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Centroamérica naranja

La generación que se apropia de los Acuerdos de Paz

Nelson Rauda

 
 

Nunca he vivido una conmemoración de los Acuerdos de Paz más significativa que la de este 16 de enero de 2021. Nací en 1991, no me acuerdo del día de la firma en 1992, y tengo siete años de trabajar como periodista. La mayoría de esos años, la conmemoración de los Acuerdos fue, en términos laborales, una oportunidad para cazar funcionarios por diferentes temas: un fiscal enfrentado con un ministro de Defensa, un ministro de Seguridad por alguna declaración, un ministro de Hacienda para explicar algún entuerto presupuestario. Pero este año es distinto. “Los ataques a la memoria y el dolor nos han hecho apropiarnos de los Acuerdos de Paz”, dijo Tania Grande, una mujer de 35 años, frente al monumento de la Memoria y la Verdad, en el Parque Cuscatlán. Estoy de acuerdo. Conmemorar los Acuerdos de Paz en 2021 se ha convertido en un posicionamiento político. Déjenme explicarles cómo llegamos aquí.

Durante la conmemoración del 29 aniversario de los acuerdos de paz, en el monumento a la Memoria y la Verdad, una artista realizó un performance con la leyenda, ''La sangre de las víctimas no es una farsa''. Foto de El Faro: Carlos Barrera
 
Durante la conmemoración del 29 aniversario de los acuerdos de paz, en el monumento a la Memoria y la Verdad, una artista realizó un performance con la leyenda, ''La sangre de las víctimas no es una farsa''. Foto de El Faro: Carlos Barrera

Por segundo año consecutivo, el gobierno de Nayib Bukele no conmemoró los Acuerdos. El acto de conmemoración oficial de los últimos 10 años era un guion más o menos previsible: una banda, actos musicales, el gabinete vestido de blanco, algunos firmantes de los Acuerdos sentados en el escenario y un discurso acartonado del presidente de la República. En 2020, varios colegas preguntaban extrañados a los empleados de comunicaciones de Casa Presidencial ante la falta de convocatoria a un evento oficial. No hubo respuesta ni acto. Mario Durán, hoy candidato a la alcaldía de San Salvador por el partido oficialista Nuevas Ideas, lo explicó así: “No podemos estar gastando, todo el gobierno reunidos, en un evento protocolar para celebrar un evento, porque simplemente estamos ahí viendo que están tirando palomas al aire”. Pese al desdén, no había una narrativa de atacar los Acuerdos. Eso cambió a finales del año pasado.

“En 1992, cuando se firmaron unos documentos, mal llamados Acuerdos de Paz, que básicamente fue los acuerdos entre dos cúpulas civiles, negociando en nombre de los que habían dado su vida y arriesgado su vida por lo que ellos consideraban correcto”, dijo el presidente Nayib Bukele, en un discurso frente a oficiales de la Fuerza Armada, el 25 de noviembre. “Los que negociaron la mal llamada paz se repartieron el pastel”. El discurso le ganó críticas, pero un mes después, teniendo como escenografía el caserío donde se produjo la mayor masacre de civiles de toda la guerra, Bukele aumentó la apuesta.

“¡La guerra fue una farsa!”, sentenció frente a familiares de víctimas de esa guerra. “Fue una farsa como los Acuerdos de Paz. 'Ay, está mancillando, los Acuerdos de Paz'. Sí, los mancillo, porque fueron una farsa, una negociación entre dos cúpulas o ¿qué beneficios le trajo al pueblo salvadoreño?”, dijo Bukele.

Y eso encendió algo. Un centenar de académicos firmaron una carta para reclamarle a Bukele su ligereza al hablar de los Acuerdos de Paz, para recordarle su herencia positiva y su deber de honrar la memoria histórica. Naciones Unidas, la Procuraduría de Derechos Humanos, la Fiscalía General, la Asamblea Legislativa y otras instituciones emitieron pronunciamientos recalcando la importancia y vigencia de los Acuerdos. Se organizaron diferentes eventos: un “acto de desagravio” en El Mozote, convocado por organizaciones de derechos humanos; una peregrinación de la parroquia de San Fernando (Chalatenango), que reclama por la militarización de la frontera con Honduras; una protesta frente al Estado Mayor de la Fuerza Armada; una congregación de veteranos de la Fuerza Armada y exguerrilleros en el centro de San Salvador; y esta mini concentración de 50 personas, la mayoría jóvenes, en el parque Cuscatlán.

Aquí llega Eduardo Escobar, de 44 años, a mostrarle a su hija de nueve el muro de granito con más de 25 mil nombres de víctimas de la guerra. “Para que sepa”, dice Escobar. Llega Vanesa Pocasangre, de 40 años, con su esposo y su hijo, “por los papás de una amiga. A ambos los desaparecieron, aunque hay gente que no quiere que recordemos”. Llega Stefanny Zúniga, de 32 años, a poner flores por su tío, Pablo Zúniga Díaz, un catequista que fue asesinado en 1990, cerca de los cines España, en San Salvador. Con Zúniga llega Fernando Chacón, de 29 años, quien dice que conmemorar los Acuerdos “es una forma de acción política contra las prácticas autoritarias, una forma de resistir”. En el parque se roba la atención una enjuta muchacha ataviada con un vestido de blanco, salpicado de rojo sangre, al que escribió la frase: “La sangre del pueblo no es una farsa”. 

Eduardo Escobar y su hija Fabiola leen los nombres de las víctimas del conflicto armado de El Salvador en el monumento a la Memoria y la Verdad durante la conmemoración del 29 aniversario de la firma de los acuerdos de paz. Foto de El Faro: Carlos Barrera
 
Eduardo Escobar y su hija Fabiola leen los nombres de las víctimas del conflicto armado de El Salvador en el monumento a la Memoria y la Verdad durante la conmemoración del 29 aniversario de la firma de los acuerdos de paz. Foto de El Faro: Carlos Barrera

En el parque, una joven lee varias historias que circularon entre semana con la etiqueta #ProhibidoOlvidarSV. Fue imposible estar en redes sociales en El Salvador en la segunda semana de enero y no enterarse. Hubo 38 000 reacciones en Twitter, entre tuits y retuits, según Mario Gómez, un desarrollador que monitoreó la tendencia. La dinámica era simple: usar la etiqueta y compartir una historia personal o familiar de la guerra. Según Gómez, entre todos los usos de la etiqueta se compartieron unas seis mil historias. “Era algo diferente a los pleitos. Este era un hashtag de contar. Así como es de combativo el Twitter salvadoreño, sería interesante analizar por qué este no”, dijo Gómez. 

Bukele, tan omnipresente en redes, ignoró la etiqueta en sus días de mayor auge, el 11 y el 12 de enero; usó el hashtag irónicamente el 13 de enero, para tratar de cambiarle el significado, recordando un acto de corrupción del partido Arena y, finalmente, este 16 de enero tuvo que matizar sus declaraciones. “Destapar la farsa de los ‘Acuerdos de Paz’ no es negar a las víctimas, al contrario”, escribió en Twitter. “Nuestro país debe dejar de celebrar la firma de un pacto de corruptos y empezar a conmemorar a las víctimas del conflicto armado. De ahora en adelante, el 16 de enero será el Día de las víctimas del conflicto armado”, decretó en Twitter. 

No es que Bukele esté preocupado por las concentraciones de personas ni por las críticas que suele descalificar como ataques de sus adversarios políticos. Pero para un presidente tan popular, tan intocable, que puede invadir la Asamblea con el Ejército, sin tener ninguna consecuencia legal ni que afecte sus números en las encuestas, estar al margen de esta conversación fue extraño. La concesión de un hombre que no se equivoca, casi endiosado en el discurso oficial, debe anotarse, sin lugar a dudas, como un triunfo de los que reclamaron. Un triunfo de los que reivindican la memoria.

La artista del vestido manchado explica sus motivos cuando los organizadores del evento abrieron el micrófono. “Me molestó el comentario de Nayib (de la farsa). Es importante venir a la plaza. Pero también organizarnos. Apropiémonos de las calles. Un hashtag no es suficiente”, dijo. En la audiencia la escuchaba Nelson, un hombre de 60 años, exmilitante de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), una de las cinco facciones del FMLN en la guerra. “Me alegra mucho ver a la juventud. Pertenezco a la generación cuyos mejores años quedaron en la lucha. No se niegan los espacios de lucha cuando los regímenes se van cerrando”, dijo en su turno al micrófono. “Como decía la compañera, hay que agotar las formas que haya. Estudio y lucha deben ir a la par”, dijo, citando una vieja consigna revolucionaria. 

Entre el público, yo pienso en cómo estos anacronismos suceden en el país cada vez con más frecuencia. El Salvador de hoy se parece mucho al país que pensamos que dejábamos atrás con los Acuerdos. En un mes y medio, es muy probable que se configure la Asamblea más favorable que un presidente ha tenido desde la “aplanadora verde” de la Democracia Cristiana, en 1985. Seis años antes de que yo naciera.

Una de las críticas más comunes, cuando mi generación habla de memoria, es que no sabemos de lo que hablamos, porque no lo vivimos. Que lo que sabemos de la guerra nos lo han contado o lo hemos leído. Es cierto. No conocemos un país donde haya música o libros prohibidos. Nunca hemos pasado un fraude electoral. No concebimos un El Salvador donde maten periodistas por criticar al régimen o donde haya presos políticos. No queremos a un Ejército involucrado en la vida política. Los Acuerdos de Paz son un mínimo aspirable pero también son el marco conceptual del único país que tenemos. En El Salvador autoritario que ha empezado a dibujar el presidente Bukele, esos mínimos se tambalean. Una vez se haga del control de la Asamblea, el desafío a la democracia será mayor. 

“Nos está llegando el tiempo de dar la cara. Es difícil saber cómo organizarnos y responder. Vienen tiempos más oscuros, pero tenemos que pararnos juntos, si amamos este país y amamos la justicia”, dijo Tania Grande, en su turno al micrófono. “Ojalá estemos a la altura”, dijo. Por eso es que esta conmemoración dispersa, orgánica, abigarrada, contestataria al discurso oficial, es la más significativa que yo haya vivido y que haya cubierto. Yo también espero que mi generación, la que se apropia de la memoria y la herencia de los Acuerdos de Paz, esté a la altura de defender su legado.

Nelson Rauda Zablah, periodista de El Faro. Foto: Carlos Barrera/ El Faro
 
Nelson Rauda Zablah, periodista de El Faro. Foto: Carlos Barrera/ El Faro


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