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De la apertura dictatorial de 1943 a la censura democrática en 2020

El académico Rafael Lara-Martínez señala en este texto posturas opuestas publicadas en los ensayos de El Faro Académico: por un lado se reprueba la tiranía política durante la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez y por el otro se celebra el financiamiento de la identidad intelectual nacional. "Existe una memoria sin archivo, una exigencia a eliminar documentos primarios", dice en respuesta al texto de Miguel Huezo Mixco. Y agrega que "al olvidar adrede los archivos nacionales, la memoria histórica del presente declara su vocación poética por el desdén". 

Rafael Lara-Martínez

 
 

Al hablar de tiranía y censura, los calificativos que el presente le atribuye al pasado definen su propia actitud.  Basta hojear la "Revista del Ministerio de Instrucción Pública" (1943-1944), para anotar la apertura dictatorial en oposición al encierro académico democrático.  Si a finales del martinato esa revista oficial divulga a los enemigos y críticos del régimen, queda por demostrar cuáles publicaciones actuales prosiguen una política editorial semejante.  Hay que nombrar a quienes patrocinan hoy la obra de sus enemigos acérrimos, que al discordar cuestionan la perspectiva científica oficial. Asimismo, en nombre de la memoria, adrede se suprime documentación primaria que contradiga un objetivo preciso. Esa doble tachadura —archivos incómodos y críticos a su postura única— testimonia la manera en que la censura dictatorial se halla vigente en los círculos democráticos y académicos de mayor prestigio. A la espera que obren de acuerdo con la apertura dictatorial, he aquí un breve atisbo democrático de la tiranía.

“Mural de Salarrué en la Escuela de la Colonia América.  Simboliza el fantasma de la escuela vieja —tristeza y tortura— destruido por el aliento vital —alegría y amor— de la nueva escuela. En este mural apreciamos con toda justicia la admirable originalidad de Salarrué” (“Revista del Ministerio de Instrucción Pública”. San Salvador, Volumen I, Nos. 3-4, julio-diciembre de 1942: 84). 
 
“Mural de Salarrué en la Escuela de la Colonia América.  Simboliza el fantasma de la escuela vieja —tristeza y tortura— destruido por el aliento vital —alegría y amor— de la nueva escuela. En este mural apreciamos con toda justicia la admirable originalidad de Salarrué” (“Revista del Ministerio de Instrucción Pública”. San Salvador, Volumen I, Nos. 3-4, julio-diciembre de 1942: 84). 

Nótese la paradoja de la historia: el dictador publica a su enemigo; el enemigo elogia la labor educativa del dictador.

Portada de la Revista del Ministerio de Instrucción Pública. 
 
Portada de la Revista del Ministerio de Instrucción Pública. 

La “Revista del Ministerio de Instrucción Pública” (1943-1944) demuestra una paradoja en adivinanza o juego de palabras. Su apertura editorial señala una neta distinción entre la dictadura martinista y la democracia actual. A un año de la caída de Maximiliano Hernández Martínez (1944), casi todos sus oponentes intelectuales publican sin restricción en la editorial oficial. Sin la difusión oficial constante durante la dictadura, la obra de Salarrué quedaría marginada y quizás el presente la desconocería tanto como la de Gilberto González y Contreras (1904-1954), uno de los primeros en denunciar el 32. Por ello, la verdadera lectura crítica citaría cuáles revistas estatales e independientes les permiten a sus contrincantes políticos desarrollar un protagonismo similar sin censura.  Acaso la aprobación militar —incluido el despegue poético de Oswaldo Escobar Velado (1919-1961)— culmina en la condena democrática presente a la diferencia de opiniones. Fuera de la escena histórica nacional, el olvido de González y Contreras señala la dependencia de la memoria documental en los archivos literarios de la tiranía.

La actualidad anhela un diálogo académico sin opositores. Existe una memoria sin archivo, una exigencia a eliminar documentos primarios. Al olvidar adrede los archivos nacionales, la memoria histórica del presente declara su vocación poética por el desdén.  En efecto, de la lista que Erik Ching anota cómo oponentes al martinato en 1941, varios aparecen publicados en 1943 y otros en revistas culturales anteriores. Dos publicaciones recientes de El Faro Académico—Walter René Molina y Miguel Huezo Mixco— confirman la lista de exclusiones al eliminar el "Boletín de la Biblioteca Nacional".  Esta publicación oficial redistribuye "Cuentos de barro. La botija" como ideal pacifista de lo indígena restaurador, en su primera entrega de mayo de 1932 (véase ilustración censurada en el siglo XXI), y luego el Estado lo reproduce en la "Revista El Salvador" (ilustración final).  Desde ese año clave, el "Boletín" crea un canon literario, exaltado como pilar de la identidad letrada en el siglo XXI, sin mencionarlo como fuente primaria.

Igualmente, casi ningún estudio actual incluye "La República. Suplemento de el Diario Oficial", "Cypactly", etc. Según lo confirma Amparo Casamalhuapa ("Boletín", mayo de 1934), "la linfa espiritual del proletariado salvadoreño" la difunden las editoriales nacionales bajo "censura de prensa" bajo apertura artística. Tal sería mi respuesta a esas publicaciones de El Faro Académico, la cual fundamento en documentación primaria olvidada, así como en el "conflicto de interpretaciones", por derecho democrático.

A contrapeso diurno de la represión, la "censura de prensa" la completan "los cadáveres exquisitos" (A. Breton) del prestigio letrado en ediciones oficiales, desde 1932. Su labor artística la elogia el siglo XXI, aun si todavía no ofrece una antología mínima de "las actividades literarias en el año de 1932" (J. F. Toruño, "Boletín", 1934).  No sólo el logro literario más depurado de lo popular —"Cuentos de barro" y plástica indigenista— lo publican las revistas oficiales, sino también, hacia finales de 1932, el estado organiza los "Torneos universitarios" —al conmemorar el "Centenario de Goethe y del Padre Delgado". Este acto intelectual cimienta un estrecho enlace cultural entre el Gobierno, la Universidad Nacional y la alta jerarquía letrada, sus "enemigos", entre ellos Francisco Gavidia y Salarrué. El triple encuentro también lo censura la historia académica oficial del siglo XXI (véanse ilustraciones). Si hay "prensa a la medida", en acto inédito de la democracia, hay una literatura y un arte en desmedida. Esta disonancia provoca un doble eco actual: condena y elogio, en remedo de la dualidad voluble entre el día y la noche. Por un precepto esotérico —la "conjunción de los opuestos" (C. Jung)— la condena nocturna de la dictadura amanece iluminada por el elogio de su "disemi-Nación" artística (J. Derrida, 1969).

Para rematar ese desdén por los archivos, se insiste en el rubro del género y la violencia.  En efecto, la temática del derecho de pernada —y la "atrevida y bella" Gnarda, "desnuda como toda mujer" (Salarrué, "Remotando el Uluán", 1932)— testifican la omisión de la memoria histórica en boga viril. Otro relato "Otra más..." —de Roberto Juárez Fiallos— testimonia la arista política de la sexualidad en la hacienda cafetalera ("Boletín", junio de 1932).  Hasta el 2021, aún se espera la "respuesta" de las "patriotas" en demanda jurídica de "lonra" y de su representación legal o, al menos, su facultad de habla ante el agravio.  Por un cambio de género, la multicitada "carta" de Salarrué "a los patriotas" —"los" a las— cobraría plena vigencia al incluir la mujer indígena, afrodescendiente y de otros grupos étnicos marginados.

Bajo cambiantes perspectivas "estéticas" —"aprehensión de lo real" (Ricardo Roque Baldovinos, "La rebelión de los sentidos", 2020)— el mismo hecho no recibe igual nombre legal en el pasado y en el presente. El antiguo "derecho de pernada" del hacendado califica como "acoso sexual" y "abuso de poder", pese al silencio de la historia oficial sobre ese trasfondo. Esta temática recurrente de la po-Ética testifica la larga dimensión histórica de la violencia sexual y de género como acto de poder masculino.  En su razón ilimitada, las ciencias sociales descubren una Comala de hacendados, cuyas almas sin pena carecen de todo deseo carnal. Sólo la fantasía reconoce que "la mujer es la mercancía más apetecida" en un imperio multiétnico —esclavos negros y amos blancos— que la historia oficial aún juzga de "fantástico" ("O-Yarkandal", 1929; véase también: "Pacunes" (1973) de Ramón González Montalvo, a personajes afrodescendientes femeninos, campesinas, y la blancura de la "esposa del patrón").

“Tropical Dream/Ensueño en el trópico”. IV Exposición Nacional de Artes Plásticas,
 
“Tropical Dream/Ensueño en el trópico”. IV Exposición Nacional de Artes Plásticas, "Revista El Salvador de la Junta Nacional de Turismo" (1939).

Con igual razón de apertura, los nombres de los oponentes los difunden revistas oficiales del segundo período —como la “Revista El Salvador de la Junta Nacional de Turismo” (1935-1939), en versión bilingüe— las cuales la historia científica se jacta en suprimir. Lo contrario a la dictadura —que la democracia editorial admita la disidencia documental— resulta inédito, ya que el boicot de la diferencia es la regla del diálogo actual. Tal es el contraste: la democracia censura la crítica; la dictadura, la edita.  El desafío a estas omisiones sería tan simple como escanear y difundir las revistas tachadas del martinato en la Biblioteca Nacional u otra, para asegurar que la memoria histórica no actúe contra los archivos nacionales.

Mientras esta apertura no suceda, "el mal de archivo" (J. Derrida, 1995) —la supresión del "archivo del mal", fundamento oculto de la identidad nacional— regirá la historia cultural salvadoreña. Entretanto, la música corea la disonancia de la apertura dictatorial —al ritmo de Mangoré, en jazz, rock y reggetón. Su trasfondo colorido proyecta la plástica indigenista de 1935, la cual decora la nueva escena democrática en su nostalgia por un nuevo "triunfo" artístico "en Costa Rica".


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