El Salvador / Transparencia

Los restos del Palacio Nacional se botan en el río Las Cañas

Desde el jueves 2 de mayo, camiones del Ministerio de Obras Públicas están llegando al río Las Cañas, en el límite entre Soyapango e Ilopango, a depositar los restos de las históricas baldosas del Palacio Nacional que está siendo intervenido desde principios de abril. Mientras los ministerios de Obras Públicas y Cultura guardan silencio sobre el tipo de intervención en el palacio, expertos aseguran que ese trato es impropio y se están violando leyes de protección patrimonial.

Gabriel Labrador
Gabriel Labrador

Lunes, 6 de mayo de 2024
Gabriel Labrador*

El río Las Cañas, ahora que es temporada seca, es apenas un hilo oscuro que atraviesa el centro de este barranco. En la comunidad Meléndez Mazzini, el río marca el límite entre los distritos de Soyapango e Ilopango y a ambos lados del caudal se levantan pendientes que pueden definirse como basureros. El caudal es tan delgado que cuesta creer que atraviesa los distritos de Soyapango, Ilopango, San Martín, Tonacatepeque, Ciudad Delgado y Apopa, y que conecta con el gran río Acelhuate.

Los botaderos, a ambos lados del río, parecen tener décadas de existir. En la comunidad Meléndez Mazzini, todos los días, desde la cima de ambas laderas, llegan camiones de distinto tipo y tamaño, cargados en su lomo de toda suerte de materiales: neumáticos inservibles, pedazos de metal, bloques de cemento, refrigeradores en desuso, madera podrida, ramas… y ripio, mucho ripio. Todo lo que llega a la orilla cae, inevitablemente, por la pendiente, desde lo alto, en un ritual que, de tanto repetirse, ha hecho que los taludes marquen una inclinación. El sábado 4 de mayo, todavía había claridad cuando por esas laderas de desperdicios se deslizaban unas baldosas cuadradas, de 20 centímetros cada lado, pintadas con franjas grises, amarillas, cafés.

Cuando los camiones vacían sus tripas desde lo alto, alimentan el escarpado. La comunidad que habita a la orilla del barranco lo ve como una ganancia. Juan Francisco, un hombre de 75 años que nació y creció en esta zona, cuenta que si no fuera por las descargas de escombros y desperdicios, él y sus vecinos no tendrían un suelo firme donde vivir. Las baldosas que caen parecen, de lejos, los desechos de cualquier edificio. Al chocar con la tierra y los desperdicios, las baldosas sonaban igual que cualquier ladrillo, pero sobresalían a la vista por los abundantes colores impregnados. 

Juan Francisco y su familia reciben a los camiones que llegan y vacían sus tripas en la barranca, e incluso orientan a los motoristas sobre dónde es el mejor punto para descargar. Lo que llega como basura aquí se convierte en parte de la misma quebrada. Como las baldosas que caían ese sábado.

Baldosas de más de un siglo del Palacio Nacional de El Salvador yacen en escombros al borde de un precipicio en el río Las Cañas, en el límite de Soyapango e Ilopango, al este de San Salvador. Foto: El Faro/Gabriel Labrador
Baldosas de más de un siglo del Palacio Nacional de El Salvador yacen en escombros al borde de un precipicio en el río Las Cañas, en el límite de Soyapango e Ilopango, al este de San Salvador. Foto: El Faro/Gabriel Labrador

Desde el jueves 2 de mayo, a los habituales picops y camiones de empresas constructoras y de la Alcaldía de Soyapango se sumaron camiones del Ministerio de Obras Públicas (MOP). A diferencia del resto de vehículos, lo que el MOP llegó a tirar eran restos de un monumento histórico nacional con alto valor cultural: baldosas hidráulicas de al menos 113 años de antigüedad, provenientes del piso del Palacio Nacional del Centro Histórico capitalino, “el palacio más antiguo de toda Centroamérica y el más bello también, además la joya del art nouveau salvadoreño”, a decir de Antonio García Espada, académico e historiador.

Una de las primeras alertas públicas sobre la destrucción llegó el viernes 3 de mayo en la red social X. El investigador e historiador salvadoreño Carlos Cañas Dinarte publicó en su cuenta personal una foto en la que se observaba el jardín interior del palacio, sin baldosas ni piso. En su lugar, una capa de tierra como que si alguien hubiera levantado una alfombra y dejado todo al descubierto. 'Esperaré sentado los 'videos de expertos' que justificarán la DESTRUCCIÓN del interior del Palacio Nacional', escribió Cañas. Y en seguida su post se hizo viral. Arquitectos e investigadores culturales se sumaron a la voz de alarma y el tema escaló a tal grado que en cuestión de un día parte de la oposición política lo asumió como bandera. 

Las baldosas hidráulicas eran únicas en su estilo: estaban hechas de polvo de mármol prensadas en cemento y hoy su producción resulta improbable por lo costoso de replicarlas en serie. “El Palacio Nacional era el edificio más importante a finales del siglo XIX y principios del XX y obviamente tenía los pisos más especiales que se podían tener”, dice Carlos Ferrufino, profesor de arquitectura de la UCA, que tiene 12 publicaciones académicas sobre arquitectura salvadoreña, cinco de ellas relacionadas al Palacio Nacional. Las baldosas fueron colocadas entre 1905 y 1911, durante la construcción del edificio. Las instaló el italiano Alberto Ferracuti, cuya empresa fue fundada en San Salvador en 1902 y que después de más de un siglo sigue dedicada a la importación de piedras naturales, granito, quarzo y mármol. Los más de 60 diseños y moldes de las baldosas hidráulicas en el piso del palacio fueron elaborados por Ferracuti y se extendían 'como alfombra de fantasía y color' a largo de los 105 salones del que fue el primer edificio de dos plantas del país.

La tarde del sábado 4 de mayo, atestigüé que en la fachada sur del Palacio una máquina bulldozer cargaba con escombros un camión de carga con placas nacionales y distintivos del MOP. Entre los escombros iban baldosas que, según el investigador cultural Dylan Magaña, pertenecían al acceso sur del edificio. Seguí a esos camiones hasta el río Las Cañas. 

La carga duró unos 20 minutos y luego el transporte se dirigió a la quebrada del río Las Cañas. La comunidad Meléndez Mazzini conecta con el lindero poniente del barranco y ahí fue donde el camión desechó los restos del Palacio. Algunas piezas, con bordes rojos, estrellas y líneas negras, se quedaron justo en la cima de la pendiente, pero otras piezas cayeron hasta el fondo del talud, más cerca del riachuelo. Rodaba la cerámica centenaria como si fueran cáscaras de guineo o chirajos de neumático. 

Las autoridades gubernamentales no han explicado qué tipo de intervención están haciendo en el Palacio. El Ministerio de Cultura anunció el 10 de abril que el edificio permanecería cerrado hasta nuevo aviso debido a “trabajos de mejora, mantenimiento y restauración”, sin explicar el tipo de trabajos a realizar. El MOP tampoco ha dado explicaciones claras y Romeo Rodríguez, el ministro, ha huido del debate con decenas de publicaciones en redes sociales donde señala que en Gobiernos anteriores el Palacio sufrió daños y que el presidente Bukele, cuando fue alcalde, comenzó la revitalización del Centro Histórico. No hay explicaciones, solo ataques.

Empleados y obreros en el lugar son los únicos que han confirmado a distintos medios que los trabajos deben estar listos a más tardar el 25 de mayo, pues el lugar se usará el 1 de junio en los actos protocolarios del inicio del nuevo mandato presidencial, cuando Nayib Bukele asuma su segundo período en el cargo, violando seis artículos de la Constitución. El día en que ganó la elección con su candidatura inconstitucional, el 3 de febrero, Bukele pronunció un discurso desde el balcón en la fachada del Palacio.

Un lugar histórico

La historia detrás del Palacio Nacional es vasta. En el palacio estuvieron los tres Poderes del Estado desde 1911 hasta 1980, cuando el lugar fue declarado monumento histórico nacional a través de un Decreto Legislativo. Todas las órdenes emitidas para gobernar el país salían de ahí. Los golpes de Estado que marcaron aquellos años también tenían en el edificio un punto crítico para su consumación. La Corte Suprema de Justicia tenía su propio salón —el Salón Rosado—; el presidente tenía su despacho en el Salón Amarillo. El Salón Azul albergaba las curules de los diputados.

El Palacio es una muestra del estilo neoclásico, aunque según diversos especialistas hay acabados y detalles de distintos estilos que permiten concluir que el edificio en realidad tiene un carácter ecléctico. Además de la variedad en las baldosas, también tiene 90 modelos diferentes de techos, a base de láminas troqueladas y policromadas. Los lados del edificio miden 74 metros lineales y tienen 15 metros de altura. En la fachada, permanecen dos estatuas —Cristóbal Colón e Isabel La Católica— donadas por Alfonso XIII de España en 1924, y en la punta del frontispicio, coronando las columnas de estilo jónico, un medallón con el retrato de Atlacatl, el líder indígena.

Para Cañas Dinarte, la riqueza del palacio es tal que ahí debería existir un museo por la cantidad de situaciones históricas que ocurrieron. Cañas Dinarte relató que en febrero de 1913, cuando hirieron de muerte al entonces presidente Manuel Enrique Araujo, su cadáver fue colocado provisionalmente en un ataúd que se mantuvo en el palacio hasta que se consiguió el féretro oficial que sería llevado al cementerio Los Ilustres. Después de la ceremonia, el ingeniero José Peralta Lagos, que era el Ministro de Guerra de Araujo (y además uno de los responsables de la construcción del palacio), encontró en el ataúd provisional parte de los sesos del presidente Araujo, y ordenó meterlos en una botella a ser enterrada en los jardines internos, un espacio cuadrado con pasillos en forma de cruz griega. “Por eso había gente que decía que el fantasma de Araujo se veía en el palacio”, dice el historiador.

Al interior del palacio también está el despacho que ocuparon muchos presidentes antes de que Casa Presidencial se trasladara al Barrio San Jacinto. En el palacio, la oficina presidencial era el Salón Amarillo y el mandatario que lo usó por última vez en 1930 fue el dictador Maximiliano Hernández Martínez, quien antes de Bukele había forzado la reelección.

“El palacio debió haber sido más valorado y, sobre todo, protegido”, dice Cañas Dinarte quien, cuando vivía en El Salvador (ahora vive en Barcelona, España), era un asiduo visitante del Archivo General de la Nación, que estaba dentro. Por su experiencia en el archivo, Cañas dice que notaba cuando había trabajos de restauración en marcha y desmiente con eso lo dicho por el ministro de Obras Públicas actual: que el palacio nunca había sido reparado. “Se le devolvió el color a algunas estructuras y se reemplazaron algunas piezas del techo con fibra de vidrio”, dice Cañas, para recordar los trabajos que se hicieron durante el gobierno de Armando Calderón Sol, a través del Consejo Nacional de Cultura (Concultura).

El ministro Rodríguez republicó muchos mensajes de la red social X ironizando sobre los daños al Palacio. Una de las publicaciones muestra una fotografía de la estatua de Cristóbal Colón en la fachada con pintas de grafiti encima. “Así cuidaban el patrimonio cultural”, dice el mensaje publicado desde la cuenta @MrElegantesv .

Un mal manejo

Joaquín Aguilar, arquitecto restaurador y responsable de algunos proyectos de rehabilitación del Palacio Nacional y numerosos edificios más, también desmiente que no se haya hecho restauración en el palacio en anteriores administraciones. Aguilar trabajó en el palacio durante cinco años en los 90, como parte de la empresa Edificaciones Choussy. Aguilar recordó las familias Tesak, Kriete y Simán, entre otras, apadrinaron las restauraciones de los salones Rosado, Rojo y Amarillo. “Cuando estuve a cargo de esos salones, lo que nos caracterizaba al equipo de expertos es que teníamos que discutir entre todos, deliberar constantemente, sobre cómo proceder. No podía hacerlo yo por mi cuenta”, dice.

Aguilar, Ferrufino y Cañas Dinarte coinciden en que las imágenes que se han difundido en las redes sociales son suficientes para concluir que la intervención en el palacio no parece haber seguido los lineamientos. “No había necesidad de levantar el piso. Si había piezas averiadas, se mandan a reemplazar una por una”, dice Aguilar.

“En base a lo que se ha visto, yo puedo decir que se ha procedido muy mal con un inmueble patrimonial de primer orden en el país”, dice Ferrufino.

Para Ferrufino, los primeros responsables son los de la empresa contratada, porque también ahí hay “profesionales de arquitectura”. En segunda línea, estaría la Dirección Nacional de Patrimonio Cultural, “que es la que tiene que aprobar cualquier intervención en un inmueble patrimonial y, mucho más, cuando es de propiedad pública”.

Ferrufino identifica en la tercera línea de responsabilidad a la Autoridad del Centro Histórico, encargada de aprobar cualquier proyecto de intervención en su zona de influencia. En dicha entidad hay representantes de la Dirección Nacional de Patrimonio, del Ministerio de Turismo y de la Alcaldía capitalina. “Hay una Junta Directiva y, en principio, ellos debieran haber conocido el proyecto y si se está ejecutando es porque lo aprobaron”, explica.

El Faro intentó contactar a la directora de Patrimonio Cultural, María Isaura Aráuz, pero al cierre de esta nota no había respondido los mensajes dejados en sus redes sociales. Aráuz ocupó ese mismo cargo durante el gobierno de Francisco Flores (1999-2004). Bajo el actual Gobierno, en 2021, Aráuz impuso una multa a la inmobiliaria Fénix, responsable de la destrucción del sitio arqueológico Tacuscalco, en Sonsonate. Tras el pago de la multa, las autoridades quitaron la medida cautelar, es decir, el paro de obra, y la destrucción por parte de Fénix continuó.

“No es lo mismo llevar gente formada en restauración para que haga un trabajo, a que lleguen reos en fase de confianza a trabajar a un monumento histórico. El palacio requiere intervenciones técnicas”, dice Cañas Dinarte. Su preocupación es que “un día aparezcan este tipo de intervenciones en Joya de Cerén —considerada la Pompeya de América—, el sitio arqueológico Tazumal”.

Aguilar es más pesimista: “No sé si sigue valiendo la pena intentar dialogar con las autoridades, lo intenté y nos ignoran”. Dice que, junto con otros profesionales, envió cartas e hizo campañas para intentar detener la demolición de la Biblioteca Nacional Francisco Gavidia y también del quiosco en el parque Simón Bolívar, que está siendo intervenido por la Alcaldía de San Salvador. Sobre el quiosco, Aguilar dice: “era una joyita, logré que se detuvieran una vez, pero la segunda ya no se pudo”.

“Ya con esto no sé si la Dirección Nacional de Patrimonio del Ministerio de Cultura sigue existiendo, pareciera que no les han informado o que los han apartado, no me explico cómo han permitido lo que estamos viendo”, dice Aguilar.

Hace 12 años, la destrucción de los azulejos que estaban en la fachada de la Catedral Metropolitana, contiguo al Palacio Nacional, también causó conmoción por su enorme impacto en contra el patrimonio salvadoreño. En aquella ocasión, como lo reveló un reportaje de El Faro, la destrucción del mosaico de Fernando Llort ocurrió porque la Dirección de Patrimonio no tenía oídos y ojos suficientes para darse cuenta de las agresiones a los monumentos en todo el país.

En el Centro Histórico de San Salvador, la destrucción del patrimonio no es nueva. Nada menos que en los trabajos de rehabilitación que hizo la Alcaldía capitalina cuando Bukele era alcalde, entre 2015 y 2018, se destruyeron diversos bienes culturales. En las obras de remodelación de la Plaza Libertad, a dos cuadras del palacio, la Alcaldía de Bukele incumplió los requisitos exigidos por la ley. Según un reportaje de El Faro del 20 de marzo de 2017, la Alcaldía no avisó a la Secretaría de Cultura del inicio de obras y tampoco pidió el acompañamiento de arqueólogos cuando removió parte del subsuelo. Bukele decía que esto sólo atrasaría las obras. “No pararemos ni aunque ahí esté enterrada la tumba de Atlacatl”, llegó a decir a El Salvador Times, el 8 de marzo de 2017. En la Plaza Morazán, también en el centro, los trabajos de la Alcaldía en el subsuelo descubrieron dos mosaicos del pintor Carlos Cañas, de los años 60. La Alcaldía logró proteger uno de los dos mosaicos después de que se difundiera la noticia de los daños al patrimonio. El segundo mosaico sigue siendo una incógnita.

Baldosas de más de un siglo del Palacio Nacional de El Salvador yacen en escombros al borde de un precipicio en el río Las Cañas, en el límite de Soyapango e Ilopango, al este de San Salvador. Foto: El Faro/Gabriel Labrador
Baldosas de más de un siglo del Palacio Nacional de El Salvador yacen en escombros al borde de un precipicio en el río Las Cañas, en el límite de Soyapango e Ilopango, al este de San Salvador. Foto: El Faro/Gabriel Labrador

En el botadero del río Las Cañas, Juan Francisco veía incrédulo las piezas de baldosa que le señalé con mi dedo índice, en el montículo justo al borde del precipicio. No parecía creer que esas piedras pintadas fueron pisadas por presidentes, embajadores, monarcas invitados... Sin prestar mucha atención, el hombre cambió el tema de conversación a un punto que le pareció más interesante: las obras de mitigación que ninguna alcaldía ha hecho en la zona. 'Siempre prometen reparar y hacer un muro de contención, pero aquí solo vemos que las paredes del barranco se van cayendo', se quejó.

En eso, apareció su sobrino, un hombre moreno, de bigote. Él sí pareció reparar en que había algo valioso en aquellas baldosas. O al menos intentó seguir la conversación: 

—¿O sea que esas son como reliquias? Bien podrían valer una millonada, ¿verdad?

Asentí. El hombre observó unos segundos las baldosas desparramadas y, en seguida, salió a recibir un picop de la Alcaldía de Soyapango que llegó a descargar los desechos del día.

Dos días después, volví al botadero del río Las Cañas. El lunes 6 de mayo, un talud de tierra cubría los despojos que vi y fotografié el sábado. No quedaba rastro de las baldosas centenarias que, días atrás, habían tirado como basura. 

*Con reportes de Efren Lemus.


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