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El Salvador aplaude su debacle democrática

Nelson Rauda

 
 

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Avisar que un carro sin freno se caerá por un precipicio no equivale a querer que el carro se estrelle. Del mismo modo, advertir las consecuencias que tiene para el país una manera de gobernar no es querer que el país fracase. A​unque creo que el poder del Bukelismo tendrá un final, como lo tuvieron Arena y el FMLN, me cuesta pensar cómo se ve. Escenarios como la inflación al infinito, a lo Venezuela, o el impago, como Grecia, o la reelección indefinida y la eliminación de espacios para opositores, como Nicaragua, ya no son impensables. Son posibles.

Pero el Gobierno de Nayib Bukele casi no se discute en El Salvador. Dos años después de haber asumido el poder, el presidente mantiene una imagen inmaculada y su aprobación sigue cerca del cielo. El debate sobre él es marginal para un gran sector de la población más preocupada por la subsistencia diaria.

Antes de la elección de febrero un votante lo resumía así: “que el presidente tenga control de todo”. Por ahora, los beneficios percibidos de ese control total superan, por mucho, la pérdida de conceptos como “institucionalidad”, “Estado de derecho”, “seguridad jurídica” y “separación de poderes”. 

Esos conceptos están vacíos de significado en la sociedad salvadoreña actual. Los defensores del Gobierno de Bukele reniegan de ellos. Dicen que tales cosas nunca existieron verdaderamente en El Salvador. Yo les doy la razón. La historia democrática del país es muy corta. Endeble. Además, Bukele ha ganado por amplia mayoría dos elecciones. ¿Qué podría ser más democrático? 

Pero no es tan sencillo. Aunque antes de 2019 no teníamos un ejercicio de derechos floreciente y vibrante, incluso en esa dinámica imperfecta había más margen de maniobra y garantías que en esta República en los huesos que ahora tenemos. La solución, desde luego, no era eliminar por completo los contrapesos, como ocurrió el 1 de mayo de 2021. Desde ese día, la misma persona lanza la pelota, la batea y la atrapa. 

Cuando el Bukelismo acabe, la vara con que los salvadoreños mediremos a nuestros gobernantes habrá bajado tanto que será muy fácil parecer un gobierno decente. ¿Cómo se puede hablar de seguridad jurídica si un sábado cualquiera se anuncia una nueva moneda para el país y tres días después ese anuncio ya es ley? La lección para el gobierno posbukelismo será que la independencia judicial no importa, o que uno puede declarar reservado todo, hasta el número de fallecidos durante una pandemia

No hay marcha atrás, dice la voz imperante. Quedan cada vez menos espacios y tener conciencia de ello pesa no solo en la práctica, sino en el ánimo. El proceso para pelear un documento reservado en el Instituto de Acceso a la Información (IAIP) nunca fue sencillo, sobre todo para una persona sin alguna noción básica de las leyes. Ahora yo me pregunto si vale la pena desgastarse tanto frente a una institución evidentemente controlada por la presidencia. El secretismo se extiende hasta a asuntos sin razón aparente. Por ejemplo, el plan de vacunación, que ha funcionado bien según parámetros centroamericanos (más adultos salvadoreños han sido vacunados que guatemaltecos y hondureños), también es reservado. 

La misma desconfianza se puede esgrimir a la Fiscalía, con un titular converso al oficialismo e impuesto con el dedo del presidente, y a los magistrados de facto de la Sala de lo Constitucional. Esto, por supuesto, se extiende a todo el órgano Judicial. Si los magistrados de lo Constitucional que renunciaron dijeron que no tienen garantías para ejercer su trabajo, ¿qué les espera a los jueces de instancias menores? ¿Se puede dormir tranquilo en una sociedad en la que los jueces tienen miedo?

Era obvio desde hace algunos meses que Bukele movería sus piezas para controlar la Sala que se le opuso durante la pandemia. Había maneras legales de hacerlo. La Asamblea de Bukele tenía el derecho de elegir a un tercio de la Corte, al igual que las asambleas previas. En enero pregunté cómo se haría ese proceso y brillantes abogadas me respondieron que no era tan sencillo maniobrar para quitar a los magistrados constitucionales. Pero sí lo fue. Pecamos de ingenuos al solo pensar en las posibilidades legales. “Nadie se interpondrá entre dios y su pueblo...”, dice el juramento bukelista. Nadie ni nada. Ni la Constitución.

Y así llevamos casi tres meses. Como si nada hubiera pasado. No hubo protestas multitudinarias. No hubo alarma que escapara de las redes sociales. Nueve de cada 10 salvadoreños creen que Bukele es un cambio positivo para el país, según la encuesta de la UCA. No hay ninguna consecuencia inmediata por romper la ley. Los que podrían aplicar la ley sirven directamente a quien los puso en el cargo. 

Río un poco cada vez que escucho que hay una revolución de la justicia encabezada por “el presidente Óscar López Jérez”, quien pedía favores procesales al exfiscal (ahora preso) Luis Martínez. López Jérez también es amigo diputado Guillermo Gallegos, a favor de quien votó en 2019 para exonerarlo del caso de enriquecimiento ilícito

Río y me da la sensación de que estamos locos. Parece que los infieles somos los únicos que vemos que el traje del emperador realmente no existe. La diputada Dania González pide que todos los que no estamos de acuerdo con el Gobierno nos vayamos del país. Yamil Bukele, otro de los hermanos que gobiernan, planteó que los periodistas somos enemigos de la patria, en un tono parecido al del mayor Roberto d’Aubuisson en sus días de gloria. Ningún gobierno había planteado tanto la aniquilación del adversario desde la guerra. 

Pero no somos los únicos. Hay personas dentro del Gobierno que están descontentas, incluso a los niveles más altos. He conversado con empleados que omiten los comportamientos con los que no están de acuerdo porque piensan en ellos: en sus familias, en sus deudas, en su trabajo, su necesidad. Realmente no puedo condenarlos. No debería hacer falta el heroísmo para luchar por las garantías mínimas que se lograron con los Acuerdos de Paz. El problema es que no reaccionamos. 

Dice la fábula que alguien lanzó una rana viva a una olla de agua hirviendo, pero la rana saltó al contacto con el agua. Luego probó de otra forma: lanzó la rana al agua fría y la puso a fuego lento. La rana no reaccionó al cambio gradual de temperatura y se acostumbró tanto al calor que para cuando quiso salir, ya no tuvo la opción. 

Parece que estamos todos en una olla de agua que se calienta, que lleva dos años en el fuego, y ya se escuchan los primeros ayes.

Nelson Rauda Zablah, periodista de El Faro. Foto: Carlos Barrera/ El Faro
 
Nelson Rauda Zablah, periodista de El Faro. Foto: Carlos Barrera/ El Faro


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