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Trump deporta a Usulután a dos ‘estadounidenses’

Diego y Lizandro Claros no son salvadoreños: son 'marylanders'. Se graduaron de una secundaria estadounidense, el país en que vivieron entre 2009 y 2017 y donde dejaron a su núcleo familiar, sus amigos, sus trabajos, becas universitarias y sus sueños. El 2 de agosto de este año, la administración de Donald Trump los deportó a su natal Jucuapa, Usulután, y ahora son extranjeros en el país que los parió. 

 
 

Sentados en las gradas del estadio Juan Francisco Barraza, en San Miguel, tres jóvenes conversan en un inglés fluido de cómo les iba en sus escuelas, en Estados Unidos, de cómo celebraron sus cumpleaños, en Estados Unidos, pero también de un tema más serio, que tiene que ver más con El Salvador. Uno de los jóvenes es estadounidense, hijo de migrantes salvadoreños; los otros dos son salvadoreños, pero tienen más en común con su interlocutor que con sus compatriotas. En la cancha del estadio, el Club Deportivo Dragón entrena con el balón cuando uno de los jóvenes intenta resolver una duda que los tiene inquietos desde hace seis días, cuando fueron deportados por el gobierno de Donald Trump.

— ¿Qué pasa con las pandillas? -pregunta Lizandro Claros, con la duda y el desconocimiento que tendría cualquier turista que pisa territorio salvadoreño.

Emilio Torres, el estadounidense hijo de salvadoreños, le responde con la normalidad de quien ya conoce cómo sobrevivir a un país con dos de las pandillas más poderosas del planeta. 

—Los van a ver por ahí, pero no les van a hacer nada- contesta Emilio, que desde hace varios meses radica en el país, y ya ha participado en un torneo vistiendo la camiseta de la sub 20 del Águila, de la Primera División del fútbol salvadoreño.

Lizandro Claros (izquierda) y su hermano Diego se alistan para la práctica del equipo sub 20 de Águila, el 8 de agosto. Foto: Fred Ramos
 
Lizandro Claros (izquierda) y su hermano Diego se alistan para la práctica del equipo sub 20 de Águila, el 8 de agosto. Foto: Fred Ramos

La pregunta de Lizandro retrata el hecho de que no es salvadoreño, aunque su pasaporte diga que sí lo es. Un salvadoreño sabe, desde hace mucho tiempo, que las pandillas condicionan la vida de todos los salvadoreños, sobre todo en los territorios donde tienen poder y control. Pero ni Lizandro ni su hermano Diego saben eso porque toda su vida está hecha allá, un país que los acogió cuando eran niños. Su familia, sus amistades, sus estudios, las becas universitarias y los trabajos que tenían quedaron a 5,300 kilómetros de distancia en Gaithersburg, Maryland. Más que salvadoreños, Diego y Lizandro son “marylanders”, como los llamó un senador demócrata.

Quizá Diego y Lizandro son mejor definidos por la etiqueta de ‘dreamers’ o soñadores: niños que entraron de manera irregular a los Estados Unidos, acompañando a sus padres, y que consideran a Estados Unidos como su patria, porque es todo cuanto han conocido. Pero la administración de Donald Trump solo los considera dos personas que quebraron la ley migratoria y por eso los deportó el 2 de agosto de año.

En Estados Unidos, los dreamers son pivotales en el debate de inmigración, tras algunos intentos fallidos en el Congreso de aprobar una ley que asegure su futuro de manera permanente. Actualmente, existe un programa de acción diferida que les permite protección de la deportación y permisos de trabajo: el DACA. Sin embargo, los Claros llegaron dos años muy tarde para poder aplicar a ese programa: uno de los requisitos para aplicar era haber entrado al país en 2007.

Los Claros son parte de un número muy grande: en los primeros siete meses de este año, Estados Unidos deportó a unos 9 mil salvadoreños, según datos de la Cancillería de El Salvador. Pero la deportación de ellos dos provocó protestas de organizaciones defensoras de migrantes y de políticos. ¿Por qué? Porque Lizandro y Diego no solo habían evadido problemas con la ley:  “Estos chicos no hicieron nada malo — pero esa barra es muy baja. Estos chicos sobresalieron”, dijo al Washington Post, Heather Bradley, una profesora que trabajó con ambos. Además de su currículo escolar, la habilidad de Lizandro para el fútbol le había ganado una beca universitaria. Diego también tenía una beca, aunque no gracias al fútbol.

Por eso, precedidos por su fama y ayudados por algunos amigos, tres días después de su arribo a El Salvador comenzaron a entrenar con el Águila, quizá el más tradicional de los equipos de oriente, con 15 campeonatos nacionales.

"Realmente les estamos dando todo el apoyo porque, aparte de que son nuestros paisanos, son buenos futbolistas", dice Salomón Quintanilla, entrenador auxiliar de la categoría de reservas del Águila. "Tienen condiciones fantásticas para estar jugando y para llegar a pelearle la posición a los jugadores que tenemos, también liderazgo dentro de la cancha y fuera", agrega Quintanilla. Águila tiene su principal interés en Lizandro, que cumple con el requisito de la edad para integrar el equipo. Pero, de momento, ambos han optado por jugar en el Club Deportivo España, de la Tercera División y que juega de local en San Buenaventura, a solo dos kilómetros de su nueva casa. A diferencia de la mayoría de los deportados que ha recibido el país este año, los Claros han tenido algo de suerte. 

Lizandro (izquierda) y Diego Claros conversan con El Faro en la casa de sus tíos, en Jucuapa, Usulután. Los hermanos regresaron a vivir ahí desde que fueron deportados a principios de agosto. Foto: El Faro/ Fred Ramos
 
Lizandro (izquierda) y Diego Claros conversan con El Faro en la casa de sus tíos, en Jucuapa, Usulután. Los hermanos regresaron a vivir ahí desde que fueron deportados a principios de agosto. Foto: El Faro/ Fred Ramos

Diego y Lizandro son extranjeros en un país que dejaron como niños en 2009. Lizandro, ahora de 19, tenía 10 años; Diego, ahora de 22, tenía 12. El Salvador en 2009 ya era un país con una epidemia de violencia, pero con una leve esperanza: la exguerrilla del FMLN acababa de llegar a la presidencia, tras 20 años de gobierno del derechista Arena, con una campaña que ofertó cambios, similar a la que llevó a Barack Obama a la Casa Blanca en 2008. Nueve años más tarde, esos cambios no llegaron: el poder de las pandillas ha aumentado y el FMLN ha hecho lo mismo que Arena respecto a las finanzas estatales, la inversión en educación y la transparencia de la gestión pública. El presidente de Arena que terminó su periodo en 2009 está preso; y el del FMLN que empezó su periodo en 2009 está asilado en Nicaragua, mientras es acusado de corrupción en El Salvador. En esencia, el país es el mismo, excepto en algunos aspectos, que están peor.

Los hermanos Claros son ajenos a esta realidad. Ninguno de los dos tiene arraigos en este país. Si hubiera elecciones este domingo, no sabrían por quién votar. No saben quién es el presidente y del país solo conocen a monseñor Óscar Romero, a punto de ser declarado santo por la iglesia católica. Ellos aseguran que ya no recuerdan el himno nacional. Cuando se fueron no hablaban inglés, pero ahora se desenvuelven mucho mejor en inglés que en español. Cuando hablan en español mezclan palabras y conceptos del inglés con un español que se resiste a olvidar que a veces la ese es reemplazada, en algunas palabras, con un sonido similar al de la jota.  Lizandro dice “indecidido” por decir indeciso (que en inglés es undecided); Diego usa librería para referirse a una biblioteca (que en inglés es library).  

Su sueño empezó en 2009, cuando entraron con pasaportes fraudulentos en un vuelo que aterrizó en Nueva York. “Solo nos dijeron que nos subiéramos al avión y que pronto íbamos a estar  con nuestros familiares”, dice Lizandro.

Los documentos alterados pasaron el filtro de las autoridades salvadoreñas pero no de los funcionarios de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos. Los retuvieron una noche, en la que los ficharon por intentar cometer fraude de migración. Sin embargo, nunca fueron acusados penalmente porque eran menores de edad. Los admitieron en el país, donde se reunieron con sus padres y sus hermanos.

Con reparos, Estados Unidos adoptó a los Claros y les proveyó educación en la secundaria Quince Orchard, además de oportunidades de educación universitaria y trabajos. Pero la justicia estadounidense nunca los aceptó. Los Claros intentaron obtener un asilo, pero tres años después de su ingreso, un juez de migración decidió que la petición no tenía sustento. Los casos de asilo en Estados Unidos ofrecen opciones a personas con miedos basados en su raza, religión, nacionalidad o acciones políticas. Los Claros no encajaban fácilmente en ninguna de estas causas, y dicen que la abogada que tenían abandonó el caso.

La familia Claros no estaba escapando de la violencia, como lo hacen muchos salvadoreños que emigran a Estados Unidos.  El padre estaba en Estados Unidos desde en 1998, trabaja en construcción y está acogido al TPS, un programa temporal que beneficia a unos 200 mil salvadoreños y está a punto de desaparecer. Su madre, Lucía, le siguió años después. Su hermano mayor Jonathan trabaja en construcción y su hermana Fátima es una ‘dreamer’, acogida al DACA, un programa que también está en riesgo por la administración Trump. Diego y Lizandro viajaron para reunirse con su familia.

La versión del sueño americano a Lizandro le llegó a través del fútbol. A los tres años de estar en Estados Unidos, empezó a jugar en la escuela de Ronald Cerritos, un exdelantero y exseleccionado salvadoreño que jugó 10 temporadas en la liga mayor estadounidense. De ahí, Claros, defensa central, fue reclutado en su escuela secundaria para jugar en Bethesda, un club élite con 30 años de experiencia. “Yo pensaba que era algo bueno antes pero cuando llegué,  jugadores de calidad me hicieron ver cómo que no sabía nada de fútbol”, dice Lizandro. Pero se adaptó. Tan buena fue su adaptación que para abril de este año ya había ganado una beca para jugar en la universidad de Louisburg, en Carolina del Norte.

Diego también jugó fútbol con un equipo estatal de Maryland y luego con el equipo de la secundaria Quince Orchard, pero una lesión en la cabeza le impidió seguir progresando. En Estados Unidos, él manejaba su propio vehículo, pero en El Salvador no se anima a manejar un carro porque cree que en el país no se respetan las reglas de tránsito. El  Salvador es uno de los peores países para manejar en América Latina, según un estudio de la aplicación de tránsito Waze.

Ahora ve el fútbol más como una afición, pues lo que verdaderamente le apasionaba era trabajar en un taller mecánico, en el que tenía ingresos suficientes para ayudar con las cuentas en su casa e incluso mandar remesas para su familia en El Salvador. Ahora ya no se ve trabajando como mecánico: “es bien difícil empezar desde abajo”, asegura.

Ese sueño terminó el 28 de julio de este año, cuando el Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE) los arrestó, tras un chequeo programado en el que ICE  revisaba su récord criminal y el cumplimiento de indicaciones. "Primero nos daban seis meses, después lo cambiaban a un año y seguimos así. Después lo volvieron a acortar a seis meses y en el último año lo acortaron a tres meses", dice Lizandro. La detención vino como una sorpresa para todos. El abuelo de los Claros, que es salvadoreño, estaba de visita en Maryland durante la última semana de julio. "Mi mamá nos dijo que le pasáramos comprando comida al abuelo cuando regresáramos", recuerda Diego. "No sabíamos que íbamos a quedar detenidos", agrega.

"There are no permisos"

El Faro habló sobre el caso de los Claros con Philip Miller, director de operaciones a nivel nacional de ICE. Miller tiene 20 años de experiencia como funcionario de migración y se ha posicionado a favor de políticas duras para desalentar la migración, como aumentar la fianza para migrantes detenidos, o impedir que puedan salir libres bajo fianza.

 

U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE) Enforcement and Removal Operations (ERO) Deputy Executive Associate Director Philip Miller (right) on the tarmac with an ICE removal flight in Honduras. Photo: ICE.
 
U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE) Enforcement and Removal Operations (ERO) Deputy Executive Associate Director Philip Miller (right) on the tarmac with an ICE removal flight in Honduras. Photo: ICE.

Este periódico preguntó a Miller por qué Estados Unidos dejó entrar a los Claros si detectaron que tenían documentos falsos. Tras dudar un poco, Miller respondió que “no había suficiente espacio de detención disponible para la familia cuando llegaron (...) A veces tenemos que decidir quién se queda en las camas y a quién se le permite aparecer en una corte migratoria sin estar detenido”, dijo.

Miller explicó que los Claros tenían una orden de “salida voluntaria” desde 2012, un mecanismo legal en la que Estados Unidos pide a los migrantes que se vayan del país en lugar de emitir una deportación formal. Ellos apelaron la decisión, pero su ruego no tuvo efecto. Lograron quedarse desde 2013 maniobrando con una guillotina sobre sus cabezas: no se perdían ninguna cita con el ICE, pero para las autoridades este cumplimiento de las órdenes de supervisión era solo parcial, ya que los Claros nunca demostraron sus intenciones de irse del país.

De nada sirvieron los permisos de trabajo que tenían los hermanos. "Cuando ellos fallaron en comprar boletos aéreos (hacia El Salvador), como les habíamos instruido, hay un incumplimiento de la orden de supervisión", dijo Miller. "En ese momento, los detenemos bajo custodia y los permisos ya no funcionan", aseveró.

Los Claros estuvieron cuatro días detenidos en la cárcel del condado de Howard y fueron deportados el 2 de agosto, en un vuelo comercial, en lugar de un vuelo fletado para deportados. "A veces es más eficiente y efectivo en costos para el gobierno elegir una aerolínea comercial", justificó Miller.

La ley de migración estadounidense, durante la administración de Barack Obama (2008- 2016) estableció un programa de prioridad de deportación que obligaba a ICE a aplicar la ley de migración principalmente a personas con antecedentes criminales o que representaran un peligro potencial para la sociedad estadounidense. Miller explicó que esa priorización ya no existe. “¿Qué es diferente ahora? El presidente (Trump) y el señor (Thomas) Homan (director de ICE) han expresado claramente que ya no hay categorías de personas, ya no hay grupos de personas que estén exentos de la ley migratoria”, aseguró Miller. "There are no permisos", enfatizó con esa última palabra en español.

Sin embargo, no todos los sectores de la política estadounidense se sienten conformes con la aplicación a rajatabla de esta ley. Desde su arresto, organizaciones que defienden derechos de migrantes como Casa de Maryland e incluso el senador demócrata Chris Van Hollen protestaron la medida, según reportó el Washington Post. “Han sido ciudadanos ‘marylanders’ ejemplares, priorizando su educación y retribuyendo a su comunidad. Es importante perseguir a miembros de la MS-13 pero la deportación de Diego y Lizandro es un insulto a la decencia y al sentido común”, escribió Van Hollen, quién también se refirió a los Claros como sus "electores" en una serie de tuits el día en que fueron deportados.

Deportados: ¿y ahora qué?

Gaithersburg, en Maryland, es un suburbio de Washington, D.C. que tiene unos 26 kilómetros cuadrados y unos 68 mil residentes. La página de la municipalidad lista entre sus atractivos parques acuáticos, de patinaje, un campo de mini golf, un museo, dos centros juveniles y un observatorio. Además, se describen como una ciudad que concentra la actividad de empresas tecnológicas.

De vivir ahí, los Claros han pasado a Jucuapa, un municipio de 36 kilómetros cuadrados con poco más de 18 mil habitantes, distanciado de San Salvador por unos 130 kilómetros. Jucuapa está a medio camino entre lo rural y lo urbano y rara vez aparece en las noticias: a veces por un homicidio -el uno de agosto hubo dos en la colonia San Joaquín- o por ser el polo de un negocio que prospera en El Salvador: la venta de ataúdes. En el parque central de Jucuapa, frente a la iglesia y la alcaldía, a veces hay problemas con la señal de celular, por su cercanía con el centro penal, donde la señal está bloqueada. 

A ese lugar volvieron Diego y Lizandro tras su deportación. En su primer día de vuelta, compraron ropa en San Miguel, el punto principal de comercio en el oriente del país, porque regresaron sin ninguna de sus pertenencias. Han estado desconectados de sus amigos porque tampoco tienen celulares. Y no reconocen al país que habían dejado atrás. “La ciudad, los parques son diferentes. Conozco más allá que donde estoy ahorita”, dice Diego, que saluda al joven que conduce el mototaxi, cada vez que pasa por la calle de tierra a la par de su casa, una construcción de cemento pintada de rosa que guarda la estética de la arquitectura de remesas.

Al ingresar al país, los Claros no pasaron por el programa de atención a deportados del ministerio de Relaciones Exteriores. Reingresaron como si solo hubieran estado de viaje. "Todavía estamos desilusionados por lo que pasó. Tenemos varias cosas en mente, para ver cómo podemos salir de este país a llegar otra vez a tener mejores oportunidades para superarnos", dice Diego. Ambos quieren salir del país, convencidos de que no hay nada aquí para ellos. Evalúan la posibilidad de irse a Canadá. Pero Diego incluso habla de buscar un trabajo en turismo, para aprovechar su cualidad bilingüe.

Los hermanos coinciden en que lo ideal sería regresar a Estados Unidos, pero están divididos sobre el cómo. Hacerlo de manera legal les tomará mucho tiempo tras ser deportados. También está el otro camino: regresar por tierra. Lizandro cree que es una opción: "si en verdad no hubieran otras opciones, yo sí creo que me iría por tierra. Mi juventud está allá, mis amigos, mi familia. Yo haría todo por volver a estar con mi familia". Diego, por ahora,  ni siquiera se lo plantea. La experiencia de los últimos días lo ha dejado marcado: "mejor me quedo aquí, que sé que no me pasará nada, porque ya no quiero volver a la cárcel. Es muy fuerte eso".

*Con reportes de Fred Ramos

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Carlos Dada | Fred Ramos (fotos) | Víctor Peña (vídeo) | Héctor Guerrero (vídeo)

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