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Periodismo en tiempos de pandemia: primera línea

Mónica González

 
 

Las calles de las ciudades de más de un tercio del mundo se han vaciado. También en nuestro continente. Nos ordenan enclaustrarnos para evitar ser infectados o infectar. Y lo hacemos, salvo los que deben seguir en primera línea de lucha contra el Covid-19, o los que no tienen dónde. Mientras, la incertidumbre y el miedo se cuelan por los intersticios de los pequeños espacios de libertad que nos van quedando. Un terror que se acrecienta al ver una y otra vez en televisión una imagen que llega desde Italia: camiones que se llevan los restos de los muertos para ser incinerados en algún lugar lejos de sus familias.

La escena se funde con lo afirmado por el presidente Nayib Bukele la noche del pasado domingo: “Algunos aún no se han dado cuenta, pero ya se inició la Tercera Guerra Mundial”.

En días en los que la disciplina marcial se está imponiendo, el periodismo emerge como cordón umbilical de los ciudadanos con el exterior. Una vía clave para informar qué está ocurriendo en tu país y en el mundo; cómo enfrentar mejor y en comunidad la adversidad y la emergencia; pero que puede también infectarte con noticias falsas, imágenes o palabras que te inoculan, como inyección a la vena, terror, pánico.

Hay estos días entre los lectores de El Faro quienes debaten los límites entre la información y el amarillismo. Desde el enclaustramiento irrumpe una crítica severa al periodismo que cuestiona, que interpela: “¡Paren ya! Dejen de hacerle la vida imposible a Bukele. Déjenlo actuar, a ustedes los financian los corruptos”, acusa Analya en un correo en el que dispara contra el artículo “Bukele miente y crea en Twitter una crisis con México por supuestos pasajeros con Coronavirus”, publicado el 17 de marzo.

Dicho artículo provocó otras críticas, que para esta defensora nacen de la fuerza que adquiere el título al acusar a Bukele de “mentir” cuando calificó al Gobierno mexicano de irresponsable por supuestamente mandar a El Salvador a doce salvadoreños ya infectados. El canciller mexicano lo desmintió, Avianca afirmó que los pasajeros ni siquiera habían abordado el avión y Bukele vetó por tiempo indefinido el aterrizaje de aviones provenientes de México. El capítulo deja flecos por verificar, que se diluyen ante la magnitud de la catástrofe.

Otros como Emilio Zelaya, desde Georgia (Estados Unidos), invoca a Dios para acusar a los periodistas de El Faro: “No son imparciales y se están dedicando a hacerle la vida imposible al nuevo gobierno, pero no vemos ninguna nota del robo del Chaparral, porque en el pueblo creemos que ellos son sus financistas. El pueblo se encargará de ustedes también. Todo a su tiempo. No olviden que somos la primera fuerza política de un pueblo quebrado, dolido, pero con la esperanza en Dios que Bukele nos ayude a sanar”.

Busco y encuentro. El 24 de febrero pasado se publicó en El Faro “El viaje del dinero de El Chaparral que terminó en el spa de Ada Mitchell Guzmán", el último de cuatro reportajes con los que este periódico ha desmenuzado a lo largo de los últimos años uno de los escandalosos episodios de corrupción del gobierno de Mauricio Funes.

Distinto es el correo que nos envía el doctor Jonathan Gómez desde Alemania: “Leí con cierta inquietud el artículo “De nada sirve la cuarentena si nos mezclan”, de Gabriel Labrador. “Hay muchísimos aspectos en los que el gobierno ha actuado mal. Soy especialmente crítico de ellos: 9F, su estrategia comunicacional, la llamada meritocracia”, dice Gómez, “Pero justamente en el manejo actual de la crisis ha sido lo contrario. Soy médico radicado en Alemania desde hace un par de años, trabajé con el doctor Iván Solano (entrevistado por El Faro “No hay evidencia científica que respalde una cuarentena de 30 días”) en el ISSS previo a mi salida y, aunque mi especialidad no es la infectología, también difiero con lo que él expresa. En Alemania apenas acaban de comenzar a tomar las medidas que en San Salvador empezaron hace una semana. Acá hay un sistema de salud que se puede ‘dar ese lujo’ e ir de forma escalonada”.

Y sigue: “A efectos de comparación, aquí en Alemania se dispone de 28 camas de UCI por cada 100.000 habitantes, mientras que El Salvador cuenta con unas 125 camas de este tipo (MINSAL+ISSS+privado) para 7 millones de personas. No veo el punto de Labrador en esperar que El Salvador sea un modelo de planificación y resolución de crisis. Con lo poco que se tiene se roza el heroísmo. Ningún país tenía idea del alcance de la pandemia y todos están improvisando. (…) Comparto mucho de los escritos de El Faro en general, pero el último artículo evidencia una grosera falta de objetividad en su fin de desprestigiar al gobierno. Creo que deberían recapacitar. No sé si es el autor o la línea editorial que se le exige quien ha perdido la visión y credibilidad ganada por El Faro durante años”.

El autor del cuestionado artículo, Gabriel Labrador, responde así a la crítica del doctor Jonathan Gómez: “Mi artículo pretendía evidenciar la improvisación de la administración Bukele al ejecutar una medida loable pero que al principio se ejecutó mal. Escuchar los testimonios de hombres y mujeres albergados diciendo que los estaban mezclando con personas recién llegadas, con lo cual el conteo del tiempo de cuarentena volvía a partir de cero, me preocupó. Toda cuarentena tiene un protocolo, y con estos testimonios se hizo evidente que el Gobierno no pudo cumplirlos. El Gobierno tardó en separar a las personas por grupo de riesgo”.

Labrador niega una agenda pro ni antigubernamental, y rechaza que alguna vez un editor de El Faro lo haya instruido sobre qué y cómo publicar una información, pero acepta al doctor Gómez parte de su crítica: “Fallé en dos aspectos: uno, en contextualizar en debida forma que el caos en la respuesta gubernamental contrasta sobre todo con la narrativa oficial de que ha logrado una hazaña. Hay una diferencia entre la versión oficial y los hechos que uno palpa en terreno. Si bien es cierto que ningún país estuvo preparado, como bien acierta el doctor Gómez, en El Salvador desde el 16 de enero hasta el 11 de marzo, cuando la OMS declaró la pandemia, el Gobierno insistió una y otra vez en que el plan de prevención del Covid-19 atajaba todos los flancos débiles con acierto. Mi segundo error fue no incluir el contexto internacional y la respuesta de otros países. En ambos casos, la respuesta es que mi artículo incurre en problemas no por lo que dice sino por lo que no dice”.

E insiste: “Soy periodista y en este reportaje hice lo que siempre: observar acuciosamente y recoger testimonios. No forma parte ni de la línea editorial de El Faro ni de mi práctica periodista atacar al gobierno de Nayib Bukele. Lo que prima es aportar a que no se masifique el virus, salvar vidas, apuntar a las carencias y hacerlo a tiempo”.

Frente a esas palabras de Labrador es imposible no pensar en que es precisamente en estos días de miedo, por la incertidumbre de lo que viene, cuando el buen periodismo debe marcar la diferencia al interpelar, cuestionar y observar con más vigor y honestidad que nunca, para salvar vidas.

Si nos repiten a cada minuto que el principal escudo contra el virus asesino es lavarse las manos con jabón muchas veces al día, ¿se puede olvidar que en El Salvador hay al menos 600 mil personas que no se pueden defender porque carecen de acceso al agua, según la relatoría especial de la ONU?

¿Olvidamos también que El Salvador exhibe otro ranking que estremece?: es el país más feminicida de América Latina, El Caribe y España, según los datos oficiales de cada país recogidos hasta fines de 2018 por el Observatorio de Igualdad de Género de la CEPAL. Será el buen periodismo el que tendrá que bucear en barrios y puestos policiales para velar porque la violencia contra las mujeres no se convierta en otra epidemia con el enclaustramiento obligatorio. Porque, aunque El Salvador muestra cifras a la baja, aún ostenta la mayor tasa de feminicidios por cada 100.000 mujeres con 6,8; lo siguen Honduras (5,1), Bolivia (2,3), Guatemala (2,0) y República Dominicana (1,9).

Como será también el buen periodismo el que en esta emergencia extrema tendrá que bucear para detectar a los corruptos y especuladores que querrán aumentar ganancias a costa de la vida de los salvadoreños.

Una corrupción, como la que existe en el rubro de la construcción, como otro lector, Carlos, denunciaba con desesperación la noche del 22 de marzo: “Por favor, investiguen por qué las grandes empresas ejecutan proyectos públicos y privados solo con mano de obra subcontratada, despojando al obrero de su cotización al ISSS y AFP. ¿Por qué los subcontratistas no pagan ningún tipo de cotización? ¿Por qué las empresas grandes se subdividen en un sinnúmero de empresas pequeñas con rubros similares? Ahí están: Corten, Econ, Dissa, Meco, Salazar Romero, Terrasal, Fesscy... Es en la construcción donde más ilegalidades hay con los obreros en horarios, sueldos, inseguridad industrial, trato al patronal”.

El desafío de denunciar a los corruptos, o de vigilar para que no suceda, aumenta los riesgos. Es lo que advierte Rafael Flores en otra carta a esta Defensora: “Ahora disentir con el presidente es exponerse a ser linchado públicamente. Sin duda, el señor presidente supo aprovechar el hartazgo a la corrupción existente”, dice.

A Héctor Martínez también lo preocupa la corrupción que puede anidar en esta catástrofe sanitaria, económica y social, con la democracia limitada y “un estilo de gobernar unipersonal, que no toma en cuenta la Constitución ni las leyes vigentes y que hace del poder, del Gobierno, un juguete que se puede armar y desarmar a su antojo”, dice. “Todo ello puede servir para seguir con negocios ocultos y la cultura del secreto en los asuntos públicos”. Por ello, Martínez pide que “el periodismo investigativo siga llevando luz”.

Douglas Rodríguez, que vive en Canadá desde hace algunos años, también escribió a esta Defensora: “Usted preguntó en una de sus columnas ‘¿de quién o quiénes hay que defender al lector de El Faro?’ Creo que la mejor defensa que usted puede hacer es contra la falta de información, la ceguera social de nuestra sociedad salvadoreña”, dice.

No es lo que opina Evelio Ruano: “La defensora del lector no es más que una burla de este medio”, sentencia: “Recibe miles o decenas de miles de críticas todos los días y, sin embargo, se mantiene inmune. La verdad, son unos vendidos. A partir de 2021 espero que pasen a tener un papel mínimo en nuestro país”.

El miedo que se mastica en las calles y lo que nos escribe Evelio Ruano cobran más sentido cuando vemos cómo en estos precisos días de Estado de excepción que limitan derechos y democracia, hay países en los que los periodistas que se atreven a develar a los gobiernos que no defienden a los ciudadanos son perseguidos, encarcelados, amenazados. Ocurre en Venezuela, en Honduras, en Nicaragua, donde se asfixia incluso la libertad de expresión; o en Eslovenia, donde está amenazada la vida del gran periodista de investigación Blaž Zgaga. Sobran razones, por tanto, para estar vigilantes.

Los días que vienen serán decisivos en El Salvador y mucho más allá de sus fronteras. Está por verse si la agresiva estrategia que escogió el presidente Bukele para enfrentar esta catástrofe mundial fue la correcta para salvar vidas y dar una vuelta de tuerca a la acerada impunidad de los corruptos. El trabajo periodístico será clave para que la ciudadanía tenga los elementos necesarios para valorarlo. Y al mismo tiempo ningún periodista debe olvidar que su trabajo también será juzgado por los ciudadanos. O estamos en la primera línea de la defensa de la vida y entendemos las preguntas y necesidades de la calle o nos enclaustramos para difundir lo irrelevante, lo que nunca ocurrió.

Presentación de la periodista chilena, Mónica Gonzalez, primera defensora del lector del periódico El Faro, durante la clausura del Foro Centroamericano de Periodismo 2018. Foto de El Faro, por Manolo Rivera.
 
Presentación de la periodista chilena, Mónica Gonzalez, primera defensora del lector del periódico El Faro, durante la clausura del Foro Centroamericano de Periodismo 2018. Foto de El Faro, por Manolo Rivera.

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