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De la guerrilla al feminismo: nuevos caminos en busca de justicia social

Morena Herrera

 
 

Los Acuerdos de Paz encontraron a la joven jefa guerrillera que fui en pleno descubrimiento de las desigualdades entre mujeres y hombres por razones de género, como una de las estructuras más injustas e ignoradas en nuestra sociedad. Lo es porque en la superficie y en el fondo niega la condición de personas y la dignidad a las mujeres.

De la mano del feminismo fui comprendiendo que no se trataba de renunciar a los ideales de justicia de mis 16 años de militancia –con su experiencia social, política, militar y partidaria– en una de las organizaciones de aquel FMLN. Ahí luché con mujeres y hombres que no lograron llegar a ese momento y a quienes en parte debo mi vida. Trataba de comprender que las necesidades y demandas de las mujeres frecuentemente estuvieron postergadas en ese proyecto de cambio que habíamos perseguido.

La lectura crítica de los Acuerdos, a pocos días de pactada la paz, fue un verdadero desafío, tomando en cuenta que el protagonismo femenino había sido una de las señas de identidad del movimiento guerrillero. Nos reconocíamos en la realidad nacional como participantes activas de muchos momentos, como productoras, trabajadoras de la tierra, mujeres montañas que habían cubierto y nutrido a “los muchachos”, pero ausentes en un pacto sellado exclusivamente en términos masculinos.

Una página en blanco en un periódico fue la mejor manera que, en su momento, encontró el movimiento de mujeres para dar a conocer su desconcierto e indignación ante esta manera de iniciar una nueva fase de la convivencia nacional. Fue una constatación difícil y dolorosa que reafirmo en las organizaciones feministas la necesidad de construirse y fortalecerse desde la autonomía.

Construíamos nuestra plataforma «Mujeres 94» y nos comprometimos a incorporar a la “verdad oficial” otras versiones aún no mencionadas: las vivencias de las mujeres, nuestras experiencias y el impacto que la guerra había causado en la subjetividad femenina, en la manera de asumirnos mujeres transgresoras. La guerra nos obligó a trasgredir el orden establecido y a restablecer los vínculos con familiares y con la cotidianidad abandonada. Fuimos contribuyendo a recuperar memoria histórica, acompañando duelos pendientes, abriendo caminos al dolor invisible de la guerra, sanando y señalando que las verdades de las mujeres importan.

Las luchas internacionales de las mujeres, el reconocimiento en conferencias de Naciones Unidas, durante la década de 1990, de la discriminación y la marginación femenina como problema que debe ser atendido por los Estados, poco a poco se fue juntando con la fuerza reivindicativa local; con ello, se fueron construyendo espacios institucionales para solventar problemáticas relacionadas con la subordinación femenina. Así nacieron la Ley de creación del ISDEMU y la Política Nacional de la Mujer; hoy tenemos los centros Ciudad Mujer, 22 UNIMUJER (Unidades especializadas para atender a mujeres y niñas en situación de violencia de la PNC), Unidades de Género creadas en varios ministerios, la Comisión de la Mujer y la Igualdad de Género formada en la Asamblea Legislativa, donde funciona el Grupo Parlamentario de Mujeres, Unidades Municipales de la Mujer creadas en 230 alcaldías y Políticas Municipales de Equidad de Género en más de 120. Contamos con dos leyes modernas, la Ley especial, integral para una vida libre de violencia para las mujeres y la Ley de igualdad, equidad y erradicación de la discriminación contra las mujeres.

No podemos negar avances; además comprobamos que cada vez es más difícil para los actores políticos ignorar que en sus iniciativas es necesario incorporar alguna alusión a los “asuntos de género y/o de mujeres”. Sin embargo, estos cambios aún son insuficientes, porque se quedan en lo superficial de las instituciones y no abordan en profundidad las inequidades, las desigualdades y sus causas. Muchos problemas de las mujeres se consideran de menor importancia, como la violencia sexual contra ellas y los embarazos en niñas y adolescentes. Las mujeres cobran menos que los hombres por igual trabajo, muchas continúan cargando solas con sus hijas e hijos, no acceden a la justicia, mientras persiste el permiso social de maltratar y matar a una mujer, y tenemos las tasas más altas de feminicidios en el mundo.

No habremos avanzado lo suficiente mientras los derechos sexuales y los derechos reproductivos de las mujeres no sean reconocidos y se mantenga la penalización absoluta del aborto, porque niega a cualquier mujer, sobre todo si vive en pobreza, el derecho a decidir salvar su vida. Esto es negarle su condición de persona.

En El Salvador las mujeres seguimos siendo ciudadanas de segunda categoría, necesitamos cambiarlo, necesitamos vivir con optimismo nuestro presente y mirar el futuro con esperanza, esto pasa por asumir plenamente nuestro pasado, revisarlo críticamente, recogiendo los pedazos de piel y de vida que hemos ido dejando.

A un cuarto de siglo sigo pensando que los Acuerdos de Paz valieron la pena, aunque continúan siendo deudores de algunos derechos de las mujeres. Renunciamos a la lucha armada como instrumento de la política, y con ello conquistamos el derecho a decir lo que pensamos y a lo que aspiramos sin temor a que nos maten por ello. Sigo comprometida y teniendo prisa en la búsqueda de la justicia, para que un día conquistemos la ciudadanía plena para todas y todos. (fin)

 

*Morena Herrera es una excombatiente y lideresa feminista con una trayectoria destacada como portavoz de las agendas con enfoque de género. En 2016, por su trabajo en contra de la penalización del aborto, fue incluida por la BBC en una lista que reconoce a las 100 mujeres más influyentes en el mundo.

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