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¿Es posible la reconciliación después del dolor?

Humberto Sáenz

 
 

La guerra terminó. Dejando de lado las consideraciones que podamos tener sobre sus verdaderas causas, ahora nos toca ver hacia adelante y entender que a nada bueno se puede llegar cuando en lugar de buscar juntos la solución de nuestros problemas –que son muchos– nos enfrascamos en estrategias para aniquilar a quienes insanamente seguimos considerando como nuestros enemigos.

De ahí que cuando los coordinadores de esta edición me preguntaron si en nuestro país era posible la reconciliación después de la guerra, mi reacción fue inmediata y con convencimiento pleno: no solo es posible, sino, además, es imprescindible; no se puede pensar en el futuro de otra forma.

Como muchos salvadoreños, tuve el infortunio de perder un familiar cercano en el conflicto armado. Mi padre falleció a sus 34 años en el ataque a la Zona Rosa ocurrido en 1985. Mi madre, mis hermanos y el que esto escribe tuvimos que reacomodar drásticamente nuestras vidas.

Como miles y miles de salvadoreños que pasaron por experiencias similares, nos dedicamos con toda nuestra energía y fervor a intentar superar nuestra pérdida y a tratar de honrar la memoria de quien tan cruelmente había perdido su vida.

Con el paso de los años supimos quiénes habían sido los autores materiales de tan horrendo crimen y se conocieron investigaciones sobre los posibles autores intelectuales. Los primeros pasaron algunos años en prisión, pero cuando cesó el conflicto, se vieron favorecidos por la Ley de Amnistía que en ese contexto fue aprobada.

En otras oportunidades he dicho que a nosotros no nos preguntaron si estábamos de acuerdo con el otorgamiento de la amnistía, pero que aun así la aceptamos; y que sin pretender ni por cerca hablar en nombre de las miles de víctimas del conflicto, mi familia y yo dimos vuelta a la página, perdonamos y nos concentramos en ver hacia adelante sin olvidar lo que atrás había quedado, con la firme convicción de que no queríamos regresar a algo ni siquiera semejante.

Cuando se firmaron los Acuerdos de Paz y terminó el conflicto armado, de verdad, nos regocijamos, y dimos la bienvenida a una nueva etapa para nuestro país. No podíamos anticipar lo que se vendría después, pero sí podíamos tener la esperanza en que debía ser mejor. Aún y con todos los problemas que ahora tenemos, y aceptando que mi posición está influenciada por mi experiencia personal, sigo creyendo que sí estamos mejor, bastante mejor, que durante la época de la guerra.

Para esa nueva etapa era imprescindible la reconciliación. No se puede pretender la construcción del país, si persisten las posiciones extremas de los bandos en conflicto, si no se intenta tener empatía con la posición contraria, si no se perdona, si no se aprende a convivir en un pequeñísimo territorio que nos pertenece a todos y si no se unen esfuerzos en procura del bien común.

Que si la Ley de Amnistía era necesaria para esa reconciliación, o que si la posterior derogatoria de esta es la que, de verdad, lo permitirá en el futuro, eso es harina de otro costal y no es el momento para referirse a ello. De todas formas, a estas alturas ya sería un análisis histórico, toda vez que esas decisiones ya están tomadas.

Lo que en su lugar me interesa recalcar es que no hay manera de solucionar nuestros actuales problemas, si no entendemos de una vez por todas que no tenemos opción: la reconciliación no solo es posible, sino que, en realidad, es imprescindible.

Los que sufrimos el conflicto armado de una o de otra manera, podemos tener aproximaciones diferentes a esa reconciliación, pero todos entendemos –creo– que esta debe llegar para poder continuar. No hay otra forma de dar una oportunidad a nuestros hijos.

En mi caso y en el de mi familia pensamos que lo hicimos desde hace mucho tiempo, y eso nos ha permitido afrontar los desafíos y nos ha llevado a pretender contribuir con la reconstrucción de nuestro país. Unos lo hemos hecho antes y otros lo tendrán que hacer más tarde, pero mientras no entendamos eso, seguiremos dando tumbos sin encontrar la salida a lo que ahora nos aqueja.

Yo sí celebro la paz y así la quiero llamar. Entiendo que otros no celebren o que le llamen de otra manera. Eso es parte de la sana y necesaria diferencia de ideas. Pero en lo que tenemos que cerrar filas es en el esfuerzo genuino por perdonarnos y abrazar juntos nuestro futuro. (Fin)

*Humberto Sáenz es abogado, miembro de varias asociaciones profesionales y especialista en derecho mercantil.

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