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Las barbaries de El Mozote brotan en un juicio ignorado

Una mujer contó cómo 13 soldados la violaron. Un hombre dio luces sobre uno de los lugares más desconocidos donde sucedió la barbarie. Otro hombre, impaciente ante la incredulidad de los defensores, los invitó a mostrarles dónde se escondió del Ejército. El juicio más activo por crímenes de la guerra civil salvadoreña sigue recibiendo testigos y desenterrando horrores inéditos, aunque pocos prestan atención, en medio de una convulsionada agenda nacional. El juicio se reanudó la pasada semana. El primer día, ante pocos periodistas; el siguiente, ante solo dos. Y sin embargo, aún no se toca fondo en este pozo del horror.

 
 

El fiscal Juan José Benavides está a punto de terminar su interrogatorio. Enfrente, Fidel Pérez, un hombre de 43 años, rostro endurecido por el sol y la cara marcada por cicatrices, lucha por mantener la calma y responder.

—¿Cómo le han afectado a usted estos hechos? —pregunta el fiscal Benavides.

Pérez intenta responder. “La vida de nosotros...”, alcanza a decir, pero se arrepiente, siente las lágrimas a punto de brotar, y vuelve a empezar. “Quedar solos a temprana edad…”, pero no puede más con el llanto. Pausa unos segundos y enseguida suelta la frase con la que, en un respiro, borra 37 años en el tiempo.

—En todo sentido ha sido difícil, yo siento como que ayer fue —responde Pérez al fiscal.

Fidel Pérez Pérez, de 43 años, llora durante una audiencia del juicio por la masacre de El Mozote,  en el juzgado de Primera Instancia de San Francisco Gotera. Foto de El Faro: Víctor Peña.
 
Fidel Pérez Pérez, de 43 años, llora durante una audiencia del juicio por la masacre de El Mozote,  en el juzgado de Primera Instancia de San Francisco Gotera. Foto de El Faro: Víctor Peña.

Después de 43 testigos, el juicio por la masacre de El Mozote, cometida en diciembre de 1981, sigue revelando nuevas formas del horror. No es, como dicen algunos, “cosa del pasado” o una “herida cerrada”. Los cuatro testigos que desfilaron el 9 y 10 de agosto de este 2018 —tres hombres de 45, 68 y 72 años, y una mujer de 54— lloraron durante las audiencias. Los testimonios han desfilado como prueba en un proceso penal y, más allá, se han convertido en piezas de la memoria histórica de un país acostumbrado a ignorar este tipo de barbaries, un país que recién en 2016 empezó a juzgar los crímenes de la guerra civil (1980- 1992). Estos casos no habían sido juzgados gracias a una ley de amnistía que duró 23 años (1993-2016). En muchos sectores de la sociedad, el perdón y olvido, el borrón y cuenta nueva, aquellas frases pronunciadas por el expresidente Alfredo Cristiani (1989-1994) se convirtieron en lema. 

El juicio por El Mozote desafía esa corriente. Es el más avanzado de los juicios activos por la guerra civil, y testimonios como el de Fidel Pérez recuperan aquellos hechos no como material del pasado, sino como heridas abiertas en las vidas de algunas víctimas. Pérez es residente de Cacaopera, Morazán. Cuando ocurrió la masacre tenía seis años. Como niño, sobrevivió a un ataque con granada, que recuerda vívidamente, un atentado que les costó a la vida a su madre y a su hermana recién nacida.

—Salimos el 10 de diciembre para amanecer 11, y buscamos dónde escondernos, en el cerro Ortiz, cerca del río Sapo y frente a Cerro Pando —dijo Pérez.

La ubicación es muy importante, por la novedad que significa.

La masacre de El Mozote es el nombre con que se conoce a un operativo militar en el norte de Morazán, que en realidad cobró víctimas en siete lugares distintos: los caseríos El Mozote, Ranchería, Los Toriles, Jocote Amarillo; los cantones La Joya y Cerro Pando; y un lugar conocido como la cueva del cerro Ortiz. Víctimas de casi todos esos lugares ya habían desfilado ante el juzgado desde que el proceso empezó esta etapa en marzo de 2017, pero ninguno del cerro Ortiz. Pérez fue el primer testigo en hablar sobre ese lugar.

—Como a las cuatro de la mañana, al ver el ruido del grupo, nos dispararon los soldados. Era un grupo como de 50 o 60 personas. Mi papá me explicó que eran los soldados. Mi papá nos agarró de las manos a mí y a mi hermano menor, y cada quien (del grupo) buscó por su lado. Buscamos cruzar el río Sapo, pero nos quedamos ahí, en lo alto —continuó Pérez.

Es difícil que un grupo que incluye niños pequeños se conduzca con sigilo.

—Una señora decidió bajar al río, para lavar una ropa de una niña que andaba cargando, y se encontró a los soldados. Cuando regresó y dijo: Hoy sí nos matan. ¡Ahí vienen los soldados!” —relató Pérez.

Arrinconados, un religioso vio una última oportunidad para evangelizar. Máximo Pérez, un catequista, reunió al grupo y, según el testigo, los invitó a orar. “En lo que nos acomodábamos para orar, llegó un soldado”, dijo Pérez. Su mente de niño de seis años grabó así al soldado en sus recuerdos: “moreno, flaco, vestido de verde y con manchas en la cara”.

—El soldado se paró frente al grupo y andaba una granada en el pecho. La sacó. Le quitó algo y la tiró frente al grupo, que por entonces ya era de unas 18 personas, entre niños y adultos. Mi papá vio y nos abrazó a mí y a mi hermano. Mi mamá estaba con la niña. Mi hermana, María Concepción, tenía tres días de haber nacido —dijo en la sala del juicio.

Al recordar la edad de su hermana, Pérez entrecerró los ojos y trató de no llorar. Fracasó. Se limpió los ojos con la gorra amarilla que llevaba. Bajó la mirada y se limpió la nariz. Abrió una botella de agua. Bebió. El juez le preguntó si quería tomar un descanso. Se negó.

—Solo vi que el soldado tiró la granada. Después fue como un sueño. Eran como las 11 de la mañana, pero desperté como a las seis de la tarde. Sentía dolor, sentía tostado y una herida en la frente y los brazos. No podía ver. Mi hermano menor estaba reventado de los oídos. Mi papá no oía —dijo Pérez.

Pérez tiene como una de sus primeras memorias a un grupo de gente muerta, heridos por las esquirlas de una granada. Eso se le grabó en la mente con solo seis años. "Al despertarme, vimos a la gente que estaba ahí tirada", dijo. Su padre platicó con otras de las personas sobrevivientes y, antes de irse del lugar del atentado, hizo otra cosa que Pérez recuerda bien.

—Las otras señoras (sobrevivientes) se fueron, cada quien sabe para dónde. Mi papá nos agarró y se despidió de mi mamá —dijo. En ese punto, Peréz volvió a llorar. Se limpió con la gorra y bebió de la botella de agua. Una empleada judicial le pasó unas servilletas.

Tras aguantar el ataque con granadas, Pérez, su hermano y su padre, siguieron su camino, y en la huida encontraron a otros familiares. Pérez y su familia huyeron de su casa en el caserío Yancolo, de Cacaopera, hacia el Zapotal y, dos años después, él y su hermano migraron a Honduras, donde permanecieron el resto de la guerra.

Juan Chavarría, de 72 años, y Fidel Pérez Pérez, de 43, se retiran del juzgado, tras rendir su testimonio sobre la masacre de El Mozote, perpetrada entre el 10 y el 13 de diciembre de 1981. Foto de El Faro: Víctor Peña.
 
Juan Chavarría, de 72 años, y Fidel Pérez Pérez, de 43, se retiran del juzgado, tras rendir su testimonio sobre la masacre de El Mozote, perpetrada entre el 10 y el 13 de diciembre de 1981. Foto de El Faro: Víctor Peña.

En las ocho páginas que la Comisión de la Verdad dedicó a describir la masacre de El Mozote, no se menciona la masacre del cerro Ortiz. La sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que condenó al Estado salvadoreño por El Mozote sí hace una escueta referencia a los hechos narrados por Pérez. “Unas 20 personas se refugiaron del operativo en una cueva del cerro Ortiz, municipio de El Zapotal, pero fueron descubiertas por los soldados a raíz del llanto de un niño, quienes, sin previo aviso, lanzaron una granada dentro de la cueva”, dice el informe de la Corte. Ese mismo documento cifra las muertes producto de ese atentado en 15. Pérez explicó que, aunque el lugar se conoce como "la cueva del cerro Ortiz", no es una cueva en precisa forma. 

Los detalles narrados por Pérez, ausentes hasta ahora en la mayoría de relatos sobre El Mozote, ya son historia de El Salvador, contenidos en ese expediente judicial que se sigue engrosando.

Un juicio histórico en el olvido

En la mañana del 10 de agosto, un día después de la declaración de Pérez, los fiscales Juan José Benavides y Helen Quintanilla, miembros de la Unidad de Crímenes de Guerra de la Fiscalía, desayunaban en un hotel de Arambala, mientras escuchaban a su jefe, el fiscal general Douglas Meléndez, en una entrevista en televisión. Meléndez hablaba de otro juicio, uno que se lleva a cabo a 200 kilómetros de distancia, contra  el expresidente Antonio Saca y muchos de quienes fueron sus funcionarios. En un hecho inédito para el país, Saca se declaró culpable de peculado y enriquecimiento ilícito durante su gestión presidencial (2004-2009). En Morazán se desarrolla el juicio de El Mozote, de la masacre más numerosa de la guerra civil salvadoreña, alrededor de 1,000 cadáveres quedaron. Pero el país parece no considerar esto una noticia de primer nivel. El día nueve, aparecieron cinco medios, dos digitales, uno escrito, una televisión y una radio universitaria. Hoy no aparecerá ninguno a parte de El Faro. Durante todo el juicio nunca ha aparecido una de las principales cadenas televisivas del país y apenas se ha asomado uno de los dos principales rotativos. Decir que este juicio no es parte de la agenda mediática es poco para describir el ninguneo. La única organización civil que ha acudido a las audiencias públicas ha sido Cristosal, que representa los intereses de las víctimas a través de un querellante.

A veces, parece que el juicio por El Mozote no sucede. No es noticia que hace 37 años soldados ejecutaran a niños, ancianos, embarazadas, todos desarmados, y no haya nadie preso. En un país que puede cruzarse de punta a punta en unas cinco horas, si no pasa en la capital, San Salvador, parece que no pasa. Y el juicio sucede en San Francisco Gotera, una ciudad de la periferia, que destaca poco más que por un mercado y un centro penal donde los reos que eran pandilleros se han vuelto masivamente evangélicos. Pero incluso en el municipio sede del juicio, el juicio pasa inadvertido. En Gotera, incluso en El Mozote, las personas están más preocupadas por una sequía que se prolongó más de un mes. El propio testigo Pérez perdió media manzana de maíz. "Estamos jodidos por varios lados", dijo el día 9. 

Juan Chavarría, de 72 años, se retira de la sala de audiencias tras rendir su testimonio sobre la masacre de El Mozote. En la masacre, Chavarría perdió a diez familiares. Foto de El Faro: Víctor Peña.
 
Juan Chavarría, de 72 años, se retira de la sala de audiencias tras rendir su testimonio sobre la masacre de El Mozote. En la masacre, Chavarría perdió a diez familiares. Foto de El Faro: Víctor Peña.

Pero el juicio sigue vivo. Aunque no ocurrieron audiencias de testigos desde febrero, el juzgado había ordenado otras diligencias, como reconocimientos médicos de víctimas que ya declararon o inspecciones de lugares que las víctimas describieron en sus relatos. También hubo un impase: el juez Jorge Guzmán estuvo incapacitado por un desprendimiento de retina.

Aunque este juicio nunca ha estado demasiado alto en las prioridades de la mayoría de medios de comunicación, la segunda semana de agosto había un pretexto adicional, con todo el ajetreo capitalino.

Como a las 10 de la mañana del día 10, segundo día de desfile de testigos en esta reanudación del juicio, mientras el fiscal general daba una conferencia desde la mansión del expresidente corrupto, una mujer de 54 años se aprestaba para contar un testimonio desgarrador en aquel juzgado perdido del interior.

 “Decían: ‘que se le salga la cría a esta p...’”

Sofía —no es su nombre real— tiene 54 años y, cuando ocurrió El Mozote, tenía 16. Vivía entonces en el caserío Jocote Amarillo y estaba embarazada. Aquellos días, en el norte de Morazán, no eran buenos para ser una mujer joven y estar encinta. David Morales, querellante particular del caso, pidió a El Faro no revelar la identidad de la mujer, para no revictimizarla. El Faro ha cumplido esta petición. 

—Como un mes antes de la masacre, yo estaba cuidando un regadío. Yo vivía con mi esposo y sembrábamos maíz y tomate. De ahí, una vez me llevaron soldados y me violaron”, dijo Sofía, al principio, con naturalidad pasmosa. La interrogaba Morales, que también fue exprocurador de Derechos Humanos. Morales es un orador elocuente, pero parecía medir mucho sus palabras, a sabiendas de lo que buscaba.

—¿Quiénes la violaron? —preguntó Morales.

—Primero fue un cabo, luego fueron otros doce —contestó la testigo.

— ¿13 en total?

—Sí.

—¿Todos la violaron?

—Sí.

Sofía vino preparada con una toalla amarilla para este momento, cuando tuviera que secarse las lágrimas. Lo hizo. Luego, siguió su narración. “Me dijeron que nosotros quizá éramos colaboradores de la guerrilla. Me quitaron la ropa a la fuerza y me aventaron al zacatal”, dijo. Mientras el cabo la violaba, el resto de soldados hacían vigilancia, explicó. Y así, sucesivamente, los militares se tomaron turnos.

Néstor Pineda, uno de los abogados defensores de los militares, objetó el interrogatorio. “Por respeto no he querido interrumpir, pero se está refiriendo a hechos anteriores a la acusación”, argumentó ante el juez. El juez respondió que la investigación del caso abarca hechos que sucedieron antes, durante y después de la masacre. Sofía siguió.

— Cuando sucedía este hecho, ¿qué le decían?— preguntó Morales, refiriéndose a la violación como “hecho”.

— “Que se le salga la cría a esta p…”, decían, y decían la palabra —respondió Sofía, sin atreverse a decir la palabra con que la insultaban—,  pero no le pasó nada al niño, solo que nació días antes.

Después de la violación, a Sofía la hicieron caminar abajo del monte donde estaba. “Pensé que me iban a matar. Me metí al monte y me corrí. Hicieron una gran balacera”, dijo. Sofía volvió a su casa a Jocote Amarillo, pero no le contó a su familia. “No le quise decir a mi esposo, porque pensé que me iba a dejar. Hasta hoy luego les he contado”, explicó.

Aproximadamente un mes después, Sofía y su esposo huyeron, prevenidos por Rufina Amaya, la testigo principal de la denuncia por El Mozote que fue judicializada en 1990. “El 13 de diciembre (de 1981) nos corrimos porque Rufina ya nos había dicho”, relató. En su huida, vio las casas quemadas y los cuerpos que todos los testigos refieren. El acoso a la población de esa zona ocurrió durante varios días. Lo que se conoce como la masacre de El Mozote no ocurrió en un lugar a una sola hora, fue un operativo de asedio contra siete poblaciones de esa zona, y donde lo más grave ocurrió entre el 10 y el 13 de diciembre de 1981.

Algunas respuestas más tarde, y a preguntas del fiscal Benavides, Sofía reveló que nunca recibió tratamiento psicológico por lo que había pasado. “Quizá por eso padezco del azúcar y la tensión”, dijo entre sollozos.  Cuando la fiscal Helen Quintanilla le preguntó qué deseaba en este caso, Sofía fue enfática. “Que haya justicia para la Fuerza Armada, porque ellos andaban haciendo eso desde que comenzó la guerra”, dijo.

La exasperación de Pedro Ramos

Pedro Ramos, un agricultor de 68 años de La Joya, empezó su declaración haciendo reír a toda la sala de audiencias el día 10 de agosto. Es un momento raro en medio de un juicio donde se narran tantas barbaries y el tono parece grave todo el tiempo. Pero el juez Jorge Guzmán, en un interrogatorio de identificación rutinario, le preguntó generalidades como su nombre, su domicilio, su edad. Cuando el juez le preguntó por su estado civil, Ramos contestó: "estoy casado por la Iglesia católica, no por lo civil, así que puede decir que estoy soltero de toda la vida". Su respuesta sacó una carcajada en todos: los fiscales, los querellantes, los defensores, el poco público presente en la audiencia. Hasta el juez Guzmán, de aspecto tan serio con su barba de candado y lentes, dejó escapar algunas risas por la ocurrente respuesta de un campesino.

Ese humor y el ambiente ligero se desvaneció pronto en la declaración de Ramos, quien terminó su relato al borde de la desesperación. 

Ramos dijo que vivía en el caserío Los Martínez cuando ocurrió la masacre, junto a su compañera de vida, sus suegros y su cuñada. Contó que el 11 de diciembre huyó de su casa junto con cinco niños. Se secó las lágrimas con un pañuelo blanco con rayas verdes al recordar que dejó atrás a su compañera de vida y a una hija de 11 meses de nacida.

Pedro Ramos, de 68 años, en  la sala de audiencias del Juzgado de Primera Instancia de San Francisco Gotera, en Morazán, durante la audiencia del 10 de agosto. Foto de El Faro: Víctor Peña.
 
Pedro Ramos, de 68 años, en  la sala de audiencias del Juzgado de Primera Instancia de San Francisco Gotera, en Morazán, durante la audiencia del 10 de agosto. Foto de El Faro: Víctor Peña.

Parecía evidente que la memoria de Ramos permanecía intacta, por su seguridad al describir nombres, lugares, horas y relaciones familiares. Pero a Pedro Ramos lo desesperaron las preguntas de los abogados defensores de los militares. 

Ramos dijo que se escondió en un maizal y que instruyó a los niños para que no hicieran ruido. Dijo que desde su escondite oyó las balaceras y los gritos de las personas y que, mientras se retiraban, vio a los soldados "vestidos de verde camuflajeado, con las grandes mochilas y armas". Los abogados lo cuestionaron. Dentro de los abogados de los militares acusados por El Mozote hay también militares. El coronel Adrián Meléndez Quijano, por ejemplo, o Roberto Girón Flores, que fue teniente en la Segunda Brigada de Infantería de Santa Ana. Quijano preguntó a Ramos 

—¿A cuántos metros estaba del caserío cuándo se escondió?

—No sé de muchas medidas, quizá a dos kilómetros —respondió Ramos.

El coronel suele hacer esa pregunta —de distancias y medidas— para desacreditar a los testigos, para insinuar que no han podido ver o escuchar lo que dicen haber visto y oído. Al abogado Girón Flores, muchos de estos testigos le parecen "inútiles", porque considera que solo son de referencia, es decir, que no han atestiguado nada y que solo vienen a contar lo que han escuchado. Otro abogado, Rodolfo Garay Pineda, ex director general de centros penales, dijo el 9 de agosto que este juicio "no es por delitos de lesa humanidad, como pretende hacer creer la acusación", sino solo por homicidio, violación, daño agravado y otros seis delitos. 

Las preguntas de Quijano desesperaron a Ramos. Así que cuando llegó el turno del abogado Néstor Pineda, Ramos había tenido suficiente.

—¿Sabe leer y escribir?— preguntó Pineda.

— No —respondió Ramos.

—¿Sabe de medidas y distancias?

—No. Por eso les digo, si cualquiera de ustedes quiere ir, yo les enseñó dónde me quedé.

—¿Sabe cuánto es una cuadra?

—No sé, pero si tienen dudas, vamos. Creo que no les estoy mintiendo. ¡Si todos quieren ir, vamos!

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