El Salvador / Mundial
Ver a Argentina perder en Ushuaia, la pecho frío

En el más austral rincón de la Argentina la fiebre mundialista no ha puesto muy febril a nadie. Una cafetería reúne a la más mustia de las hinchadas y un periodista intenta convertir aquello en una crónica mundialista.


Fecha inválida
Carlos Martínez

“Gol”, dijeron, sin que nadie se levantara de su asiento, sin que nadie se despeinara un poco. Con la alegría del que gana un bingo. Y luego ya no dijeron nada más. Cuando terminó el partido, se fueron.

Al estimado lector, paso a ahorrarle tiempo: en esta historia no pasa, en esencia, nada más que lo narrado en el primer párrafo. Es, para que partamos siendo honestos, un relato de un lugar de Argentina en el que está muy jodido cumplirle la promesa a don Álvaro Murillo, editor de la apuesta mundialista de El Faro, al que el bocón que soy le ofreció una vibrante crónica por cada partido de la selección albiceleste.

Pero es que a primera vista el asunto era pan comido. Todas las señales del universo me decían que estaba yo en el epicentro de la apoteosis; que el propio Qatar, con su recato y su sobriedad, sería una biblioteca al lado de la Argentina: en Buenos Aires, por ejemplo, se desató una crisis debido a la escasez de álbumes y cromos mundialistas, que empujó a los tenderos de la capital a colgar, en el lugar más visible de sus kioscos, la advertencia repelente: “No hay álbumes ni figuritas”. No conocí un kiosco sin ese rótulo. En Jujuy, provincia norteña, algún artista advenedizo construyó, a punta de las más variadas basuras, una escultura de Messi levantando la copa del mundo, en medio de un desierto tan alto que costaba respirar. En la calurosa provincia de Misiones se especulaba sobre quién en su sano juicio perdería el tiempo viendo las cataratas de Iguazú, una de las siete maravillas naturales, mientras jugara la selección argentina. Taxistas, bartenders, vecinos, viandantes de todos los pelajes, me adelantaban escenarios rebosantes: bares llenos hasta el techo, ciudades desiertas, gente enloquecida, gritos multitudinarios, vigilias masivas, una epidemia de locura. De ahí, entenderán, la parte vibrante de mi compromiso.

Pero quise rizar el rizo.  

Pensé que todo aquello era lo fácil, que lo verdaderamente único era irme al fin del mundo, a la ciudad más austral del continente, al sur con el que sueña el sur: a Ushuaia, capital de Tierra de Fuego, avecindada con el polo sur, y los glaciares y los pingüinos. Y pues, no me equivoqué.

En Buenos Aires los álbumes mundialistas se agotaron. Los dueños de kioscos deben colgar un rótulo para evitar explicar a los clientes que es imposible encontrar álbumes o cromos. Foto de El Faro: Carlos Martínez
 
En Buenos Aires los álbumes mundialistas se agotaron. Los dueños de kioscos deben colgar un rótulo para evitar explicar a los clientes que es imposible encontrar álbumes o cromos. Foto de El Faro: Carlos Martínez

En Argentina, ser acusado de “pecho frío” es un alegato muy serio, particularmente en la jerga futbolera. Se lo han dedicado al capitán Leo Messi, con saña maligna, para acusarlo de falta de sangre en las venas, de no hacer pataletas, de no ser marrullero, de no andar correteando con los tobillos hinchados, de no ser embriagador para sus compañeros de equipo, o sea, para acusarlo de no ser Maradona, que es, ese sí, un alegato muy, muy serio, particularmente en la jerga futbolera. En fin, el caso es que si no supiera que Messi es de Rosario, juraría que es de Ushuaia.

Comencé mi investigación en los bares, desde luego, donde esperaba vigilias enteras desde la medianoche, con cuyo relato descrestaría a don Álvaro Murillo. “No, es que el partido no se juega en el horario en el que abre el bar”, me explicó un mesero del bar más canchero y menos turístico que encontré. Luego reparé en que el lugar no tenía ni televisores: el mesero me explicó que estaban “pensando” en comprar alguno, pero es que de todos modos los partidos no ocurren “en el horario en el que abre el bar”. En los bares para turistas, ni hablar. Entonces, seguro tendría que haber una plaza pública habilitada para eso, pero la sola idea le resultó ridícula a cuanto ushuaiense pregunté.

Dos muchachos fumaban su marihuana y bebían su cerveza en el patio de un bar y uno le preguntó al otro: “¿Vas a ver el partido mañana?”, así, como si le preguntara si al día siguiente se le antojaba cortarse el pelo; y el otro -enrojecidos ojitos achinados- le respondió desde el fondo de la modorra: “Si me despierto, sí”. Si-me-des-pier-to. Ahí supe que estaba jodido. Para colmo, el taxista que me llevó al hostal me remató esa certeza, cuando me dijo, sin el atenuante de la marihuana, que él tampoco pensaba ver el partido porque era muy temprano, pero que, con suerte, alguna gente lo vería en un centro comercial cercano.

Me mintió.

Al día siguiente -el día esperado durante cuatro esforzados años, el debut de la selección en el Mundial 2022- faltando media hora para el partido, a las seis con treinta minutos de la mañana, Ushuaia dormía a pata suelta. Uno podía ir de casa en casa, asomando por los patios, con la certeza de que ninguna transmisión futbolera interrumpía el sueño de nadie. El centro comercial estaba cerrado a cal y canto. En la parada de buses, un chico de unos 20 años sonreía y se frotaba los ojos después de una noche larga y de lo único de lo que quería hablar era del hecho de que había amanecido en casa de “una amiga”.

A las 6:30 de la mañana, faltando apenas media hora para el primer partido de argentina, los ushuaienses dormían sin mayores muestras de interés por el partido contra Arabia Saudita. Foto de El Faro: Carlos Martínez
 
A las 6:30 de la mañana, faltando apenas media hora para el primer partido de argentina, los ushuaienses dormían sin mayores muestras de interés por el partido contra Arabia Saudita. Foto de El Faro: Carlos Martínez

Finalmente di con mis huesos en la única cafetería abierta que encontré y este era el escenario: una familia -papá, mamá y dos niños- llevaba puestos unos gorritos de hinchas albicelestes; un tipo imperturbable, gordo y malencarado como un marinero de Julio Verne, bebía ya su segundo litro de cerveza; un turista israelí y su novia combinaban cerveza y café con leche; tres muchachos veinteañeros esperaban el encuentro con alfajores y café; un hombre de cejas cuidadosamente depiladas compartía mesa con una mujer a la que jamás dirigió la palabra y algunas sombras más a las que no puse rostro completaban la escena. Éramos menos de 30 personas en el lugar y el ambiente daba para unos huevos revueltos.

Cuando le anularon el primer gol a Argentina no hubo reconchasdetumadre para el árbitro, ni cuando pitaron una seguidilla de fueras de juego, ni cuando anularon el segundo gol, ni el tercero, y se conformaron con la explicación de que el manguito rotador de Lautaro Martínez había asomado detrás de la línea de defensa. El tipo de las cejas depiladas era el único que se revolvía en su silla, mascullando, quizá, algún improperio. El marinero de Julio Verne trabajaba otro vaso de cerveza sin ningún rictus, la pareja de turistas israelíes sonreía, los tres muchachos de los alfajores comían alfajores.

En el centro de Ushuaia, unas 30 personas se reunieron a ver el debut de la selección argentina en una cafetería, en un ambiente mustio, acompañado de huevos revueltos y alfajores. Foto de El Faro: Carlos Martínez
 
En el centro de Ushuaia, unas 30 personas se reunieron a ver el debut de la selección argentina en una cafetería, en un ambiente mustio, acompañado de huevos revueltos y alfajores. Foto de El Faro: Carlos Martínez

Cuando Leo Messi convirtió el primer y único gol argentino, “¡gol!”, dijeron, sin que nadie se levantara de su asiento, sin que nadie se despeinara un poco. Con la alegría del que gana un bingo. “Va ganando, hijo, Argentina va ganando”, le explicó la madre al más chico de los niños. Iba ganando su selección, encarnación misma de su patria con todo y los colores de la bandera, representante del último confín de la Argentina, incluyendo los glaciares y los pingüinos.

Y, bueno, luego pasó lo que pasó: Arabia Saudita, la cenicienta del grupo, remontó con dos buenos goles a los argentinos, que patalearon en la cancha lo que quedó del partido, como si todos, Messi sobre todo, hubieran llegado a Qatar directamente desde aquella cafetería en Ushuaia, todavía con olor a desayuno. El tipo de las cejas arregladas dijo a alguien por teléfono: “Estoy que me da un ataque”. Quién lo diría.

Más tarde, en televisión nacional, un grupo de analistas muy circunspectos se reunían para filosofar en torno a un asunto profundo que aparecía escrito en la pantalla: “¿Será que no somos tan buenos como pensamos?”. Escuché a uno decir: “No somos los primeros en la historia a los que les pasa”.

En el fin del mundo, unos minutos después del partido, una mujer pasó caminando frente a una parada de buses: en una mano llevaba una matera y, en la otra, a un hombre. Al pasar frente a la parada, preguntó “¿Sigue perdiendo?”, así, en la tercera persona del singular. Y un señor que esperaba le respondió: “Ya perdió”. Ella hizo un gesto de dolor y siguió su camino. El hombre se me acercó un poco y me dijo en voz baja: “¿Cómo pregunta eso?”, y acto seguido guardó silencio hasta que se lo llevó el autobús. 

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