Publicidad

La pandilla que se regeneró

El caso de los Latin Kings en Estados Unidos es un ejemplo de pandilla con actividades criminales que logró reinventarse. Un estudio etnográfico de la pandilla estadounidense sugiere nuevas formas de abordar la problemática que ha mantenido el país en jaque por más de una década. 

María José Cornejo

 
 

El libro recientemente lanzado en nuestro país Las Pandillas como Movimiento Social: La Historia de los Kings y Queens Latinos en la Ciudad de Nueva York, por Dave Brotherton y Luis Barrios, nos ofrece una visión novedosa y esperanzadora sobre las pandillas juveniles. Concebir las pandillas como un actor político es una acción que, más allá de ser un reto material concreto, pareciera ser un reto a nuestra imaginación y voluntad. Es por eso que debemos acercarnos al estudio de Brotherton y Barrios como una oportunidad para cambiar el paradigma de lo que entendemos como el “bajomundo” y sus posibilidades de transformación.

El estudio narra la transformación positiva de una de las pandillas más grandes de Estados Unidos al inicio de la década de los 90: los Latin Kings. A mediados de esa década, los Kings contaban con más de 5,000 miembros solo en el estado de Nueva York, que invirtió una amplia cantidad de recursos en operaciones y redadas contra sus miembros.

Para acercarse al objeto de estudio los autores primero se deshacen de la camisa de fuerza de teorías de criminología y sociología ortodoxa que limitan la comprensión de las clases marginadas como actores pasivos que, dada las circunstancias de pobreza e inequidad, no pueden escapar el destino de convertirse en “dinamita social” que solo merece ser desactivada o controlada. Esta visión determinista acerca de los jóvenes de comunidades marginales que se ven involucrados en pandillas, se refleja en opiniones como la del autor salvadoreño Joaquín Villalobos, quien en un momento define a estos jóvenes en desventaja, y a sus intentos de re-definición,  como “lumpen social”.  Barrios y Brotherton desafían los supuestos teóricos que no solo generan violencia a las clases más desprotegidas, sino que minimizan su potencial de cambio y su agencia. Los autores cuestionan los supuestos ideológicos detrás de las mismas y evitan etiquetados que abonan a soluciones de control social y que nos alejan aún más de conocer a ese “otro” que pretendemos estudiar. Es así como sin la camisa de fuerza del crimen como factor definicional de la pandilla, logran hacer una interpretación mas justa y reivindicadora de los Latin Kings. 

El estudio está basado en una metodología rigurosa de corte cualitativo haciendo uso de entrevistas a profundidad e investigación etnográfica. Se produjeron 67 entrevistas de historia de vida además y observaciones participativas generando datos que cubren el período 1996–1999. Por medio de ese extensivo acercamiento, los autores responden la principal interrogante, que a la sociedad salvadoreña también le compete sobre sus jóvenes y que deberíamos obligarnos a debatir: ¿cómo actores que no se consideran artífices de su propia historia se convierten en actores de un movimiento para cambiarla? En nuestro caso nos preguntamos: ¿son capaces las pandillas salvadoreñas de reconvertirse? Si bien es cierto que el contexto de los Latin Kings y el nivel de violencia al que fueron expuestos pareciera distar monumentalmente de nuestro contexto y del sistema de agresiones en el cual están ancladas nuestras pandillas, es importante también reconocer los momentos en los que las pandillas salvadoreñas han dado señales de reconversión y de voz política.

La apertura teórica y metodológica de los autores permite encontrar lecciones en lo que podría haberse considerado una pandilla más, quizás con aspiraciones a justicia social, pero sin trascender de una visión condenatoria del grupo que se basa en anclar la pandilla en la criminalidad o, en nuestro caso, en la violencia. Al dejar atrás las definiciones ortodoxas, los autores exploran con mayor claridad el caso de jóvenes que se conciben a sí mismos ya no como un grupo criminal, sino como un “movimiento social”, como una organización de la calle. Es decir, se permiten escucharlos. El libro es la historia de jóvenes que fueron capaces de reimaginarse ante una sociedad que los demonizaba y excluía. Los muchachos de los Latin Kings exhibieron historicidad ante un sistema de carencias económicas y de represión desde el Estado, y lograron retomar el control de sus destinos. El caso de los Latin Kings es la historia arquetípica de liberación de grupos oprimidos. Esta historia sin embargo no podría haber sido contada desde una criminología orientada a favorecer al control social sobre la reforma social.

El estudio de los Latin Kings demuestra que no solo fueron capaces de articular una identidad diferente, sino que el hecho de hacerlo constituyó para ellos en un desafío político. Los Kings lucharon desde una reflexión de su situación como grupo marginado y como objetivo principal de las políticas represivas del Estado, para así objetar las definiciones impuestas por la sociedad y el estado con el objetivo de convertirse en una fuerza positiva en su ciudad. La pandilla de los Kings logró enunciar demandas de justicia social más amplias en beneficio de la juventud latina de New York. Sin embargo, a pesar de que los cambios en su accionar incluyeron reformas interesantes como el abandono de la delincuencia, el manejo de conflictos internos por métodos no violentos, la articulación de una ideología utópica/espiritual, la institución de la obligatoriedad de asistir a la escuela para sus miembros, y valoración y respeto hacia la mujer, entre otros. La transformación de los King llegó tan lejos como para ser equiparada con las luchas de activistas históricos latinos, como la revolucionaria portorriqueña Adelfa Vera; sin embargo, debido a que los tomadores de decisión mantuvieron una actitud condenatoria, se impidió un impacto social más amplio y se limitó el potencial social de su transformación.

Quizás la pregunta real no es si la juventud de las pandillas sea capaz de crear para sí una conciencia política, o si puede orientar su energía hacia su transformación y no su destrucción. En El Salvador, durante el período de la Tregua, la comunicación emitida por el liderazgo pandilleril evidenció un giro hacia un discurso social. En cada uno de los comunicados hay un ruego, y esto es “ser parte de”; hay un reconocimiento de su conducta como problema, articulan empatía con el dolor, y la comunicación se vuelve un ruego a ser parte de la solución. Es curioso que, a diferencia de los Latin Kings, que mostraron una actitud más directamente desafiante al orden, la voz política de los pandilleros salvadoreños en el tiempo de la Tregua más bien fue una voz sumisa y hasta prudente.

Es interesante que, en el lenguaje de los comunicados, los pandilleros, esos seres que nos hemos limitado a ver como despiadados, unidimensionales, y victimizadores, nos encontremos con un grupo que no demanda, sino que nos pide permiso para “ser parte” de esta sociedad. La ambición en esa comunicación es más bien mesurada; no es darle la vuelta al orden social, ni (quizás lastimosamente) convertirse en una fuerza revolucionaria, sino simplemente buscan trascender la definición de pandilla que los aprisiona, y nos recuerdan que “nosotros somos salvadoreños también”. Al igual que los Latin Kings, las pandillas salvadoreñas desafiaron las etiquetas impuestas, y en especial esa escalofriante deshumanización, reflejada en el clamor que se repite de manera consistente en los comunicados “también somos seres humanos”. Se vuelve necesario entonces una lectura política de esa comunicación en búsqueda de legitimación de una nueva identidad “humana” y “salvadoreña”.

El libro es un llamado a ejercer una criminología y análisis que devuelva a la juventud el poder de definirse a sí misma, y que nos permita también examinar su política. Con demasiada frecuencia se encuentra ausente de los estudios de pandillas la política. Y, si lo está, se orienta a dos vertientes: o el grupo carece de consciencia política; o el grupo se comporta de manera cínica, utilizando la política de forma instrumental. Es decir, orientada a sus propios intereses, pero no a un bien mayor. Es cada vez más necesaria una criminología atrevida que tenga diferentes puntos de partida, más allá del pandillero como “criminal”, y que contextualice al problema no solo en lo económico como único factor explicativo. La contextualización puede ser geográfica (entender las dinámicas de la calle) o histórica, siendo El Salvador un país que aún sigue experimentando las secuelas del colonialismo, cultural en las dinámicas sociales tales como el clientelismo, y finalmente, política.

Es necesario valorar la capacidad política de nuestras pandillas, tomando en cuenta su conciencia política que sale a relucir en distintas coyunturas y refleja posturas a críticas hacia el orden establecido y los partidos políticos (MS-13 pide diálogo al gobierno y pone sobre la mesa su propia desarticulación, Barrio 18 Sureños retoma propuesta de MS-13 y ofrece discutir fin de extorsiones y localizar desaparecidos ); complejas reflexiones sobre su propia dirección y función de hermandad para jóvenes de comunidades marginadas ( “¿Vos desharías tu familia?” ); y clara habilidad político estratégica y de negociación en respuesta a acciones que les afecten (FMLN ofreció a las pandillas un programa de créditos de 10 millones de dólares; La Arena que linchó al diputado Muyshondt admite que dialoga con pandillasQuijano buscó un acuerdo con las pandillas tras perder la primera ronda; Pandillas logran sostener pulso con el gobierno por el transporte público). No es posible seguir negando su politicidad, entendíendose esta como la habilidad de unificar las voluntades de un grupo en torno a su propia supervivencia. Una supervivencia que se busca no solo por medio de la violencia, sino también por medio de lo simbólico, es decir, orientado a su legitimidad.

La experiencia de los Kings también es un llamado a la imaginación de la sociedad. La diversa comunicación desde estos grupos presenta indicios de creación de una nueva identidad, fuera de lo criminal, y así afirman: “Todo ser humano tiene derecho a cambiar. No toda la vida uno va a estar haciendo cosas ilícitas". La construcción de uno mismo, nos recuerdan los autores del estudio, “no es solo poder decir quién yo soy, sino también quién no soy”. En una sociedad que ha estado expuesta a tanta violencia, la pregunta real no es si los jóvenes tienen o no el potencial de redefinirse, es más bien si nosotros somos capaces de reexaminar sus aptitudes en otra dirección.

Indudablemente, si las pandillas nos piden “ser parte de” y nos recuerdan que son “humanos” y también “salvadoreños”, es porque no existen y es esto lo que hace inevitable su violencia; también han formulado demandas sociales amplias que son de interés para la sociedad. Dos años antes de la Tregua, en septiembre de 2010, declaran con sorprendente claridad: “Los jóvenes solo tienen dos opciones: ser víctimas o victimarios ante un Estado que no puede suplir o solventar sus derechos como ciudadanos y seres humanos tales como salud, educación, vivienda, trabajo, seguridad y justicia, son todas estas carencias que obligan a la juventud a buscar una forma errónea de sobrevivir”. En marzo de 2012, en el primer comunicado de la Tregua, enuncian demandas ante el Estado para mejorar condiciones que no solo beneficiarían a pandilleros (educación, salud, trabajo, estudio y centros penales apegados a la Constitución). ¿Acaso estos temas no afectan a todos los salvadoreños?

Cierro con una cita que comparten los autores, del pedagogo Paulo Freire: “Sería horrible si apenas sintiésemos la opresión, pero no pudiésemos imaginar un mundo diferente”. En el libro tenemos un ejemplo esperanzador sobre la reformación de los King, pero también un modelo imaginativo e innovador en la forma y el enfoque para entender a la incómoda voz de una juventud criminalizada. El terror no es que estos grupos ingresen a lo político, el terror es que nunca lo hagan y en su invisibilidad solo puedan acudir a la violencia.

¿Tenemos la imaginación y voluntad para reconocer la diversidad de las capacidades de nuestra juventud en pandillas? Es una cuestión de responsabilidad social ejercitar esta voluntad, para así, en las palabras de Freire, poder no solo soñar con un mundo diferente, sino luchar por su creación.

-----

* María José Cornejo es Candidata a PhD en Criminología Cultural y Global; Erasmus Mundus Fellow de la Universidad de Kent, Reino Unido; y Universidad de ELTE, Hungría. El libro que se comenta en esta entrega es Brotherton, D. y Barrios, L. (2016). Las Pandillas como Movimiento Social: La Historia de los Kings y Queens Latinos en la Ciudad de Nueva York . San Salvador, El Salvador: UCA Editores.

Publicidad
Publicidad

 CERRAR
Publicidad