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Tocar madera y otras metáforas que enloquecen a cualquiera

Willian Carballo

 
 

El Salvador es una metáfora. Vivimos en un país en el que los zíperes de cemento brotan frente a los moteles y paren fálicos árboles, donde la lealtad se pesa en onzas, las oenegés pueden ser fantasmas y los diputados bomberos producen incendios partidarios. Tenemos una clase política en la que decir que los príncipes regalan manzanas a las caperucitas rojas es un cuento. O donde la cocaína y otras drogas enloquecen a cualquiera, según un célebre tuit.

La metáfora es un recurso político muy común. En términos populares, es sustituir un significado por otro figurado, como decir que nuestra Selecta está en coma, que el servicio al cliente de las telefónicas –todas– huele a carao o que la carretera Los Chorros es más amarga que el TL de Mauricio Funes. En comunicación política, las metáforas permiten trasladar mejor una información, hacerla más digerible para el público, para los ciudadanos, para los votantes. Pero también dicen mucho del autor. Revelan y exponen decisiones e intenciones. Y en los últimos meses estas han venido en desbandada, como perros espantados tras patear las alfombras de Semana Santa. Acá cito algunos ejemplos.

Empiezo por Óscar Ortiz. El vicepresidente de la República, como un Raphael moderno (el cantante español, no el artista renacentista ni el discípulo de Splinter), redefinió la protección a periodistas en riesgo en dos palabras: tocar madera. Es decir, eso que la UNESCO y la OEA, a través de sus declaratorias de libertad de expresión, valoran como una urgencia cuando la integridad de los periodistas se ve amenazada, acá es una acción que hay que dejar al azar. Dios quiera que no les pase nada. Toc, toc. Toco madera. Siendo así, y siguiendo la letra de aquella canción del divo de Linares: “Me vale más perderte que encontrarte”, querida profesión.

Esta me inquieta: “El albañil del pueblo”. Nadie sabe más de metáforas que un poeta. La pasarela incrustada en la carretera al Puerto es un árbol en medio de una cancha de fútbol; el tráfico de Soya es una ciudad con colitis; los pasos a desnivel son una tripachuca. ¿Lo ven? Con el perdón de Arjona, pero no es tan difícil. Por eso me inquieta que algunos seguidores hayan bautizado como “albañil del pueblo” al ministro de Obras Públicas, porque es un intento discursivo por bajar del cielo político a un funcionario, mezclarlo entre la gente, ensuciarlo con cemento y arena –bueno, arena quizás no– y hacérnoslo pasar por el candidato humilde e idóneo para llegar luego a escribir poesía desde la cuenta de Twitter de Casa Presidencial. Que lo logre es otra discusión.

La más célebre de los últimos días es la de “cómete un Snickers”. Aunque originalmente se trata de una publicidad de golosinas, el acalde de San Salvador por el FMLN (bueno, dejémoslo en “el alcalde”, a secas) usó la frase para calmar los ánimos de Óscar Ortiz cuando este recriminó a Bukele por menospreciar el cargo de vicepresidente del país (le había llamado “cosmético”, otra metáfora). Lo irónico es que la política es un búmeran. Dos meses después, molesto tras no haber recibido respaldo del FMLN para uno de sus proyectos y sentirse aludido por un comentario con connotaciones alucinógenas de la diputada de ese partido, Lorena Peña, fue él quien necesitó con urgencia visitar la fábrica de chocolates. “Cálmese”, le solicitó la parlamentaria en un “Celebrity Deathmatch” tuitero de esos que abundan. “Tanto tuitear no resuelve nada”, agregó la expresidenta del primer órgano del Estado, quien meses atrás usó el fondo circulante de esa institución para comprar papaya. Aquello, para nuestra desgracia, fue real y no metafórico.

Hay muchas más. Carlos Calleja, precandidato de ARENA a la presidencia, vende su “Nueva visión de país” como el rumbo diferente hacia el cual debemos enfocarnos; aunque, para ser francos, ese uso figurado está más transitado que los pasillos del Súper Selectos en día de oferta de verduras. Su contrincante interno, Javier Simán, le apuesta a “Mi gente, la esperanza de todos”. Y ya todos sabemos que la esperanza sigue siendo verde desde los años noventa. Más discurso del mismo, aunque hoy tricolor.

Por último, aunque viejita ya, no podemos olvidar la metáfora más conocida y a la vez controversial de nuestros tiempos: La “Mano Dura”. Esta estrategia de Francisco Flores –que luego mutó a “Súper Mano Dura” con Antonio Saca, una especie de súper metáfora– fue la forma mediática con la que los citados ex presidentes revistieron su política de, entre otros puntos, encarcelamiento masivo de pandilleros. Años después, está claro en lo que se convirtieron las prisiones: en escuelas del crimen. Sí, otra metáfora.

Así podemos seguir: Mano blanda, tregua hipócrita, entradas de choto, duro golpe, El Salvador es un paraíso, mi padre es un ilustre, el país del buen vivir. Parecen solo metáforas, simples y perfumadas palabras que emanan de bocas sabias; pero, ojo, viniendo de un político representan sus desintereses crónicos, sus intenciones ocultas, sus formas arcaicas de ver el país y sus personalidades histéricas. Tocar madera es desentenderse de lo que pueda pasar; nueva visión es la misma visión, pero disfrazada; comete un Snickers es “mírenme, soy millennial como tú”; El Salvador es Suecia es una mentira; la pena de muerte golpeará duro a las maras es “voten por mí”; sufro de persecución es “me voy antes de que me agarren”; y los zíperes sexuados… esos son zíperes sexuados. No hay metáfora en ello.

Los ciudadanos debemos estar atentos a estas formas de comunicación. Sobre todo, hoy que estamos a punto de que nos llueva toda la propaganda electoral que nuestro suelo es capaz de aguantar y los políticos empezarán a querer encantarnos, además de con láminas y camisetas, con retórica barata. Estar pendiente nos ayudará a entender los discursos de quienes nos gobiernan y de quienes quieren hacerlo. O en todo caso, también nos servirá de insumo por si un día nos convertimos en candidatos y decidimos usarlas. Toc, toc. Toquemos madera.

*Willian Carballo es investigador, catedrático y consultor especializado en medios, cultura popular, jóvenes y violencia. Coordinador de investigación en la Escuela de Comunicación Mónica Herrera. Tuiteo por placer y no soy destacado (@WillianConN). Me gusta la cumbia nacional tanto como la música de Sabina. También el futbol y la política electoral, aunque no practico ni lo uno ni lo otro. Irónico. Crítico. Optimista.

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