozo geotérmico que proveerá de aproximadamente 95 MW para minado. Pero nunca especificó si se trataba de la  planta geotérmica de Berlín o la de Ahuachapán. Sin embargo, si bien esto podría incrementar la producción de energía geotérmica, que según el Gobierno representa el 26 % de la oferta energética, los impactos serían altos y los beneficios muy pocos, según Mauricio Sermeño, presidente de la Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES). 

Para este reportaje se buscó a La Geo el lunes 11 de octubre, a través de la persona encargada de comunicaciones. Se le consultó si cuentan con estudio de impacto ambiental para la minería para bitcoines o el manejo de aguas subterráneas de las zonas aledañas a la planta geotérmica. Se preguntó también si la planta de Berlín será usada para el minado. Se preguntó sobre qué garantías hay de que el suministro de energía para el minado no genere un desabastecimiento energético. Para el cierre de este texto, La Geo no emitió respuesta alguna.

Para Sermeño, con estudios en plantas eléctricas geotérmicas e hidroeléctricas, una decisión como esta, de potenciar la geotermia para minar, puede traer repercusiones en las comunidades cercanas. Aunque la geotérmica es una de las energías “limpias” o renovables, Sermeño es de la idea de que siempre hay un impacto “en el aire que respiran, el agua que tienen que consumir, el territorio, la sismicidad que se aumenta”. 

Por eso no ve viable la minería de bitcóin o de cualquier criptomoneda, porque esto representa “una demanda continua, exageradamente grande”. Lo compara con una fábrica que consume cinco MW. Cuando se habla de esa cantidad de consumo significa que la fábrica es enorme. Para hacer minado, según Bukele, se hará uso de los 95 MW generados por el nuevo pozo. “Hablamos de 95 MW y, creo, va a ser más”, añade Sermeño sobre el gasto energético que se requerirá.  

Minar bitcoines implica tener infraestructura, un centro de datos, conectividad a internet, además de la electricidad y aire acondicionado en abundancia, porque las computadoras necesitan ventilación. “Nuestro clima es demasiado caliente y eso genera una gran cantidad de calor, y necesitan una temperatura ambiente agradable para funcionar. El aire acondicionado puede duplicar aún más la cantidad de energía necesaria para funcionar”, menciona Sermeño, y añade la posibilidad de que aumenten también las emisiones de dióxido de carbono (CO2). 

A la advertencia de Sermeño de que la informática en sí consume una gran cantidad de energía, se suma un nuevo estudio publicado por la revista Resources, Conservation and Recycling, que determinó que la minería por bitcoin deja una gran cantidad de desechos electrónicos: cada transacción genera 272 gramos en residuos, comparable a dos iPhone mini tirados a la basura. Este es el resultado de tener máquinas trabajando segundo a segundo en minería. Pero en estas comunidades de Berlín si algo les preocupa es que el minado les deje aún con menos agua.  

¿Aumentar la capacidad geotérmica puede propiciar un impacto directo en los mantos acuíferos de la zona? La respuesta de un ingeniero agrónomo, especialista ambiental, que por temor a repercusiones pidió omitir su nombre, es que existen ciertas actividades que causan la disminución de los caudales en las fuentes de agua de la población, entre estas el cambio en los usos del suelo: que podría ocurrir con la construcción de infraestructura para la planta geotérmica. 

Es decir, de llegarse a presentar un aumento en la capacidad de producción por la minería, como lo anunció el presidente, podría implicar la necesidad de aumentar infraestructura en la planta geotérmica y eso podría generar un impacto en los mantos acuíferos de los que se abastece la población de estas comunidades. El solo rumor de que la situación podría empeorar hace que estas poblaciones de Berlín, habituadas a la sequía, se pongan alerta. 

Planta geotérmica de Berlín, ubicada en el cantón Montañita, del municipio de Alegría, en Usulután. Foto de El Faro: Carlos Barrera
 
Planta geotérmica de Berlín, ubicada en el cantón Montañita, del municipio de Alegría, en Usulután. Foto de El Faro: Carlos Barrera

Natalia Santamaría es especialista en geofísica y ha colaborado en investigaciones sobre el agua en la UNES. Para ella, que La Geo aumentara su capacidad de producción conllevaría la posibilidad de que se tuvieran que perforar más pozos y deforestar. “¿Qué impactos lleva esto? Quiere decir que se tendría que talar y eso cambiaría la dinámica del suelo y la dinámica de los acuíferos”, dice. Su opinión no está lejos de lo que tiene inquieta a Alma, lideresa de Berlín. En otras palabras, puede que haya un cambio en el flujo del agua que abastece a las comunidades. 

Santamaría retoma lo mencionado por Sermeño respecto a los microsismos que se dan en este tipo de zonas por la perforación de pozos: “Eso puede también que obstruya el paso del agua para las comunidades”. 

Para saber concretamente cuáles serían las repercusiones ambientales, menciona Santamaría, lo ideal sería hacer un análisis del impacto medioambiental respecto a la minería por bitcóin. 

Sermeño y Santamaría coinciden en lo que se produce a día de hoy en energía eléctrica de los volcanes ni siquiera alcanza para cubrir la demanda para todo El Salvador: “Aunque se venga a producir toda la energía que se diga a nivel de geotermia, no tenemos la capacidad para poder minar bitcoin. Eso es mentira”, dice el ingeniero de la UNES, y augura un futuro tremendo: cree que el minado generará un impacto en el medio ambiente y El Salvador podría sufrir de desabastecimiento energético por la minería, lo que llevaría a que el país entero terminara en constantes apagones. 

El 28 de septiembre, Bukele tuiteó el video de una rastra remolcando un contenedor de carga industrial, de los que se usan para transporte marítimo, con el logo del Gobierno de El Salvador al costado. El video mostraba un cubo largo y oscuro llegando a lo que parecía la planta geotérmica de Berlín. “First steps” (primeros pasos), escribió el presidente sin revelar el lugar exacto donde se ubicó el contenedor, presumiblemente para empezar la infraestructura de minado. 

Oasis de supervivencia 

En San Lorenzo nunca ha habido agua potable. Esta es una comunidad en la parte alta de Berlín, donde el agua que se consume es recolectada a través de canales instalados sobre el techo. Cuando la lluvia cae, el agua se almacena en tambos grandes. Esa es la historia diaria de las casi 111 familias que viven a lo largo del cantón, como también de las dos escuelas de educación básica de la zona, que tampoco cuentan con un sistema de agua potable. 

En este cantón, a unos minutos del casco urbano de Berlín, el agua se compra o se acarrea desde un nacimiento. Muchos optan por la segunda opción: no todo el tiempo se pueden dar el lujo de pagar entre $45 y $60 en agua, equiparable a lo que ganan por una quincena de trabajo en cafetales.  

Todos los días las mujeres del cantón San Lorenzo, municipio de Berlín, caminan hasta un nacimiento de agua ubicado en el corazón de la cordillera montañosa del municipio. Allí, las mujeres lavan, se bañan y cargan agua hasta las casas para que las familias puedan tomar. Foto de El Faro: Carlos Barrera
 
Todos los días las mujeres del cantón San Lorenzo, municipio de Berlín, caminan hasta un nacimiento de agua ubicado en el corazón de la cordillera montañosa del municipio. Allí, las mujeres lavan, se bañan y cargan agua hasta las casas para que las familias puedan tomar. Foto de El Faro: Carlos Barrera

El nacimiento es un ojo de agua protegido entre frondosos árboles ancestrales. Estas personas lo ven como un oasis de supervivencia. Para llegar hasta ahí, hay que adentrarse en un barranco a través de una vereda que los habitantes han mejorado con el tiempo, para facilitar la caminata a las personas, en su mayoría mujeres, que suben y bajan con un equilibrio envidiable, sin que haya cántaro que tambalee. 

En casa de Natalia Campos, una mujer petisa de 64 años y de fácil sonreír, hay tres bidones instalados, un par le fue donado por la Fundación ProVida y la cooperación internacional, bajo el lema “Fortalecimiento de capacidades locales para garantizar el acceso sostenible a agua potable en las comunidades de Berlín, El Salvador”. Ella hace mucho que dejó de bajar al nacimiento. Deja esa labor a su nieto, que cada día va por una cantarada de agua. Así es como se ahorra $3 semanales que de vez en cuando suele pagar por un barril con agua. 

Sentada en el corredor frente a su cuarto, Natalia ofrece café a Alma Orellana. Se une a la plática Óscar Velásquez, de 45 años, presidente de la Adesco del cantón San Lorenzo. El encuentro esporádico terminó en una reunión de varias horas: hablaron de la falta de agua, de salidas a la problemática, de proyectos fallidos que nunca terminan de ser apoyados desde la municipalidad y de la minería para bitcoines. 

Justin Velázquez, de 8 años, vive en el cantón San Lorenzo, de Berlín, Usulután. Todos los días, el niño acompaña a su madre hasta el nacimiento de agua para poder bañarse y llevar agua para su familia. Foto de El Faro: Carlos Barrera
 
Justin Velázquez, de 8 años, vive en el cantón San Lorenzo, de Berlín, Usulután. Todos los días, el niño acompaña a su madre hasta el nacimiento de agua para poder bañarse y llevar agua para su familia. Foto de El Faro: Carlos Barrera

“¡¿Qué son $2 millones?!”, cuestiona Óscar sobre una propuesta que lleva entre ceja y ceja de instalar un sistema de bombeo que, a través de cañerías, mueva el agua no solo a San Lorenzo, sino al resto de comunidades aledañas, incluido parte del casco urbano de Berlín. “$2 millones no es cantidad para un problema que quedaría resuelto de por vida. Es una inversión”, dice mientras compara el gasto con otros proyectos impulsados por el Gobierno.

Para introducir el bitcoin al país, el Gobierno ha destinado $205.3 millones. 

Pero ese acceso a agua potable que está en la mente de Óscar parece estar a años luz. Por más gestiones que han intentado hacer, aún no logran convencer a la municipalidad para que apruebe la idea. Una segunda propuesta, más viable según Óscar, sería construir tanques de recolección de aguas lluvias o donar un tanque por familia, pero hace falta “voluntad política”. 

Alma piensa en el nacimiento y comparte el miedo de que esta fuente se seque. Recientemente, tras una fuerte lluvia, un alud de tierra cubrió parte de ese ojo de agua. Un árbol quedó atravesado en una de las piletas que construyeron los habitantes para lavar ropa. Para remover el derrumbe, la gente usó maquinaria que les facilitó la alcaldía. Ahí es cuando Alma insiste en el impacto de alterar el ecosistema y es cuando, de nuevo, saltan los temores sobre el bitcoin y la minería. “Eso significa más deforestación, más aumento del calor, más riesgos de desastres, más afectaciones a la salud”, comenta.

Alma Orellana (25 de mayo de 1970) es activista por los derechos de las mujeres y defensora del territorio en el municipio de Berlín, Usulután, y sus cantones. Foto de El Faro: Carlos Barrera
 
Alma Orellana (25 de mayo de 1970) es activista por los derechos de las mujeres y defensora del territorio en el municipio de Berlín, Usulután, y sus cantones. Foto de El Faro: Carlos Barrera

Los conflictos por el agua

Las comunidades que se desprenden de Berlín se distribuyen en un laberinto rural de calles angostas, rocosas y de polvo, de las que ni Google Maps tiene registro. Pero Alma Orellana las conoce bien. El tiempo que lleva como defensora de la subcuenca del río San Simón le ha permitido manejar no solo una lista del impacto medioambiental que sufre el municipio, sino el reconocimiento topográfico de cada comunidad.

Eso le da a ella la potestad para hablar sobre los conflictos ambientales que se han presentado en estas comunidades, y que se originan por la falta de agua. Tal y como lo describe el documento “Plan de Ordenamiento y Desarrollo Territorial 2020-2035” —publicado en 2020 por la municipalidad con apoyo de la cooperación internacional—, Berlín está sufriendo el impacto de la tala de bosques y cafetales, contaminación de los recursos de aire, agua y suelo por quemas, como la emanación de humo y gases por la explotación de energía geotérmica. Eso se concluyó por consultas realizadas a diferentes sectores. El agua solo es uno de tantos problemas, pero es el que más les golpea.

Janette Guevara, de 9 años, revisa el nivel de agua de un contenedor de su casa ubicada en el municipio de Berlín, Usulután. Los tanques y múltiples barriles son una estampa común en las casas de las comunidades del municipio y sus cantones debido a la irregularidad del servicio de agua potable. Foto de El Faro: Carlos Barrera
 
Janette Guevara, de 9 años, revisa el nivel de agua de un contenedor de su casa ubicada en el municipio de Berlín, Usulután. Los tanques y múltiples barriles son una estampa común en las casas de las comunidades del municipio y sus cantones debido a la irregularidad del servicio de agua potable. Foto de El Faro: Carlos Barrera

“Hay comunidades que su fuente ya no está dando agua y necesitan conectarse al proyecto múltiple”, dice Alma. Ella, como Inés Marroquín, la presidenta del múltiple, saben que incluir a más hogares significa más tiempo de espera para que el agua llegue a cada comunidad o que se reduzcan las pocas horas a las que las familias tienen derecho con los $6 que pagan al mes. 

Por esto es que la minería para bitcoines es un tema que les preocupa a diario. Alma no tiene dudas de que, de cumplirse su pronóstico, como lo dicho por los expertos respecto al minado, el acceso al agua pasará a ser un padecimiento aún más severo. Su miedo es que esto termine en un aumento “de los conflictos por el agua en la zona”.

Hasta hoy, según Alma, los conflictos ambientales que viven entre comunidades se deben a vertidos de contaminantes en los cultivos o al abuso de los agroquímicos que hacen algunas personas. “Hay comunidades que están tratando de cultivar de manera orgánica, pero hay comunidades que están contaminando”, asegura. Esto aún no ha pasado a más. 

Mientras esto se resuelve -o se complica-, en la casa de María Alvarenga, en Las Delicias, ella habla de la última gallina que vendió para pagar el recibo del agua. Cuenta de cuando era joven y le tomaba todo un día ir a la fuente del río San Simón, por el lado de Mercedes Umaña. “Nosotros hemos sufrido mucho por el agua”, recuerda. Dice que los $6 que paga no significan nada con tal de tener agua para comer, para bañarse.  

¿Cómo es la vida sin agua? Para María, dos palabras encierran su calvario de tener agua solo una vez al mes: “Es cruel”. Es todo lo que responde tras un largo suspiro. 

Pedro Mendoza, de 64 años, camina todos los días sobre un terreno escabroso para recolectar agua para él y su familia en el cantón San Lorenzo, Berlín. Allí no existen conexiones de agua potable en las casas de las comunidades y los habitantes se ven obligados a caminar durante al menos 30 minutos para abastecerse. Foto de El Faro: Carlos Barrera
 
Pedro Mendoza, de 64 años, camina todos los días sobre un terreno escabroso para recolectar agua para él y su familia en el cantón San Lorenzo, Berlín. Allí no existen conexiones de agua potable en las casas de las comunidades y los habitantes se ven obligados a caminar durante al menos 30 minutos para abastecerse. Foto de El Faro: Carlos Barrera


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